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    Librería | El bar de las grandes esperanzas (J.R. Moehringer / Duomo Ediciones)

    El bar de las grandes esperanzas (J.R. Moehringer / Duomo Ediciones)

    JR Moehringer, complejidad en la sencillez

    reseña de El bar de las grandes esperanzas de J.R. Moehringer / Duomo Ediciones.

    Título original: The tender bar: A memoir. Fecha de la primera edición: 2005. ISBN: 9788416261017. Traducción: Juanjo Estrella. Colección: Nefelibata. Páginas: 464. PVP: 19.80 €. PVP ebook: 9.99 €. Valoración: ★★★★

    Circula por ahí un tópico según el cual los mejores escritores son también los más autodestructivos. A saber: borrachos, yonquis, putañeros, nerds traumados, antipáticos profesionales, sociópatas del business editorial o incluso posmodernistas que fraguaron su virtud en la barra del bar más asqueroso, y acogedor, jugándose los dineros con sus cuates fabuladores en la trastienda de un bar cuyo regente, Johnny a secas, montaba litigios a seis rounds los sábados a la noche, cuando las señoras dejaban de mirar por la ventana y beber se convertía en un ritual de supervivencia para morir lo antes posible. Todavía hay quien excusa la genialidad de un Edgar Allan Poe diciendo que, sí-bueno-claro, es que tomaba sustancias más o menos alucinógenas que a renglón seguido cristalizaban en epifanías precisamente delatoras de una adicción a no sé qué mandanga, como si ésta automáticamente lo convirtiese a uno —muy negado en Ciencias y con dificultades para cocinar no ya un buen puchero, sino un simple huevo frito— en Albert Einstein o Cervantes o Michael Jordan, o quizá Ferrán Adrià si seguimos el ejemplo culinario; como si conducir a toda velocidad y bajo los efectos del alcohol, aún con el coche bien aparcado en el garaje, fuese una excentricidad que conllevara forzosamente la escritura de una novela magistral. Definitiva. Póstuma también. Una historia violenta, técnicamente exquisita, que de pronto te recuerda a ese primo lejano tuyo al que despreciabas, con muchísimo odio pero con admiración, de pascuas a ramos porque sólo entonces os veíais y os decíais cuánto os habíais echado de menos todo ese tiempo sin saber el uno del otro. Era aquel un cariño puro, sin concesiones, amañado por el Champín y los paseos en bicicleta y los penaltis a trallón que curtían espinillas.

    ¿Qué y cómo hubieran escrito Raymond Carver, John Cheever, cientos de poetas y novelistas, con esa porción de hígado perdido por el desagüe ardiente de sus gargantas? Nunca lo sabremos. Qué necesidad hay. Es fácil rendirse al tópico: el alcohol fue su combustible, y añadía un punto de ordinaria belleza a sus estilos depurados. En realidad los escritores, aun abstemios, mecanografían junto a la botella que puede descansar, o no, sobre el escritorio o la estantería más cercana, ebrios de secuencias aunque todavía no hayan probado gota, aunque sus historias y sus personajes no siempre obedezcan a esa bendita maldición comercial que a veces arrastran consigo sus propias biografías. Hay escritores, de hecho, cuya reputación llega a los sitios antes incluso de que ellos saluden por primera vez. Sus mentiras resultan tan verosímiles, que el lector tiende a presumir que todo lo que narran es cierto, que ocurrió de verdad, y que menuda vida acojonante viven esos tipos, siempre armando bronca o haciendo virguerías sin siquiera moverse de una habitación seleccionada para adentrarse, cautelosamente, en lo más oscuro de la psique. También los hay que convierten no ya el alcohol, sino el medio en que puede servirse y disfrutarse cara al público, en una etapa fundamental, incluso literaria, tal vez la asignatura maría que empieza pareciéndote incomprensible y, por extraños designios, termina siendo parte de ti, una extensión natural de tu cuerpo, la puerta batiente de tu anecdotario, una porción cada vez más desarrollada de tu personalidad aún sin apuntalar, pues cuentas doce años y te llamas JR Moehringer (sin puntos, por favor), escurriéndose noche tras noche por cuatro paredes, las del bar Dickens primero y las del rebautizado Publicans después, que cobijan a una fauna procaz —cargando, eso sí, con el peso de un microcosmos en caída libre— revelada entre discursos con inflexiones y cultismos, ahí tenéis al tío Charlie, que los clientes asumen como peaje a la excentricidad de Manhasset, en Nueva York.

