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    Crítica en serie | Weeds (2005-2012)

    Weeds

    Incorrecto diagnóstico de una auténtica familia americana

    crítica a Weeds (2005-2012).

    Showtime / 8 temporadas: 102 capítulos | EE.UU, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012. Creadora: Jenji Kohan. Directores: Craig Zisk, Michael Trim, Scott Ellis, Julie Anne Robinson, Eric Jewett, Paul Feig, Lev L. Spiro, Tucker Gates, Perry Lang, otros. Guionistas: Jenji Kohan, Roberto Benabib, Matthew Salsberg, Victoria Morrow, Dave Holstein, Brendan Kelly, Stephen Falk, Rolin Jones, Ron Fitzgerald, Carly Mensch, otros. Reparto: Mary-Louise Parker, Hunter Parrish, Alexander Gould, Justin Kirk, Kevin Nealon, Elizabeth Perkins, Andy Milder, Allie Grant, Tonye Pantano, Maulik Pancholi, Guillermo Diaz, Demian Bichir, Indigo, Enrique Castillo, Romany Malco, Renée Victor, Hemky Madera, Jennifer Jason Leigh. Fotografía: Michael Trim, Steven H. Smith, otros. Música: Gwendolyn Sanford & Brandon Jay, otros.

    Weeds es una de las series insignia de Showtime. Aquélla que, junto a Dexter (2006-2013) o Californication (2007-2014), permitió que la cadena dejara de ser asociada en exclusiva a la comunidad homosexual y empezara a ser reconocida por la diversidad de su parrilla. Es verdad que antes estuvieron Tan muertos como yo (2003-2004), Fat Actress (2005) o Huff (2004-2006) –que sumó para Showtime dos Emmys consecutivos para Blythe Danner como Mejor actriz de reparto en drama–, pero la corrosiva comedia de la extraordinaria guionista Jenji Kohan logró lo que éstas no: éxito de público y llegar a una tercera temporada. Y no solo llegar, sino seguir renovando hasta sumar ocho entregas y un total de 102 capítulos, la serie más larga de la cadena hasta la fecha. Hoy, 7 de agosto de 2015, se cumplen diez años del estreno de esta estupenda comedia negra, que se emitió con el desenlace de Queer as folk (2000-2005) para proporcionar un colchón de audiencia que posibilitara un arranque exitoso. Y lo lograron. Weeds empezó su andadura con fuerza y supo mantenerse fresca y original, con un quinteto protagonista estable y una historia que cambiaba de piel cada par de años. Este texto es un homenaje al trabajo de todos sus responsables, tratando de honrar la existencia de una maravillosa serie que enarbolaba la sana incorrección política por bandera con resultados en ocasiones excesivos pero siempre, y merece la pena repetir siempre, con diversión e inteligencia.

    ¿De qué trata Weeds? De varias cosas y a la vez siempre de la misma. Empieza contando que una reciente viuda y madre de dos chicos vende marihuana en la zona residencial de lujo en la que vive. Nancy Botwin lo hace para no perder su acomodado nivel de vida. A lo largo de las temporadas, Nancy, sus hijos Silas y Shane, su cuñado Andy y su contable Doug (personaje mantenido de diversas formas por la gracia de Kevin Nealon para funcionar como secundario meramente cómico) cambiarán de ambiente, de lugar y de vida, pero siempre se mantendrá el motor de toda esta historia. Lo que hace Kohan es emplazar a una mujer blanca, de nivel social medio-alto y adicción al riesgo en un ambiente que de natural le es, más que nada por un prejuicio, ajeno. El mundo del tráfico de drogas en diferentes niveles y una personalidad arrolladora que arrastra a estos hombres en su vida en un camino de perdición. De lo que siempre trató Weeds es de la familia –tanto la biológica como la creada por el amor o el cariño– como núcleo indivisible. Como entidad que puede sufrir las más duras pruebas y no romperse. También de cómo la gente no cambia, de cómo en esencia crecemos pero seguimos siendo los mismos (en You Can`t Miss The Bear (1.1) un personaje lanza una sentencia que será completamente verdadera cuando termina It`s Time parts 1 & 2 (8.12/13), probando que los guionistas tenían las cosas claras desde el principio y una tesis de base establecida. Si la medida de un buen producto de ficción televisivo es su capacidad para no traicionar su premisa y ser consecuente con lo contado y dicho, la comedia aquí celebrada es un buen producto. ¿Que dejó de tratar sobre la venta de marihuana en los suburbios? Sí, pero porque seguíamos a los personajes, y era imposible que estos no avanzaran. A Nancy se le iba a quedar pequeña Agrestic/Mayectic/Regrestic, y su grupo de dependientes hombretones iba a seguirla hasta el fin del mundo. El mérito de Kohan y su gente reside en que este camino, la evolución personal y criminal de la mujer y su familia, nunca fuera menos que inevitable.

