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  • Especial Festival de Cannes.
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    Blue Ruin, de Jeremy Saulnier

    La venganza es un plato que se sirve frío, si el menú no son tripas calientes. Cuestión de gustos, tal vez, o sensibilidades respecto a la temperatura a que han de ingerirse las sobras de una vendetta con más estética que puntería. Sin que el roto haya restañado aún. Sin que la justicia haya sido impartida y la ley recaído sobre el auténtico monstruo. Porque la venganza es, digámoslo ya, un plato que no se sirve ni frío ni caliente sino a medio hacer. Se podría decir que es una anomalía natural, propia de nuestra condición antaño salvaje y hoy, salvajemente sintética. La venganza se perfecciona y es cuestión de caracteres, pues los hay que gustan reivindicar al clásico italiano —filosofía del ajedrecista emocional libre de escrúpulos— y los hay también choleros, o sea de tiro a quemarropa y orines a chorro sobre la tumba del padre, el hijo, el abuelo y toda la saga desde tiempo inmemorial. Uno nunca consigue sublimar la senda que conduce al ojo-por-ojo, jamás se despoja del remordimiento que interioriza su consecución, y tal vez su no consecución. La venganza surge por un principio de causa-efecto (tú me jodes a mí y yo te jodo a ti) aunque tiene difícil diagnóstico, no ya manera de predecir su magnitud: ocurre no obstante que los tabloides apenas suelen hablar de ese atavismo tanto marginal por infraestructura cuanto conservador en alma; tampoco de cualquier huérfano por razones tan aleatorias y brutales como un lío de polvos que se saldó con dos muertes y sendos lustros de soledad, recogiendo el frágil Dwight (observen el flácido busto de Macon Blair) vidrio en una playa y durmiendo en un Pontiac desvencijado, sin batería y casi sin pintura azul. Con los neumáticos famélicos e impermeable que a duras penas si protege el coche del salitre que baila de un lado para otro.

    Hay dieciséis hectáreas con dianas dispuestas en tramos más o menos simétricos para practicar el tiro de corta, media y larga distancia. Hay un tío que apunta al maletero de su Pontiac azul, pues ahí yace su víctima, gritando "¡sáquenme de aquí, no puedo respirar!", y a ello accede el secuestrador/víctima/justiciero en diferido: le saluda con los ojos y lo encañona y también le deja un móvil para que llame a su familia, que debe de estar muy preocupada por ese aborto sanguinario; redneck (o casi) con sonrisa de coyote portador, según cierto erudito en rifles, de hepatitis o enfermedades aún más peligrosas. Y parecía tan normal, tan normal como cualquier hijo de Dios. Eso podrían decir sus vecinos horas después, pinganillo en oreja y mirando a cámara. "Era un hombre normal, no me lo explico. Nunca le vi hacer nada raro. Ayer mismo nos cruzamos en el súper. Era muy normal, como usted y como yo". Y encomendarse al Viejo no garantiza ninguna salvación ad infinitum, ni aquí —en un páramo casi estéril, de color amarillo ocre— ni allí —en otro igualmente peculiar y siempre oscuro, frente a la pantalla de cine—, donde se hallan ustedes intentando producir saliva junto a Dwight (ya sin pelambrera), que dicta los pasos al individuo en cuestión, uno más y sin embargo tan loco que podría cargarse al cura del pueblo a cambio de un Bollycao.... O tres botellas de whisky bourbon. Si alguien cuestionara su, por así decirlo, honor familiar y esas cosas tan importantes que le obligan a uno a decir impudicias y a poner los ojos al revés, como niña de El exorcista con traje y boina negros al estilo Damien.

    Blue Ruin, de Jeremy Saulnier

    Sangre difícil

    Esta historia sobre deudas mundanas se titula Blue Ruin, ha dejado huella en múltiples festivales y a su regreso de Gijón y Cannes 2013 se trajo consigo los premios a Mejor Director y el FIPRESCI en la Quincena de Realizadores. Allí coincidió con la maravillosa The Selfish Giant de —apunten este nombre— Clio Barnard; algo que engrandece todavía más su triunfo frente a semejante relumbrón. Si bien debido a su factura indie (en términos económicos es una película barata), y por tanto insuficiente distribución, Blue Ruin se verá con toda seguridad relegada a una indeseable segunda fila en la cartelera española, donde, como siempre en este mundo, el pez grande se come al pequeño. Esta vez un falso pezqueñín: al cineasta Jeremy Saulnier le queman las teclas y no tiene más remedio que supeditar los pocos diálogos aquí oídos a la acción estáticamente frenética. O cocinada a fuego lento, como se cocinan las manchas de sangre que trascienden épocas. Resume Jeremy Saulnier la idea temática de Blue Ruin diciendo que es "una complicada mezcla de emociones sobre cosas como la mortalidad, la religión, la familia y la cultura americana". ¿Cuántos disparos se necesitan para invocar el Infierno? ¿Uno? ¿Dos? ¿Ninguno? ¿Quién sobrevive con el gatillo tembloroso? ¿Acudirán los coyotes al olor de la carne en la hierba? "Desear venganza es muy humano", se disculpa Saulnier. Pero no hay que servirla fría, hay que servirla cruda. Y humeante y rápida, por favor.

    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid



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