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    Network (1976)

    Un capitalismo implacable

    Network (Sidney Lumet, 1976).

    Corría el 20 de mayo de 1977. Por aquel entonces vivía en Madrid, en la avenida ciudad de Barcelona, cerca de Atocha. Era viernes y, si la memoria no me falla, no hacía ni frío ni calor. Me recuerdo contento, afeitándome en mi claustrofóbico cuarto de baño, echándome colonia, poniéndome la camisa nueva. Empezaba a oler a democracia y todos nos creíamos más guapos, más altos y más chulos. Tenía plan con una compañera de la oficina. Un buen plan: dos entradas para Network (Un mundo implacable) (1976), la última de Sidney Lumet. Fui a verla a El Palacio de la Música, en Gran Vía (por aquel entonces Madrid no estaba sometida a la desertización cultural de su calle más emblemática). Tenía y tengo predilección por Lumet. Estaba más excitado por la posibilidad de hacer frente a otra película del realizador americano que por la cita. Salí con tiempo de casa, fui andando tranquilamente, cuarenta minutos de paseo. Había leído las críticas, en general entusiastas, pero lo que más me persuadía eran los artículos que elogiaban el trabajo interpretativo de Finch, Dunaway, Straight y Duvall. Se hablaban virguerías del cuarteto. Cuando llegué ella ya estaba allí. No recuerdo cómo nos saludamos, no recuerdo la conversación, no recuerdo nada de ella salvo sus manos. Pero sí puedo evocar mi impaciencia. Ocupé mi butaca de manera frenética, como si no estuviese numerada y necesitase fajarme para conseguir el mejor asiento. Repentinamente se apagaron las luces. La sala quedó a oscuras, sin resquicios de contaminación lumínica alguna (no existían los móviles). La película empezó como todas las de la Metro Goldwyn-Mayer: con el rugido del majestuoso león. A continuación sonó aquello de: «Esta es la historia de Howard Beale... ».

    Podría haber sido así, pero no lo fue. Me hubiese gustado que la experiencia de haberla visto por primera vez tuviese los visos de los pasados nostálgicos edulcorados por el paso el tiempo. Tristemente fue mucho más anodino. No tengo consciencia tan siquiera de la primera vez que vi Network (Un mundo implacable) ni del impacto que me causó. Hasta hace no mucho decía que "estaba bien, sin más". Ninguna experiencia extrasensorial hizo que sucumbiese a sus encantos. ¿Qué cambió? Mi paladar, el deterioro de mi inocencia y el poso inherente a los obras del director de Filadelfia. Obviamente no voy a descubrir a Sidney Lumet. No soy tan pretencioso. No soy tan ingenuo. Todo el mundo lo conoce. La mayoría han visto alguna de sus películas, a lo mejor sin saber que eran suyas. Fue un genio prolífico, con más de cincuenta obras en su haber. Y lo más impresionante de su dilatada filmografía no es que debutase en pantalla grande con Doce hombres sin piedad (1957), ni que compusiese «obras maestras en seis décadas distintas» (Javier Ocaña, El País), ni su estilo clásico, ni su predilección por Nueva York... Lo más asombroso de su obra es su compromiso social en su reflejo de la contemporaneidad en cintas de gran formato. Pero que nadie se lleve a engaño, no pretendo hacer una exaltación mesiánica de Network (Un mundo implacable), ni de su filmografía. De hecho una carrera tan dilatada está suscrita a fracasos, piezas menores, incluso ridículas como En estado crítico (1997).

    Network (1976)

    «El filme recoge un fenómeno que no ha tenido freno hasta nuestros días: la evolución o involución (según se mire) del periodismo al negocio de la información, que cristianizó en la industria de los medios y más tarde pasó a formar parte de grandes multinacionales o colegios de «corporaciones inexorablemente dirigidos por los estatutos inmutables de los negocios (...)».


    Network (Un mundo implacable) (1976) se estrenaba en el año en el que Carol Reed, Visconti y Fritz Lang pasaban a mejor vida (aunque a España llegó en mayo del 77). Era 1976 y el Óscar a mejor película se lo llevaba Rocky (1976) —injusticia histórica—, a las puertas se quedaban películas de la talla de Todos los hombres del presidente (1976), Taxi Driver (1976) y la cinta de Lumet. Las barbas, los bigotes y los pantalones ajustados estaban de moda. La película fue todo un éxito. Producida por la Metro Goldwyn Mayer, con un presupuesto aproximado de cuatro millones de dólares y una recaudación cercana a los 24 millones. Candidata a diez premios de la Academia y ganadora de cuatro estatuillas (tres en el apartado interpretativo y una al mejor guion) y otros tantos Globos de Oro. Una obra coral centrada en el estudio del poderío de la televisión, que plasma un mundo corrosivo, esclavo de las audiencias y los petrodólares. Howard Beale (Peter Finch), un viejo presentador de noticias, está condenado por sus dramáticos índices de audiencia. En un arrebato de locura advierte que se suicidará en directo la semana siguiente. Su viejo amigo Max Schumacher (William Holden), editor de noticias, trata de evitar el maremoto. Sin embargo, el bombazo de su sacrificio en antena desata un incremento del número de telespectadores, la avaricia de los dirigentes de la compañía y la ambición de Diana Christensen (Faye Dunaway), programadora de contenidos de la cadena, hacen el resto. El veterano Howard Beale pasa a tener su propio programa, demencialmente morboso, y muta en un telepredicador apocalíptico. En esa vorágine de destituciones, degradaciones, desavenencias, intereses y audiencias hay lugar para un discurso rico en subtextos, lleno de matices que no aparecen de enunciados de manera expresa.

