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    Crítica en serie | Wayward Pines

    Wayward Pines

    Nada es lo que parece

    crítica a Wayward Pines (2015).

    FOX | Miniserie de 10 capítulos | EE.UU, 2015. Creador: Chad Hodge, basado en las novelas de Blake Crouch. Directores: Zal Batmanglij, Tim Hunter, M. Night Shyamalan, Nimród Antal, James Foley, Steve Shill, Charlotte Sieling, Jeff T. Thomas. Guionistas: Chad Hodge, Blake Crouch, Matt Duffer, Ross Duffer, Rob Fresco, Bill Hooper, Patrick Aison, Brett Conrad, Sang Kyu Kim, Steven Levenson. Reparto: Matt Dillon, Toby Jones, Melissa Leo, Shannyn Sossamon, Charlie Tahan, Carla Gugino, Reed Diamond, Hope Davis, Siobhan Fallon, Sarah Jeffrey, Chad Krowchuk, Tim Griffin, Terrence Howard, Juliette Lewis. Productora: Blinding Edge Pictures / De Line Pictures / Storyland / FX Productions. Fotografía: Jim Denault, Greggory Middleton, Amy Vincent. Música: Charlie Clouser.

    Twin Peaks (1990-1991) se ha convertido, para bien y para mal, en toda una referencia en el mundillo televisivo. Cualquier serie posterior que incluya pueblo o ciudad pequeña con misterio y/o la investigación sobre el asesinato de un/una joven tendrá que soportar injustas comparaciones. Pues bien, Wayward Pines no es Twin Peaks. Ni quiere serlo. La historia que Blake Crouch desarrolló en tres novelas (publicadas entre 2012 y 2014) y que Chad Hodge ha convertido en una miniserie de diez entregas parte de un enigmático lugar en medio de ninguna parte donde despierta un agente del FBI tras un accidente, pero pronto se convierte en otra cosa, y muta conforme las revelaciones se van produciendo. Hodge y sus guionistas –entre los que se encuentra el propio novelista– no pierden ni un segundo a la hora de extender las múltiples subtramas, presentar personajes y sobre todo jugar con las expectativas del espectador, que difícilmente podrá adivinar lo que va a acontecer entre el potente arranque con Ethan Burke y el cruel desenlace que tiene a Ben Burke como figura central. Wayward Pines es una miniserie que se puede llevar por delante, en cualquier momento, a los miembros más estelares del reparto, y que plantea con aciertos y errores unas reflexiones muy interesantes sobre las personas y sus roles sociales. La soberbia, el complejo de heroísmo, la condición innata de líderes o seguidores... todo está presente en una historia que empieza de manera espectacular, con una primera entrega dirigida por el caído en desgracia M. Night Shyamalan con su habitual buena mano para la creación de tensión y la puesta en escena.

    El misterio comienza cuando Burke despierta en el hospital de Wayward Pines, recordando los segundos antes de una colisión automovilística de camino a investigar la desaparición de dos compañeros del cuerpo, incluida su ex-amante, la agente Kate Hewson. El acartonado comportamiento de los habitantes de la ciudad y la negativa de las autoridades a darle una explicación decente o ayuda en su investigación hace que su instinto de agente se afile y comience a hacer preguntas incómodas. Paralelamente a sus pesquisas están las de su mujer e hijo adolescente, que parten en su propio viaje para tratar de recomponer una unidad familia rota, y en su búsqueda de información sabremos que no todo es lo que parece en este universo. Las respuestas que todos buscan vendrán poco a poco pero con frecuencia, y la audiencia no tiene sino la opción de aceptar el tumultuoso viaje que le espera, uno que no tiene miedo al ridículo pero que tampoco ofrece un momento de respiro. Mientras nos formulamos preguntas y hacemos conjeturas constantemente, las cuales van a ir cambiando conforme avance la historia, los estupendos títulos de crédito van cobrando más y más sentido y la verdad sale a relucir poco a poco. Hay que decir a favor de sus responsables que no nos engañan, que una vez dan respuestas, así se quedan éstas, y no hay marcha atrás. Es un apuesta arriesgada la que hacen, y que puede costarles parte del público, pero la asumen con todas sus consecuencias.

    Wayward Pines

    «En términos generales, la acción es capaz de convivir con los personajes sin comérselos, haciendo que sus arcos narrativos se extiendan y respiren, y la situación descrita propicia la implicación del espectador, su identificación por las distintas posturas».


    A pesar de sus evidentes cromas y lo que se encasillan algunos miembros de su reparto en un repertorio de gestos y cadencias al hablar, Wayward Pines es en última instancia un producto más que digno. FOX sigue demostrando que dentro de las cadenas en abierto es de las que más arriesga, y los visionados internacionales y nacionales de la miniserie demuestran que la jugada no les ha salido mal. Existía cierta atracción morbosa hacia un producto final que ha visto retrasado su estreno previsto casi un año, habida cuenta de que terminó de rodarse en febrero de 2014, pero puede que fuera una pura cuestión de no saber dónde emplazarlo de la mejor manera posible. La realidad es que entretiene mucho, intriga genuinamente durante la primera mitad de sus capítulos y conduce las tramas por los lugares más inesperados, haciendo que sus giros no parezcan forzadas carambolas sino la única solución posible con todo lo contado.

    Eso sí, la gran aportación del creador a la serie es la importante subtrama de la Primera Generación –ausente en las novelas–, lo cual afecta directamente al desenlace y plantea cuestiones de lo más interesantes e incómodas. Una variante de adoctrinamiento en el pueblo, y la personificación de aquel dicho famoso que habla de los pecados del padre. Lástima que el reparto juvenil sea tan mediocre (especialmente los pavorosos Sarah Jeffrey y Tom Stevens) y ello afecte al resultado final buscado por los responsables, aunque no lo arruina por completo. En términos generales, la acción es capaz de convivir con los personajes sin comérselos, haciendo que sus arcos narrativos se extiendan y respiren, y la situación descrita propicia la implicación del espectador, su identificación por las distintas posturas. Rabia, impotencia, incredulidad, descrédito... la revelación sobre la naturaleza de Wayward Pines como lugar para vivir es una de esas que dejan boquiabierto, y aunque aquí no se va a desvelar, basta con decir que no va por los habituales caminos del subgénero. Como tampoco lo hace el impactante final, que funciona de espejo distorsionante y deja al espectador es una posición nada complaciente. Que eso sea bueno o malo depende de cada uno. | |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Sevilla



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