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  • Especial Festival de Sundance.
    Cobertura completa de la edición 2018.

    Repetir lo irrepetible.
    «En la playa sola de noche», de Hong Sang-soo.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino.

    Insert Coin.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Melbourne

    «La víspera eran como nosotros, nosotros éramos como ellos, pero les sucedió algo que no nos sucedió a nosotros y ahora formamos parte de dos humanidades separadas».

    Este extracto de De vidas ajenas, del escritor y guionista francés Emmanuel Carrère, no es solo una acertada reflexión de lo que nos aleja o nos une a la vida de los demás, sino que extrapolándola al mundo del cine entendemos que la fascinación que sentimos por él tiene mucho que ver con un profundo proceso de identificación al que puede seguirle o no una ruptura, un hecho fortuito, que nos separe o complique ese proceso. Pero llegado ese momento ya no podremos dejar de mirar. Y eso es lo verdaderamente subyugante. Esa humanidad separada a la que nos sentimos inevitablemente unidos es la que ha impregnado gran parte de las mejores películas proyectadas en esta 52ª edición del FICX, dominada, sobre todo, por la realidad, casi limitando con el documental, algunas con pequeñas concesiones oníricas y, las menos, con tintes de gran producción. En cualquier caso, y por encima de ese realismo, el factor común han sido las historias de superación, de proceso de búsqueda y crecimiento personal, de vidas corrientes que se embarcan en viajes que van más allá del desplazamiento físico. Si algo hay que agradecerle a este Festival es acercar esa mirada terrenal, plena en personajes vivos, y de ese vano abierto para que nos cuenten su viaje. Porque al levantarte la sensación es que en tu pasaporte ya no quedan hojas, que el que ha viajado has sido tú y que en el discurrir lento de una vida común hay un enorme poder de fascinación que deja una impronta que perdura mucho más tiempo. Por este motivo, salvo alguna sorpresa incomprensible (a manos del público, todo hay que decirlo), el reparto de premios en el palmarés deja sensación de satisfacción y de cierta justicia, independientemente del criterio personal.

    Éste queda resumido en diez hojas selladas en mi pasaporte:

    1. Melbourne, de Nima Javidi (Irán, 2014).

    (Premio al Mejor Director Nima Javidi, Premio al mejor Guión y Premio del Jurado Joven al Mejor Largometraje)

    Valorándola como un todo, una unidad, es una pequeña y sorprendente joya agónica y asfixiante que no flaquea en un ningún aspecto. Mantiene la tensión con una puesta en escena teatral, unas interpretaciones brillantes y el planteamiento de un dilema moral del que es imposible escapar.

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    52 FICX | Las 10 mejores películas

    Manuscripts Don’t Burn

    Identidad como fin

    Crónica de la novena jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La introducción de recursos y temas originales es una celebración en cualquier campo creativo, pero en el cine, y en especial en géneros como la comedia, es casi milagroso y una promesa constante. Promesa porque esa supuesta reinvención se queda muy a menudo reducida a un simple cambio de enfoque, quedando siempre un regusto rancio de tramas predecibles que se limitan a equilibrar risas y momentos tiernos. Quizá el error esté en caer en términos como reinvención cuando lo que se persiguen son emociones, que no hay que idear, solamente saber llegar a ellas. Y con esta etiqueta de nueva definición de la comedia era presentada en la novena y última jornada del FICX 52, la producción belga Halfway, de Geoffrey Enthoven, dentro de la Sección Oficial pero fuera de competición y con rumores de posible remake hollywoodiense en ciernes. Aprovechando los últimos coletazos del festival también pudimos ver, dentro del ciclo Convergencias, Manuscripts Don't Burn de Mohammad Rasoulof, un ejemplo impagable de valiente cine político, del más comprometido, centrado en la trama de censura literaria en Irán y del uso de torturas para evitar la publicación y distribución de aquellas obras que no han pasado por el filtro de la censura y que pueden comprometer al gobierno. Finalmente, y coincidiendo con la noticia del premio Butaca de Oro a Titli, disfrutamos de otro ejemplo de cine 'no Bollywood' llegado desde la India: Court, de Chaitanya Tamhane, una sátira del funcionamiento de la justicia, que consiguió en Venecia el León del Futuro a la mejor primera película.

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    52 FICX | Día 9

    La felicidad efímera

    crítica a Girlhood (Bande de filles, Céline Sciamma, Francia, 2014)

    Cuando las luces se apagaron y comenzaron los primeros minutos de proyección de Bande de filles, el tercer largometraje de la francesa Céline Sciamma, súbitamente se vienen a la cabeza reminiscencias a los libros de Rebeldes (llevado a la pantalla grande por Coppola) y La ley de la calle, ambos escritos por Susan E.Hinton. ¿Una simple coincidencia o una certera similitud en la manera de contagiar una historia? En este par de novelas dirigidas a adolescentes, la autora norteamericana contaba historias genuinas acerca de la supervivencia, las preocupaciones juveniles, los férreos vínculos de amistad y la problemática lucha de bandas callejeras. Volando entre sus páginas, Susan registraba con realismo esas sensaciones de plenitud, duelo, euforia y dolor que caracterizan a la etapa adolescente, con el mérito extra de hacernos entender realmente a los lectores las prioridades y códigos internos que rigen la existencia de sus protagonistas. El ansia de aceptación social y de liberación también caracterizan a Marieme (Karidja Touré), la protagonista de este largometraje que nos cuenta su historia, secuenciada mediante pantallazos en negro que representan los saltos temporales en esa franja de su vida. Nos hallamos frente a una chica que se nos antoja algo antipática, asilvestrada e incompleta, manchando por momentos de ternura, agresividad y obsesión por encajar su particular búsqueda de identidad. A sus dieciséis años, las prohibiciones constantes y los problemas familiares salpican de pesimismo el día a día de Marieme, sumadas al desencanto causado por su fracaso escolar y las implacables leyes de los chicos del barrio. Sin embargo, un encuentro fortuito con un trío de chicas de espíritu libre que coquetean con la ilegalidad, el alcohol y el abstentismo lo cambiará todo. Abandonando el instituto y tomando el nuevo nombre de Vic, relegando sus viejos chándals y su indumentaria masculina para adoptar el look que impera en el seno del grupo, la protagonista halla la felicidad adoptando este nuevo rol y sintiéndose aceptada por esta nueva pandilla, encabezada por la atractiva y deslenguada Lady.

