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    63SSIFF | Retrospectiva Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (I)

    Grass

    LUCHAR PARA SOBREVIVIR

    Retrospectiva dedicada a Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack en la 63ª edición del Festival de Cine de San Sebastián.

    El cine en sus primeros días adoptó la función de tomavistas, mostrar lo que el ciudadano de a pie no podía ver en su devenir cotidiano, tierras lejanas e inhóspitas proyectadas a una manzana de tu casa. Todo era sorpresa, emoción y arrobo, por lo que no solo se limitó a esto. También lo más cercano, lo que estaba a las puertas de esos mismos hogares, era representado con una luz fantasmal y casi fantástica que bajo el temblor de una bombilla llevaba a la pantalla a unos obreros saliendo de una fábrica o a un tren precipitándose desde una estación francesa hacia las butacas de los aterrorizados espectadores que pensaban serían arrollados por él. Pronto, sin embargo, superadas las primeras reacciones de asombro y miedo, el público demandó más. La acción, la narrativa, en fin, las historias que desde que somos niños nos han gustado que nos cuenten cambiaron este arte para siempre. El cine documental siguió vivo, pero ya no bastaba con plantar la cámara y grabar el paisaje más impresionante o el acontecimiento más importante, función básica que todavía hoy es fundamental, sino que se demandaba algo más. Así el género se vio enriquecido y atravesado por fugaces líneas de drama, leves tramas argumentales que hicieran más emocionales las imágenes. El documental se impregnó de poesía, y los pioneros del cine lo llevaron todo lo lejos que incluso hoy se podría imaginar. Cámaras al hombro, ellos mismos se convertían en parte de la aventura, viviéndola y contándola con la cercanía del peligro y la belleza de lo inhóspito unas veces, de lo que alberga lo que aún está por contar en otras. Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack fueron dos de estos intrépidos aventureros. La 63ª edición del Festival de Cine de San Sebastián les rinde homenaje con una retrospectiva necesaria y apasionante.

    Hierba

    HIERBA

    Grass: A Nation’s Battle for Life, 1925, EE.UU.

    Este fue el primer documental que rodaron Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper como directores. Marguerite Harrison, a la que Cooper había conocido siendo prisionero de los rusos, los cuales lo habían apresado en la defensa de Polonia de la invasión bolchevique tras la Primera Guerra Mundial, cofinanció el proyecto. En él narran su viaje por Asia Menor en busca de una tribu, los bajtiari, el denominado (por Schoedsack y Cooper, claro, en aras de impregnar de misterio y emoción su relato) Pueblo Olvidado, su encuentro con ellos y el periplo que emprenden acompañándolos en un éxodo que los llevará, como cada año al llegar el invierno, de un territorio inhóspito, agostado ya de pastos, hacia una tierra prometida donde su ganado podrá pastar sin fin. La película se abre en un tono de amable aventura, con Harrison como protagonista buscando a los bajtiari a través de los desiertos y montañas de la antigua Persia, lo que hoy es Irán. Su encuentro con diferentes nativos nómadas servirán para mostrarnos cómo viven su día a día, comiendo, durmiendo, refugiándose de una tormenta de arena o conociendo al cuerpo de policía de la región. Siempre amable, respirando humanidad y cercanía en cada plano, los autores no dudan en incluir repetidos chistes con un perrito, adelanto del protagonismo que tomarán los animales frente a los humanos en sus siguientes obras, buscando la complicidad y la simpatía del espectador. Incluso no dudan en falsear alguna toma para que podamos ver a través de una representación lo que al final es solo verdad. Así, en una breve secuencia de caza, que desde los intertítulos nos dejan bien claro que se trata de cazar para comer, una anticipación de la titánica lucha que sobrevendrá poco después para eso mismo, para sobrevivir, es fácil comprobar cómo cuando uno de los nativos dispara a una cabra montesa alzada en lo más alto de un precipicio el plano sufre un corte casi imperceptible para a continuación ver la caída de la cabra despeñándose a los pies del cazador. Quizá Buñuel tomara notas aquí en su época si llegó a verlo para su película Las Hurdes, tierra sin pan (1933). Pronto encuentran a los bajtiari y Grass da un giro magistral. Deja de ser un relato amable para convertirse en una historia épica. Bajo el modelo del gran pionero Robert J. Flaherty, pero generando la misma sombra monumental que este: el nacimiento del cine documental tal y como lo conocemos hoy.

