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    «A Ghost Story», de David Lowery.

    10.000 km: La pareja, plano a plano

    10.000 km

    El planteamiento de la película no puede ser más sencillo: una pareja, una separación física por motivos profesionales y su consecuente ruptura sentimental paulatina, y un guión que desplaza a la mínima expresión cualquier atisbo de trama o personaje secundario más allá de la pareja protagonista. Hasta aquí, no parece nada nuevo. Es más, estamos ante una perita en dulce para cualquier director en busca de su ópera prima. Ejemplos, haylos, y no hace falta irse muy lejos para encontrarlos. Stockholm, la sensación del cine independiente español de 2013 de Rodrigo Sorogoyen, tiene muchos puntos en común con la cinta que nos ocupa, el excelente debut de Carlos Marqués-Marcet 10.000 km: primera película, una pareja y el amor de por medio. Pero si bien la cinta de Sorogoyen trata de analizar el amor más bien inmediato, un aquí te pillo aquí te mato sentimental que pretende alcanzar pequeñas conclusiones pseudofilosóficas, Marqués-Marcet se decanta más por un ejercicio de madurez que analiza a golpe de montaje los cimientos de una relación de modernos urbanitas asediada por la modernidad tecnológica que nos rodea. Para entender bien el alcance del filme, debemos analizar su estrategia paso a paso. Solo así conseguiremos descubrir el preciso mecanismo que se esconde tras su aparente sencillez.

    10.000 km abre con un sutil plano secuencia. Una mañana cualquiera, Álex (genial Natalia Tena, dejándose llevar en cada escena) y Sergi (impecable David Verdaguer, aportando las dosis exactas de comicidad a su personaje) hacen el amor apasionadamente antes de empezar el día. Se asean, desayunan, conversan… vemos una pareja que siempre aparece junta, sin cortes ni subrayados: dos personas que se unen en pantalla del modo más orgánico de continuidad cinematográfica. Marqués-Marcet nos muestra la unión del amor en su pura cotidianidad. De este modo, el plano secuencia no se presenta como un artificio ni un as el manga del director novel. Su función viene a precisar el punto de partida de la cinta y de sus protagonistas, y además lo hace de un modo sencillo: se agradece que haya optado por la sutileza frente a la grandilocuencia técnica que estos planos en ocasiones llevan aparejados. Pero una beca de estudios en Los Ángeles rompe estos estrechos lazos no solo en la pareja, sino también en la película: Álex debe mudarse a la ciudad norteamericana y el título de la película nos anuncia la distancia que les separara. A partir de este momento, Marqués-Marcet consigue montar una película redonda que analiza y descompone el plano contra plano, mecanismo clásico de la comunicación en pantalla entre dos personajes, a través de la desviación y la ausencia de su elemento vertebrador: la mirada.

    10.000 km

    10.000 km

    10.000 km

    Desde el cine clásico hasta nuestros días, los amantes han hablando en pantalla a través de sus ojos. Sus miradas (furtivas, intensas, apasionadas, llenas de odio…) han marcado el tiempo del romance. Así, desde las seductoras miradas de Cary Grant y Eve Marie Saint en el vagón del tren de Con la muerte en los talones, del maestro Hitchcock, hasta la delicada mirada de Adèle en su última conversación con Emma en La vida de Adèle, de Kechiche, la expresividad de los ojos ha servido como vehículo de transmisión de las pasiones entre personajes y, por ende, al público. Pero, ¿qué ocurre cuando es imposible establecer algo tan simple como una mirada fija a los ojos de tu compañero? Aquí es donde aparece la paradoja del mundo 2.0: puede parecer que la tecnología nos acerca, pero en realidad nos separa. Y lo hace de manera peligrosa, puesto que nos pilla desprevenidos, dentro de un idea de proximidad infundida por una pantalla de 13 megapíxeles que aceptamos como el cuadro perfecto para nuestras relaciones humanas. Una vez nos adentramos en esa supuesta zona de confort, la naturalidad impostada no tarda en abofetearnos sin piedad. Por todo ello, por mucho que se empeñen Sergi y Álex en intentar neutralizar su impacto y hasta dotar de un toque divertido a su nueva situación, llega un momento en que la incapacidad de restablecer la normalidad se hace insoportable y sus vidas empiezan a descubrir nuevos caminos. Esta línea argumental (que, por otra parte, no viene a aportar nada nuevo a los miles de romances vistos en pantalla grande) está desarrollada de manera magnífica a través, como decíamos, de un plano contra plano que se muestra ausente de alma. La imposibilidad de los protagonistas de compartir el mismo espacio físico les impide compartir el mismo espacio cinematográfico. El plano secuencia inicial se desvanece y la sucesión de planos se encuentra con la barrera de la distancia y, como consecuencia, de la pantalla del ordenador. De este modo, el contra plano se va vaciando cada vez más de elementos humanos y se acerca peligrosamente hacia el vacío: primero se queda sin mirada; luego la incomunicación propia de los fallos de sonido; después su cotidianidad pierde puntos en común y los aleja en su día a día; y, finalmente, solo hay lugar para el reproche. Y, tras ello, solo queda la nada. Dos sillas vacías, una en Barcelona y otra en Los Ángeles, que se “miran” mientras ellos lloran fuera de plano.

    España, 2014, 10.000 km. Director: Carlos Marques-Marcet. Guión: Carlos Marques-Marcet, Clara Roquet. Fotografía: Dagmar Weaver-Madsen. Reparto: Natalia Tena, David Verdaguer. Productora: Lastor Media / La Panda. / ★★★★★

    Se trata, pues, de un viaje sentimental, pero también del viaje de la imagen. Conseguir construir un discurso a través de la elección de las imágenes y de la composición del montaje es un elemento clave que consigue trascender la simple narración de un argumento para llegar a entender el cine como un conjunto mucho más complejo de relaciones entre todos los niveles significativos. Marqués-Marcet, con la ayuda de la guionista Clara Roquet, lo consigue en su ópera prima. Y así, con este razonamiento, la única manera de restablecer el orden de las cosas una vez todo está roto y el vacío ha impuesto su ley es volver a colocar a los personajes en el mismo espacio físico para que así el plano contra plano, poco a poco, vaya recuperando sus elementos básicos. Cuando la mirada vuelve a entrar en juego será el momento de volver a ser uno en pantalla. Sin embargo, puede que llegados a ese punto los 10.000 kilómetros que antes separaban a los personajes físicamente ahora lo hagan a nivel sentimental.


    Víctor Blanes
    Barcelona



    El fulgor efímero

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