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    Crítica | Suite francesa

    Suite francesa

    Fuego amigo

    crítica a Suite francesa (Suite française, Saul Dibb, 2014)

    Hay acontecimientos históricos que por décadas que transcurran no dejan nunca de ser reinterpretados ni de desvelar nuevos datos y recuerdos. Es el caso de la Segunda Guerra Mundial, conflicto total que inauguró una nueva forma de organizar la política, la economía, la cultura y la sociedad. Centrándonos en un nivel más micro que macro, tal suceso afectó a innumerables vidas, muchas de las cuales se apagaron entonces mientras que otras aún perduran, y por así decir entre ambos extremos se encuentran aquellas personas que fallecieron pero cuya memoria ha sobrevivido a través de fotografías, escritos, testimonios o actos aislados de crimen y heroísmo. Un caso particular al respecto es el de Irène Némirowsky, escritora de religión judía y origen ucraniano, que fue arrestada y asesinada en Auschwitz en 1942. Días antes de ser detenida por los gendarmes, había terminado las dos primeras partes de un relato que narraba, casi coetáneamente, lo que entonces acontecía en la Francia ocupada, cuando los ciudadanos exiliados de París se convertían en ladrones y traidores para huir de la pobreza y la ruina, y familias de distinta clase y procedencia debían optar entre alojar y ayudar a los nazis o a los resistentes. Suite francesa (Suite française) se titulaba la novela inacabada, escrita en letra minúscula en un cuaderno que la hija mayor de Irène conservó sin sospechar lo que en él se había obrado… Hasta que en los años 90 lo descubrió, y permitió que el libro se publicase en 2004, adquiriendo enseguida gran fama y reconocimiento.

    Era pues cuestión de tiempo que fuera llevado a la gran pantalla, y así ha sido de la mano del director Saul Dibb, conocido por su película anterior La duquesa (The Duchess, 2008), con el protagonismo ahora de los atractivos Michelle Williams y Matthias Schoenaerts, y con una producción en la que intervienen la BBC (la de verdad) y los hermanos Weinstein. Todos ellos ingredientes propicios para recrear con cuidado detalle y abundancia de medios el pueblo de Bussy en aquella época, y en particular la relación en él entre los personajes de Williams (Lucille Angellier) y Schoenaerts (Bruno von Falk), la hija de un rico terrateniente y un oficial de la Wehrmacht respectivamente. La primera vive sola con su suegra (Kristin Scott Thomas), pues su marido, al que apenas ha tenido tiempo de conocer, lucha en el frente y lleva meses sin tener noticias suyas. Entonces se produce la ocupación parisina y la rendición del país, y con ella la llegada de tropas alemanas que imponen su ley y presencia en la población. Cada casa debe alojar a un soldado, y en la de los Angellier recae el teniente von Falk. Superadas las lógicas reticencias iniciales, Lucille y Bruno se van dando cuenta de que tienen más en común de lo que cabría esperar, empezando por su afición al piano, y así es como se va desarrollando este romance en tiempos de guerra, con sus inevitables tensiones, frustraciones y sufrimientos.

    Suite francesa

    «Desde la estética hasta el montaje, pasando por la banda sonora o el diseño de los personajes, todo desprende un aire de tradicional clasicismo, por lo que desde este punto de vista la película es agradable de ver pero apenas ofrece nada memorable».


    La película que puede considerarse el modelo de este subgénero no es otra que Casablanca (Michael Curtiz, 1942), clásico absoluto del cine que conviene traer aquí a colación por dos motivos. Uno es que en ella el drama se desarrolla, como no hace falta recordar, en una ciudad en la que confluyen personas de toda índole, soldados, traficantes, expatriados, rebeldes y héroes, todos ellos unidos, eso sí, por un idioma común: el inglés. Por razones sobre todo comerciales, durante décadas ha sido casi la norma en Hollywood que, independientemente de la raza y del lugar en que transcurriera la historia, sus intérpretes fueran angloparlantes. Esto ahora ya no es tan frecuente, y en aras de la verosimilitud histórica y cultural, no se tiene tanto medio a recurrir a diferentes lenguas y a sus correspondientes subtítulos. Sin embargo, Suite francesa recupera el viejo patrón, de manera que todos los personajes hablan en inglés aunque sean franceses o alemanes. El hecho es llamativo porque en la radio que se oye en algún momento y en los carteles que los nazis difunden sí se utiliza el francés, al menos como referencia para que no nos olvidemos del todo de que, efectivamente, estamos en Francia. Hay que apuntar en cualquier caso que este dato, que entra dentro de la más habitual suspensión de la incredulidad y por ello tampoco puede criticarse demasiado, no tiene aquí ninguna justificación narrativa, al contrario que en la cinta de Curtiz, donde el inglés era simplemente el idioma común de diferentes nacionales que entre ellos hablaban su propia lengua.

    Suite francesa

    Sin ánimo de insistir más sobre este hecho, era oportuno resaltarlo porque muestra que la película de Dibb pretende desarrollar un melodrama a la antigua usanza. Desde la estética hasta el montaje, pasando por la banda sonora o el diseño de los personajes, todo desprende un aire de tradicional clasicismo, por lo que desde este punto de vista la película es agradable de ver pero apenas ofrece nada memorable. Más original e interesante debería ser esa complicada relación que se establece entre los dos protagonistas, apoyados por las sentidas interpretaciones de Williams y Schoenaerts. Empero la misma carece a menudo de emoción e intensidad. Esto puede deberse al afán de retratar con una visión algo más amplia su contexto, lo cual lleva a querer dar protagonismo a una multitud de figurantes, que incluyen caras conocidas como las de Lambert Wilson en el papel del vizconde y alcalde o la de Margot Robbie en el de una amargada pero coqueta campesina. Aquel en particular, junto a otro personaje relevante como es el de Sam Riley en la piel de un granjero subversivo, pretenden ser mártires cuya tragedia se busca transmitir con los respectivos últimos planos de sus esposas, sin que éstos logren todo el efecto deseado. Este detalle revela que el conjunto queda algo desdibujado, por voluntad de profundizar en varios elementos sin conseguirlo con ninguno, y ello repercute en la insuficiente energía del melodrama principal. Por lo demás, tal impresión se confirma en un desenlace en el que entra en juego el segundo punto de comparación con Casablanca, con cuyo final hay en efecto más de una semejanza. En la cinta de Curtiz, sin embargo, el mismo iba acompañado de un monólogo de Rick en que con frases míticas quedaban al descubierto lo que realmente sentían él e Ilsa. En cambio, en la película de Dibb, el silencio impera en ese (des)encuentro final, un tanto anticlimático. Y es que, en la que puede ser una de las pocas excepciones a la máxima, a veces hacen falta más palabras y menos imágenes para que la enjundia del drama nos llegue plenamente. | ★★★ |

    Ignacio Navarro
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Reino Unido, Francia & Canadá, 2014. Título original: Suite Française. Dirección: Saul Dibb. Guion: Matt Charman & Saul Dibb (basado en la novela de Irène Némirovsky). Productora: Alliance Films / Qwerty Films / Scope Pictures / TF1 Films Production. Fotografía: Eduard Grau. Música: Rael Jones. Montaje: Chris Dickens. Intérpretes: Michelle Williams, Matthias Schoenaerts, Kristin Scott Thomas, Sam Riley, Ruth Wilson, Margot Robbie, Lambert Wilson.


    Póster: Suite francesa
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