    El protagonismo pasa a Haidar Khan, el jefe de la tribu bajtiari, y su hijo de nueve años Lufta al frente de su pueblo. El viaje que emprenden cada invierno a una zona de ricos pastos será narrado como una epopeya de supervivencia y superación de dimensiones titánicas pero sin nunca perder la humanidad y la cercanía de sus protagonistas, enfrentados a una naturaleza poderosa e inclemente ante la cual cada minuto de vida es una lucha por sobrevivir en un entorno hostil. A través de desiertos alcanzarán el río Karun, cuyo paso aunará el ingenio del hombre con el peligro de atravesar unos rápidos de fuerza descomunal. Mujeres, hombres, niños y animales deberán luchar contra las heladas y feroces aguas que con su velocidad y sus remolinos se convierten en una trampa mortal. Hombres que no solo pelean por sus vidas, sino también por las de su ganado, su forma de subsistencia, arrebatando sus cuerpos a la corriente que no deja de arrastrar hacia el fondo del río a algún animal. Schoedsack y Cooper no tiemblan a la hora de mostrar cómo algunas de sus ovejas se hunden sin remisión en el gélido Karun. Pero la prueba definitiva es el paso del Zard Kuh, una gigantesca montaña de 4.500 metros de altitud que se alza con una belleza monstruosa en su camino. Descalzos por la nieve, con Haidar, Lufta y algunos hombres abriendo camino con palas, contemplaremos arrobados y estremecidos este feroz tramo del viaje entre precipicios mareantes, un viento que desconoce la compasión y la mentada nieve, la nieve eterna y cruel que parece negar toda posibilidad de vida. Vistas de la colosal montaña se alternan con el durísimo ascenso de los miembros de la tribu portando sus enseres y guiando a las bestias en ese infierno helado. Schoedsack y Cooper se valdrán también de los intertítulos para reforzar la idea de intenso frío, bien por medio de onomatopeyas, bien haciendo temblar las letras ateridas. Pero la tribu vence a Zard Kuh, y una vez coronado su descenso nos traerá algunas de las imágenes más bellas e impactantes del documental. La tribu descendiendo en zigzag la nívea e interminable ladera del coloso como una hilera de minúsculas hormigas es la esencia del filme: la pequeñez del hombre ante la inmensidad de la naturaleza. Y cómo este logra sobrevivir en ella. Harrison, Schoedsack y Cooper fueron los tres primeros occidentales en acompañar a los bajtiari en su éxodo de 48 días a través de ríos, montañas y desiertos a la busca del paraíso de los pastos. Su traslación en imágenes tiene toda la fuerza irrefrenable de los pioneros, respira toda la poesía y la épica de las grandes hazañas, y poder contemplar su viaje hoy tal y como ellos lo registraron entonces es una de las experiencias más maravillosas y emocionantes que el arte del cine nos puede ofrecer.

    Chang

    CHANG

    Chang: A Drama of the Wilderness, 1927, EE.UU.