    Este puñado de chicas con coraza optan por el descaro, la fiereza y hasta la violencia para sobrevivir en esa jungla cualquiera que es el ajetreado entramado de calles donde habitan; ríen alto, hablan sin delicadeza, participan en peleas, alzan sus copas y sueñan con el París de la Torre Eiffel, los amores exquisitos y las compras lujosas. Y la vida se reduce a eso, a eludir prohibiciones, sentir la amistad como un potente motor de conexión humana y alcanzar el cénit de la libertad y la independencia, además de mantenerse en el puesto de reinas del mambo del barrio, no permitir que nadie les tosa y por supuesto, pasarlo de perlas, divertirse a todo trapo, pasar olímpicamente de ese espejismo llamado futuro. Carpe diem, carpe noctem. Hedonismo, nihilismo y un humanismo descarnado confluyen en otra película más de Sciamma, cuya aplaudida filmografía se esfuerza en desentrañar la configuración de la identidad de las mujeres a lo largo de su infancia y adolescencia, con más o menos acierto. Una nota común a su trilogía es la evolución, el cambio profundo que vivimos con sus protagonistas, el riesgo que asumen, los encarnizados obstáculos que sortean. Y en Bande de filles consigue ese realismo característico sobre todo en la primera parte del metraje, pues cierto es que en la segunda se desinfla y pierde un poco de fuelle. Sciamma traza con habilidad las luces y sombras de estas protagonistas juveniles encomendadas a buscar ese chispazo de felicidad efímera en un mundo plagado de problemas. La realidad es el mayor enemigo de esta banda de chicas, y adaptarse a los códigos que la calle impone, la única salida posible.

    por Andrea Núñez-Torrón Stock
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Girlhood

    Las niñas terribles

    Las niñas terribles

    crítica a Virginia Mori, de Virginia Mori | editorial El Verano del Cohete, 2014.

    Cuando te miran no lo hacen en realidad porque sus ojos se ahogan dentro de sí mismas. Sonámbulas que deambulan por un mundo que es una pesadilla de morbosa belleza. Hay momentos, justo antes del amanecer, en los que despertamos de un sueño convulso con imágenes terroríficas en nuestra mente. Éste es el universo, edificado sobre los hilos de sus cabellos entrelazados, de las niñas dibujadas por Virginia Mori. Hay cabezas cortadas, cuerpos desmembrados, objetos que arrastran consigo la muerte de manera imposible, juegos macabros y una tristeza resignada ante el horror que provoca más espanto que el más desgarrado de los gritos.

    Hay en los dibujos de la italiana Virginia Mori ecos, como indica sabiamente en el prólogo a este libro editado por El Verano del Cohete nuestra admirada Pilar Pedraza, de Andy Riley, Max Ernst, Roland Topor o los espectros japoneses “yūrei de melenas que tapan el rostro como velos de viuda”. También, añadiríamos, de un Edward Gorey que hubiera vencido al horror vacui. Pero por encima de estas posibles influencias artísticas o resonancias visuales en su obra, lo que nos estremece es el silencio. Una falta de sonidos en sus dibujos que evoca el mundo surreal de nuestros sueños, siempre dominados por voces que no corresponden a sus bocas o espectros que no emiten ni una sola palabra. Levitan por el empedrado infernal de las alucinaciones que trae la noche y dejan su poso grabado a fuego en lo más hondo de nuestras retinas. Virginia Mori las graba en ilustraciones realizadas con bolígrafo de tinta negra para que no las olvidemos jamás.

    por José Luis Forte
    noviembre 30, 2014

    Virginia Mori

    La perfección de El golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, Carl Boese y Paul Wegener, 1920)

    Nosotros somos los monstruos

    crítica de Monster Show: una historia cultural del horror, de David J. Skal (1993) | editorial Valdemar (2008).

    La historia del género de terror quizá no deja de ser en ningún momento la historia de los diversos miedos que han atenazado a la sociedad desde su mismo nacimiento. La literatura, la tradición oral, la pintura, el teatro, la fotografía… Todas las artes, desde las más elevadas a las más populares, han sentido ese hálito mefítico sacando a la luz como un daguerrotipo deformado lo que se esconde en lo más profundo de nuestra atemorizada psique. El cine, bien desde las pantallas de las salas o desde las de los televisores en nuestros solitarios salones, lo ha mostrado de manera diáfana a lo largo de su evolución. Un espejo oscuro que ha reflejado con sus monstruos y horrores, en imágenes deformadas y delirantes, todo aquello que en diferentes épocas ha convulsionado para mal nuestro devenir. No otra es la base sobre la que se cimenta este excepcional libro de David J. Skal, Monster Show: una historia cultural del horror (The Monster Show: A Cultural History of Horror, 1993), el cual, pese a su título y a que revisa otras manifestaciones artísticas, es sobre todo un repaso frenético a las películas de terror y a cómo éstas suponen la expresión, no siempre consciente, de las pesadillas que como hombres nos han tocado vivir en este último siglo.

