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    Premio Donostia 2015: Emily Watson, el reconocimiento a la sencillez

    Emily Watson en Rompiendo las olas

    Cuando José Luis Rebordinos, en calidad de director del Zinemaldia, desveló que el Premio Donostia de la 63 edición del Festival de Cine de San Sebastián iba a parar a manos de la actriz británica Emily Watson, nadie pudo ser capaz de cuestionar una elección que, de esta forma, premia a una artista que se ha caracterizado por un gusto exquisito a la hora de elegir los proyectos en los que interviene, poseedora de una espléndida carrera repleta de personajes inolvidables e interpretaciones de gran calidad, tanto en cine como en televisión y teatro. Durante el certamen guipuzcoano la intérprete de 48 años ha recibido este preciado galardón que en ediciones anteriores ha sido entregado a estrellas del calibre de Benicio del Toro, Denzel Washington, John Travolta u Oliver Stone. Más actriz que estrella y poseedora de una belleza atípica que encuentra su punto fuerte en una intensa mirada azul capaz de transmitir con idéntica facilidad una infinita fragilidad o las emociones más extremas, Emily Watson nació en Inlington, Londres, el 14 de enero de 1967, comenzando su formación en la prestigiosa escuela Drama Studio London. Tras participar en numerosas obras teatrales de la Royal Shakespeare Company entre 1990 y 1996, el siempre polémico y arriesgado Lars von Trier puso sus ojos en ella para que se hiciera cargo del papel protagonista de Rompiendo las olas (1996). Lo que vino a partir de ahí ya es Historia.

    Aquel filme no solo se convirtió en uno de los más aclamados del año por la crítica, sino también en una de las obras maestras de un realizador que no pudo estar más acertado a la hora de escoger a Watson para encarnar a esa pueblerina Bess que, guiada por unas creencias religiosas que la colocaban al filo de la locura (con conversaciones con Dios incluidas) y un amor infinito e incondicional por su marido —encarnado por Stellan Skarsgård—, es capaz de realizar los actos más degradantes. Una actuación descarnada y valiente que la colocaron como el gran descubrimiento del año, ganando el Premio del Cine Europeo a la mejor actriz, así como el del Círculo de críticos de Nueva York. Su nombre estuvo presente en los Óscars, los Globos de Oro y los BAFTA, abriéndole las puertas de Hollywood y dando comienzo así una carrera meteórica en la que los mejores realizadores se disputaban sus servicios. En The Boxer (Jim Sheridan, 1997), drama pugilístico con la temática del terrorismo del IRA de fondo, le dio una perfecta réplica romántica al excelente Daniel Day Lewis. Un año después llegó su segunda nominación al Óscar gracias a su papel de violonchelista de éxito en la biográfica Hilary y Jackie (Anand Tucker, 1998), papel con el que también compitió en los Globos de Oro y los BAFTA, volviéndose a ir de vacío. Tras un pequeño papel en la coral Abajo el telón (Tim Robbins, 1999), Watson se embarcó en otro de sus personajes más emotivos y recordados, el de la matriarca de una pobre familia de emigrantes irlandeses en América de Las cenizas de Ángela (Alan Parker, 1999), basado en el libro homónimo de Fran McCourt ganador del Premio Pulitzer. Por este papel optó por tercera vez al BAFTA. Tras ese éxito, lejos de venderse a la industria, la actriz prefirió seguir actuando en películas independientes como Trixie (Alan Rudolph, 2000), Metroland (Philip Saville, 2000) o La defensa Luzhin (Marleen Gorris, 2001), formando parte del extenso reparto, con los más granado del cine británico, de la magnífica Gosford Park (Robert Altman, 2001).

    Rompiendo las olas

    Más actriz que estrella.


    Paul Thomas Anderson se la jugó con la inclasificable Embriagado de amor (2002), una comedia romántica nada convencional que emparejó a Emily Watson con el casi siempre denostado Adam Sandler, logrando la increíble hazaña de que la crítica se deshiciera en elogios, por una vez, hacia éste último. Lo cierto es que ambos actores lograron una estupenda química que convirtieron a la cinta en un título de culto instantáneo. La fábula de ciencia ficción Equilibrium (Kurt Wimmer, 2002) y El dragón rojo (Brett Ratner, 2002), precuela de El silencio de los corderos en la que dio vida a una chica ciega, fueron las dos incursiones en el cine más comercial de una actriz que, desde entonces, pasaría a abandonar los papeles principales para convertirse en eterna secundaria de lujo. En Llámame Peter (Stephen Hopkins, 2004), Miss Potter (Chris Noonan, 2006), Luciérnagas en el jardín (Dennis Lee, 2008) o Cruce de destinos (Ricky Gervais, Stephen Merchant, 2010) continuó dejando constancia de su buen hacer desde papeles más pequeños que el que volvió a desempeñar en Oranges and Sunshine (Jim Loach, 2010), drama basado en hechos reales sobre una trabajadora social que trataba de sacar a la luz un terrible caso de niños separados de sus padres al nacer para luego ser obligados a trabajar en otros países. Por este trabajo, Watson estuvo nominada al Satellite Award a la mejor actriz. En los últimos años parece haberse especializado en un tipo de cine de época que le sienta como un guante. Así, estuvo magnífica en War Horse (Steven Spielberg, 2011), Anna Karenina (Joe Wright, 2012), Belle (Amma Asante, 2013), La ladrona de libros (Brian Percival, 2014) —por la que fue nominada a otro Satellite como mejor actriz secundaria— y La teoría del todo (James Marsh, 2014), el biopic sobre Stephen Hawking que le facilitó el Óscar a Eddie Redmayne. A punto de estrenar la espectacular Everest (Baltasar Kormákur, 2015), Watson logra con este Premio Donostia un nuevo e importante reconocimiento que, hasta el momento, se le ha estado resistiendo en los Óscar. Algo que, por otra parte, no debería quitarle el sueño, dada su comprobada profesionalidad y ese extraordinario talento del que, a buen seguro, continuaremos disfrutando los amantes del buen cine durante mucho tiempo, ya que siempre estará por encima de cualquier estatuilla dorada. Es el triunfo de la sencillez sobre el glamour.


    por José Antonio Martín León
    © Revista EAM / Madrid



    El fulgor efímero

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