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    Crítica | The Keeping Room

    The Keeping Room

    Érase una vez en el Sur

    crítica a The Keeping Room (2014), dirigida por Daniel Barber.

    En una industria cinematográfica tan faltada de ideas como la estadounidense, cualquier cosa que destile un mínimo de originalidad se recibe como una bocanada de aire fresco. Y hace años ya que la Black List, esa lista de los mejores guiones no producidos del año, se usa para darle una pátina de prestigio a películas que, o bien hubiesen pasado desapercibidas por ser demasiado pequeñas, o bien necesitan un plus de respetabilidad para añadirlo a los nombres de grandes estrellas de Hollywood. Por desgracia, por cada Margin Call (J.C. Chandor, 2011) o Chronicle (Josh Trank, 2012), ambas buenas obras salidas de la lista de marras, hay decenas de morralla infumable de todos los tamaños, colores y formas, de sacacuartos sonrojantes como Blancanieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders, 2012) u Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013) a despropósitos con más ínfulas de grandeza que vergüenza como Grace de Mónaco (Olivier Dahan, 2014) o Transcendence (Wally Pfister, 2014). The Keeping Room, que entró en la lista allá por el 2012, no está entre las primeras, pero por fortuna tampoco entre las segundas, y no digamos ya entre las terceras.

    La protagonista de The Keeping Room, Augusta (Brit Marling), es un personaje encallecido, heredera de las mujeres duras del cine en su versión tierra-de-la-frontera, aunque en realidad estemos en el Sur de los días finales de la Guerra Civil Norteamericana. Reside en una granja de Carolina del Sur junto a su —bastante insoportable— hermana adolescente, Louise (Hailee Steinfeld), y a la esclava doméstica de ambas, Mad (Muna Otaru). Un buen día, después de que Augusta se pase por el pueblo a comprar unos medicamentos, es seguida hasta la granja por dos soldados yanquis, Moses (Sam Worthington) y Henry (Kyle Soller). Lo que sigue es una historia de asedio doméstico, con los dos soldados —y su terrorífico doberman— descubriendo que el hecho de tener delante a tres mujeres solas no implica en absoluto que vayan a poder campar a sus anchas como pretendían.

    Hay en The Keeping Room algunos elementos tremendamente interesantes. La mirada de Hart (que a fin de cuentas, es mujer) y Barber a la violencia psicológica, física y sexual ejercida sobre las mujeres en tiempos de guerra, el presentar a éstas como personajes activos que se niegan en redondo a aceptar esa violencia y deciden tomar cartas en el asunto, y que el inevitable enfrentamiento central se produzca entre una mujer (Marling) y un hombre (Worthington) daban para una historia a la que se podía sacar mucho partido. La fotografía de Martin Ruhe concede una atmósfera oscura y opresiva a la historia, ayudando a crear una desagradable sensación de claustrofobia incluso en varias escenas que suceden al aire libre. Para rematarlo, se beneficia de una protagonista que, sin tener un personaje excelso, resulta excelente en lo que hace, pasando a engrosar la lista de grandes damas patea-culos del cine norteamericano (una está esperando que en cualquier momento aparezca al grito de “¡Aléjate de ella, puerca!” —o puerco, en este caso—). Demonios, hasta un actor tan insulso y simplón como Sam Worthington resulta aquí más que decente. Parece, en principio, tenerlo casi todo a su favor. Y sin embargo…

    The Keeping Room

    …Sin embargo, hay algo que no termina de encajar. Quizá sean sus momentos “de reposo”, en los que los personajes se lanzan unos a otros grandes frases profundas y Discursos Grandilocuentes™, algunos de los cuales se hacen tan repetitivos y cansinos que el espectador no puede evitar pensar si es que director y guionista no serán un poco amnésicos y se han olvidado de que esa idea ya la habían machacado hace cinco o diez minutos. Toda la tensión, la violencia e incluso el horror sórdido del enfrentamiento se diluye cada vez que tenemos que asistir a cualquiera de los personajes marcándose un interludio verbal. Tampoco ayuda el hecho de que, pese a ser mujer, Hart no parezca confiar en que el público compre las acciones de sus tres protagonistas femeninas, precisamente por el hecho de ser mujeres. Hay un molesto subtexto “¿qué haría un hombre en nuestro lugar?”, que menoscaba la fuerza de lo que se nos está contando. ¿Qué necesidad hay de presentar mujeres que se rebelan contra lo monstruoso de esa situación, que deciden coger una escopeta, plantarse y decir “se acabó lo que se daba”, si constantemente vamos a estar haciendo que se planteen cómo harían las cosas de ser hombres? Quiero creer que en la sociedad en la que vivimos, hay público más que suficiente dispuesto a creer que un grupo de mujeres (o una sola mujer, qué más da) puedan defenderse de sus agresores sin necesidad de hacerlo “como lo haría un hombre”.

    Es una pena, porque a pesar de ser sólo dos detalles, le hacen bastante daño a una película por otro lado entretenida, con unas escenas de acción/violencia dirigidas de forma ejemplar —hay que reconocer la mano espléndida de Barber para éstas—, y un trío de heroínas que resultan de lo más atractivo que ha dado el cine del género en lo que va de año. Hay una vaga sensación, al final de la historia, de que hay aventuras más grandes y mejores esperando a algunos de los personajes a la vuelta de la esquina. Yo sólo pido que, si hay una secuela, se encuentren con la Eva Green de The Salvation y nos narren sus aventuras y desventuras desfaciendo entuertos por los Estados Unidos decimonónicos. Eso sería más que suficiente para quitarme el mal sabor de boca por lo que pudo haber sido y no fue. | ★★ |

    Judith Romero
    Enviada especial al Festival de Londres 2014


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2014. Director: Daniel Barber. Guión: Julia Hart. Productora: Gilbert Films / Wild Dancer Productions / Anonymous Content. Presentación: Festival de Toronto 2014. Fotografía: Martin Ruhe. Música: Martin Phipps. Montaje: Alex Rodríguez. Intérpretes: Brit Marling, Hailee Steinfeld, Sam Worthington, Kyle Soller, Muna Otaru, Amy Nuttall, Nicholas Pinnock.


    El fulgor efímero

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