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  • Malas calles.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    Loyal to the nightmare of my choice.
    «Dunkerque», de Christopher Nolan.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino (Próximamente).

    El eterno McQueen en Le Mans

    Steve McQueen en Le Mans

    Este fin de semana se ha celebrado una nueva edición de las 24 horas de Le Mans, el gran clásico del motor cuya fortaleza, como muchas tradiciones, ha sido engullida por la inmediatez televisiva y por unas nuevas generaciones que se muestran impasibles ante este desfile de automóviles imposibles que luchan contra los elementos y el tiempo. Echando un vistazo a las actuaciones de los mediáticos Nico Hulkenberg y Mark Webber, ambos ex pilotos de Fórmula 1, es inevitable recordar a Steve McQueen. Nacido piloto y formado mecánico, su lugar preferido era cualquier lugar que oliera a aceite o gasolina, donde un sinfín de piezas y herramientas no dejaran hueco posible –más información en PiezascochesOnline.es—. El destino le deparó la fama en una disciplina, la interpretación, que siempre fue secundaria para él. Para el intrépido actor de La gran evasión (The Great Escape, John Sturges, 1963) el rugido de un motor era una droga para la que no había rehabilitación posible. Prueba de todo ello fue, una vez que sus cuentas bancarias sobrepasaban con soltura las seis cifras, embarcarse en un proyecto que unía su pasión y su oficio en esta muestra de cine de autor llamada Las veinticuatro horas de Le Mans (Le Mans, 1972), una obra que, pese a que tenía como firmante a Lee H. Katzin en la dirección, suponía el debut encubierto tras la cámara del oriundo de Beech Grove. Un largo, cuyo metraje inicial superaba las cuatro horas, a la mayor gloria de un McQueen y los coches que nunca dejó de amar. Es así, que la narración del filme tenía como eje casi exclusivo la batalla competitiva en el Circuito de la Sarthe. ¿Podrían imaginar más de cuatro horas viendo, únicamente, a prototipos desgastando el asfalto galo? Pues los productores tampoco, por lo que las imposiciones y las tijeras en la sala de montaje no tardaron en aparecer. El resultado final, en unos livianos 110 minutos, fue un rotundo fracaso. No le importó al gran McQueen, el éxito ya lo había vivido en el set: destrozando coches, dando gas y batiendo al velocímetro. Un rodaje sin vehículos era un drama para uno de los grandes actores de las Historia. Con Le Mans se dio un homenaje a su altura. A los demás, solo nos queda Europcar.

    El fulgor efímero

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    "Sueñen. Vean cine."

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