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    Berlinale 2015 | Darren Aronofsky, presidente del jurado

    Darren Aronofsky en el set de Noé

    Ya conocemos el nombre de la persona que presidirá el jurado de la 65ª edición del festival internacional de cine de Berlín, que dará lugar el próximo mes de febrero. Y éste no es otro que el de Darren Aronofsky, un director de cine que, pese a los muchos premios logrados a través de los mejores festivales internacionales, todavía no cuenta en su haber con ningún Oso de Oro.

    El realizador de Brooklyn, Nueva York, comenzó su andadura cinematográfica con Pi, fe en el caos (Pi, 1998). Un thriller de misterio y matemáticas (no muy exactas) con el que puso de manifiesto lo que luego sería considerado como uno de los sellos identificativos más personales y originales (con permiso de Terry Gilliam) del panorama hollywoodiense. Su particular mirada sombría y pesimista de la sociedad contemporánea, aferrada a sus infinitas adicciones y a un terrible y despiadado espíritu competitivo, su estilo visual delirante, descarnado y lleno de contrastes, y su energético montaje, siempre sujeto a una acción trepidante marcada por impulsos nerviosos de una cámara hiperactiva, llamó pronto la atención de un público incondicional que ha permanecido a su lado en todo momento. Aunque su éxito de masas llegó algo tarde, y es que su siguiente película, Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000), uno de los trabajos independientes mejor valorados de los últimos tiempos, tuvo una recaudación bastante modesta. Con esta película Aronofsky se ganaría un puesto entre los mejores autores del cine indie americano, su desquiciada versión de la problemática de la drogodependencia resultó ser uno de los ejercicios más crudos y tensos del séptimo arte, que además contó con uno de los finales más arrolladores, asfixiantes y vehementes de la cinematografía (en gran parte gracias a la espectacular banda sonora, liderada por la majestuosa Lux Aeterna, compuesta por Clint Mansell).



    Posteriormente, llegaría La fuente de la vida (The Fountain, 2006), otro fracaso de taquilla pero que seguía confirmando a Aronofsky como un gran autor a tener en cuenta. Su excelente uso de las historias cruzadas estuvo enfocado en esta ocasión al quimérico árbol de la vida, no como el que presentó Malick en 2011, sino a uno realmente mágico y misterioso. Su oda al amor y a la muerte no fue bien aceptada en su momento, aunque ha recibido con posterioridad numerosas críticas positivas, sobre todo de la parte más “underground” de la crítica. En 2008 llegaría El luchador (The Wrestler), que constituyó, para muchos, su mejor trabajo. Y es que la cuarta obra de este director rompía con el estilo narrativo y visual de sus anteriores producciones. Se adentró en un filme que exploraba, con brillante realismo y sobriedad, la psicología más humana y cercana, una película con la que el espectador por fin pudo empatizar, simpatizar y, por último, premiar con un estupendo respaldo y resultado en taquilla, que ya venía avalado por la noticia del resurgir del mejor Mickey Rourke. La cinta resultó todo un logro, tanto comercial como técnico, y demostró que Aronofsky era capaz de afrontar con gran solvencia una cinta de factura clásica y conmovedora.

    Sin embargo, el gran éxito le llegaría con Cisne negro (Black Swan, 2010). No sólo por su excelente recaudación a nivel mundial, sino porque con ella pudo finalmente conseguir su propósito, acercar su propio cine, el de los excesos, las siniestras y turbulentas fracturas psicológicas, las personalidades múltiples y la gran belleza del sufrimiento, a un público mayoritario que no sólo no le dio la espalda a lo que antes había rechazado, sino que lo acogió con gran entusiasmo. Podríamos afirmar que Cisne negro cambió la perspectiva y reconcilió al espectador medio con un cine mucho menos comercial que se encontraba restringido a un sector minoritario hasta ese momento. La sensacional acogida de su quinto trabajo se debe a la lucha de un realizador con una visión asombrosa de la cinematografía, y una capacidad inigualable a la hora de desarrollar historias y personajes. El merecidísimo Oscar a Natalie Portman puso la guinda a una trayectoria sensacional que, desafortunadamente, ha sufrido recientemente un estancamiento con su último trabajo, Noé (Noah, 2014), con el que ha parecido dar un paso hacia atrás en su estilo y varios pasos hacia el frente en cuanto a lograr una súper producción épica. Esperaremos a ver qué nos tiene preparados en un futuro este sin par director que, como decíamos, tendrá el gran honor de entregar el máximo galardón en uno de los festivales internacionales de mayor prestigio.

    Alberto Saez Villarino
    Redacción Dublín
    El fulgor efímero

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