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    Crítica en serie | 1864

    1864

    Instantáneas de guerra

    crítica a 1864 (2014)

    DR / 1ª temporada: 8 capítulos | Dinamarca, Noruega, Suiza, Alemania, 2014. Creador: Ole Bornedal, inspirado por el libro de Tom Buk-Swienty. Director: Ole Bornedal. Guionista: Ole Bornedal. Reparto: Sarah-Sofie Boussnina, Bent Mejding, Pilou Asbæk, Marie Tourell Søderberg, Nicolas Bro, Jens Sætter-Lassen, Jakob Oftebro, Søren Malling, Eva Josefikova, Sidse Babett Knudsen, Søren Pilmark, Carl Christian-Riestra, Rainer Bock, Peter Plaugborg, Johannes Lassen. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Marco Beltrami.

    Europa parece haber encontrado un particular filón televisivo en revisar su propia historia, con resultados espectaculares en tamaño, presupuesto, audiencia y recepción crítica. Si el año pasado supimos de la notable miniserie alemana Hijos del Tercer Reich (Unsere Mütter, unsere Väter, 2013), valiente visión de la disputa más famosa del siglo XX, ahora llega 1864. Esta adaptación del libro de Tom Buk-Swienty “Slagtebænk Dybbøl” recoge el cruento conflicto bélico que enfrentó Dinamarca con la Condeferación Germánica (Prusia y Austria) en 1864, una batalla destinada a acabar mal desde el principio por la aplastante superioridad de la Confederación. Ole Bornedal es el creador absoluto de esta enérgica serie, y parte de un mecanismo tan efectivo como manido. La narración sale de un detallado cuaderno escrito a cuatro manos por algunos de los implicados en la historia, y es revelado al espectador a través de un personaje externo a los hechos. En el presente, la problemática adolescente Claudia acepta un trabajo para evitar meterse en líos y poder escapar de su hogar. Lo que no sabe es que está escapando de una casa traumatizada (su hermano ha muerto en la guerra) para aterrizar en otra, ya que el anciano del que debe encargarse es descendiente de algunos de los combatientes en la Guerra de los Ducados. Y Bornedal se servirá, suponemos que inconscientemente, del mismo recurso a lo largo de los ocho episodios. Un recurso que daña y beneficia desigualmente a 1864. Esto es, el uso de muchos de los tópicos del cine bélico y los dramas de época, que son convocados con algún que otro ajuste novedoso.

    Por cada muerte a cámara lenta para enfatizar la épica e impacto del hecho hay una solución visual destacable; por cada momento climático de combate donde el sonido desaparece para que el espectador se dé cuenta de la importancia de susodicho momento hay una posición de cámara interesante; por cada actor sobreactuado y de aspecto deliberadamente grotesco para transmitir el débil estado mental de su personaje (Didrich o el obispo Monrad, al que la serie apunta como gran culpable de la guerra) hay un genuino sentimiento de dolor y pena en otros miembros del reparto (las pérdidas de Inge afectan por el talento de Marie Tourell Søderberg). Y así durante las ocho entregas. La alternancia de momentos previsibles o prefabricados, que muchas veces vienen desde la escritura del guión, con apuestas visuales potentes. Con Bornedal como único director y guionista, 1864 es uno de esos habituales casos donde la apuesta visual y la narrativa no fluyen en simbiosis, sino que una faceta se come a la otra. Pero es bueno que sea la pericia del director –y de su cómplice fijo en la fotografía, Dan Laustsen– la que gane, porque así la serie atrapa al menos por la fuerza de sus imágenes. La segunda batalla por el territorio de Schleswig ocupó nueve largos meses en la vida de nuestros protagonistas, aunque el creador se mueve en otros tiempos para cincelar la base dramática del conflicto, antes de meterse de lleno en las trincheras.

