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    Editorial | Exodus: Dioses y reyes

    Exodus: Dioses y reyes

    Dios era un andrajoso y Moisés su 'conseguidor'


    Dibujemos el paisaje más allá de Menfis, Antiguo Egipto. Según cifras oficiosas, la inversión directa de Exodus: Dioses y reyes en Almería y Fuerteventura ha superado los 43 millones de euros. Ya, una minucia, un pequeño bocado a la tarta de una superproducción cuyo presupuesto ronda los 140 millones de la misma moneda. Por no mencionar los beneficios que seguramente conseguirá tras su estreno multitudinario. La gran lotería que nos retuerce el rostro como al señor del café y el sobre entre bailes y cogorzas improvisados. Un rodaje que sólo puede, digámoslo así, tocar una vez en la vida (excepto si te llamas Carlos Fabra) y por tanto ha de aprovecharse como si fuera el último: no todos los días llegan los señores del Far West a invertir sus dineros aquí; no desde que Tabernas se consagrara a la performance variopinta, sin Claudias Cardinales ni Eastwoods danzando por sus áridos terrenos. Y es que la idea de un futuro "próspero" nos ha condenado a la más absurda de las depresiones. También a un país crédulo, sin capacidad de reacción ante el ya clásico aforismo "todo es falso, salvo alguna cosa". Y ahora tomen aire, que voy a contarles un chiste todavía más gracioso: las cuatro productoras asociadas para realizar esta película han invertido en España (millón arriba, sablazo fiscal abajo) casi diez millones más que lo destinado por el gobierno español a subvenciones al cine en 2014. Comprenderán ahora que Ridley Scott se llevase las manos a la cabeza cuando le dijeron que los estudios Ciudad de la Luz no se usan y, más incomprensible aún, que serán vendidos al primer Tío Gilito con ganas de jugar al Monopoly.

    «Rodar en Europa, con un buen descuento fiscal, un estudio de esas dimensiones, una ubicación inmejorable... En Londres hay tantos rodajes que no puedes encontrar un plató libre. No entiendo lo que pasa en España». Así se lo cuenta Ridley a María Bernal en el último número de la revista Fotogramas, y así, con el rictus de un Moisés exiliado y medio ido, nos preguntamos nosotros a qué huelen las nubes en éste nuestro país, mientras los gestores construyen —la Cultura no se libra de la especulación del ladrillo— para destruir no sólo con argucias burocráticas sino con el más grosero inmovilismo de que son capaces. Como Moisés, ellos siempre tienen en sus cabezas un buen Mar Rojo que partir en dos, o dos mil esclavos a los que partir en miles de pedacitos rojos. Tanto da. No hay distancia insalvable ni lucidez ni pudor. Scott semeja más bien un funcionario en piloto automático, como si estuviese pasando flashback a su filmografía sin siquiera admirar sus mejores giros o recordarse los aciertos por que figura en el Olimpo de la ciencia ficción y el péplum, es decir Alien y Blade Runner y —aunque no esté al mismo nivel— Gladiator. Viendo su nuevo trabajo uno reafirma las declaraciones del propio cineasta: 74 días de rodaje es un plazo ínfimo. Yo sé qué ustedes ya conocen el axioma de que en cine el tiempo es dinero. No obstante, tampoco nadie asegura que un mayor presupuesto proporcione a su vez una mayor persistencia en la memoria tanto individual como colectiva. Dudo mucho que este Scott menor, a sus setenta y ocho abriles, recupere algún día el tono de una época fundamental para el cine americano, esa lírica seca, a estoicos mandobles que rasuran honor y recortan juventudes, la de El duelista; ese monstruo casi simbionte con dentaduras como matrioskas cada vez más pequeñas, bautizado como el Octavo Pasajero; y ese replicante que sueña con ovejas eléctricas y lluvia metálica de nombre Roy Batty.

    Exodus: Dioses y reyes

    Hay una escena en Exodus, cuando Moisés se dirige al faraón Seti y Ramsés (Joel Edgerton) atiende sin perder onda, en la que este primero suspira por la nariz imaginando su castigo, mostrando así las vergüenzas de una película justificada únicamente como soliloquio. A ratos divertida, casi siempre monótona, con edición precaria y fallos de producción notables. Y, bueno, qué más da, ¿no? Bale sonríe una de sus sonrisas desdentadas, de vagabundo robaperas, y Séfora (María Valverde con maquillaje Max Factor y angelical dentadura impropia de aquellos 1.200 a.C.) cae rendida a sus pies. A velocidad de clásico en blanco y negro: yo me fijo en ti, tú me eliges a mí y al minuto —elipsis mediante— ya estamos casados y hasta embarazados. ¿Gol? Se podría decir que sí. A Bale me lo imagino yo escupiendo absenta y apiolando bebés en sus respectivas cunas. Matando a soplos, apagando vidas como velas de cumpleaños. Pero, siempre hay un "pero": el mesianismo del hombre narcisista desvirtúa aquí las impurezas del hombre común, ese que no perdona un saludo al vecino. Finalmente Moisés es contratado por Yavé, en cuya personificación vemos a un cautivo en su primer lunes en Auschwitz, y éste contempla dos futuribles disfraces para los hebreos: o sapos, o li(e)bres. La relectura se antoja manida en el orden artístico y cobarde en el histórico-fabulador. El filme empieza y acaba en el galés, que tiene una presencia bestial. Es capaz de cualquier cosa, y digo bien, cualquier cosa. Es un nervio inflamado. No se guarda ni los céntimos sobrantes. Se autodestruye mientras pleitea con Dios. Ya se lo dejó bien clarito a McG allá por 2008: "Nada en tu filmografía me hace pensar que puedas encargarte de Terminator Salvation". Apenas unos meses después la emprendió a gritos con el director de fotografía por colarse en sus planos: "¡Voy a patearte el puto culo! ¡Quiero que te vayas del plató, imbécil de los cojones! (...) Eres un aficionado". Quién sino Christian Bale iba a separar las aguas del Mar Rojo.

    Entra dentro de lo posible, ¿verdad, Charlton?


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid
    El fulgor efímero

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