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    63SSIFF | Retrospectiva Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (III)

    Las cuatro plumas

    Aventuras en la jungla de Hollywood

    Retrospectiva dedicada a Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack en la 63ª edición del Festival de Cine de San Sebastián.

    Seguimos con nuestro apasionado repaso a las películas que pudimos ver en la retrospectiva dedicada a Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack en la edición del Festival de San Sebastián de este año. Le toca el turno a tres maneras distintas de afrontar el relato de aventuras: la primera en su versión más tradicional con la adaptación de una novela clásica, la segunda más íntima y dejando a un lado la épica para mostrarnos un Londres ahogado en su icónica niebla en medio de la cual se desarrolla una historia muy divertida de embrollos criminales, y la tercera con la decadencia de un aventurero que ha decidido sentar la cabeza tras ver a su alocada hija seguir sus desatinados pasos. Tres filmes maravillosos que nos llevan a una época y una forma distintas de entender el arte cinematográfico, cuando ser un autor no estaba reñido con la creación de una obra inflamada de entretenimiento y sentido de la maravilla.

    Las cuatro plumas (The Four Feathers, 1929)

    LAS CUATRO PLUMAS

    The Four Feathers, 1929, EE.UU.

    La novela Las cuatro plumas (The Four Feathers, 1902) de A. E. W. Mason ha sido objeto de numerosas adaptaciones al cine, siendo esta dirigida por Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack y Lothar Mendes, con guion de Howard Estabrook, la tercera. Con anterioridad ya lo habían hecho los directores James Searle Dawley (el realizador de una primitiva versión de Frankenstein en 1910 o una esplendorosa Blancanieves en 1916, ambas cintas comentadas ya en El antepenúltimo mohicano y que podéis rememorar siguiendo este enlace) en 1915 y René Plaissetty en 1921, la primera de ellas norteamericana, inglesa la segunda. Ambas habían gozado de un gran éxito, por lo que esta bien pudo ser una buena opción para hacer una nueva versión en la que sería la primera película de Cooper y Schoedsack en un estudio cinematográfico, lejos de sus ambientes y parajes exóticos y lejanos. Pero también era una novela que se contaba entre las predilectas de Cooper, a lo cual si añadimos que algunas de las peripecias de su protagonista coincidían con el periplo aventurero del realizador y productor, no resulta extraño que la eligieran para esta aventura en su propia tierra que les resultaría más difícil y frustrante que las pergeñadas rodeados de fieras salvajes y climatologías imposibles. De las adaptaciones de la obra de Mason quizá la más conocida sea la de Zoltan Korda, dirigida en 1939, una versión donde el romanticismo, la épica y el sabor de la aventura brillaban con un esplendor especial. Cooper y Schoedsack, junto a Mendes, lograrían una gran cinta también, y el éxito les acompañó a su vez. Pero la experiencia no fue de su agrado. Verse constreñidos a las directrices de una producción normal de estudio no les permitió la libertad a la que estaban acostumbrados, y en sus siguientes trabajos fueron ellos los dueños de sus propios pasos.

    Las cuatro plumas nos narra la historia del militar Harry Faversham (Richard Arlen) el cual, en un momento de cobardía (o lucidez: en realidad él lo que quiere es pasar el resto de sus días en paz con su bella enamorada con la que está a punto de casarse) decide abandonar el ejército justo cuando acaba de recibir un telegrama que le ordena incorporarse a la Guerra de Sudán. Sus tres mejores amigos, compañeros y militares también, lo descubren y le envían cada uno una pluma, símbolo que ya se nos ha explicado en un brillante prólogo que significa la mayor muestra de desprecio y humillación a la que puede ser sometido un soldado. Pero no ha bastado con esto: su prometida se entera de su acción y le endosa una cuarta pluma que resulta aún más dolorosa de recibir. Ethne, la joven con la que se ha prometido desde la niñez (una maravillosa Fay Wray), también lo rechazará. Se cumple así la mayor desgracia que enturbiaba las pesadillas de Harry, que desde niño ya temía que no podría soportar el peso de la historia familiar y sus obligaciones. Porque es este peso, esta losa inamovible e infernal lo que conocemos en el mentado prólogo. En él, el padre de Harry le cuenta junto al fuego de la chimenea historias y batallas de sus antepasados, épocas y hazañas gloriosas que él de mayor debe igualar por el bien del nombre de la familia. Harry niño escucha estas narraciones de cobardía y honor y queda marcado indefectiblemente por ellas. Los directores lo muestran en una secuencia prodigiosa en la que el joven Harry, tras declararle a su padre que él solo tiene miedo de tener miedo, se encamina a su habitación después de dejar a su progenitor con sus recuerdos de gloria, y le vemos en una inmensa estancia presidida por los retratos de sus ancestros, militares de renombre, y contemplamos su temblorosa figura empequeñecida ante el inmenso tamaño de los cuadros, que multiplican su peso mientras asciende tembloroso por la escalera a su habitación sosteniendo una vela. El pasado provoca más terror que el incierto futuro.