    Weeds

    Lo más asombroso siempre era comprobar cómo la América que nos enseña el cine es tan distinta de la América que nos enseña la televisión. Esta comedia cargada de vitriolo se unió a una saludable tendencia de cuestionarse las ideas del esfuerzo y trabajo duro, tan medularmente americanas, como único camino para el éxito. Lo que muchos se pueden tomar muy a pecho para otros es palabrería, y los personajes de Weeds se darán poco a poco cuenta de ello. En el caso de esta América, la incorrección campaba a sus anchas. Los niños jugaban a ser musulmanes que sacrifican rehenes americanos, las madres pillaban a sus hijas de diez años besándose con sus amigas asiáticas, las jóvenes sordomudas eran las reinas de las mamadas en el instituto y una madre puede no poner siempre primero a sus hijos y no por ello ser un monstruo. En eso ayudó, y muchísimo, el talento de Mary-Louise Parker. Actriz que crece ante un reto y una de esas intérpretes que actúan con el cuerpo y el alma, Parker irradia tal carisma que las decisiones de su problemático y estimulante personaje no provocaban tanto el desprecio –que también para muchos espectadores–, sino la reflexión o confusión. La sonrisa pícara de Parker/Nancy es una de las armas más poderosas (y frecuentes) de una serie que reflexionó, siempre con el humor por delante, sobre una amplia variedad de temas, tanto los más universales (familia, sentido de la existencia, moralidad, consecuencias de nuestras acciones, genética, amor) como candentes tópicos de carácter social, desde el tratamiento de la marihuana como “droga peligrosa” hasta el cáncer de mama, la corrupción policial o las grandes empresas y sus engaños.

    Todo esto a través de unos diálogos extraordinarios, escritos por unos guionistas con el mejor oído tanto para la réplica ingeniosa de humor como para la sentencia amenazante. Reflexiones brillantes sobre la vida, metáforas magníficas para evitar hablar de sentimientos y una economía del lenguaje en unos personajes que convivía con la descontrolada verborrea nerviosa de otros. Weeds deja múltiples perlas para la historias, certeros diagnósticos del momento actual en que vivimos y reflejo de la moralidad gris de sus personajes. Se da por hecho que el género de la comedia tiene la misión de hacer reír y poco más, pero esta serie prueba que esa risotada puede invitar a la reflexión, que junto a la ocurrencia más salvaje puede ir una sabia observación. Del drama surge el humor, y viceversa, porque la vida nunca es excesivamente seria o payasa. Y hace que uno reflexione sobre la necesidad de contar con más series así de bien dialogadas, tanto en comedia como en drama, en un momento donde se piensa más en crear citas memorables que en la consistencia de las conversaciones, cayendo así en repeticiones hechas para el público que se presupone perezoso y que son de lo más irritantes.

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    Este perfecto equilibrio se mantuvo durante dos primeras tandas impecables. 22 capítulos perfectos y repletos de ingenio, que culminaron en un cliffhanger de los que hacen historia y que se resuelve de manera magistral. Los chispazos de genio, presentes desde el reparto hasta el montaje, nunca decayeron, pero sí que la serie acabó perdiendo un poco ese perfecto equilibrio entre los chistes y los peligros de lo contado, entre la exageración cómica y la plausible descripción de unos hechos. El cinismo tomó el control y Weeds vivió su tercera entrega preparando el cambio venidero, atendiendo múltiples subtramas y combinando cargas de profundidad con el puro desbarre. La historia detrás del radical cambio obedece a la lógica, y es que Kohan y sus guionistas se cansaron de hacer chistes de zonas residenciales y diferencias de clases, y para evitar la mediocridad de las tramas decidieron acabar con Agrestic y trasladar a los Botwin a Ren-Mar y la frontera con México, donde Nancy va a encargarse de trabajos con mayor responsabilidad. Sacar a los personajes de su entono y empezar una nueva historia en el capítulo 38 fue una jugada arriesgada, pero que salió redonda. Weeds se vio revitalizada y consiguió su primera y única nominación a los Emmy como Mejor comedia, algo poco habitual para cualquier serie en su cuarto ciclo. Un nuevo territorio marcado por lo imprevisible, donde el reparto pudo ejercitar nuevos músculos cómicos (para beneficio sobre todo de la grandiosa Elizabeth Perkins, que estaba empezando a parecer condenada a soltar perlas incorrectas con pose escéptica) y el espectador se vio metido en situaciones inéditas. El peligro de mantener la vida criminal y la familiar separadas se volvió demasiado grande (tanto dentro como fuera de la historia), así que ambas ideas mutaron en una hilarante y fresca combinación que trajo la bienvenida y poderosa presencia de Demian Bichir como Esteban Reyes y su séquito de trabajadores, cuya estoicidad era un contrapunto perfecto para los Botwin y Doug.

