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    Wes Craven, un autor en las tinieblas

    Wes Craven

    Adiós a Wes Craven,
    por Pedro José Tena (Badajoz) / © Revista EAM.

    Hay cineastas que se pasan la vida intentando trascender, buscando no solo un éxito de taquilla, sino una obra artística que conecte con el público de manera tan intensa que logre implantarse en la memoria colectiva y perdure durante décadas. Con suerte, mucha suerte, algunos lo consiguen una vez a lo largo de toda su vida. Wes Craven, nuestro ya añorado Wes Craven, se las apañó para comenzar a impactar nuestros sentidos a comienzos de los 70 y seguir siempre ahí, década tras década, provocándonos pesadillas y generando iconos con los que se ganó a pulso un lugar privilegiado en la historia del cine de terror. Qué demonios, en la Historia del Cine. Hombre intelectualmente inquieto e irremediablemente rebelde, Craven abandonó la docencia, la calma y la familia para entregarse en cuerpo y alma a ser el artífice de nuestros peores sueños, llevando a las pantallas de cine un particular universo en el que se mezclaban las ínfulas de autor con la voluntad de epatar al público a través de la violencia, el más crudo realismo (a menudo, consecuencia de la falta de medios) con la fantasía más desbordante, y un eterno conflicto entre el Bien y el Mal, corporeizados y enfrentados habitualmente en una batalla final llena de pirotecnia y efectos especiales, incluso cuando casi no procedía.

    1972 fue el año en el que Sean S. Cunningham (futuro director de oro mito del horror cinematográfico, Viernes 13) y Wes Craven cruzaron sus caminos y realizaron la que para muchos es la obra maestra de Craven o, al menos, la más sobrecogedora de toda su filmografía: La última casa a la izquierda (The Last House on the Left). Incómoda, con look casi amateur y contundente como una patada en la entrepierna, la ópera prima de Craven recogió el testigo de La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968) y, junto a la inmortal película sobre los resucitados, ayudó a configurar un nuevo cine de terror hecho desde las trincheras, sucio, árido y seco que, mediante una buena campaña de marketing y un emocionado boca-oreja, lograba sobreponerse a la escasez presupuestaria y llegar a públicos masivos, hasta tal punto que esa pequeña producción de noventa mil dólares de presupuesto terminó amasando diez millones alrededor del planeta. Pero antes hablábamos de un éxito que tendría que ir más allá de lo puramente crematístico, y La última casa a la izquierda consiguió traspasar esa barrera al erigirse como uno de los ejemplos canónicos del subgénero rape and revenge, mucho antes de que la industria fuera consciente de que existía ahí un patrón que se repetiría hasta la saciedad en años postreros. Esta versión destroyer de El manantial de la doncella (Jungfrukällan, Ingmar Bergman, 1960) resultó tan desgarradora e incómoda para muchos que a Craven le costó encontrar trabajo inmediatamente después, teniendo que esconderse tras el seudónimo de Abe Snake para firmar —y ser uno de los protagonistas de— The Fireworks Woman (1975), película para adultos con la que Craven parecía decir “si le vais a poner una X a mis películas, hagamos una X entonces”, aunque lo más probable es que simplemente intentara pagar sus facturas. Casi desde la periferia a la que parecía condenado su cine surgió de repente un nuevo clásico instantáneo de terror, con un título tan largo y evocador como el de su primer trabajo: Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977). No tan descarnada como aquella, pero igual de sucia e inquietante, esta epopeya supervivencialista fue, según confesaba el propio director, su homenaje desértico a La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974). Y, aunque con ella no logró convertir a sus villanos en iconos del género —relativamente, porque el Pluto de Michael Berryman es perfectamente reconocible—, Craven ya mostró aquí una clara voluntad por hacer de los malos los auténticos robaescenas de la película, por mucho que al final acabaran recibiendo su merecido… más o menos. El ostracismo al que se vieron relegadas estas primeras cintas de Craven (por mucho que Las colinas tienen ojos acabara recaudando, después de reestrenos y estrenos tardíos, veinticinco millones de dólares recontados en 1992) nos explica por qué alguien que acababa de construir dos películas que hoy son consideradas indispensables tuviera que encaminar sus pasos hacia la televisión, dirigiendo Las dos caras de Julia (Stranger in Our House, 1978) para la pequeña pantalla, con Linda Blair como protagonista de una historia sobre brujería que adaptaba una novela de Lois Duncan.