    Las cuatro plumas

    Tras recibir Harry la marca de la deshonra, lo cual provocará la repentina muerte de su padre ya enfermo, decidirá devolver una a una las plumas que le han traído la desgracia a quienes se las entregaron sin dar muestras de compasión. Como hemos indicado, la más dolorosa ha sido la de su prometida Ethne, narrada en un hermoso plano en el cual mientras Harry le cuenta lo sucedido ya observamos cómo una pluma preside la figura de su amada, la cual la tomará en sus manos y le arrancará la parte superior para entregársela cuando él termine de hablar. No ha encontrado comprensión en la persona por la cual no ha dudado en mancillar su nombre. Se inicia así el camino de expiación y redención de Harry en Sudán, donde esperará como un vagabundo que se dé la ocasión de poder redimirse. Las cuatro plumas se desarrolla con brío y eficacia a partir de este momento, incluyendo tremebundas fugas de prisión y el asesinato de un guardia temible que pretendía vender como esclavos a Harry y su amigo el capitán Trench (un jovencísimo William Powell), el que descubriera su acto de cobardía y quien promoviera el que le dieran las plumas malditas, y el que será también el primero que pedirá a Harry que le devuelva la enseña del deshonor, arrepentido por su acto tras ser salvado por Harry. Son estas dos escenas las que coincidirían con la fuga de Cooper prisionero de los rusos en la toma por estos de Polonia tras la Primera Guerra Mundial en 1921. Es muy hermosa la secuencia de los dos soldados huyendo por el desierto bajo un sol implacable, donde sentimos con fiereza la inclemencia de sus rayos y la soledad de un entorno en el que solo cabe esperar la muerte. Hay más momentos que denotan la mirada delicada e impregnada de belleza con la que los directores contemplan la naturaleza salvaje: las hogueras de los nativos que rodean Fort Khar, donde transcurrirá la última parte de la película, asemejan un mar de estrellas resplandeciendo allí donde no queda ninguna esperanza.

    Es en los planos dedicados a los nativos o los de la fuga de Harry y Trench, con una jungla en llamas y una estampida de hipopótamos, donde quizá podemos observar la querencia documental de Cooper y Schoedsack en Las cuatro plumas, si bien fue rodada sin salir de los Estados Unidos: lo que vemos es un falso Sudán. En la batalla final contemplaremos atónitos otras muestras de genialidad expresiva, con los soldados ingleses rodeados por unos enemigos que los superan con creces en número, narrada con una cercanía aterradora y unos travellings de una fiereza que ya habíamos atisbado en sus documentales y que devendrían magistrales en El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932), laterales para mostrarnos el avance de los soldados o un imponente retro en la carga de Harry, que nos sumergen en la crudeza del combate de igual forma que ya lo hicieran al mostrarnos a un tigre avanzando hacia la cámara sin que les temblara el pulso al rodar. Muestras de una grandeza que se vería constreñida por ese Hollywood que supuso entonces su infernal jungla particular. Acostumbrados a sus rodajes en plena libertad, avenirse a los condicionamientos de una producción regular no fue una aventura que los complaciera demasiado. Pronto se desquitarían rodando una de las mayores películas de todos los tiempos, King Kong (1933), donde dejarían constancia de cómo la civilización no muestra piedad en exterminar lo salvaje, el lugar donde la barbarie, como ya nos explicaron en El malvado Zaroff, viene de manos del hombre moderno.

    Una aventura en la niebla

    UNA AVENTURA EN LA NIEBLA

    Blind Adventure, 1933, EE.UU.