    El director Tod Browning, con la complicidad del gran actor Lon Chaney, y sus melodramas cruzados de deformidades físicas y mutilaciones espirituales es uno de los que más lejos ha llevado la obsesión por la monstruosidad fruto de traumas personales o del espanto y los efectos terribles de la Primera Guerra Mundial. Algo que también es fácil de rastrear en el cine expresionista alemán de finales de la segunda década del siglo XX, el cual además veía alimentada su galería de espectros por una poderosa tradición romántica rica en monstruos y espíritus descarnados que se desenvolvían en relatos y novelas tomados por el horror y el delirio. El gabinete del Dr. Caligari (Das cabinet des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920) como ejemplo más representativo pese a que los cambios a los que se sometió su guión acabaron por mermar su fuerza metafórica, no así su carácter alucinado de pesadilla imposible que aún hoy nos estremece y nos engulle en sus sombras siniestras. La perfección de El golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, Carl Boese y Paul Wegener, 1920), que prefiguraba a ese otro monstruo que se convertiría en una de las imágenes más reconocibles y míticas del horror muy poco tiempo después, el monstruo de Frankenstein, o Nosferatu el vampiro (Nosferatu, eine symphonie des grauens, F. W. Murnau, 1922) que mostraba la plaga del vampiro como la de la propia peste, no otra cosa que la guerra que había asolado Europa con las mismas impiedad y fiereza con las que la infecta criatura de la noche diezmaba Londres. Las criaturas infernales creadas por Mary W. Shelley y Bram Stoker serían, gracias sobre todo a sus traslaciones fílmicas nacidas en el seno de la productora Universal, figuras casi mitológicas que de manera reiterativa inundarían no sólo todo el cine de terror posterior, sino que se apropiarían del género en todas sus ramificaciones artísticas. Criaturas que, Skal se encarga de aclarárnoslo en uno de los fascinantes capítulos de su libro, renacen en el siglo pasado bajo las brillantes luces de los escenarios de los teatros.

    por José Luis Forte
    noviembre 30, 2014

    Monster Show: una historia cultural del horror

    Star Wars: The Force Awakens

    George Lucas siempre supo que Star Wars era un hijo al que, tarde o temprano, debería dejar crecer por su cuenta. Esta semana, tras mucha expectación, por fin han visto la luz las primeras imágenes del Star Wars. El despertar de la fuerza, séptimo episodio de la saga más famosa de la historia del cine. Se trata de la primera cinta nacida de la compra de Lucasfilm por The Walt Disney Company, una obra tan temida como ansiada que continuará las aventuras espaciales treinta años después de la trilogía original. Se trata del mismo tiempo que separa a las dos trilogías anteriores, un periodo que, además, coincide con los años trascurridos desde el estreno de El retorno del Jedi (1983), lo que permite que Mark Hamill (Luke Skywalker), Harrison Ford (Han Solo), Carrie Fisher (Leia Organa), Peter Mayhew (Chewbacca), Kenny Baker (R2-D2) y Anthony Daniels (C-3PO) retomen sus papeles con credibilidad (recordemos que las nuevas películas se sitúan narrativamente después de las clásicas). No aparece, no obstante, ninguno de ellos en el tráiler, que se ha limitado a presentar algunas imágenes impactantes sin conexión alguna.

    Cierto es que se trata de un mero teaser, pero no deja por ello de resultar algo decepcionante. Sobre todo comparado con lo emocionante que supuso el reciente adelanto de Jurassic World. De hecho, pese a la fugaz aparición de los supuestos tres nuevos héroes (el Adam Driver de la serie Girls y los prácticamente desconocidos John Boyega y Daisy Ridler), todos los planos son demasiado reconocibles: arenas de Tatooine, un droide similar a R2-D2, soldados de asalto imperiales, cazas Ala-X, el Halcón Milenario... Una cosa es apelar a la nostalgia (con la melodía de John Williams incluida) y otra presentar un adelanto que prácticamente podría crearse a partir de las películas anteriores. Así, lo más novedoso es el original —no precisamente en el buen sentido— sable láser del villano presentado, pero éste tan sólo aparece de espaldas y parece salido de un videojuego. Es ésta precisamente la imagen de la que J. J. Abrams debe huir si quiere ofrecer una cinta digna de la trilogía clásica (y distanciarse de las criticadas precuelas, cuyo mal recibimiento instó a Lucas a apartarse de su franquicia para siempre). Esperemos, además, que Abrams no se confunda entre esta obra y Star Trek —la decisión de ponerle al mando de las dos sagas galácticas más míticas de todos los tiempos sigue pareciendo peligrosa— y, claro está, que Disney deje su magia para los clásicos animados.

    Teaser tráiler en castellano

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    Tráiler de Star Wars. El despertar de la fuerza, de J. J. Abrams


    Tras la exagerada pero curiosamente bien recibida Juerga hasta el fin, Evan Goldberg y el actor Seth Rogen (Malditos vecinos, 2013) vuelven a ponerse tras las cámaras para ofrecer una sátira televisiva llena del humor negro que los caracteriza. En ella, un presentador de televisión (interpretado por el cada vez más popular James Franco, acostumbrado a alternar entre producciones de Óscar y locuras juveniles) y su productor (el propio Rogen) consiguen una entrevista con el dictador norcoreano Kim Jong-un y son contactados por la CIA para aprovechar el encuentro y asesinarle. Pese al previsible enfado por parte de Corea del Norte (que terminó afectando a la sala de montaje), el tráiler promete una desenfadada comedia de éxito en la línea de Resacón en Las Vegas (2009) e Infiltrados en clase (2012). La mayoría de las tabús sobre el tema dictatorial ya fueron destruidos por el provocador Sacha Baron Cohen en El dictador (2012), pero The interview es única al poner nombre y apellido a su tirano. En Estados Unidos descubrirán las consecuencias por Navidad, pero en España deberemos esperar hasta el 13 de marzo de 2015.

    Estados Unidos, 2014, The Interview. Dirección: Evan Goldberg, Seth Rogen. Guion: Evan Goldberg, Seth Rogen, Dan Sterling. Productora: Columbia Pictures, Point Grey Pictures. Música: Henry Jackman. Fotografía: Brandon Trost. Reparto: James Franco, Seth Rogen, Lizzy Caplan, Timothy Simons, Randall Park, Diana Bang, Charles Rahi Chun, Anesha Bailey, Alice Wetterlund. Duración: 112 minutos.