    1864

    Ahí también es algo caprichosa la serie, porque arranca en 1851 con el regreso de los soldados tras la primera batalla de Schleswig, y encuentra al núcleo emocional de la historia en plena juventud. Los hermanos Peter y Laust, hijos del labrador de las tierras de un barón; e Inge, hija de los guardas de la casa del mismo barón. Vecinos que cruzan sus caminos en esa tierna edad y forman un triángulo amoroso de manual, con cada uno de ellos representando una opción distinta (Peter tiene inteligencia, Laust fuerza) y una dura elección que hacer. Decimos caprichosa porque la serie da un salto al año que la titula y se come 13 años de maquinaciones del obispo Monrad y la actriz Johanne Luise Heiberg, con la obra de William Shakespeare y el ansia de derrotar a Prusia como pasión común. Suponemos que tiene que ver con la limitada duración de ocho entregas y casi una hora de metraje en cada una, pero los avances temporales no están bien graduados. Pasa lo mismo viéndolo desde el presente, ya que aunque la acción se concentra más en 1864, el último capítulo resuelve a golpe de elipsis escrita el resto de la peripecia, un recurso de guionista perezoso. Como hay tanto que contar, la estructura usada es entonces la de la colección de instantes clave que acaben creando un todo significativo, algo que cuesta cuando no es nada difícil adivinar la dirección de muchas de las tramas. Tramas atravesadas constantemente por la duda de si lo contado es verídico o hay manipulación, ya que el tratamiento tiene algo de maniqueísta en ambas partes (quizá ahí resida la verdad); y las menciones a conocidas figuras como Karl Marx u Otto von Bismarck y su familia, a veces anecdóticas más que útiles.

    Existe incluso una variante sobrenatural dentro de la historia, que tiene su encanto porque está concentrada en uno de esos personajes secundarios ideados para meterse al respetable en el bolsillo y no sacarlo de ahí más, porque son puro carisma. Es Johann, sufriente y perfecta máquina de guerra que tiene visiones, sana a la gente de sus males físicos y da paz de espíritu. También se puede ver esta variante en la ambigüedad con la que está tratada durante buena parte de la serie la identidad de Severin, el anciano al que cuida Claudia en el presente, aunque la cuestión se acaba aclarando. Y junto a esa variante fantástica también está la apuesta de Bornedal por el impacto, no solo por no ahorrarnos imágenes violentas, sino por su evidente preferencia por lo orgánico. En 1864 veremos un tarro lleno de semen con el que los niños aprenden cómo se crea la vida; a un soldado tener sexo con una vaca mientras es jaleado por sus compañeros borrachos y cómo una tormenta de nieve que nunca acaba es capaz de hacer estragos en el cuerpo humano. Hay bastantes planos para el recuerdo en toda la serie (el vómito desde el caballo, que inunda la esquina del encuadre; la visión del combate desde los ojos de Johann, en segunda línea de combate; las ventanas teñidas de rojo mientras Monrad practica su discurso; el juego de guerra de los niños como tablero humano). Y sorprende que esta co-producción de hasta cuatro países se haya hecho en una cadena pública, la danesa DR, porque el nivel de producción y el espíritu crítico es de alto nivel.

    1864

    Queda, como ya se ha dicho, el gran baluarte de la fisicidad que respira toda la serie, desde las escenas puramente bélicas hasta los sensoriales contactos con los elementos más básicos (el niño surcando el trigo con los pies). Si la extraordinaria Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998) cambió para siempre la manera en que la experiencia de la guerra es representada en el cine, Bornedal ha hecho muy bien los deberes y orquesta unos combates cuerpo a cuerpo y unos cruces de balas y cuchillos que se sienten, que duelen. La experiencia y confusión de un enfrentamiento así reflejado en todo su verismo y crudeza, así como la abrumadora sensación de que el apocalipsis está sobre cada una de las testas de los combatientes, que sobrevivir es cuestión de suerte y reflejos. Con todo visto y expuesto, con el cuento ya contado sobre cómo la guerra es absurda y arruina el futuro de un país, sobre las heridas internas que deja en los soldados que solo obedecen órdenes y cómo el presente tiene un panorama en esencial idéntico, 1864 se queda graba en la retina por el nervio con el que está contado todo, pero no en el cerebro. No cambia el alma, pero sí remueve las entrañas. | |

    Adrián González Viña
    Redacción Sevilla



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