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    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Vivir y manipular en Los Ángeles

    Nightcrawler

    «Si me estás viendo, es que estás teniendo el peor día de tu vida». Con esta perturbadora frase se autorretrata en algún momento el perturbado Louis Bloom, un hombre sin oficio y sin apenas crédito que orilla ya una edad que recomienda no andarse con muchas gilipolleces. Porque no tiene trabajo, ni expectativas, ni ganas de hacer otra cosa que no sea delinquir y seguir delinquiendo en pos de afianzar su difusa posición, quizá un arquetipo de lobo solitario con deseos de emprender profesionalmente, caiga quien caiga. Sin duda Bloom reúne irónicamente esa doble cualidad, la del autónomo-sociópata o genio-miserable mal entendido por su interlocutor. Por ello se gana el pan robando alambre, cobre, tapaderas de alcantarillas, bicis jugosas con gran acogida en comercios de estraperlo, material fácilmente vendible a pequeños empresarios que se benefician del hurto más soez, toda esa delincuencia quizá menor porque no suele conllevar sangre. Hasta que una noche, mientras conduce por L.A., Bloom (soberbio Jake Gyllenhaal) se topa con un vehículo accidentado y baja del suyo a observar la actuación de una heroica pareja de polis que apenas consigue no ya advertir las morbosas ENG que capturan sin perder detalle el horror allí estático, sino rescatar a tiempo al conductor de su coche incendiado. Bloom identifica la oportunidad (hacer fortuna con el dolor ajeno, picar carnaza a veinticinco imágenes por segundo), y a partir de entonces cambia su visión empresarial. Se compra una cámara de segunda mano y, muy seriamente aunque con una sonrisa de inmensos labios, se dice: Voy a vender desgracia a los informativos más sensacionalistas, voy a grabar accidentes, tragedias nocturnas; voy a grabar a personas recién muertas o muriéndose en sus coches, con suerte en llamas o en proceso de carbonizarse, y también tiroteos furtivos a horas siempre intempestivas. Mientras todos duermen, cuando nadie espera morir por nada.

    La historia de Louis Bloom es a la vez clásica y actual. En parte narcosis de unos mass media ya hundidos en su búsqueda de "usuarios", antes fracciones y ahora fracciones con Twitter, cuyo denominador común (el me aburro de Homer Simpson) exacerba los instintos del que mira y, aun conociendo los riesgos, no retira nunca la mirada, pues su trabajo es acechar permanentemente lugares predispuestos a la violencia. La historia de Louis Bloom es, en definitiva, un trasunto del fotoperiodista Arthur Weegee Fellig y una reconversión pulp —con memorable factura— del Mark Lewis que escribiera Leo Marks en 1960, para un guión a la postre dirigido por Michael Powell bajo el título El fotógrafo del pánico (o Peeping Tom en inglés). Así, nunca antes un póster había definido con tal precisión a su protagonista, un tipo que asedia mirando frontalmente, de hombros caídos pero firmes, enfundados en cuero marrón y con una camisa blanca asomando por fuera, todo él una farola insinuante, sosteniendo a su vez una cámara cuyo blanquecino spotlight apunta al sur, como si quisiera chivarnos el inminente descenso a lomos de su Mustang. Es una fotografía, sí, y hasta donde sabemos, las fotos únicamente expresan movimiento a través de una gestualidad implícita, congelada. Pues bien, miren de nuevo al sonámbulo. Podría estar ahí desde mucho antes de que ustedes nacieran; rígido cual guardia real británico. Desconocemos su pasado, nadie nos contará nada sobre él. Sabemos, eso sí, que tiene un apartamento y que riega puntualmente una maceta junto a la ventana del salón. Y que ya estaba jodido mucho antes de que ustedes nacieran.



    Todo se intuye y se aprehende con micropíldoras. Dan Gilroy, guionista y director de Nightcrawler, expande su ficción psicótica a un tiempo único: presente. Y lo hace sin juegos, sin trampas, sin cosmética maquilladora. ¿Ven la línea discontinúa marcada en el asfalto? Sigan su curso. Son azulejos que desembocan en Oz, o en el downtown de Los Ángeles, o en un caserón cercano a Mulholland Drive, allí donde ha de suceder la próxima colisión. Basta con seguir a Weegee, aquel fotógrafo que entre 1935 y 1946 maravilló a Estados Unidos mostrando o desnudando (ahí está su ya mítico book, La ciudad desnuda, más tarde convertido en película) no sólo su lado oscuro sino también su auténtica naturaleza; pues el bueno de Weegee, como Louis Bloom (aunque con autorización), tenía una radio de policía y llegaba al "lugar de los hechos" antes que ningún otro buitre simplemente porque entonces no había tantos. Él reinaba en Nueva York. Y allí disparaba, también, un poco a matar. Inmortalizando, paradojas semánticas, el negocio del sensacionalismo. El que nos rodea, el que nos gusta, el que detestamos por simple impudicia. ¿El que somos? Y el que se prestigia cada vez que alguien, escritor o periodista o fotógrafo, es agasajado con el Pulitzer, o, mejor aún, con una columna semanal en La Razón.


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid
    Feelmakers

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