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    Tráiler de The Interview, de Evan Goldberg y Seth Rogen

    I’m Beso

    El georgiano Lasha Tskvitinidze, actor secundario de Teen spirit (2012), ha escrito y dirigido su primera obra: I’m beso, drama sobre un chico de 14 años que vive en un pueblo de Georgia con su familia: padre discapacitado, madre trabajadora convertida en cabeza de familia y hermano homosexual profesor de baile. No hace falta leer más para comprender que nos encontramos ante un liberal retrato de la vida moderna en el este europeo, a través de una familia condenada al ostracismo. El propio Beso sueña con escapar de la pobreza y convertirse en un rapero de éxito; como las amistades no abundan, se ata a la figura de Beka, quien le introduce en un mundo de drogas, chicas y otras arriesgadas diversiones. Pero la crudeza del mundo terminará haciéndole despertar. Con abundante cámara en mano y el realismo social de los hermanos Dardenne, la obra promete un interesante retrato de la vida en Georgia, cuya cinematografía se encuentra entre las más desconocidas de Europa. I'm Beso pasó hace unos días por el Festival de Gijón. Allí la pudieron ver nuestras compañeras Eva Hernando y Carlota Moseguí. A continuación, el primer tráiler.

    Georgia, 2014, Me var beso (I'm Beso) (I Am Beso). Dirección: Lasha Tskvitinidze. Guion: Lasha Tskvitinidze. Productora: Pansionati. Presentación oficial: Sarajevo Film Festival. Fotografía: Shalva Sokurashvili. Reparto: Tsotne Barbakadze, Soso Tarkashvili, Leri Bekhauri, Kuma Debua. Duración: 91 minutos.

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    Tráiler de I’m Beso, de Lasha Tskvitinidze

    Red Knot, de Scott Cohen

    23 días de expedición entre Argentina y la Antártica dieron como resultado el primer largometraje del artista y fotógrafo Scott Cohen, quien nos traslada así a parajes prácticamente vírgenes (cinematográficamente hablando). Pero su meta no es mostrar maravillas naturales, sino narrar la complicada relación de una pareja recién casada caracterizada por Vincent Kartheiser, protagonista de la serie Mad Men, y Olivia Thirlby. La interpretación de esta última, hasta ahora conocida como “la amiga fiel de Juno”, fue especialmente aclamada en el pasado Seattle International Film Festival, donde la obra fue premiada con el New American Cinema Award. Si bien es difícil juzgar este tipo de cintas por su tráiler, éste refleja un tratamiento moderno de las ambivalencias del amor que, unido a las envolventes localizaciones, puede resultar más que interesante (y dar lugar a todo tipo de interpretaciones ensayísticas). Por el momento su recorrido se limitará a los festivales.

    Estados Unidos, Argentina, 2014, Red Knot. Dirección: Scott Cohen. Guion: Scott Cohen. Productora: Thunder Perfect Mind. Presentación oficial: Sun Valley Film Festival. Música: Garth Stevenson. Fotografía: Michael Simmonds, Chris Webb, Igor Martinovic. Reparto: Olivia Thirlby, Vincent Kartheiser, Billy Campbell, Lisa Harrow. Duración: 80 minutos.

    por redacción
    noviembre 30, 2014

    Tráiler de Red Knot, de Scott Cohen

    What We Do in the Shadows

    Bat Fight

    crítica a Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows, Taika Cohen, Nueva Zelanda, 2014)

    Entramos en la casa, y dos largas hileras de bolsas de basura, una a cada lado del pasillo, nos reciben y acompañan en un pestilente paseo hacia la sala de estar, un olor que se incrementa gracias a la aparición esporádica de prendas utilizadas de ropa interior que yacen en el suelo en posiciones inverosímiles. Al llegar al cuarto de baño, nos encontramos con un ejército de rollos de papel higiénico gastados que nos observan impúdicamente y, sobre el borde de la bañera, aparece estratégicamente situado un paquete de pañuelos que nos hace respirar aliviados. Por fin llegamos al salón, y a la invitación de “siéntate donde quieras”, procedemos “acomodándonos” levemente en un minúsculo espacio vacío entre un cuerpo (intuimos que con vida) y el resto de las prendas de ropa interior que, al parecer, se almacenan en el sofá. Nos encontramos en un piso de estudiantes, donde las reglas (mínimas) de convivencia parecen llevarse a debate una vez al año. ¿Quién no se ha encontrado en esta situación alguna vez? Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows) supone un estudio documental sobre aquellas circunstancias delicadas en las que un grupo de personas tiene que aprender a (sobre)vivir en compañía. La única particularidad, y su principal atractivo comercial (para todos aquellos que no encuentren especialmente disfrutable observar las acciones cotidianas de gente corriente —como el 60% de la población adicta a la tele-realidad—) reside en que el habitante más joven de la casa, Deacon, tiene 183 años. Sí, efectivamente estamos hablando de un grupo de vampiros y, como veremos en este mockumentary, sus discusiones por la falta de entendimiento mutuo, no distan tanto de las de los simples mortales.

    Viago, el protagonista de la película, un vampiro de 379 años con un simpático acento criollo, nos guiará a través de los suburbios de Wellington para darnos a conocer los entresijos de la vida nocturna neozelandesa de estos chupasangres. El filme se inicia con la convocatoria de Viago a una reunión de inquilinos, en la que se discutirá la necesidad de llevar a cabo tareas domésticas como fregar los platos, que llevan años sin limpiarse; cinco años concretamente han pasado desde que le tocó el turno a Deacon y, para desesperación del resto, los vasos siguen amontonándose en el fregadero mientras la sangre se va resecando en ellos —con lo difícil que resulta de limpiar—. Sin embargo, parece que el joven bicentenario adoptó las despóticas costumbres de su antiguo jefe: Adolf Hitler, negándose a trabajar por el bien de la comunidad o, como es el caso, procrastinando perezosamente durante lustros sus obligaciones. Este pasado nazi del protagonista, quien tuvo que huir de Alemania tras la segunda guerra mundial para evitar ser ajusticiado, bien por los soviéticos bien por los caza-vampiros, actúa como analogía sarcástica entre los fascistas alemanes y los monstruos más terroríficos de la ciencia-ficción, aportando de esa manera al constante humor presente en la cinta, una alta dosis de ironía irreverente tan acertada como políticamente incorrecta. Esta abundante utilización de componentes cómicos, considerados dentro de las vertientes más conservadoras del arte como de mal gusto u ofensivos, nos hace pensar casi desde el comienzo del metraje que estamos ante una comedia camp, en la que la vulgaridad de los diálogos, el absurdo y explícito humor, y la jocosidad de los exagerados efectos especiales, son protagonistas tan evidentes en la puesta en escena que pueden no ser apreciados por todos los tipos de espectadores.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Lo que hacemos en las sombras

