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    Cannes 2015 | La caída de Van Sant

    The Sea of Trees

    Baño de lodo

    editorial de la cuarta jornada de la 68ª edición del Festival de Cannes

    El tiempo todo lo cura, dicen. Y así lo han tenido que ver tanto Thierry Frémaux como su invitado Gus Van Sant, otrora líder del cine independiente estadounidense convertido en hacedor de telefilmes matutinos con estrellas de primera categoría. Una máxima certificada en 2011, la edición más notable por el momento de esta segunda década del nuevo milenio, donde el cineasta de Kentucky presentó Restless, un alegato pro vida con dos adolescentes como protagonistas que recibió críticas feroces y un aun peor recibimiento comercial. El filme suponía el sello que rubricaba el adiós de Van Sant a los estándares de calidad; la absoluta deriva en la que estaba sumida su filmografía. Poco quedaba del director de Mi Idaho privado (1991), El indomable Will Hunting (1997) o Elephant (Palma de Oro en 2003), perdido en un estilo anacrónico y pedestre sin visos de evolucionar. Van Sant convertido en Danielle Steel, hechicero del drama populista y la lágrima más miserable. Pero, como remarcábamos en la primera frase, el fracaso se evapora con el minutero y siempre queda el apellido. Y más si éste está acompañado por uno de los actores de moda. Matthew McConaughey, Naomi Watts, Ken Watanabe y la esperanza de una resurrección son un reclamo más que suficiente. Frémaux no se podía permitir el no tener al protagonista de Dallas Buyers Club e Interstellar paseando por la Croisette. Y así aparece en Sección Oficial The Sea of Trees, calcando al milímetro las reacciones de su anterior película: inane, estereotipada, manipuladora e indigna. Es cierto que Cannes, cuando lo desea, no suele mostrar misericordia y tiende hacia la hipérbole rápida como la prensa a los cócteles pero, de forma unánime, le ha dicho a Mr. Van Sant lo mismo que a Oliver Stone y Francis Ford Coppola: o mueres como héroe, o vives lo suficiente para convertirte en un villano.

    Y de un director enfangado a otro que disfruta del lodo. También un habitual en estas lides, Nanni Moretti aparecía en la Competición con Mia madre, su enésimo lienzo sobre la familia, la sociedad, el trabajo y, además, la pesadumbre que se cierne sobre su profesión. El realizador transalpino nos traslada al desencanto de una veterana cineasta y la influencia de éste en todos los satélites emocionales que la rodean. Con Mia madre, Moretti prosigue con esa narrativa arcaica que le ha otorgado la gloria y también granjearse un sinfín de detractores –sobre todo en su tierra— pero, por una vez, va más allá y clama, en segunda persona, sobre la erosión que sufre el creador. Sobre la imposibilidad de levantarse ante cada tropiezo, sea liviano o fatídico. Mucho se aprecia del Moretti ganador de la Palma de Oro en 2001 con La habitación del hijo, quizá demasiado. Son preferibles productos como Habemus papam (2011), su última incursión en territorio cannois, donde, al menos, se busca una nueva rosca dentro de su obra. Moretti, con seguridad, necesita algo más que los condescendientes aplausos galos y un posible premio para encontrar el brillo perdido. [Las críticas de Alberto Sáez Villarino de The Sea of Trees y Mia madre / Toda la actualidad de Cannes en EAM]

    Emilio Martín Luna
    Redacción Madrid



    El fulgor efímero

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