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    Crítica en serie | Episodes / Temporada 4

    Episodes

    La dilatada pesadilla

    crítica a Episodes (2011-) | Temporada 4

    Showtime, BBC / 4ª temporada: 9 capítulos | EE.UU, Reino Unido, 2015. Creadores: David Crane & Jeffrey Klarik. Director: Iain B Macdonald. Guionistas: David Crane & Jeffrey Klarik. Reparto: Matt LeBlanc, Tamsin Greig, Stephen Mangan, Kathleen Rose Perkins, John Pankow, Mircea Monroe, Andrea Savage, Joseph May, Daisy Haggard, Andrea Rosen, Fiona Glascott, Niger Planer. Fotografía: Rob Kitzmann. Música: Mark Thomas, Oli Julian.

    La cuarta temporada de Episodes arranca justo donde nos dejó la tercera. Beverly y Sean se ven obligados por contrato a regresar a Estados Unidos para rodar seis capítulos más de Pucks!; Matt pierde su trabajo de ensueño en el drama de la NBC y la agente Eileen Jaffe (una estupenda Andrea Rosen) volverá con su campaña de acoso y derribo para que los británicos vendan su fabuloso guión a alguna cadena. Tras el despido de Castor, el jefe de la cadena contrata a Helen Basch, volviendo a relegar a la pobre Carol (fabulosa Kathleen Rose Perkins, actriz con un olfato cómico de primera) a ser la segunda de abordo. Y la amante, aunque esto es elección suya. Y en esta línea se desarrollarán las tramas de estos magníficos nueve capítulos, donde los creadores David Crane & Jeffrey Klarik siguen explorando los tejemanejes de los despachos de Hollywood con tanta mala baba como veracidad. También aprovechan la oportunidad para adentrarse en una cara menos conocida de la estrella televisiva, su variante de posible gloria pasada. Matt LeBlanc ha conjugado a la perfección comedia y drama (sin aspavientos ni sobreactuaciones en ninguna variante) en su encarnación de “sí mismo”, y trabaja desde un sabia serenidad que apunta a un interior tormentoso. Y banal. A la vez.

    La serie mantiene su política de no hacer amigos y sigue engordando su universo referencial, plagado de chistes recurrentes, pautas de comportamiento ya vistas y, en definitiva, una dinámica que ha probado ser efectiva en el pasado. Recordemos que los creadores son los únicos guionistas, que tienen la temporada escrita antes de rodar y por ello pueden supervisar el proceso en persona. Ruedan en función de las localizaciones para ahorrar, y esta temporada ha repetido por primera vez un director. Iain B Macdonald, nominado al Emmy por su trabajo en la tercera tanda, se encarga de la cuarta y lo hace siguiendo el patrón visual de siempre. Sin alardes pero sin que tampoco parezca todo funcional, o rodado con el piloto automático. Lo que más sorprende de Episodes es que genuinamente sorprende. Las tramas son impredecibles, no así tanto los comportamientos de los personajes, pero los creadores se las ingenian para crear constantemente “situaciones-trampa”, en las que el cuarteto protagonista (Merc y Morning no están en cada capítulo) se ven atrapados por compromiso o necesidad. Es la esencia de la buena comedia, la descripción de unas características plausibles, aunque suenen extravagantes, que parecen llevar inexorablemente a X punto. Y solo lo parece, porque en realidad todos están tomando decisiones. La promesa de una vida mejor, de la felicidad o de la fama y abundancia mueven sus acciones, aunque estén tan ciegos que no (quieran ver) vean y se sientan después desgraciados por el resultado final. Pero cargas de profundidad aparte, esto es una comedia y de las más divertidas. El oficio de Crane y Klarik es palpable tanto en la construcción de los chistes como de los momentos cómicos en sí. Aprovechan el potencial incómodo del silencio (el momento del tiramisú) y del conflicto, de manera que la serie está presidida por un tono de humor, lo cual no afecta al realismo de lo contado, que contagia cada segundo de metraje. Es una serie de ritmo tranquilo, pero recorrida por un fino trenzado de diversión. Saben jugar con las expectativas del espectador y han demostrado no tener piedad alguna con sus personajes. Las odiseas en las que se ven cada uno metidos (Matt pierde la mitad de su dinero; Sean y Beverly se vuelven a ver arrastrados al negocio; Carol se lía con su jefa y ésta resulta ser una novia celosa y agobiante) son prueba de esto, y gran parte de nuestro deleite como audiencia es verlos pasar por eso.

    Episodes

    También hacen un uso ejemplar de los secundarios, ya sea como puro gancho cómico (Andy y la embarazada Moira) o en la manera que tienen de recuperarlos para tramas puntuales, siempre con sentido dentro de la historia general. En un momento cumbre de la temporada, se rompe un pacto establecido con los espectadores al hacer que Matt interactúe con uno de sus compañeros de Friends (1994-2004), pero la escena es impagable y merece la pena, aunque abra la puerta a un mundo de expectativas para los fans. Lo que sí que sorprende de estos episodios es la confianza de los creadores en que tendrán una quinta temporada (algo parece ser que bastante asegurado), porque la trama se dilata bastante más de lo que suelen. Han pasado muchas cosas en apenas 34 capítulos, pero esta tanda no ha avanzado mucho la acción, y ha preferido desarrollar más las vidas de los personajes. El final de temporada deja puntos suspensivos, como suele, y crea la casi imperiosidad necesidad de saber más. Para los que disfruten con las descripciones del proceso previo a la creación de una serie, aquellos interesados en echar un vistazo a las interioridades del mundo televisivo, Episodes es un placer. Los años de experiencia de los guionistas, tanto la buena como la mala, se dejan ver en su retrato de reuniones, charlas y el día a día de un mundo lleno de falsedad e hiperbólicas demostraciones de afecto. Casi nunca se dan nombres directamente, pero no hace falta apuntar directamente cuando lo que se está haciendo es hacer una panorámica general de todo el sistema, con el objetivo final de hacérselo pasar bien al espectador. Aunque a veces éste tampoco salga bien parado (somos los idiotas que le decimos a LeBlanc por la calle “¿Cómo va eso?” y gritamos “¡Que caigan los bichos!”). Pero lo dicho, no están aquí para hacer amigos. Y menos mal. | |

    Adrián González Viña
    Redacción Sevilla


    El fulgor efímero

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