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    Crítica | Todo saldrá bien

    Everything will be fine

    El largo camino hacia la redención

    crítica de Todo saldrá bien (Everything will be fine, Wim Wenders, 2015).

    El 3D empleado como herramienta para entrar en el alma de las personas. Este es el atrevido objetivo que se propuso el siempre ambicioso Wim Wenders a la hora de aplicar este formato a su último trabajo, Todo saldrá bien (2015), drama intimista que supone su primera incursión en el largometraje convencional desde los decepcionantes resultados artísticos de Palermo Shooting (2008). No han sido, sin embargo, siete años de silencio los del realizador alemán, ya que, durante este tiempo, nos ha traído grandes alegrías con dos personalísimos y muy premiados documentales: Pina (2011), que, homenajeando a la bailarina y coreógrafa Pina Bausch, le sirvió para tener un primer acercamiento, más o menos novedoso, al 3D, y La sal de la Tierra (2014), codirigido junto a Juliano Ribeiro Salgado. El que fuera responsable de joyas del cine tales como El amigo americano (1977), París-Texas (1984) —su tristísima y desgarradora obra maestra— o El cielo sobre Berlín (1987) intenta volver a un tipo de cine más sobrio y emocional sin renunciar del todo a sus ansias de experimentar con las nuevas tecnologías, buscándole otras aplicaciones al 3D que nada tengan que ver con las escenas de acción o efectos especiales, escarbando en la mirada de los actores para desentrañar sus emociones más ocultas.

    Obras como Mi mapa del mundo (Scott Elliot, 1999) o Rabbit Hole (John Cameron Mitchell, 2010) supieron huir de los peligrosos caminos del telefilme de sobremesa para entregar poderosos reflejos de cómo afecta a los seres humanos la pérdida de un allegado en circunstancias accidentales. Muy en la línea de aquellas, al menos a nivel argumental, Todo saldrá bien pertenece a ese tipo de películas que tratan temas como la culpa, el perdón y la redención, ofreciendo episodios traumáticos para sus personajes de los que les resulta muy difícil sobreponerse, llegando a tocar fondo para, posteriormente, conseguir levantar cabeza. Es lo que le ocurre al protagonista de la historia, Tomas, un escritor en horas bajas de creatividad y que tampoco pasa por su mejor momento sentimental junto a su novia, cuya existencia se ve sumergida en un pozo sin fondo después de atropellar a dos pequeños hermanos, segando la vida de uno de ellos. Wenders, en su huida de cualquier tipo de sensacionalismo o concesión a la lágrima fácil, construye un relato excesivamente gélido que, por momentos, parece olvidarse de los conflictos dramáticos para centrarse en ser un expresivo, que no pedante, ejercicio de estilo. Y es que la fotografía de Benoît Debie es tan preciosista que, a veces, juega en contra de la propia cinta, opacando la labor de unos esforzados intérpretes que tratan de solventar sus complicados personajes con profesionalidad. Pocas veces habremos visto a un James Franco tan contenido como aquí. Tanto que a veces peca de hierático por su economía gestual y esa manera susurrante y afectada de susurrar sus diálogos. Sin embargo, estos problemas de apatía habría que achacárselos más al deshilvanado guión de Bjørn Olaf Johannessen que al actor. Junto a él, Rachel McAdams hace lo que puede con su desdibujado rol de novia que trata de ayudar al protagonista a superar el duro bache, mientras que Charlotte Gainsbourg vuelve a explotar su faceta más atormentada y sufridora, aquella que la ponen a un paso de la locura y que tan bien le funcionó en sus colaboraciones con Lars von Trier, dando vida a la madre del pequeño fallecido. Lástima que en esta ocasión su papel esté tan mal desarrollado, con una evolución poco creíble, además de adolecer de escasa química con Franco en sus puntuales confrontaciones.

    Everything will be fine

    «Es una lástima que Wenders incurra, al igual que le sucede últimamente al canadiense Atom Egoyan, en una frialdad aséptica que le resta muchísimos puntos al impacto de la historia».


    Hay que reconocer que el filme no comienza nada mal. Las primeras imágenes de los nevados paisajes de Canadá, con la presentación del personaje del escritor, el momento del accidente y la elegante manera en que se descubre el terrorífico alcance del mismo, son un excelente ejemplo de buen cine, con una interesante utilización de la elipsis. Desgraciadamente, tan magnífico prólogo pronto da paso a un desarrollo torpe y tedioso al que la actitud pasiva de su personaje principal poco ayuda a que el espectador comparta, de alguna manera, su dolor. El transcurso del tiempo —hasta doce largos años pasan delante de nuestros ojos— en la historia tampoco está plasmado en imágenes de una forma convincente, así como ciertas escenas, como la que tiene lugar en la feria, resultan erráticas y fuera de lugar, con un uso muy inadecuado de la magnífica banda sonora del oscarizado Alexandre Desplat. Ésta logra un extraño efecto anticlimático en los momentos cumbres. Por otro lado, el extraño y enfermizo vínculo emocional que surge entre Tomas y la familia a la que ha causado tanto daño en ningún momento transmite verdad, llegando, incluso, en su tramo final, a adquirir unos tintes de thriller psicológico —con el manido recurso de la cámara subjetiva amenazando entre los árboles incluido— un tanto confusos e inesperados. De forma irónica, los mejores momentos de la película, a nivel emotivo, habría que buscarlos fuera de la trama principal, más concretamente en esa breve pero emotiva subtrama que muestra la complicada relación entre Tomas y su anciano padre (notable Patrick Bauchau, tal vez el mejor del reparto) a lo largo de los años, viendo el escritor cómo él mismo va repitiendo los errores que tanto echa en cara a su progenitor. Del mismo modo resulta atractiva la visión que se da de la desgracia como fuente de creatividad para el novelista, que alcanza sus mejores logros laborales tras aquel suceso que marca un antes y un después dentro de la vida de todas las personas involucradas en el mismo. Es una lástima que Wenders incurra, al igual que las últimas cintas del canadiense Atom Egoyan, en una frialdad aséptica que le resta muchísimos puntos al impacto de la historia. No estamos ante una mala película (únicamente por su fascinante trabajo de cámara, ya merece la pena su visionado), pero sí ante una obra fallida y demasiado menor dentro de la filmografía de uno de los cineastas más inquietos e interesantes de las últimas cuatro décadas, que desperdicia una oportunidad de oro para volver a recuperar el aplauso unánime de la crítica fuera del género del documental. | ★★ |


    José Antonio Martín
    © Revista EAM / Las Palmas de Gran Canaria


    Ficha técnica
    Alemania. 2015. Título original: Everything Will Be Fine. Director: Wim Wenders. Guión: Bjørn Olaf Johannessen. Productor: Gian-Piero Ringel. Productora: Co-producción Alemania-Canadá-Noruega; Neue Road Movies. Fotografía: Benoît Debie. Música: Alexandre Desplat. Vestuario: Sophie Lefebvre. Montaje: Toni Froschhammer. Reparto: James Franco, Rachel McAdams, Charlotte Gainsbourg, Marie-Josée Croze, Julia Sarah Stone, Robert Naylor, Patrick Bauchau, Peter Stormare.

    Póster: Everything will be fine
    Feelmakers

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