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    Crítica | Vivir sin parar

    Vivir sin parar

    El mar y el viento

    crítica de Vivir sin parar (Sein leztes Rennen, 2013), dirigida por Kilian Riedhof. | ★★★★ |

    ¿Es la libertad la que condiciona nuestras inquietudes vitales o a la inversa? Sea como fuere, gane la gallina o salga victorioso el huevo en cuánto a anterioridad de existencia, lo que todo el mundo sabe es que necesitamos ilusiones para vivir. A cualquier edad y dentro de nuestras posibilidades materiales, físicas, mentales y económicas, todos nos fijamos metas, sueños y pequeñas muescas en el camino. Como diría Galeano, sabemos que la utilidad de la utopía no es otra que la de seguir andando, renovando esas preciadas promesas con nosotros mismos. La intención del entrañable protagonista de este blando pero agradable largometraje germano titulado Vivir sin parar hace precisamente justicia a su título: Paul Averhoff es un septuagenario que, por petición de su familia y en contra de su verdadera voluntad, ingresa en un geriátrico junto a su esposa Margot, cuyo estado de salud ya es frágil a causa de la edad. Allí, con la vida enclaustrada entre las cuatro paredes, las opciones de autorrealización o de divertimento de Paul no pueden salirse del aburrido espectro entre el coro cristiano y el taller de manualidades, ambos condicionados por el trato condescendiente de los escasos cuidadores y el ambiente taciturno que el resto parece aceptar. Para Paul la atmósfera de ese lugar es opresiva y lo que necesita es libertad. Sin embargo, lo que los demás residentes desconocen es que fue una importante leyenda como corredor de maratón, ganando incluso la medalla de oro en las Olimpiadas de Melbourne en el 56: la primera secuencia así no los muestra, a través de unas imágenes de sus días de gloria con filtro nostálgico y regusto épico. Una metáfora en tonos azulados de juventud y libertad versus vejez y cautiverio.

    En definitiva, en palabras del propio Paul éste se niega a palmarla haciendo trabajos manuales, y como terapia se enfunda en sus viejas zapatillas de deporte y empieza a correr a diario por los alrededores verdes de la residencia, ante los ojos como platos de los cuidadores y el apoyo incondicional de la mayor parte de sus compañeros. En su cabeza resplandece un objetivo con mayúsculas: repetir de nuevo sus heroicas hazañas y prepararse para la maratón de Berlín. Y como su edad ya no es moco de pavo, deberá lidiar con una angustiosa depresión, el cansancio físico y la falta de ilusión para cumplir esa promesa de gran valor simbólico que le ha hecho a Margot (una dulce Tatja Seibt). En la recta final de su vida, ambos miembros de la pareja siguen muy enamorados y se autodenominan a si mismos “el mar y el viento”. Paul siente absoluto pánico ante la perspectiva de perder un día a Margot, y el acto de correr bajo su tutela como entrenadora es el mejor bálsamo para calmar los nervios. Y con su ejemplo de voluntad nos contagia a nosotros de ganas de correr, correr, correr y respirar, sentir el aire fresco en los pulmones y creernos otra vez capaces de cualquier cosa. Ahí radica la pretensión fundamental de la película, cuyo guion no desborda complejidad ni nos obsequia con la aparición de subtramas de interés.

    Vivir sin parar

    Este amable drama alemán supone el debut de Kilian Reidhof en la pantalla grande. El director se enfrentó a la ardua tarea de siete años de trabajo para lograr financiación y gestionar el proyecto cinematográfico hasta su estreno, para acabar contando con Dieter Hallervorden como protagonista principal; un actor y cómico poco conocido fuera de las fronteras germánicas pero de gran importancia en su país. Esta vez, Hallervorden se quita el disfraz de mago de la risa e interpreta con solidez a un tierno Paul Averhoff al que es imposible no querer, no compadecer o no animar desde la butaca. Él nos muestra las vicisitudes y contratiempos de su avanzada edad, sumados a la energía interior que posee para derribar los obstáculos que se le presentan, desde no compartir pretensiones con las personas de su quinta, sentirse solo y desamparado o la falta de ayuda por parte del personal del geriátrico, que califica su pasión por correr como trastorno psiquiátrico. El filme representa una continua lucha entre dos posturas vitales antagónicas: el hastío y el optimismo, la depresión y el afán de superarse. Lo hace mediante una estética convencional, una fotografía de tonos suaves y una trama que finalmente no consigue conectar por completo con el corazón del público. A pesar de tratarse de una propuesta aceptable y original, con un protagonista carismático y un claro sueño por cumplir, algo falta en su texto para hacernos vibrar. Nos contagia su dulzura, pero sin exceso de fuerza.

    Vivir sin parar es rara avis en cuánto a las producciones centroeuropeas habituales, pues desde esos terrenos gélidos son menos proclives a facturar películas cuya última finalidad sea una buena inyección de optimismo y autoestima en las venas de los espectadores. La historia discurre sobre varios ejes temáticos interesantes: la superación en primer lugar y como moraleja de la fábula, pero también la soledad y el desaliento ligados a la vejez, el miedo a la muerte y la nostalgia del pasado, mezcladas con alguna pincelada crítica a la falta de iniciativas para motivar a los ancianos en los asilos modernos. Vivir sin parar para Paul es correr, y correr es una alegoría de la vida misma, de lo que comporta estar vivo y sentir miedo por ello, romper límites y no sentirse un inútil haciendo figuritas con castañas en un decadente salón. Paul necesita revivir su juventud como corredor, que él identifica como la plenitud de su existencia y su mayor logro vital conseguido. Es fácil simpatizar con este protagonista, no tanto con otros personajes como su hija (Heike Makatsch), ya que el elenco de secundarios se halla bastante desdibujado y algunos diálogos resultan insustanciales. El resultado final de la narración es capaz de dejar una sensación fresca y agradable, aunque le sobren minutos y su argumento adolezca de ciertas irregularidades y tire en exceso de recursos lacrimógenos para conmover al espectador. Sin duda, nos hallamos ante un plato de buen gusto para los más adeptos a ese cine friendly cargado de mensajes positivos y pastillitas para que la autoestima suba como la espuma. Para otros, el mayor interés radicará en la evolución de su protagonista, sus recuerdos y su fuerza hercúlea para salir a flote. También podemos atisbar una reflexión antimaterialista de fondo que da mucho más valor a la experiencia que a los objetos. Parafraseando a Paul: Antes de la guerra no teníamos nada, pero éramos los dueños del futuro. | ★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Santiago de Compostela


    Ficha técnica
    Alemania, 2013, Sein letztes Rennen. Director: Kilian Riedhof. Guión: Kilian Riedhof, Marc Blöbaum, Peter Hinderthür. Productora: Neue Schönhauser Filmproduktion. Música: Peter Hinderthür. Fotografía: Judith Kaufmann, Reparto: Dieter Hallervorden, Tatja Seibt, Heike Makatsch, Heinz W. Krückeberg, Frederick Lau, Otto Mellies, Mehdi Nebbou, Katrin Saß.


    Póster: Vivir sin parar
    El fulgor efímero

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