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    Americana 2015 | La estela de Léolo

    Rich Hill

    De esta segunda edición del Americana no podíamos encontrar una forma más coherente de despedirnos. Empezábamos con un viaje y nos despedimos con otro. Y aun así nos marchamos con la certeza de sabernos en tránsito, como esa cámara poseída por el espíritu de Terrence Malick que, en The Better Angels, no deja de hablarnos de una vida en movimiento perpetuo. Desde el viaje inmóvil que, como espectadores, experimentamos desde un palco privilegiado, observamos y conjeturamos hacia dónde nos lleva y hacia dónde va el indie norteamericano. Volvemos la mirada a los desfavorecidos, se refundan los mitos fundacionales y se reivindica la mirada infantil de unos niños que cogen las riendas ante un mundo adulto prácticamente ausente. El viaje prosigue.

    La película nominada al Óscar Selma, de Ava DuVernay, se alzó como la ganadora del Premio del Público de la II edición de Americana 2015. Buzzard, de Joel Potrykus, Premio del Jurado Joven.

    Aunque ese viaje muchas veces pase por volver al punto de partida, incluso los que sobreviven en las cunetas del Sueño Americano que retrata Rich Hill, el documental facturado por Andrew Droz Palermo y Tracy Droz Tragos, viven con la esperanza de seguir adelante. Los tres jóvenes y sus respectivas familias sobre la que se posa la mirada de los cineastas, comparten esa pulsión cinética. Sea en un cabeza de familia que busca una escurridiza estabilidad laboral o sea el anhelado reencuentro, eternamente postergado, con una madre reclusa en prisión. En ese sentido, las festividades de esos pueblos de la Norteamérica profunda, la exaltación patriótica o los fuegos artificiales que el 4 de Julio adornan los cielos del midwest estadounidense podrían verse desde cierta ironía al contraponerse con la otra cara de la moneda del American Way of Life. Sin embargo, acaban resultando sentidas alegorías a ese espíritu pionero enraizado en una cultura americana que hace épica de la adversidad. Rich Hill intenta dignificar a esas familias, precisamente, a través de la sintaxis cinematográfica. Pero en la nobleza de esa idea, en la intención por puntear de belleza la sordidez, reside también el peligro de una cinta al borde de convertir personas en personajes de una ficción donde la mierda en las paredes y la basura acumulada debajo del sofá, tiene también su correspondiente protagonismo. ¿Dónde sitúa entonces la deriva tremendista el drama de sus personas/personajes?

    The Better Angels

    Lo mejor de Rich Hill, en el fondo, pasa por poner el foco de atención en la marginalidad de los desfavorecidos, parte intrínseca de una identidad norteamericana que en ellos late con fuerza. Esa mirada a la identidad es también la que articula una película como The Better Angels. Primero ante una narrativa que vuelve a la Historia para refundar los mitos. Y, segundo, porque estamos ante una película donde el tema de la identidad trasciende el discurso para contagiar, de forma inconsciente, las propias imágenes. El resultado, en forma pero también en discurso, es una película de Terrence Malick sin ser una película de Terrence Malick. En ese aspecto The Better Angels supone un caso excepcional: pocas veces se habrán visto películas donde la personalidad ha sido aniquilada de forma tan evidente por la devoción referencial. En el caso de A.J.Edwards, el que según los títulos de créditos se encarga de dirigir esta loa al cine de Malick, la irritante y escrupulosa devoción del alumno sobre el maestro adquiere niveles casi enfermizos.

    Rich Hill, Kumiko, the treasure hunter, Cheatin', Night Moves & Little Feet, TOP 5 de la II edición de Americana para nuestros redactores Daniel Jiménez Pulido y Víctor Blanes Picó.

    Obviando eso (si es que se puede obviar), The Better Angels contextualiza, de forma hermosa, la niñez del padre de una nación en medio de esa naturaleza en cambio perpetuo, porque es allí donde están las raíces de toda identidad. En una de las transiciones que impulsan una película donde el movimiento constante de la cámara habla de la inexorabilidad del tiempo y la vida, el deshielo de un riachuelo enlaza con la llegada de un carromato a la casa del joven Abraham Lincoln, el niño del cual nunca escuchamos su nombre (la idea de la identidad fundacional norteamericana se adhiere entonces a la de todo un Pueblo). En el carromato, conducido por un padre autoritario pero indulgente, va también la mujer con la que se ha casado tras la muerte de su primera esposa, la madre del joven Lincoln. Esa transición, marcada además por un travelling de seguimiento, es quizás la expresión máxima de una película que habla de una vida que no puede detener su curso imparable. La primavera trae consigo una madre que nunca podrá sustituir a la primera. Sin embargo ambas acabaran ocupando el mismo espacio central de la infancia, parte fundamental en la consagración del mito. Porque como creadoras de vida, poseedoras de algo divino, en ellas se encuentran las raíces de toda identidad y mito futuro.

    Little Feet

    ¿Acaso el futuro del cine independiente pasa por volver la mirada atrás? Como el blanco y negro de The Better Angels, la paleta cromática de Little Feet, la última de película de Alexandre Rockwell, vuelve a hacer resonar la búsqueda de un cierto origen. Los propios hijos del director, protagonistas de esta desvergonzada road movie en la que resuena el primer Abbas Kiarostami de El pan y la calle (Nan va Koutcheh, 1970), como el Abraham Lincoln de la película de Malick y Edwards, aparecen también marcados por la pérdida materna. En el mundo visto a través de la inocente mirada de esos niños, el adulto, ausente, permanece en fuera de campo. No porque nos hable de una niñez relegada en una esquina por esa adultez que ha dejado de sobreproteger, sino por ser la manera de mantener fuera de alcance las restricciones de un mundo adulto que, muy probablemente, podría amenazar con sabotear la aventura de un viaje exorcizante y liberador. Y con ello, también prevenir la perversión de una mirada infantil pura. Al fin y al cabo, de eso es lo que habla una película como Little Feet: encontrar la pureza, reivindicar la inocencia de la infancia como forma de llegar a lo primario, lo original. Dignificar la mirada del niño poniendo la cámara a la altura de sus propios ojos. Es así, a partir de esa dignificación, a partir de la espontaneidad encontrada, la celebración de lo naïf, la tosquedad de la imagen y la orgánica textura que ofrece el 16mm cuando el viaje de esos niños en busca del mar acaba revelando la frescura y la esencia de las verdaderas raíces del indie norteamericano.

    Daniel Jiménez Pulido
    Enviado especial a la II edición del Festival Americana


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