    En su libro Así se hacen las películas (apúntenlo, lo citaré más veces), el afamado director afirmaba que el tema principal de Network era que «las máquinas nos están ganando» o bien que «la televisión no corrompe a la gente, la gente corrompe a la televisión». De eso trata la película. La universalidad del tema no ha perdido vigencia, por eso es un clásico abierto a relecturas más modernas —como las realizadas por algunos de los episodios de Black Mirror (2011-) o Nightcrawler (2014)—. Es posible que la televisión haya perdido presencia por el nuevo modo de vida, la irrupción y consolidación de Internet. Al menos en su sentido tradicional. En todo caso, Network (Un mundo implacable) ilustra perfectamente lo que el sociólogo alemán Jürgen Habermas llamó la «refeudalización de la esfera pública». Un concepto que versa sobre la idea de que el poder y la riqueza están estrechamente relacionados, si no existe el papel mediador del conocimiento (democratizado gracias a los medios de comunicación). El filme recoge un fenómeno que no ha tenido freno hasta nuestros días: la evolución o involución (según se mire) del periodismo al negocio de la información, que cristianizó en la industria de los medios y más tarde pasó a formar parte de grandes multinacionales o colegios de «corporaciones inexorablemente dirigidos por los estatutos inmutables de los negocios (...)».

    Network (1976)

    «Un mundo donde «no existen naciones, no existen los pueblos (...) Existe únicamente un gran sistema de sistemas. Un vasto y salvaje dominio de dólares (...). Es el sistema internacional monetario que determina la totalidad de la vida».


    Esta mirada desencantada tiene justificación contextual. A mediados de los setenta, Estados Unidos vivía una crisis económica brutal, con revueltas, terrorismo y una humillante derrota en Vietnam. El capitalismo y el liberalismo se asentaban como bases del nuevo orden mundial (que ha llegado hasta nuestros días). Un mundo donde «no existen naciones, no existen los pueblos (...) Existe únicamente un gran sistema de sistemas. Un vasto y salvaje dominio de dólares (...). Es el sistema internacional monetario que determina la totalidad de la vida». Y, por supuesto, la televisión ocupaba un lugar privilegiado en la vida pública y privada por su omnipresencia, gozaba (y goza) de una relevancia estratégica infinita. ¿Qué significó eso? Pues la pérdida de su inmaculada inocencia (blanco y negro) y su metamorfosis en una diabólica máquina de estandarización del pensamiento, al servicio del capital. Es cierto que estoy pecando de reduccionista, pero bastan estas excedidas líneas para hacernos eco de lo que ocurría hace cuatro décadas. A pesar de esta imagen fatalista el mensaje de Lumet tiene una vocación política que llama al activismo. El mismísimo profeta iracundo de las antenas (Howard Beale) arenga a las masas con su «(...) tienen que montar en cólera, tienen que decir: soy un ser humano, maldita sea. Mi vida tiene un valor» y los exhorta a gritar a través de sus ventanas su célebre: «Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo». En cada fotograma se respira inconformismo.

    Network (Un mundo implacable) es un trabajo realizado bajo parámetros clásicos. Tiene elementos que han envejecido mal, o que seguramente entonces no funcionaron del todo bien, como puede ser la voz en off. Su honrado libreto pierde fuelle en sus subtramas, tanto la amorosa como la del grupo terrorista. Es posible que haya diálogos excesivamente literarios y monólogos algo pesados. Pero es una cinta que esconde más brillantez formal de la que deja entrever su corrección. El propio Lumet cuenta, en su ya citado libro, como él y su director de fotografía (Owen Roizman) trabajaron para conseguir que la cámara no solo captase la historia sino que la transmitiese sin que el público fuese consciente de los trapicheos técnicos. La película versa sobre la corrupción y lo que hicieron fue corromper a la cámara. La cámara también se convierte en una víctima de la televisión ¿Cómo lo consiguen? Sin que los trucos técnicos que hacen posibles los cambios sean evidentes, se pasa de manera gradual, de la estética naturalista de la primera escena (de noche y con la luz justa) a utilizar una iluminación mucho más artificial. Al punto de haber escenas que están rodadas como si fueran anuncios de televisión, «con encuadres que parecen fotos fijas». Una transición orquestada con la cámara que habla del valor expresivo de la iluminación. Roizman es capaz de crear un mundo sugerente, con una utilización de la luz coherente y justificada por la trama. El resultado es el de una sobria y majestuosa fotografía, diseñada para crear una atmósfera y transmitir un mensaje a través de los matices y la luz. 

