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    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino.

    Insert Coin.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    XXXVII Semana de cine de autor de Lugo

    Leviatán

    El cine de autor embruja a Lugo


    Que el cine de autor cale hondo entre un amplio sector de los lucenses y este septiembre hayamos podido asistir a la trigésimo séptima semana dedicada a las películas alternativas en nuestra ciudad amurallada es, desde luego, una estupenda noticia. Durante esta muestra dedicada al séptimo arte, organizada y proyectada por el grupo fotográfico Fonmiñá —en activo desde mediados de los setenta—, se ha rebasado la cifra de 7.000 espectadores y se han proyectado verdaderas joyas de las últimas novedades del panorama nacional e internacional. Cabe destacar que el público premió a La sonrisa verdadera como Mejor Película de la Sección Oficial, Waiting for the (t)rain a la Mejor Película Documental, Unary al Mejor Cortometraje Gallego y Action Painting al Mejor Cortometraje.

    Repasando la estupenda sección de Lo Mejor del Año, donde se dieron cita la comedia absurda, el drama más punzante, la sátira política o el thriller más sangriento, este año hemos tenido ocasión de visualizar títulos excelentes con un claro sello de autor tras los créditos. La gala inaugural tuvo como invitada de apertura la hipnótica Magical Girl, que viene de conquistar en el último año premios tan importantes como la Concha de Oro de San Sebastián. Encabezada por un magnífico Luis Bermejo, una hechizante Barbara Lennie y un soberbio José Sacristán, Magical Girl es única es su género, capaz de sumergir al espectador en una atmósfera turbia, donde el sueño casi imposible de una niña leucémica puede desembocar en una verdadera barbarie en la que aflora lo peor de cada personaje. Rabia, lujuria, egoísmo, autodestrucción y chantaje se entremezclan con referencias a la iconografía manga, al cuento del Mago de Oz o al universo pop del cómic. Toda una obra maestra con el sello de Carlos Vermut —al que ya conocíamos por esa genialidad underground turbia y caustica emitida sólo en streaming y bautizada Diamond Flash—, cuyos ambientes claustrofóbicos y pasajes surrealistas nos recuerdan un poco al chorro de talento del griego Giorgos Lanthimos.

    El martes llegaba a la pantalla del auditorio Gustavo Freire una de las comedias suecas más relevantes en el ámbito internacional de los últimos años: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Basada en la novela homónima de Jonas Jonasson y dirigida por Felix Herngren, la cinta se basa en las aventuras y fragmentos de la alocada vida del centenario Allan Karlsson, un anciano adicto a las explosiones y con un pasado convulso de encuentros inverosímiles con personajes relevantes como Churchill, Stalin, Franco o el hermano tonto de Einstein. Esta obra supuso la única decepción del festival, ya que a pesar de exhibir algunas situaciones cómicas y divertidas por su surrealismo, en líneas generales el humor torpe y facilón de Herngren —además de unos personajes caricaturescos y poco aprovechados— se volvió en su contra teniendo en cuenta además, la excesiva duración del metraje. El miércoles, en la Semana de Cine de Autor de Lugo un nombre brilló con luz propia: Julianne Moore, que en Siempre Alice interpreta con desgarrador naturalismo a una mujer con alzhéimer precoz. A sus cincuenta años Alice Howland, experta lingüista, profesora de psicología cognitiva en Harvard, brillante y culta, deportista ávida, sumida en un matrimonio feliz y con tres hijos muy distintos, comienza a padecer los angustiosos síntomas del deterioro propio de esta enfermedad. Presenciamos así un filme delicado, lejano al morbo y profundamente emocional, en el que una Julianne Moore absolutamente maravillosa hace justicia al Óscar, al Globo de Oro o al Bafta recibidos, entre otros muchos premios. Gracias a ella, el filme acaba evitando el ligero aroma a sobremesa televisiva que sobrevuela en algunos pasajes, y logra rendir un digno homenaje a todas las personas que padecen este problema. Al día siguiente, cambiando totalmente de registro de nuevo, fuimos sorprendidos por esa joya salvaje y sórdida de entramado político denominada Timbuktú, una cinta mauritana firmada por Abderrahmane Sissako capaz de contagiar y comunicar al espectador el terror del extremismo yihadista. Desde un punto de vista aséptico y objetivo, el director personaliza el horror político y social de la ciudad bajo el yugo de los tribunales islámicos en Kidane y su familia. El ritmo ágil, la intensidad con la que masticamos la injusticia y la honestidad de su guion hacen de esta propuesta africana un referente para reflexionar los escalofriantes acontecimientos actuales del mundo que nos rodea.

    Black Coal

    «Leviatán, de Andrey Zvyagintsev se trata de toda una obra maestra del drama social, que se nos antoja una metáfora total de la catastrofe, una apocalíptica profecía del desengaño económico y de la frustración».


    El viernes nos preguntábamos que nos depararía Black Coal, ese rojizo, pastoso y turbulento thriller japonés, merecedor del Oso de Oro en la Berlinale de 2014. Diao Yinan embruja y sorprende con una obra que aunque se sirve para su relato de muchos de los clichés de la narración detectivesca, deslumbra y obliga al espectador a atar cabos y permanecer con los ojos abiertos, incluso ante el horror que emanan muchas de sus escenas. Su protagonista, el alcohólico y agudo policía Zhang Zili, retoma por su cuenta la investigación de un asesinato turbio. Cabarets exóticos, una minúscula lavandería, callejones empapados de secretos y un lago donde se practica patinaje sobre hielo son los escenarios que asisten a la crudeza de este thriller plagado de giros. Un cine inteligente, de atmósferas grotescas, de estética fascinante y trasfondo crítico hacia algunas de las miserias de la economía china en su conversión capitalista. Todo un descubrimiento. Por último, y como colofón del festival, una de las películas más laureadas de todo el panorama europeo. Atiborrada de galardones a lo largo de este último año, el Leviatán de Andrey Zvyagintsev se trata de toda una obra maestra del drama social, que se nos antoja una metáfora total de la catastrofe, una apocalíptica profecía del desengaño económico y de la frustración. De avance pausado, plástica gélida y complejos personajes, la cinta rusa nos traslada a un pueblecillo del norte del país, donde Kolia, un humilde mecánico debe enfrentarse a la expropiación del terreno de su casa y su taller. El tira y afloja con el alcalde se convertirá en una bola de nieve imparable donde los problemas de Rusia —y del mundo contemporáneo en general— hallan su perfecto —y cruel— paradigma. Caciquismo, imbecilidad, impotencia, corrupción, impulsos sangrientos irrefrenables, acumulación de poder como la peor de las drogas. En definitiva, un broche perfecto para despedir septiembre y dar la bienvenida al otoño como se merece. ¡Hasta el año que viene!, y como bien dijo Serrat, más cine por favor.


    Andrea Núñez-Torrón Stock
    © Revista EAM / Santiago de Compostela
    El jardín

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