    El norteamericano Richard Bruce, interpretado por el habitual actor en las producciones de Cooper y Schoedsack de esos años Robert Armstrong, se encuentra de vacaciones en Londres. Forastero en tierra extraña, no tiene con quien pasar su tiempo y se siente solo. Sus intentos de habituarse a la forma de vida de la isla resultan un fracaso: la sempiterna niebla de la ciudad le supone un inconveniente más que una atracción de sabor local, y cenando en un club donde se imponen el silencio y la circunspección sus modales mundanos y abiertos acaban en un pequeño escándalo. Esta breve y muy divertida secuencia de la cena marca el tono de comedia que dominará toda la película: Bruce intentará hacer el menor ruido posible, pero todo le sale mal ante la mirada indignada de los clientes del restaurante. Huirá del local a refugiarse en su pensión, donde cenará y le pedirá a la señora que allí le atiende que por favor le acompañe. Por insistencia de esta, que le anima a que se divierta por las calles de Londres, el bueno de Bruce sale a dar una vuelta nocturna. Pero se pierde en la bruma y acaba entrando de manera accidental en una casa donde encuentra un cadáver en una de sus habitaciones. A partir de aquí la narración se dispara entremezclando muy bien una trama criminal efectiva y directa con una serie de situaciones y casualidades que nos harán reír, o cuando menos mantener una sonrisa, durante todo el metraje. Sorprende que justo después de la monumental King Kong (1933) tanto Merian C. Cooper, esta vez ejerciendo de productor, como Ernest B. Schoedsack, dirigiendo en solitario, se embarcaran en esta película tan humilde, si bien esto acabaría siendo lo normal en los filmes del segundo cuando rodaba sin la compañía de su hermano de batalla. Como pareja de Armstrong se contó con la actriz Helen Mack, de verdad fantástica en su papel de una jovencita, Rose Thorne, también recién llegada del nuevo continente, por lo que enseguida hará causa común con Bruce en el embrollo en el que casi sin querer se verán atrapados. Ruth Rose, la esposa de Schoedsack, se encargó del guion y la música fue compuesta por Max Steiner, ambos presentes ya en King Kong, este además autor de la maravillosa y rompedora partitura de El malvado Zaroff. Apenas terminada Una aventura en la niebla (Blind Adventure, 1933) ya estarán los cuatro de nuevo trabajando en la siguiente película de Cooper y Schoedsack, El hijo de Kong (The Son of Kong, 1933).

    Cambiando la jungla salvaje por una niebla no menos inhóspita y extraña, Schoedsack logra con eficacia hacernos sentir el peligro que acecha a nuestros protagonistas en esta aventura que se desarrolla en su totalidad en una sola noche. Pero las hilarantes peripecias por las que van pasando se suceden sin descanso y sin ceder lo más mínimo en brío y diversión. Las bromas contraponiendo el carácter norteamericano con el inglés son las de siempre, pero funcionan a la perfección. Bruce y Rose contarán con la ayuda de un ratero de poca monta (un genial Roland Young) al que adoptarán como compañero y que les servirá de impagable ayuda para desenvolverse en ese ambiente tan ajeno a ellos. Lo llamarán Holmes, siguiendo con las referencias british más clásicas, no pudiendo ser más chocante ni más encantador que sea nombrado así un ladronzuelo de segunda que no puede resultar más entrañable al espectador: es arrebatadora la sensación de que ojalá nos ocurriera a nosotros una aventura semejante y pudiéramos contar con un aliado tan fiel. Hasta los malvados son divertidísimos, y uno de sus cabecillas está además interpretado por el galán Ralph Bellamy, por lo que gracias a su presencia entre estos malencarados y feotes pandilleros no deja de darse algún toque de elegancia. Con una sencillez y una falta de pretensiones evidentes, Una aventura en la niebla acaba venciendo en parte gracias a eso, pero también porque jamás pierde el ritmo y sabe conservar el tono elegido con pericia e inteligencia. La secuencia en la que nuestros tres héroes se aventuran en una casa desconocida en la que se está celebrando una fiesta, en la cual deben integrarse para despistar a los maleantes que los persiguen, es una muestra perfecta de ello. Rose equivocándose y dando su mano al compañero erróneo cuando pretende colarse es un instante delicioso, tanto por su planteamiento y resolución como por las actuaciones de Roland Young y Helen Mack, que hacen vívido y emocionante ese justo momento en el que todo su plan puede irse al traste y que deviene comedia en estado puro. Poco más de una hora de duración, escenarios contados y un presupuesto limitado como corresponde a una producción B de la RKO: una película pequeña en la que Cooper y Schoedsack supieron ser otra vez grandes.

    Long Lost Father

    LONG LOST FATHER

    1934, EE.UU.