    La última casa la izquierda
    La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972)

    La década de los 80 comenzó de manera agridulce para Craven: desprovisto de la libertad creativa de sus años de cine underground, sólo le quedaba convertirse en un eficaz artesano al que los estudios llamasen de vez en cuando para rodar alguna historia de terror destinada a las salas de cine menos selectas. Bendición mortal (Deadly Blessing, 1981) probablemente no sería recordada hoy en día si no fuera porque una de sus protagonistas, Sharon Stone, se hizo famosa diez años después gracias a un cruce de piernas y a un picahielos. La cosa del pantano (Swamp Thing, 1982) fue un producto simpático y tan ligero y cargado de humor que, hoy en día, parece mentira que sea la adaptación de un cómic de la DC, si lo comparamos con circunspección con la que son adaptadas al cine actualmente las viñetas de la compañía. Invitación al infierno (Invitation to Hell, 1984) significó una vuelta a los cuentos terroríficos que no podía esconder su aspecto televisivo, a pesar de ser estrenada en cines, empezando por su protagonista, el muy catódico Robert Urich. La secuela Las colinas tienen ojos, 2ª parte (The Hills Have Eyes Part II, 1984) no hizo nada por reavivar la carrera de Craven. De hecho, a pesar de que se estrenó en el Festival italiano de Mystfest en junio de 1984 y en el de Sitges en octubre de ese mismo año, no llegó a las pantallas estadounidenses (y a las de medio mundo) hasta 1985, después de que se estrenara la película más famosa de Wes Craven y una de las mejores películas que nos dio el terror de la década: Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984). No nos vamos a detener demasiado aquí, porque todo el mundo conoce (y reconoce) a Freddy Krueger, posiblemente uno de los cinco personajes más icónicos del género en toda su historia, a la altura de los clásicos de la Universal (por mucho que los cinéfilos más veteranos se puedan rasgar las vestiduras tras leer este comentario) y, sin duda, una figura popular tan importante como Michael Jackson o Madonna en los 80. Sólo por eso la película ya se habría ganado el mérito de ser recordada ad eternum, pero es que además era condenadamente buena. Con ella, Craven demostró que, si le daban vía libre, podía desplegar un imaginario onírico absolutamente hipnótico y terrorífico y, al mismo tiempo, ser capaz de llegar a las masas con la inteligente utilización de los miedos más primarios que amenazan nuestra psique: el miedo a crecer, a perder a nuestros seres queridos, a no poder controlar nuestro subconsciente... y, sobre todo, al hombre del saco.

    Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984)
    Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984)

    Freddy Krueger, posiblemente uno de los cinco personajes más icónicos del género en toda su historia, a la altura de los clásicos de la Universal (por mucho que los cinéfilos más veteranos se puedan rasgar las vestiduras tras leer este comentario) y, sin duda, una figura popular tan importante como Michael Jackson o Madonna en los 80.


    En el ínterin entre una película para cine y otra, Craven aprovechó para hacerse un hueco en la televisión y así vio estrenados el telefilm Hibernado vivo (Chiller, 1985), un capítulo para la serie Disneylandia: El mágico mundo del color titulado Casebusters (1986) —primera y tímida incursión fuera del terror si exceptuamos su aventura pornográfica en los 70— y varios para Más allá de los límites de la realidad (The Twilight Zone) entre 1985 y 1986. Este mismo año llegó a las pantallas, ya con Craven convertido en una estrella, lo que prometía ser un nuevo éxito: Amiga mortal (Deadly Friend, 1986). Esta adaptación de una novela de Diana Henstell, en la que se mezclaba sin demasiado acierto drama adolescente, ciencia-ficción de mad doctors y terror, no cumplió las expectativas puestas en Craven y supuso un fracaso. Puede que la culpa la tuviera, en parte, la demanda de Warner Bros. de incluir más escenas gore de las que había en el montaje original editado por Craven, más centrado en la historia romántica entre los protagonistas que en los sustos. Aunque hoy recordemos la cinta con cariño, lo cierto es que le costó a Craven dos años casi en la inopia, hasta que consiguió poner en pie la que supone otro de los hitos de su filmografía: La serpiente y el arco iris (The Serpent and the Rainbow, 1988). Basado en un libro del etnobotánico Wade Davis en el que narraba sus experiencias en Haití con el vudú y los zombis reales, el filme sorprende por la minuciosidad con la que trata los temas que vertebran la trama y por la capacidad para generar en el espectador un terror genuino y minimalista en comparación con cintas previas del director. Excepto por el final, claro, en el que Craven se deja llevar de nuevo por el artificio y entrega una de esas batallas entre el bien y el mal tan comunes en su filmografía y que, en este caso, está de más. Con todo, el público respondió lo suficientemente bien como para que Craven se atreviera a intentar crear otro Freddy Krueger, alentado también por el éxito que tenían las secuelas de su creación más famosa, tanto en cines como en videoclubes y canales de televisión. Shocker, 100.000 voltios de terror (Shocker, 1989) nos presentaba a Horace Pinker, un asesino en serie que es ejecutado en la silla eléctrica y vuelve de entre los muertos para vengarse del tipo que le entregó a la policía. ¿También lo hace a través de los sueños, como Freddy? No, en este caso el vehículo que transporta la venganza del psicópata es… la electricidad. De nuevo afectada por numerosos cortes efectuados por la MPAA (una constante en toda la carrera de Craven), la película fracasó en el intento de generar un nuevo icono del terror e hizo que Craven terminara la década de los 80 de una manera un tanto amarga.