    [•REC] 4: Apocalipsis

    Cómo destrozar un mito en 95 minutos

    crítica a [•REC] 4: Apocalipsis (Jaume Balagueró, España, 2014)

    ¡Qué lejanos quedan ya los tiempos en que Jaume Balagueró y Paco Plaza nos regalaron la primera entrega de [•REC] (2007)! Aquella extraordinaria película de zombies se atrevió a integrar el formato de metraje encontrado, tan en boga en el cine norteamericano desde El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), en un producto 100 % español, rodado con nervio y apabullante perfección técnica. Los amantes del cine fantástico cayeron rendidos ante la odisea de la periodista Ángela Vidal –Manuela Velasco logró el Goya a la mejor actriz revelación por su caracterización de esta teniente Ripley patria– en el interior de un edificio asolado por un virus que convertía a sus inquilinos en una horda de seres monstruosos y sedientos de sangre. Conscientes de la magnitud del éxito de la propuesta, que llevó a Hollywood a perpetrar su correspondiente remake, Quarantine (John Erick Dowdle, 2008), Balagueró y Plaza retomaron su aventura, justo donde terminó la primera parte, en [•REC]² (2009), mucho más elaborada a nivel de efectos especiales y con un argumento que presentaba nuevas y reveladoras informaciones sobre el origen de la infección y el terrorífico personaje de la niña Medeiros. [•REC]³: Génesis, con dirección de Paco Plaza en solitario, supuso una leve decepción para muchos de los seguidores de la saga, que no supieron entender el tono paródico y berlanguiano de su historia. Con todo, aquella divertidísima orgía de sangre y destrucción en la que se convertía la boda de Koldo y Clara, a ritmo de hits musicales tan ochenteros como el Eloise de Tino Casal, continuó manteniendo un gran nivel de calidad e ingenio. Con [•REC] 4: Apocalipsis (2014), la vuelta de Jaume Balagueró a la silla de director hizo que los fans de la franquicia comenzaran a frotarse las manos, soñando con un potente broche final de la historia. En teoría, los pasos a seguir para reverdecer los laureles de la saga serían tirar la casa por la ventana a la hora de ofrecer algo más espectacular, recuperando el buen pulso y la seriedad de las dos primeras entregas, así como devolviéndonos a Manuela Velasco como reina del grito por antonomasia.

    La película no comienza del todo mal, entroncando directamente con el final de [•REC]². Los primeros minutos nos devuelven al interior del edificio barcelonés en donde empezó todo, con dos bomberos rescatando a la que parece única superviviente de la masacre, la reportera Ángela. Lamentablemente, los personajes son inmediatamente puestos en cuarentena en el interior de un barco que esconde un laboratorio en donde se realizan misteriosas investigaciones que mucho tienen que ver con el brote de la enfermedad. Y es precisamente ahí donde la cosa comienza a hacer aguas (nunca mejor dicho) por todas partes, ya que no se podría haber elegido un escenario con menos posibilidades estéticas que éste. Se entiende que Balagueró pretenda volver a los orígenes claustrofóbicos y opresivos de los inicios, encerrando a sus personajes en los pasillos y salas de máquinas de este barco pero lo único que consigue es que su película se resienta a nivel visual, con una fotografía feísta de Pablo Rosso, que languidece ante el colorista y elegante trabajo que realizó en [•REC]³. Y no es éste el único aspecto de la cinta que desmerece en comparación con el tan denostado tercer capítulo de la serie, ya que el guión carece de la frescura de los diálogos y situaciones de aquella y, sobre todo, se echa en falta unos personajes tan bien construidos y originales (¡ay, aquel inspector de la SGAE!). En [•REC] 4 se pierde totalmente cualquier homenaje a Rafael Azcona para entrar de lleno en los terrenos arquetípicos de cualquier Resident Evil de pacotilla. Y es, otra vez, cuando la vuelven a fastidiar, ya que ni Manuela Velasco es Milla Jovovich, por muy bien que le siente la camiseta de tirantes, ni Jaume Balagueró debería haberse rebajado a entrar en campos tan trillados y comerciales, cuando ha demostrado ser un magnífico director con títulos tan arriesgados como Los sin nombre (1999) o Mientras duermes (2011).

    por Jose Martín
    noviembre 30, 2014

    Crítica | [•REC] 4: Apocalipsis

    Hello Ladies: The Movie

    La conclusión esperada

    crítica a Hello Ladies: The Movie (Stephen Merchant, 2014).

    TV-Movie | HBO | EE.UU, 2014. Director: Stephen Merchant. Guión: Stephen Merchant & Gene Stupnitsky & Lee Eisenberg. Reparto: Stephen Merchant, Christine Woods, Nate Torrence, Kyle Mooney, Kevin Weisman, Sean Wing, Stephen Tobolowsky, Henrietta Meire, Adam Campbell, Allison Tolman, Stephanie Corneliussem. Fotografía: Michael Price. Música: Vik Sharma.

