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    Crítica | Big Eyes

    Big Eyes, Tim Burton.

    La trastienda de una mirada gigante

    crítica a Big Eyes (Tim Burton, Estados Unidos, 2014).

    La Margaret Keane de Big Eyes es una mujer ingenua, no poco temerosa del marido y a veces hasta de su propio reflejo. Se podría decir que es el resultado de sus decepciones, de su timidez, de sus inseguridades. Como todos, huye sin apenas mover los pies. Huye porque no sabe estar, ni ser ella, a todas horas. Y adónde va a ir. Si son los años 50. Y los coches no corren aún suficiente. Se gripan, son para contemplar a izquierda y derecha, sin necesidad de mover el volante. Lo que en realidad quiere Maggie es reconocimiento, pagar con su arte las facturas. Con suerte, comprar parcela en un barrio tranquilo. Prescindir del alquiler, el agobio del alquiler, la jeta asquerosa del casero: ese individuo que huele el fracaso a cien millas. Sobrevivir, en fin, al archiconocido sueño americano. Difícil, ¿verdad? Por eso no dice nada y entretanto ocurre todo. De ahí que Maggie pinte niños cuyas miradas esconden y aún reflejan la oscuridad siempre acechante, tras las absorbentes y esféricas no-pupilas, los inmensos iris... Son rostros que se inician justo ahí, en los faros negros, y terminan también ahí, en aquellos mismos péndulos que escrutan a su público. Margaret está divorciada y tiene la custodia de su hija Jane, que habla poco —igual que ella— aunque siempre dice mucho tan sólo lamiendo un helado cada vez más frío. Así, mientras la mujer retrata a un niño en un puesto ambulante, un pintor allí visible y paisajista cuyo leitmotiv artístico son las callejuelas de París (no le falta la camiseta a rayas, como a Picasso, ni esa labia de embaucador risueño que lo mismo te vende un cuadro que una tostadora, como el padre de Matilda), la atrae con algún piropo fácil y dos o tres consejos sobre cómo vender(se), y a qué precio, sus obras.

    Ni siquiera es necesario repasar la filmografía de Tim Burton, un cineasta que debe haber dirigido, con sus obras maestras y sus caídas libres, no menos de quince largometrajes, para reconocer hoy a Big Eyes como su título más aséptico y carente de uña. Que no aburrido. Quizá irreconocible, por una vez. Y siguiendo la idea temática inherente al relato, muy apócrifa. No obstante Burton en un primer momento se presentó a los estudios como productor, y acabaría convirtiéndose finalmente en el encargado de traducir a imágenes el guión coescrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski. Los señores que dieron tinta a un biopic en blanco y negro cuyo legado ha trascendido ya los márgenes de la mera fabulación, de ese visionario desastroso que soñaba invasiones extraterrestres, de nombre Ed Wood. Y, ya a color aunque sin perder el bisturí, con Woody Harrelson destapando las miserias de la sociedad usamericana en El escándalo de Larry Flynt. Hombres, todos ellos, en la Luna. Como Jim Carrey. Siempre bajo el spot cálido, por sacar palabras con pantalón pesquero. Que no es una impostura; un poco sí. Y es que el productor se limita, fatigosamente, a erigir la muralla y asegurar que ésta resista hasta que el realizador grite más o menos satisfecho el ¡corten! último, que tristemente es como llegar el primero a tu fiesta de cumpleaños porque tienes que disponer las mesas y asegurar la priva, y ser el último en salir porque tienes que limpiarlo todo, además sin ayuda. Un asco, sí. Mientras que el director, sencillamente, apunta y dispara y dice: "Necesitamos más dinero; un par de monstruos aquí y ahí. Que alguien llame al productor, queridos". Y en última instancia será culpable o triunfador sobre alfombras rojas. A veces ni eso. Pero se lo valora y se lo insulta más. El productor, a nivel estándar, con suerte recibirá un beso de su fox terrier (olvidemos a los Weinsten, ¿ok?). Imaginen, pues, que este relato acerca del fraude artístico y la suplantación autoral, consentida, es la proyección del making-of de Big Eyes vivido desde dentro. ¿Cómo saber quién firmó tal o cual plano? ¿Hasta dónde llegan los shoots de la segunda unidad?

    Big Eyes, Tim Burton.

    Christoph Waltz interpreta al buscavidas-garrapatero Walter Keane y Amy Adams es Margaret. Él sobreactúa y ella se contiene, pues le basta con decir sí mientras llora sin romper nunca a llorar. Todo un hito que ya admiramos en actrices clásicas. Adams no es exuberante, en modo alguno infalible, pero domina con facilidad registros aparentemente complejos. Y a punto está de romperse como un jarrón chino a cámara lenta. Una hormiga, sí, a merced no ya del gigante sino de ese histrión más bien bajito con retintín bávaro. Que sonríe, que se gusta, que es capitán general; sirva como ejemplo la siguiente escena: marido y mujer se encuentran declarando el uno contra el otro. La historia es conocida. Llegado un punto del juicio, Walter Keane se vio obligado a autodefenderse; se llamó a sí mismo como testigo y el juez sancionó su coreografía. No era necesario que subiera y bajara del estrado cada vez que intercambiaba rol... Y de personaje, puesto que ese gran ególatra y narcisista desconocía el ridículo. Esa secuencia es sin duda de las más risibles, no tanto por su contenido como por la interpretación de Waltz. Y Burton lanza aquí puyas incluso al gremio de la crítica cultural, mediante un crítico de The New York Times que odia visceralmente los cuadros del hasta entonces Keane masculino. Walter: dientes, dientes. Y así hasta que no caben más sonrisas. Porque sonreír es también un gesto triste. Y a veces incluso ridículo. Nadie mejor que Burton para enseñar cómo se sonríe depresivamente. El fraude, de nuevo, es notorio. Se admiten réplicas.

    No hubo rastro del post-expresionismo kitsch que convirtiera al de Burbank en un perro verde —es gris oscuro— con grapas y tornillos y ojeras. Acaso un zombi revivido por un rayo. La historia no invitaba a florituras, más bien al contrario. El riesgo en ambientación fue exiguo: una clave cromática sugerente y un buen álbum fotográfico para cotejar estilismos. Al final nadie interpuso denuncia. Yo quedé satisfecho y los que esperaban Pesadilla antes de Navidad, no. Ni tan siquiera un trasunto de Eduardo Manostijeras y Big Fish. Queda tan sólo el adjetivo, grande. Porque la auténtica "inquietud" reside ahora en esos huérfanos —que a mí me recuerdan un poco a los malditos de Wolf Rilla— retratados por Margaret Keane. Una mujer que pintaba, que pinta bien, según Andy Warhol. Que una vez se fotografió delante de un escaparate que mostraba dos lisérgicos ojos negros, y a continuación dijo: "Pienso que lo que ha hecho Keane es fabuloso. Tiene que ser bueno. Si fuese malo, no gustaría a tanta gente". Por entonces ya se había ahogado en un bote de sopa Campbell. | |

    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2014. Big Eyes. Director: Tim Burton. Guión: Scott Alexander, Larry Karaszewski. Fotografía: Bruno Delbonell. Música: Danny Elfman. Reparto: Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Jason Schwartzman, Krysten Ritter,Terence Stamp, Heather Doerksen, Emily Fonda, Jon Polito, Steven Wiig, Emily Bruhn, David Milchard, Elisabetta Fantone, Connie Jo Sechrist, James Saito. Productora: Silverwood Films / Electric City Entertainment / Tim Burton Productions / The Weinstein Company. Distribuidora: EOne Films.


    Póster: Big Eyes, Tim Burton.
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