    The People Under the Stairs
    El sótano del miedo (The People Under the Stairs, 1991)

    Quizá fue la desidia lo que se escondía detrás del metraje de la gris Visiones nocturnas (Night Visions, 1990), hecha directamente para televisión. Pero otro sentimiento refulgía en el siguiente proyecto de Craven que consiguió pasar por salas gracias al apoyo de la Universal: El sótano del miedo (The People Under the Stairs, 1991). Este cuento macabro y oscuro no mostraba la truculencia de La última casa a la izquierda o Las colinas tienen ojos, pero sí contenía en su guion un mayor grado de mala baba que cualquiera de los trabajos recientes del director. Con la fama relativamente restaurada, el llorado Wes consiguió colocar su propia serie de televisión en MGM, Nightmare Cafe, aunque el paso por la parrilla fue bastante efímero y su única temporada palideció al lado de las tres que logró otra serie basada en una de sus creaciones, Las pesadillas de Freddy, que se había emitido de 1988 a 1990. Quizá la respuesta para reencontrar el clamor popular estuvo siempre ahí, debajo de un sombrero y con unas cuchillas afiladas. Así, Craven anunció a bombo y platillo que Freddy Krueger iba a volver a las pantallas, aunque en esta ocasión lo haría de un modo distinto, con nuevo aspecto y, sobre todo, nuevo contexto: protagonizada por versiones guionizadas del propio Craven, el productor Robert Shaye, el actor Robert Englund o la actriz Heather Langenkamp (heroína de las entregas 1 y 3 de la serie, además de ésta), La nueva pesadilla de Wes Craven (Wes Craven’s New Nightmare, 1994) proponía un irregular ejercicio metalingüístico muy alejado de lo que las masas adictas a Freddy demandaban, logrando desconcertar a fans y no fans con un juego de espejos deformantes que, no obstante, a algunos nos pareció disfrutable y sirvió como ensayo del que luego sería el mejor Craven de los 90.

    Aunque, antes de llegar a eso, el director tuvo que bregar con un Eddie Murphy en plena decadencia que monopolizó Un vampiro suelto en Brooklyn (Vampire in Brooklyn, 1995), mediocre comedia de terror que intentaba recordar a Drácula negro (Blacula, William Crain, 1972) y terminó pareciéndose más al Conde Duckula. Y entonces, justo cuando ya nadie apostaba por él, Craven aceptó dirigir un guion que llevaba meses dando vueltas por los estudios, firmado por un desconocido Kevin Williamson con el título de Scary Movie, y terminó poniendo patas arriba el cine de terror de los 90 y, en especial, el subgénero slasher. Obviamente, no hablamos de la Scary Movie que todos conocemos, sino de la retitulada para el rodaje Scream: Vigila quién llama (Scream, 1996), delicia que hoy en día algunos aguafiestas se empeñan en menospreciar pero que, no lo olvidemos, fue lo mejor que le pudo pasar al género durante esa década, quizá la más yerma (creativa y comercialmente hablando) de toda la historia del cine hasta que llegó este título. Scream 2 (1997) superó si cabe las virtudes de su predecesora (salvo por su apagado clímax final, bastante inferior al de la primera parte), de nuevo con un guion de Kevin Williamson que iba todavía más lejos que en la anterior: ya no se trataba sólo de burlarse del cine de terror, sino de las secuelas que intentaban exprimir el tirón de un éxito sorpresa… como la propia Scream 2. Con Miramax a sus pies, Craven dio el mayor giro argumental de toda su trayectoria cuando, sin que estuviésemos preparados para ello, se marcó un drama musical protagonizado por Meryl Streep, Gloria Estefan y… un puñado de violines. La mofa ante Música del corazón (Music of the Heart, 1999) fue generalizada, por mucho que la Streep fuera nominada (una vez más) al Óscar, y se llegaron a leer comentarios que afirmaban que la película daba más miedo que cualquier otra cinta de terror dirigida por Craven en el pasado. Y con ese fracaso, Craven abandonó la década como la empezó, pensando en que repetir la fórmula de éxitos previos era el único camino para mantenerse en el candelero.