    Cuando Hello ladies fue cancelada el pasado enero, los fans tuvieron el consuelo inmediato de saber que HBO daba la oportunidad a los creadores Stephen Merchant, Gene Stupnitsky y Lee Eisenberg de cerrar la historia con una TV-Movie o capítulo especial de mayor duración. Esta costumbre maravillosa viene importada de Reino Unido, y Merchant la ha tenido en sus tres series previas, co-creadas por Ricky Gervais: The office (2001-2003), Extras (2005-2007) y Life´s too short (2011-2013). Ojalá se instaurara como conducta obligatoria para cualquier cadena estadounidense, pero seguro que tiene que ser alguien como HBO y un grande del medio como Merchant para que algo así salga adelante. El fruto se llama Hello ladies: The movie, dura 80 minutos que se pasan en un suspiro y se ha emitido, un poco de tapadillo, el sábado 22 de noviembre. En ella, los creadores se han centrado en lo esencial para satisfacer al público: la historia entre Stuart y Jessica. El resto de personajes obtienen un cierre rápido (Wade conoce a su nueva novia en una secuencia de apenas tres minutos) o ningún cierre en absoluto, pero hay que administrar el tiempo de una forma y el objetivo es que al menos una trama sea potente y esté bien desarrollada. Se ha preferido ir al núcleo emocional y concentrado de la serie (¿puede Stuart encontrar el amor?) y no abarcar demasiado. El resultado es agradable y divertido, pero no muy memorable. Los rasgos de las series anteriores de Merchant están tan presentes que es muy difícil sentirse sorprendido; y la apuesta por el humor incómodo o poshumor marca de la casa funciona con irregularidad (sí en el grandioso cameo sorpresa, no en el momento de decirse guarradas en la cama).

    La gracia de la serie residía en que una vez el protagonista tenía el ojo puesto en una chica, su existencia cambiaba y se convertía en un manojo de nervios e inseguridades. Como nos pasa a todos. Un ser sin sentido del ridículo ni mesura, que se metía en múltiples líos por el camino. Ver la temporada era como contemplar un desastre del que no se puede apartar la vista, pero su conclusión favorece más el alma de comedia romántica que tenía la historia. Eso sí, parte de una situación con potencial de humillación: Stuart recibe la llamada de su más significativa ex-novia, anunciándole una visita a Los Ángeles con su marido, que le arrebató a nuestro protagonista a la chica en cuestión. Con la motivación de restregarle a la pareja una buena vida, Stuart les miente al hablarles de su espectacular novia modelo, pero el destino querrá que la candidata le ignore y, desesperado, Jessica tenga que hacerle el favor. A cambio de tres meses de alquiler gratis. Este es el punto de partida de la peripecia puramente sentimental, que lleva a los protagonistas a la cama es una de las escenas precoitales más divertidas vistas por el abajo firmante. La química entre Merchant y una Christine Woods estupenda y especialmente guapa aquí funciona a la perfección, y es un síntoma perfecto de nuestros tiempos que follen antes de amarse.

    por Adrián González Viña
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Hello Ladies: The Movie

    Nunca es demasiado tarde

    Omnia vanitas

    crítica a Nunca es demasiado tarde (Still Life, Uberto Pasolini, Reino Unido, 2013).

    Para comenzar esta crítica, les proponemos una serie de naturalezas muertas. Varios encuadres fijos que Uberto Pasolini encadena con ritmo lacónico y con las que parece condensar una vida apagada. Traten de recrearlos en su cabeza como imágenes serenas, frías, sin vitalidad. Porque constituyen la perfecta síntesis de cómo se construye Still Life. Comencemos. Un impersonal despacho de blanco apagado y estanterías de metal vacías. La esquina de una calle residencial de casas de ladrillo pardo, en las que incluso sus elementos vivos parecen perennes: un hombre que siempre fuma en la ventana, un perro que siempre ladra en la lejanía. Una pequeña mesa con un mantel de blanco inmaculado, sobre la que se disponen una plancha y una austera bandeja de corcho. Un pulcro escritorio sobre el que reposa un flexo común, una cajita de herramientas y un álbum de fotos cerrado. Un cementerio en el que la niebla apaga los verdes de la vegetación y los grisáceos de las lápidas, mientras se escucha algún trinar de pájaros y el viento mece con suavidad la hierba. Un sencillo epitafio: nombre, nacimiento, muerte.

    Si se animan a descubrir el segundo largometraje de Pasolini (ninguna relación de parentesco, ni sanguínea ni estilística, con el controvertido director de Salò), descubrirán que la concepción desapasionada de la vida que parece haber en esta serie de imágenes es solo una apariencia, parte del juego que intenta crear Still Life. Consideremos el doble sentido que permite su título (cuya desacertada traducción al español, Nunca es demasiado tarde, viene a destrozar). Porque el término “still life”, en inglés, designa lo que en español llamamos naturaleza muerta, el género pictórico del bodegón. Ahora bien, mientras que el nombre castellano tiene una connotación más lúgubre, en el inglés (literalmente traducido sería “todavía vida”) hay un deje esperanzador, que es precisamente al que se aferra Pasolini. Aunque lánguida en forma (sus colores apagados como por una especie de vaga niebla y sus escenas de composiciones estáticas, unidos a un montaje de estrictos planos fijos, remiten al rigor [cuasi] mortis del bodegón clásico), Still Life parece apuntar a un fondo en cierto modo optimista.

    por Miguel Muñoz Garnica
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Nunca es demasiado tarde

    Goodnight Mommy

    ¿Madre no hay más que una?

    crítica a Goodnight Mommy (Ich seh, Ich seh, Severin Fiala, Veronika Franz, Austria, 2014).

    Una de las sorpresas más gratas del festival Cineuropa llegaba con nombre de lúgubre y retorcida cinta de terror austríaca. A decir verdad, se echaba en falta una buena historia de tintes maquiavélicos y alma de thriller psicológico en esta edición, y, afortunadamente, en este largometraje hallamos un cóctel incendiario de drama familiar, pánico, turbación y conflictos identitarios manchados de tortura. Goodnight Mommy, título paradójico, juguetea con un espectador ávido e inteligente, explota al máximo los rincones de la lujosa vivienda de diseño donde acontecen los hechos y no renuncia a una violencia obscena y explícita casi gore que, sin embargo, nunca resulta gratuita. Tampoco desdeña la polarización en cuanto a sus personajes, ya que los contornos entre víctimas y verdugos se difuminan a lo largo de una narración con pulso y taquicardia que aprieta, estresa y nos conduce a una irremediable pulsión escópica, puesto que, aunque horrorizados y sorprendidos, no querremos apartar la mirada de la pantalla.