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    Durante gran parte de su andadura, Weeds supo equilibrar con mano maestra las subtramas de múltiples personajes, a veces hasta más de diez. Nunca pareció gratuito ni forzado, ni el resultado de un ejercicio obligado de proporción en la sala de montaje. No. Era lo más natural saltar de una historia a otra, aprovechando como pocas series sus 25 minutos de metraje para que el reparto tuviera material propio y la audiencia estuviera entretenida. Pero llegó un punto en que era difícil mantener esto y seguir contando la historia que era necesario contar, así que como pasara tras la quema de Agrestic, el impactante final de la quinta supuso la salida de la serie de los personajes de Celia e Isabel y redujo a Dean a una presencia mínima y solo cómica para las tres temporadas restantes. Algo frustrante para los espectadores por la falta de explicaciones de estas ausencias, pero que se puede entender al comprobar los derroteros de la comedia en cada momento. Y es que la conversión de Shane y las circunstancias límite a las que había llegado la vida con Esteban hicieron que la sexta mutara de nuevo hasta ser una gigantesca road movie de 13 entregas, la tanda más floja de la serie porque varios capítulos delatan su naturaleza de puro relleno, de dilatación de la historia, pero aun así un notable ejemplo de comedia negra vista como un Todo. Y una pertinente concentración física del quinteto protagonista que los obliga a iniciar procesos de introspección. No es fácil hacer esto cuando también se tiene que ofrecer una ración de carcajadas, pero como ya hemos dicho, en Weeds se lograban hazañas así.

    Hazañas como la colección, a través de los años y las circunstancias, de un puñado de estrellas invitadas absolutamente memorables, signo no solo de que la popularidad de la serie crecía, sino de que había un buen material de base para el lucimiento (puntual u ocasional) de intérpretes de primera. Desde Allison Janney en la primera, pasando por Zooey Deschanel en la segunda, Matthew Modine y Mary-Kate Olsen en la tercera, Albert Brooks en la cuarta, Alanis Morissette en la quinta, Richard Dreyfuss en la sexta, Michelle Trachtenberg o Pablo Schreiber en la séptima y Jennifer Jason Leigh en la octava, aunque era presencia habitual desde la quinta. Hay muchos más, pero quizá el personaje no era tan interesante o tuvieron demasiado poco tiempo o material para crear un invitado que se quede en la memoria. Sea como fuere, en Weeds siempre hubo una solidez actoral destacable, y uno de los mayores placeres de una serie larga es comprobar cómo los jóvenes crecen en formidables actores, con el caso de Hunter Parrish como ejemplo ideal.

    Weeds

    Nancy y su malsana atracción por el peligro, Andy y su verborreica inocencia, Silas y su irresistible estupidez, Shane y su cínica visión del mundo y Doug y su sucia boca y claridad ante las cosas. Los personajes empiezan la serie en un lugar y la terminan en otro, pero su esencia no cambia. Aprenden a palos, ya que las acciones tienen consecuencias, y los Botwin y Doug lo van a aprender, aunque sea porque la realidad se acabe imponiendo. En medio, múltiples aventuras recorriendo el país y viviendo al límite. Decepciones vitales, humor negro y situaciones que sorprenden al espectador, aunque sea al comprobar que los personajes tropiezan con las mismas piedras, casi sin importar las circunstancias ni el contexto. Hasta cuando la serie pega un salto hacia delante de tres años en el tiempo, los protagonistas tardan poco en reunirse y retomar posiciones, aunque la séptima sea probablemente la que mejor utilizó al personaje de Doug, tras más de setenta entregas como puro relleno cómico, disparando chistes envueltos en humo de marihuana. Nueva York, nueva vida, y expansión de las historias hasta delimitar con mayor claridad que nunca donde se situaba cada personaje respecto al otro. Una preparación bastante lograda para lo que sería la última temporada de Weeds, una feliz vuelta a los suburbios y una sensación de circularidad ejemplar, con un experimento de familia moderna y el intento definitivo de la potente mujer central de la historia de hacer las cosas mejor que nunca, de aprender de verdad de los errores.

    Pero al final, como hemos dicho, solo se aprende a base de palos, y son las circunstancias de la vida (un disparo, una historia de amor madura, una improbable petición de tu hijo de irse a un internado) las que provocan un cambio, por forzoso que éste sea. No se puede jugar siempre al límite y esperar que todo salga bien, y aunque Nancy hace cosas buenas, como ayudar a Tim y dejar a Jill en una buena posición personal, el flashforward que vertebra todo el desenlace (y que presenta en una colección de chistes el destino de muchos secundarios de oro de la serie) demuestra que existe una cruel justicia cósmica en el mundo y que los destinos finales de los personajes son o bien los de la felicidad a medio camino, o los de la infelicidad pese a tener lo que tienen. La imagen de despedida, una colectiva calada de porro en silencio, nos lanza por última vez a los créditos reflexionando sobre este quinteto cuya vida hemos seguido. Les echaremos de menos, pero quizá sea mejor que nos despidamos aquí, imaginando que van a estar mejor. Aunque puede que no sea cierto. Adiós, Weeds. Gracias por todo. | ★★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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