    «'El bar de las grandes esperanzas' (Duomo Ediciones) no es sólo un memorándum sobre lo que nos hace menos gorilas y más personas, sino también el apunte veraz de un cronista superdotado describiendo aquello que lo forjó».


    A Moehringer —escritor neoyorquino al que no le falla ni la sonrisa— su padre lo trató desde la proximidad que dista una voz radiada por la onda corta. Le dejó un nombre compuesto que J.R., entonces con puntos, odiaba y pensó en cambiarse. Al final desistió. Porque tautológicamente él "era quien era", y su crisis identitaria no iba a mejorar por llamarse William Price o Jim Hopkins. Porque lo insólito a veces produce atracción, sobre todo si te dedicas al periodismo. Así, Moehringer consiguió beca en Yale tras muchos vaivenes familiares: su madre y él vivían con sus abuelos en "La Casa Mierda", y la situación económica no les alcanzaba ni para arrendar un pisito. Eso ocurriría tiempo después. Asfixiados por la degradación del abuelo (un guiñapo hediondo con tendencias sociópatas), la ociosidad de la abuela y las discusiones con la tía Ruth, Moehringer y su madre se mudan a la costa oeste. Arizona los recibe con el sol cayendo a plomo, y el beis desierto como único horizonte a descubrir. La distancia climática se torna insalvable para JR. De vuelta en Manhasset, alterna con el tío Charlie, Steve y la pandilla del Publicans, quienes le enseñan que hay cosas que no se pueden aprender sino más bien desaprenderlas por uno mismo. Surfear con el cuerpo una ola traicionera, o enamorarse de la mujer equivocada, es decir la mujer de tu vida. Empapando así el puzle con un buen chorro de ginebra helada mientras te haces mayor y los veinte años dan paso a los treinta y dices adiós al New York Times porque, ay, todavía es pronto y has de foguearte en redacciones sin lupa, donde lo expeditivo casi siempre se impone al lujo gramatical. Y la acción se desarrolla contrarreloj.

    El bar de las grandes esperanzas (Duomo Ediciones) no es sólo un memorándum sobre lo que nos hace menos gorilas y más personas, sino también el apunte veraz de un cronista superdotado describiendo aquello que lo forjó. Tras su brillante perfil de Agassi en Open, cuya narración liftada envolvía con ritmo al lector más impensado, Moehringer nos regala una novela en torno a su propia figura, o, mejor aún, a partir de todos —familiares, amigos, novias, jefes, eternos secundarios ebrios y perdedores en general— los que le convirtieron en lo que es hoy. Una firma primorosa, alguien sabedor de que la elegancia a menudo radica en la sencillez, sin por ello restarle mérito a su empresa: no en vano el yo ególatra es aquí un imposible frente a la lista de fragilidades que, paradójicamente, acucian a Moehringer ya desde la adolescencia. Y el truco existe, pero no se revela. O sí. Observen. Regresamos a 1995. Es Pete. Gorra Nike. Raqueta Wilson. Aro 85. Pete, Pete. Al saque un martillo. Silencio absoluto. Alguien tose en Melbourne Park. No es Sampras. Tampoco el corsario contracultural que tiene enfrente. Sampras, Pete. Sonrisa bajo cero. Mueca sarcástica. Nadie parpadea. A Sampras le han dibujado una gota de sudor cayendo por la sien, como recién salido de un anime. Aunque los robots no suden nunca. O quizá sí. Los robots sufren, en todo caso, disfunciones léxicas. Y Sampras es un cíborg enviado desde el futuro. ¿Verdad, Pete? ¿Verdad? Sampras inicia maniobra. Calibra el propulsor. Se interna en una función cartesiana, donde el movimiento es curvilíneo y Norteamérica otra variable mórbida. El tenis se escribe con calculadora, dijo una vez el clásico, arañando decimales y conquistando parcelas con golpes sutiles. Y allá va un envío contrarrembolso. Sampras ejecuta a su rival. El verbo es adecuado: e-je-cu-tar. Y aquí llega... ¿qué ha sido eso? Revés cruzado, resto a la línea. Cómo describirlo. Cómo revivirlo. Al golpe le han robado dos frames. Todavía no se ha inventado el ojo de halcón. Nadie ha visto nada; todos dirán que fue el punto. Que fue Agassi. Su resistencia a la derrota. Estuvimos allí. El padre cambió el cuchillo por la raqueta, y Agassi cabalgó al Dragón.


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid
    El fulgor efímero

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