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    Escenas | Casablanca: La ruleta

    Casablanca

    Poco queda por decir de Casablanca (Michael Curtiz, 1942), un clásico entre los clásicos. Sin embargo, a veces, por creer que está todo dicho, nos olvidamos de estas obras maestras que no envejecen por mucho tiempo que pase y que podemos ver una y mil veces porque cada vez nos parecerá estar viendo una película distinta. Lo que hace eterno y universal al trabajo de Curtiz es precisamente la ambigüedad y las múltiples lecturas que se pueden hacer sobre él. Casablanca es una de esas historias que nos parece distinta según los ojos con los que miremos. Los fotogramas no cambian, lo hacemos nosotros; es nuestra experiencia o el momento vital en el que veamos ese final donde “siempre nos quedará París”, lo que hará que le demos un sentido u otro a los cruces de miradas y las despedidas. Es el espectador el que tiene que decidir qué es lo que está pasando realmente. El hecho de que el guión de esta película se fuera reescribiendo cada día sobre la marcha, no hace sino añadir fuerza al argumento de que no hay una verdad única sobre Casablanca.

    La historia del reencuentro entre Rick Blaine (Humphrey Bogart), el dueño del Rick’s Café Américain en Casablanca, e Ilsa Lund (Ingrid Bergman), un antiguo amor al que pensó que jamás volvería a ver, se produce en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. El escenario elegido entre el baile de enemigos y alianzas de aquellos días es Marruecos, que entonces todavía era territorio neutral, es decir: un lugar lleno de ambigüedades. La escena que rescatamos aquí es un pequeño paréntesis en la trama principal que ejemplifica muy bien esa ambigüedad en la historia y, sobre todo, en algunos personajes como el de Rick Blaine. Desde el principio de la película se habla de la suerte. La fortuna es la amiga que todos buscan en Casablanca, ese momento mágico que les dé el pasaporte para huir de la guerra y llegar a América. Pero tal y como se demuestra en la escena de la ruleta, la suerte no siempre tiene que ver con el azar sino que a veces se somete al poder. Quien tiene el poder, tiene la suerte de su lado. Ya en la apertura de Casablanca, en la cola de los solicitantes del visado para poder ir a Estados Unidos, aparece una joven pareja que mira al cielo con la esperanza de ser ellos quienes viajen pronto en uno de esos aviones que salen de África hacia un futuro mejor. Ahí los dejamos, como a muchos otros, en la fila de la oficina del gran personaje del Capitán Louis Renault (Claude Rains). Más tarde, nos volvemos a encontrar con ella, Annina Brandel (Joy Page), cuando acude al Café de Rick para hablar con su dueño y pedirle información sobre el citado Renault. La joven explica que está huyendo de Bulgaria con su marido porque allí la situación es insoportable y no quieren ver crecer a sus hijos en un lugar así. Tal es el grado de desesperación, que el objetivo de la conversación con Rick es averiguar si el Capitán Renault es un hombre de palabra –el propio oficial francés es quien aconseja a Annina que pregunte a Rick–, puesto que se entiende que le ha prometido los ansiados papeles para ir a América si la joven accede a mantener relaciones sexuales con él.

    Casablanca

    Ella está dispuesta a hacer algo malo para lograr la felicidad de la persona a la que ama y pregunta a Rick si él, como hombre, estaría dispuesto a perdonar. Contesta que a él nadie le ha querido nunca así. Rick le acaba aconsejando que vuelva a Bulgaria, aunque deja caer que “todo el mundo en Casablanca tiene problemas. Puede que los tuyos se arreglen”. Entonces, ese hombre que se había presentado como alguien que no pone la mano en el fuego por nada ni por nadie, decide ayudar a Annina y su marido, quien está en la sala de juego probando suerte en la ruleta –y perdiendo el poco dinero que tienen. Rick pasa por el lado del crupier y con un cruce de miradas ya sabemos quién es el jefe. Se acerca a Jan Viereck (Helmut Dantine), el marido de Annina, y le pregunta si ha probado con el número 22. Mirando al crupier, Rick repite: “he dicho el 22”. Jan apuesta lo poco que le queda al 22 y… oh, sorpresa, sale el 22. Aconsejado por el dueño del café, el marido de Annina deja las fichas que ha ganado en el número 22 y… vuelve a salir el 22. Ya está. Rick le dice que coja las fichas y que se vayan de allí. Incluso aunque en la ruleta hay distintos tipos de apuesta y de pagos, el hecho de que sólo hagan falta dos giros de ruleta para conseguir todo el dinero necesario para sobornar a Renault es una licencia de guión como el intentar hacernos creer que Sam (Dooley Wilson) realmente toca el piano. Pero eso es lo de menos; el caso es que están salvados. Rick no admite haber ayudado, aunque parece evidente que todo el mundo sabe que la ruleta está trucada, y se limita a decir que Jan es “un tipo con suerte”. Sus empleados se muestran encantados con el gesto de su jefe y le congratulan, pero Rick no quiere atribuirse ningún mérito.



    La cuestión es: ¿por qué?, ¿por qué ayuda a esa pareja? La importancia de esta escena es que, en parte, es un presagio de lo que ocurrirá después. Rick se justifica ante Renault por haber interferido en sus asuntos “amorosos” diciendo que se lo tome con un “gesto por el amor” pero ¿por qué lo hace en realidad? Puede que realmente sea un romántico, o puede que el misterioso americano esté más entregado a la causa de los aliados de lo que parece. Al final de la película no sólo ayuda a Victor Laszlo (Paul Henreid) sino que le deja irse con Ilsa, el amor de su vida: ¿un sacrificio como el que estaba dispuesta a hacer Annina o una manera de ayudar a la resistencia salvando a uno de sus líderes? ¿Amor o política?

    Casablanca

    No queremos que uno de los finales más románticos de la historia del cine deje de serlo, pero tampoco podemos dejar de preguntarnos qué hay realmente en la cabeza y el corazón de Rick, ese hombre que puede cambiar la vida de dos personas con dos simples giros de ruleta. Y lo mismo ocurre con las lágrimas de Ingrid Bergman, ¿por quién llora realmente Ilsa? ¿por Rick, por Laszlo, por ella? La grandeza de Casablanca es ese final abierto, ese no saber muy bien qué ha pasado ni qué va a pasar, como si fuese un juego de ruleta. Ese preguntarnos irremediablemente qué ocurrirá después de que despegue el avión con Victor e Ilsa dentro mientras Rick y Renault se quedan en Casablanca comenzando una bonita amistad. Un giro inesperado puede cambiar de manera inmediata nuestros destinos. Para Annina y su marido es el número 22 el que les abre las puertas de una vida feliz. Ese 22 es mucho más que un número, y una pequeña muestra de ello es el “homenaje” que recibe en otras películas como en El golpe (George Roy Hill, 1973) donde al maravilloso Paul Newman y a Robert Redford les cuesta bastante más que a Bogart estar por encima de la suerte y ser los dueños de su destino.

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