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    Crítica | Juana a los 12

    Juana a los 12

    La mirada ausente de la infancia

    crítica de Juana a los 12 (Martín Shanly, 2014).

    Pasó casi desapercibida, como de puntillas, en la última edición del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona. Y es que Juana a los 12, dirigida por Martin Shanly, es una obra que, por su idiosincrasia, es fácil pasar por alto, aunque no por ello sea merecedora de tal desprecio. Suerte, eso sí, que los miembros del jurado supieron ver y entender su potencial y le otorgaron el Premio Talents, que reconoce a la mejor película de la sección oficial integrada por directores que tienen en su haber menos de tres cintas. Junto con El incendio, de Juan Schnitman, que se llevó el Premio de la Crítica, vino a confirmar la buena salud del cine argentino y el papel principal que juega el cine independiente y las nuevas voces autorales en esta industria.

    La ópera prima del joven director argentino, procedente del mundo del teatro, es un relato de voluntad pequeña, sutil en sus formas y en su contenido, pero rica en la representación del detalle y el momento. La cinta sigue los pasos de Juana que, como indica el título, tiene 12 años. A Juana no le va nada bien en la refinada escuela bilingüe a la que su madre la lleva cada mañana. Juana no encaja, no es buena estudiante, intenta hacer amigas pero falla estrepitosamente en las relaciones con sus compañeras. Juana es egoísta, tímida, generosa, reservada… lo es todo y no es nada. Juana es una joven de 12 años que está aprendiendo qué significa ser y relacionarse. Shanly consigue poner el foco sobre una etapa que pocas veces se ha descrito de una manera tan delicada y a la vez tan detallada e intensa. Juana está justo en el instante en el que cualquier joven estudiante puede quedar fuera del sistema educativo al no encontrar su sitio dentro de todo lo que le rodea. Y ya no solo en el colegio: en casa, su madre vive ajena a todo lo que le pasa a Juana por la cabeza, a sus necesidades e inquietudes. Su indiferencia, que trata de solucionar a golpe de talonario pagándole ya sea clases extras o repetitivas sesiones con terapeutas, ponen de relieve la responsabilidad compartida, por acción u omisión, de todos los entes sociales y familiares que rodean a la joven. Así, sin ser cine social de denuncia del sistema educativo y de valores (ni tampoco con voluntad de serlo), Juana a los 12 muestra un sutil mosaico de piezas que no acaban de ensamblarse correctamente. En el centro del puzle, inmóvil, casi como ausente, Juana sufre la falta de atención de un mundo que, en apariencia, está volcado en ella, pero que en realidad le da la espalda. Juana, en su soledad, buscará maneras de contestar y rebelarse contra un todo que le es ajeno. De este modo, un primer acto aparentemente sencillo de rebeldía, como puede ser pisar el césped de un jardín, se convierte en el fuero interno de Juana en su primer acto vandálico. Esa es la chispa contestataria que le interesa a Shanly y que consigue capturar en su primer largometraje: la semilla que, regada por los elementos del entorno, acaba convertida en un capullo a punto de estallar en primavera.

    Juana a los 12

    «Shanly demuestra ser un realizador poderoso e inteligente, capaz de dirigir al espectador hacia la sutileza del instante para construir una cinta que parte de lo pequeño. Juana a los 12 se presenta como un retrato naturalista e intimista de la infancia de una niña empujada a ser una outsider, obligada a evadirse de una realidad que nunca termina de ser la suya».


    La cinta esta rodada con una relación de aspecto de 1:1.33, encerrando y ahogando aún más a su protagonista, pero el cuadro se ensancha en determinadas secuencias del metraje, justo como hacía Xavier Dolan en su última película, Mommy. Si en esta, el personaje de Steve, interpretado por Antoine-Olivier Pilon, conseguía abrir con las manos los límites del marco que le apresaban en la pantalla justo en las situaciones de mayor felicidad, Shanly se reserva el formato normal ensanchado para los sueños de la protagonista. Puede que estos también sean sus momentos de escape, aquellos instantes en los que consigue evadirse del mundo opresor que la rodea. En los sueños caben más cosas: paseos por el bosque, las olas del mar, comidas familiares en medio del campo con un punto gore, pesadillas... Imágenes que en el mundo onírico llevan a Juana al espacio físico en el que se encuentra de manera figurada en la realidad: al borde del precipicio. Shanly tiene una especial querencia hacia la mirada de la infancia. Los ojos de Juana, inocentes, carentes todavía de maldad u odio, son el reflejo de la incomprensión más frustrante. Es este sentimiento el que la empuja en sus pequeños actos de contestación a un mundo que no entiende. La cámara la acompaña, se fija en sus pequeños gestos, en sus nimias batallas por comprender, pero siempre termina anclando la vista en su mirada, donde consigue destilar toda esta fuerza interior en las pupilas de Juana. De este modo, Shanly demuestra ser un realizador poderoso e inteligente, capaz de dirigir al espectador hacia la sutileza del instante para construir una cinta que parte de lo pequeño. Juana a los 12 se presenta como un retrato naturalista e intimista de la infancia de una niña empujada a ser una outsider, obligada a evadirse de una realidad que nunca termina de ser la suya. | ★★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    © Revista EAM / Barcelona


    Ficha técnica:
    Argentina, Austria. 2014.
    Título original: Juana a los 12.
    Dirección y guión: Martín Shanly.
    Productora: Nabis Filmgroup.
    Productores: Lukas Valenta Rinner, Martín Shanly & Alexan Sarikamichian.
    Música: Juan Sorrentino.
    Fotografía: Roman Kasseroller.
    Montaje: Javier Favot y Ana Godoy.
    Dirección artística: Victoria Marotta & Mara Tacon.
    Presentación oficial: D'A 2015.
    Premios: Mejor película D'A 2015.
    Reparto: Rosario Shanly, María Passo, María Ines Sancerni, Javier Burin Heras, Amy Schulte.
    El fulgor efímero

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