    Network (1976)

    «La interpretación de Faye Dunaway está libre de mácula. Sin duda, su Óscar hace justicia a su fantástica actuación. Le favorecía un personaje (Diana), de una frialdad irresistible, que era la cristalización del mensaje de la película».


    Como indicaba en el primer párrafo, el apartado interpretativo brilla con luz propia. Así lo percibió la Academia, que premió el trabajo de Peter Finch (junto a Heath Ledger, los únicos que han ganado la estatuilla a título póstumo), Beatrice Straight y Faye Dunaway. A la actuación de Peter Finch se le puede achacar, a toro pasado, un exceso de intensidad; y a la de Beatrice Straight que no es tan lúcida como la de otros compañeros de reparto que no tuvieron la suerte de ser galardonados, véanse William Holden o Robert Duvall. Pero la interpretación de Faye Dunaway está libre de mácula. Sin duda, su Óscar hace justicia a su fantástica actuación. Le favorecía un personaje (Diana), de una frialdad irresistible, que era la cristalización del mensaje de la película. El desafecto y la tibieza existencial de Diana llegan a su apogeo en el celebrado orgasmo con su amante Schumacher, en el que parece alcanzar el clímax por la subida de las audiencias, no por la consumación coital. Uno de los muchos detalles que destapan su encarnación como leviatán capitalista. Diana es el eje central de la coreografía. Ella presume de todos los valores de la televisión moderna. Este papel tan anhedónico exigía el compromiso de una personalidad minuciosa, como la de la protagonista de Bonnie and Clyde (1967). El obstinado método de la a actriz le llevó a exigir dieciséis arreglos en su falda para una escena. Una muestra de su caprichosa personalidad y de su carácter perfeccionista. Lumet fue un gran director de actores. No en vano lidió con todo el "Star System" a lo largo de su carrera (Katherin Hepburn, Al Pacino, Malon Brando, Ingrid Bergman, Sean Connery, Phillip Seymour Hoffman) sin polémicas de leyenda. Él mismo cuenta como visitó a Dunaway antes de rodar la películas, para atajar posibles problemas (se rumoreaba que era una actriz de actitud incierta, algo que según Lumet «resultó ser completamente falso»). Su mano izquierda y sus estrategias de dirección sacaron siempre lo mejor de los intérpretes, y lo hacía basándose en el «autoconocimiento, la confianza mutua que pueden desarrollar el actor y el director, la fidelidad del texto, la dedicación y el oficio». Componentes que intentó fomentar con el diálogo.

    En las líneas de Así se hacen las películas se corroboran las sospechas acerca del trabajo de Lumet. Solo una persona autocrítica, humilde y meticulosa puede hacer de la artesanía arte. Como crítico es de obligada lectura, si bien ablanda nuestro juicio también nos ayuda enriquecer la mirada sobre su obra y por ende la de todos los directores. Su idiosincrasia, controladora y cuidadosa, le llevó a alcanzar la pasión desde el pragmatismo. Su objetivo era que todo el set hiciese «la misma película», sin egos de por medio. Desde esa praxis construyó una carrera ecléctica en la que el sentido social y su perfil comprometido fueron constantes de muchos de sus filmes. Abordó, con rotundidad, problemáticas de todos los colores: la corrupción policial, el Holocausto, la Guerra Nuclear, las grietas del sistema judicial o la manipulación y el sensacionalismo de los medios de comunicación. En esa miscelánea encontramos varios clásicos, como Network (Un mundo implacable), que lo son por su capacidad de ser contemporáneos a todas las épocas. El mundo ha cambiado desde los setenta, sobre todo en sus formas, pero en esencia las reglas del juego son las mismas. El día que los parlamentos de Howard Beale pierdan validez, servirán como reflejo irrefutable de lo que fue una época.


    Andrés Tallón Castro
    © Revista EAM / Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 1976, Network (Un mundo implacable). Título original: Network. Director: Sidney Lumet. Guion: Paddy Chayefsky. Productora: Metro Goldwyn-Mayer. Fotografía: Owen Roizman. Música: Elliot Lawrence. Intérpretes: Faye Dunaway, William Holden, Peter Finch, Robert Duvall, Beatrice Straight,Wesley Addy, Ned Beatty, Arthur Burghardt, Bill Burrows, John Carpenter, Jordan Charney, Kathy Cronkite, Ed Crowley, Jerome Dempsey, Conchata Ferrell, Gene Gross, Darryl Hickman.

    Póster: Network (1976)
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