    Tras esa obra maestra que es Hierba (Grass: A Nation’s Battle for Life, 1925), con la que Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper no quedaron del todo contentos debido a que no pudieron tener todo el tiempo que hubieran deseado no solo de rodaje, sino también de convivencia con la tribu bajtiari, lo cual les hubiera permitido un acercamiento mayor a este pueblo nómada, más confianza por parte de estos, nuestros dos directores decidieron afrontar su siguiente documental de forma distinta. Primero, viviendo más tiempo en su nueva localización, las junglas de Siam, y segundo buscando hacer aún más cercana su historia dando un protagonismo más particularizado a los nativos. Así, en Chang (Chang: A Drama of the Wilderness, 1927) seguiremos el día a día de una familia formada por el padre, Kru, la madre, Chantui, sus hijos Na y Lada (niño y niña respectivamente) y los animales con los que conviven en su choza, sobre todo el gibón Bimbo, que será el responsable de casi todos los momentos divertidos del filme gracias a sus continuas travesuras y gracietas, algo que el dúo de directores repetirá sin cansancio en bastantes de sus obras pues resultaba la forma más sencilla de hacer reír al espectador y acercarlo a los problemas y el sentir de sus lejanos, a ojos occidentales, protagonistas. Hacer más narrativo el documental, en definitiva, su gran innovación en el género y una forma de hacer que los llevará a que, cuando comiencen a rodar películas en el entorno para ellos más hostil que la jungla de Hollywood, no dejen de incluir secuencias documentales en ellas.

    Pero vayamos con Kru y su familia, cuya felicidad se ve amenazada de continuo por las terribles fieras de la jungla. Su choza es en verdad una casa de continuo asediada por tigres y leopardos, y vemos cómo a base de ingenio Kru y los suyos ponen trampas y barreras para evitar que las bestias les arrebaten sus cabras y su búfalo de agua. Aunque Kru consigue abatir a un leopardo que ha acabado con casi todas sus cabras, hay más, y a ellos se suma un aterrador tigre. Ellos también necesitan, como Kru, sobrevivir. Kru pide ayuda en el poblado cercano para dar caza al tigre. En la persecución de este, Schoedsack y Cooper darán toda una lección de cómo colocar la cámara, no solo pegados a las fieras y aguantando los planos hasta que se lanzan contra ella (algo que en King Kong, muy poco después, utilizarán como broma cuando el cineasta Carl Denham, el artífice de la captura del simio gigante, explique que él mismo graba sus películas manejando la cámara desde la vez en que uno de sus ayudantes huyó dejando de grabar cuando vio que un rinoceronte se les echaba encima), sino valiéndose de travellings de seguimiento y persecución de la bestia para hacernos sentir de cerca la angustia y el peligro de su captura, que culminarán con un terrorífico primer plano de la bestia literalmente comiéndose el objetivo. Movimientos de cámara siempre cargados de sentido, el de transmitir urgencia y rapidez: el tigre es una sombra veloz y salvaje entre la jungla. No solo estas fieras pondrán en peligro el hogar de Kru: la captura de un pequeño elefante llevará a que la enfadada madre destroce su choza para liberarlo. Y en nada, toda una manada de elefantes arrollará el poblado cercano justo en el momento en el que todos se ríen de Kru cuando este narra al consejo de ancianos su desgracia. Una marea gris que hace papilla lo que encuentra a su paso, derribando y aplastando casas de la misma forma en que se haría cotidiano en las películas de Tarzán de los años 30, una influencia evidente, extendida además a los momentos chistosos protagonizados por monos. Tras el ataque, los nativos deciden acabar con la amenaza de la manada de elefantes construyendo un krall, una empalizada en forma de embudo en la cual atraparán a los elefantes. Para ello, deben primero localizarlos y después guiarlos subrepticiamente ocultos tras unas ramas. La breve secuencia de los miembros del poblado atravesando un río escondidos tras el ramaje da lugar a imágenes muy potentes y extrañas, casi surrealistas: pequeños árboles que se desplazan entre las aguas, ignorando su corriente, provocando la singular idea de que estuvieran vivos. La secreta persecución termina cuando los asustan, ya cerca del krall, para que gran parte de la manada quede apresada y sea abatida por guerreros con lanzas. Es la ley de la jungla: hay que matar para seguir con vida. Luchar para sobrevivir.


    José Luis Forte
    © Revista EAM / 63º Festival de San Sebastián



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