    Deudora de ese tipo de violencia perturbadora y salvaje de obras maestras del séptimo arte como La naranja mecánica o la brillante Funny Games de Haneke, esta obra nos aprisiona dentro del lento tic-tac de un cuento de terror doméstico en el que los silencios pesan demasiado y mamá ya no da las buenas noches como antes. Nos trasladaremos a una casa donde los gatitos no son bien recibidos, donde es bastante complicado dormir tranquilo, y donde los juegos más divertidos son aquellos que acaban en ensañamiento. En definitiva, estamos ante una respuesta europea aguda y valiente para revitalizar con sangre fresca el panorama de un género de terror empachado en los últimos años de propuestas comerciales manidas y reiterativas, con guiones tan pobres y reciclados como la recientemente estrenada Annabelle o la absurda hispano-canadiense Mamá, por poner los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza. Así, Goodnight Mommy nos introduce desde su inicio en los terrenos de la somatización, la pérdida de control y las torturas más atroces, e incrementando progresivamente su potencial, plantea un argumento cruel e inquietante tras el cual es imposible no abrir debate. Cuestiona la maternidad de manera macabra, cambia al malo de bando y convierte la rutina cotidiana en un campo minado de enajenaciones mentales plagado de trampas.

    por Andrea Núñez-Torrón Stock
    noviembre 30, 2014

    Crítica | Goodnight Mommy

    Xenia

    Un conejo sin chistera

    crítica a Xenia (Panos H. Koutras, Grecia, 2014)

    El pasado 20 de abril, Jordi Soler nos brindaba un maravilloso reportaje, en El País Semanal, sobre la situación de Grecia. En él contaba que la República Helénica lleva seis años, casi siete, de recesión o crisis (al gusto). Su tasa de paro ronda el 30 %. Cerca de 4 millones griegos están en situación de pobreza (su población es de 11 millones). Un partido de extrema derecha ocupa 18 escaños en su Parlamento. Fueron víctimas de dos rescates. La malaria ha vuelto después de cuatro décadas. Los suicidios han aumentado en un 45%. Su capital se encuentra en una fase de envejecimiento a medio camino entre lo decadente y lo ruinoso. El escritor mexicano dibujaba un país apocalíptico donde hay politólogos que son fotógrafos de boda y filósofos taxistas. Pese a todo, comentaba, la vida continúa y se sigue haciendo cine. Con dificultades, sin excesivos medios y con exiguas ayudas públicas. Sin ir más lejos en la categoría Una cierta mirada, del pasado festival de Cannes, participó Panos H. Koutras con la excéntrica Xenia (2014), su cuarto largometraje. Un film que bebe de las vicisitudes arriba enumeradas y que vio la luz gracias a la aportación de capital de tres países distintos (Bélgica, Francia y, por supuesto, Grecia). Sobre el fondo enfermizo de la Grecia actual dos hermanos, de madre albanesa, buscan al padre que les abandonó para así conseguir la nacionalidad griega y dejar de ser extranjeros en su país de nacimiento. Por el camino hay lugar para la fantasía, para participar en Greek Star (algo así como Operación Triunfo), para mejorar su relación y para los dulces.

    Xenia es un trampantojo que parece muchas cosas y solo es una: hortera. No lo digo como algo peyorativo, ni mucho menos. De hecho su punto irresistiblemente hortera y su flirteo con la fantasía son de lo poco rescatable de un filme estirado hasta la saciedad. Recuerda, a su manera, al primer Almodóvar pero con un toque naïve. En los primeros minutos de metraje todo parece indicar que la crisis, la nacionalidad, el patriotismo, el derecho de suelo, los neonazis y la situación social marcan la agenda; no es así, sencillamente sirven de decorado para contar otras cosas (que no me han quedado claras). Entre peinados extravagantes, chupachupas, espaguetis con azúcar, canciones italianas y ridículas peleas Dany (Kostas Nikouli), de dieciséis tacos, homosexual, extravagante y con un conejito como mascota; y su hermano mayor Ody (Nikos Gelia), de dieciocho, heterosexual y ligeramente atormentado, protagonizan una fábula sobre la camaradería fraternal. Con el hilo conductor de Patty Bravo (una cantante italiana de los años que saltó al estrellato en los años 60), que se prestó para un cameo, los hermanos viven su propia odisea a través de una Grecia viciada por la violencia de los grupos de extrema derecha, para finalmente ser agredidos por albaneses (¿?). Sobre la personalidad de los disparatados protagonistas, Xenia se desarrolla como una película multigénero donde la comedia, el musical y el melodrama tienen cabida. Un remix por momentos infumable, por momentos cautivador. Precisamente su irregularidad encaja perfectamente con su singularidad. Distinta, atrevida, estúpida, en las antípodas de lo que uno llamaría buen cine pero elogiable por pretender hacer algo corrosivo, al margen de los cánones establecidos. Una propuesta valiente con la que solo comulgo en el espíritu. Intuyo que su aplaudido paso por Gijón, en las últimas fechas, responde a eso y a la mediocridad de sus competidoras.

    por Andrés Tallón Castro
    noviembre 29, 2014

    Crítica | Cuestión de actitud (Xenia)

    Amour Fou

    Más que amor, egoísmo

    crítica a Amour Fou (Jessica Hausner, Austria, 2014).

    Jessica Hausner regresó al Festival de Sevilla hace unas semanas cinco años después de ganar el Giraldillo de Oro con la estupenda Lourdes (2009). Y lo hizo con una historia felizmente ambientada en el pasado. Un pasado que, al contrario que en su película anterior, no tiene rastros de descripción realista ni toneladas de humanismo. Partiendo de un sorprendente hecho real, la directora quería contar una historia de doble suicidio sin hacer una biografía del poeta Heinrich Von Kleist, sino usar el hecho para hacer una descripción de lo que las personas creemos o queremos creer, dependiendo de cada momento en el que vivimos. La primera originalidad de la cinta es no contar la historia desde la perspectiva de Von Kleist en un comienzo, sino poner el foco en Henriette Vogel, esposa y madre que es feliz de ejecer esos roles hasta que una misteriosa dolencia le hace replantearse las cosas, llegando a cambiar de prioridades en la vida. Deslumbrada por los poemas del amor no correspondido entre personas de diferente situación, obra de Von Kleist, Henriette se obsesiona con la personalidad artística y la subsecuente propuesta del hombre, mientras un mal desconocido socava la estructura de su vida. Se hace las grandes preguntas, mientras a su alrededor nadie puede darle respuestas.