    Tras el rodaje de Una aventura en la niebla y El hijo de Kong, Ernest B. Schoedsack afrontaría una nueva producción barata para la RKO con Merian C. Cooper ejerciendo de productor y con guion de Dwight Taylor adaptando una novela de G. B. Stern. Max Steiner se encargaría una vez más de la música y a la fotografía contaron con el genial Nicholas Musuraca, si bien su mano en los contrastes y sus magníficos y profundos claroscuros no se advierte tanto como en sus trabajos sobre todo de los años 40 con directores como Jacques Tourneur o Fritz Lang. Long Lost Father (1934) podríamos considerarla un producto al servicio de su estrella protagonista, el gran John Barrymore, que da todo un recital de sus consabidas miradas cargadas de doble sentido y gestos de incrédula ironía en su papel de un vividor y aventurero retirado, Carl Bellairs, que ahora dedica sus días de tranquila y resignada decadencia a trabajar en un restaurante de lujo como relaciones públicas. Solo por su actuación ya merece la pena este melodrama con apuntes de comedia que no llega a alzar un vuelo muy elevado pero que en ningún momento deja de entretener. Bellairs ha recorrido medio planeta cuando menos, por lo que le resulta fácil entretener a la adinerada clientela con sus historias y sus modales y sapiencia de hombre de mundo. No podemos dejar de pensar que su personaje no es sino un reflejo de los propios Cooper y Schoedsack, que tras vivir las más apasionantes aventuras se encuentran ahora en Hollywood atendiendo a los ávidos espectadores de sus películas con sus narraciones de mundos lejanos y peligrosos llenos de fantasía y emoción.

    A pesar de su marcado carácter de filme dependiente de su estrella, Schoedsack muestra algunos bonitos detalles de dirección, en especial en sus elegantes travellings de situación o en la escena en que la hija de Bellairs, Lindsey Lane (Helen Chandler), está duchándose mientras su prometido la espera al otro lado de la cortina y le hace bromas acerca de que es una Venus bajo el agua, la cual ha comenzado con la imagen de un cuadro de la diosa. Quizá un apunte que ya figurara en el guion, pero que Schoedsack pone en escena con una delicadeza que por desgracia no está presente en otros momentos del filme. Bellairs, debido a su vida aventurera y disipada, fue abandonado por su mujer cuando Lindsey era una niña. Una herencia los reúne en el despacho de un abogado y Bellairs no la reconoce en un principio, pero cuando al fin lo haga descubrirá que su hija le guarda rencor y sus intentos de recuperar su relación perdida se estrellarán contra un muro. Lindsey triunfará como cantante y entrará en una pequeña espiral de perdición de la cual tanto su novio como su padre intentarán sacarla, aunque ella no se muestra encantada por la labor. Su actitud no deja de ser fruto en parte del odio hacia su padre, del cual pretende vengarse no atendiendo a sus peticiones de que vuelva al buen camino. Lindsey no hace sino repetir los pasos de su progenitor en esta fábula moral.

    Algunos diálogos y situaciones pre-code (en ese año de 1934 el viejo Código de Producción de Películas volvería a introducir con fuerza la censura) dan un poco de brillo a la narración, así esa frase espetada por Bellairs ordenando a un joven camarero que “atienda todos los deseos” de una madura clienta acompañado por una más que significativa mirada puro Barrymore, o una mención al opio impensable en cualquier otra película terminada tan solo unos pocos meses después. Pero en conjunto el filme no termina de funcionar como debiera, debido tanto a su guion plagado de tópicos como a una Helen Chandler que está tan pretendidamente intensa como vacía de emoción, una coprotagonista que muestra una falta de encanto notable en especial si tenemos en cuenta que es ella el motor de la acción. Chandler había triunfado en el teatro pero no ocurrió lo mismo en el mundo del cine. Su actuación es tan afectada como la que hizo en Drácula (Dracula, Tod Browning, 1931), donde lograba declamar de forma más exagerada que el propio Bela Lugosi (sin el carisma arrollador de este, claro), y resulta difícil que sintamos la más mínima empatía con ella. Y esta era necesaria para que Long Lost Father resultara efectiva en su faceta melodramática. En la vertiente más alocada se muestra también falta de nervio. La larga secuencia de la fiesta que culmina con una gincana que se desarrolla por todo Londres no contagia ni la diversión ni la locura desatada que pretende. Solo hay que compararla con el desenfreno que sí desprende esa otra divertida gincana que abre la magnífica Al servicio de las damas (My Man Godfrey, Gregory La Cava, 1936), aunque sin duda estamos siendo injustos al comparar. Nuestro cariño por Schoedsack vence en cualquier caso y hasta en los momentos menos inspirados no podemos dejar de admirarlo.


    José Luis Forte
    © Revista EAM / 63º Festival de San Sebastián



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