    Red Eye
    Cillian Murphy en Vuelo nocturno (Red Eye, 2005).


    Por suerte para todos (aunque no tanto para unos productores que esperaban mucho más de ella), Kevin Williamson reapareció y brindó a Craven la oportunidad de cerrar una saga y una filmografía en un punto muy alto gracias a Scream 4 (2011), magnífico regreso de una saga que parecía haberse quemado a sí misma. 


    Scream 3 (2000) ya mostraba síntomas de agotamiento, empezando por un Kevin Williamson que pasó del proyecto dejándolo en manos del menos sagaz Ehren Kruger (y no, no era un seudónimo), y continuando por un Craven tocado por el fracaso de su anterior proyecto, su película más personal. Pese a sus puntuales buenos momentos, esta tercera parte de la saga que revolucionó el slasher resultó menos satisfactoria que algunas de las cintas que salieron a rebufo suyo. Y, desde luego, no auguraba la mejor de las suertes para Craven en el siglo XXI. Algo que se confirmó con el desastre de La maldición (Cursed, 2005), título que parecía presagiar el destino de una película mutilada por sus productores y que sufrió numerosos rodajes de escenas adicionales, alteraciones en el montaje y hasta la desaparición de secuencias completas que hicieron que varios actores quedaran totalmente cercenados del reparto, a pesar de que ya habían rodado todas sus escenas. Cuando esta historia sobre hombres lobos adolescentes se acabó estrenando en 2005, arrastraba ya tal cantidad de mala prensa que no se pudo hacer nada por evitar el fracaso (tampoco ayudaron, reconozcámoslo, esos efectos digitales que ya parecían desfasados desde el mismo momento del estreno). Por suerte, en un movimiento totalmente lógico dentro de la montaña rusa de éxitos y fracasos que fue siempre la carrera de Wes Craven, ese mismo 2005 nos regaló la oportunidad de ver la adrenalínica, escueta y vibrante Vuelo nocturno (Red Eye, 2005), la más taquillera de Craven fuera de la saga Scream. Aunque no era estrictamente de terror, este thriller aéreo cargado de suspense y acción reconcilió al público con Craven, quien se pudo permitir después el capricho de filmar uno de los capítulos de Paris, je t’aime (2006), concretamente el fragmento titulado Pere-Lachaise.

    Entrando ya en la recta final de su carrera (aunque nadie sospechaba que le quedara tan poco tiempo), Craven regresó al terror adolescente con una película que, sobre el papel, reunía las condiciones para convertirse en una nueva Pesadilla en Elm Street o un nuevo Scream. Sin embargo, Almas condenadas (My Soul to Take, 2010) sufrió una vez más la maldición de Craven: rodaje de escenas adicionales fuera de calendario, retrasos en el estreno, varios remontajes, mala prensa y fracaso en taquilla. Por suerte para todos (aunque no tanto para unos productores que esperaban mucho más de ella), Kevin Williamson reapareció y brindó a Craven la oportunidad de cerrar una saga y una filmografía en un punto muy alto gracias a Scream 4 (2011), magnífico regreso de una saga que parecía haberse quemado a sí misma y que no contó con el apoyo de un público joven para quien la figura de Ghostface tenía ya más de paródico que de inquietante. Tras esta película, el silencio. Y así, sin hacer ruido, sin que la mayoría de sus seguidores supiéramos que estaba enfermo, Wes Craven se ha marchado para siempre a los 76 años por culpa de un cáncer cerebral. El Mal, ese que tantas veces había reflejado en pantalla, ha ganado esta vez. Pero ni siquiera la parca puede vencer al cine, y con este, Wes Craven se hizo eterno.


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