    Amour fou apunta muchos temas interesantes, desarrollando algunos mejor que otros en la práctica. Trata sobre el amor imaginado, idealizado, pero no por eso menos real. Sobre personajes que guardan las apariencias y no dicen lo que sienten ni sienten lo que dicen. Sobre las artes como entretenimiento y, en última instancia, sobre una época donde las ideas eran tan potentes que condicionaban las acciones. La noción de cambio –histórico, personal– está presente en todo el metraje, y cómo es nuestro instinto natural el combatirlo, sobre todo si afecta directamente a nuestro estilo de vida. El Berlín de 1811 que muestra la cinta es casi todo interiores, creando una (falsa) sensación de intimidad y una (verdadera) sensación de claustrofobia, amén de un distanciamiento formal que acaba jugando en contra de la propuesta. Su exquisita apuesta plástica (los instantes junto al lago son preciosos, de un verde intensísimo), hecha con la intención de escapar del naturalismo negro y gris con el que se habitua a retratar el pasado, suma un barniz extra de colorido a un humor punzante y soterrado, que pone a Hausner por encima de los personajes, sin que esto implique que no los entienda. Lo que hace es observarlos ensimismados en sus asuntos, con una iluminación desde arriba que da un cariz pictórico a lo contado, casi como un precioso teatro de marionetas de expresividad variante.

    por Adrián González Viña
    noviembre 29, 2014

    Crítica | Amour Fou

    El tiempo de los amantes

    Breve encuentro parisino

    crítica a El tiempo de los amantes (Le temps de l'aventure, Jérôme Bonnell, Francia, 2013)

    En el cine, como en la vida misma, las mejores y más verdaderas historias de amor no tienen por qué ser las más duraderas o, directamente, las que acaben en final feliz. Muchos han sido los títulos que han presentado amores fugaces que comienzan de la manera más inesperada y en el momento menos oportuno, siendo los amantes conscientes de estar ante una historia con fecha de caducidad muy corta. El célebre Breve encuentro (1945) de David Lean sentó las bases de lo que serían este tipo de relaciones condenadas a no llegar lejos a causa de diversos factores como la distancia o la situación sentimental de sus protagonistas. Conscientes de que hay que exprimir al máximo cada minuto que pasan juntos, porque puede ser el último –y hay que vivir el presente sin pensar en el pasado o en el futuro–, inolvidables parejas como las de Antes del amanecer (Richard Linklater, 1994) o Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) vivieron su amor con la intensidad propia de unos adolescentes que se enamoran por primera vez, haciendo que ese pequeño periodo de tiempo que compartieron juntos quede grabado a fuego en sus corazones para el resto de sus vidas. El tiempo de los amantes (2013), quinto trabajo del realizador Jérôme Bonnell, sería uno de los últimos exponentes agregados a este siempre reconfortante subgénero, empañado para la ocasión de un inequívoco aroma de cine francés.

    Como es habitual, el filme enfrenta a dos personajes que son como la noche y el día pero que, por la magia del amor, sufren un flechazo con solo cruzar sus miradas durante un viaje en tren –por si las coincidencias con el clásico de Lean eran pocas– desde Calais a París. Alix es una actriz que va a presentarse a un casting; Doug, un maduro profesor de literatura londinense que acude al funeral de una amiga. Como se suele decir, hay trenes que solo pasan una vez en la vida y hay que saber subirse a ellos a tiempo porque nunca volverán. En este caso, durante un corto espacio de diez horas en la capital francesa, a estas dos personas se les presenta la oportunidad de romper con sus grises existencias y comenzar el resto de sus vidas desde cero. Es, tal vez, una aventura apasionante y arriesgada, sí, pero el que no arriesga, no gana. Para más morbo, el escenario elegido para la historia es París, la ciudad del amor por excelencia. Sin embargo, lo que podría haberse prestado con facilidad a la estampa turística, adornada de idílicos paseos a pie de la Torre Eiffel, queda inteligentemente solventado por los responsables de la película, más decantados por el viaje interior de sus personajes que por el geográfico.

    por Jose Martín
    noviembre 29, 2014

    Crítica | El tiempo de los amantes

    Trash

    Lo encontrarán regalándole, tahúr, una sonrisa de Gioconda a su hijo Tim. Asegura que es posible viajar en el tiempo, que él mismo ha viajado unas cuantas veces y por ello no le gustaría marcharse de este mundo (sufre una enfermedad irreversible) sin confiarle a su chaval ese extraño don común a todos los varones de su familia y que ha de empezar a usar Tim con inteligencia y buen juicio, pues no hay mayor responsabilidad que poder moverse a través de las diferentes épocas ya vividas. Rebobinar para modificar, más o menos tangiblemente, los tropiezos y así repetir el chiste que salió con hipo en 2003. Viajar veinte minutos al pasado y pulsar al fin la tecla adecuada, que podría a su vez deconstruir la realidad presente. Porque dice el padre, ese mod con la elegancia en el bolsillo llamado Bill Nighy (Love Actually, Radio encubierta), que es posible viajar en el tiempo y esta conversación ya la hemos mantenido con anterioridad, y sí, fue un desastre. Así y todo, conviene reivindicar la sacarina de Una cuestión de tiempo, en cuyo guión Richard Curtis —prócer de la comedia romántica con satén y verbo yuppie— se abandonaba a un realismo mágico sin imposturas, donde hombre y mujer apenas sobrevivían no ya a la rutina devoradora de chascarrillos mil veces contados, sino el uno al otro. Y aun a riesgo de que apareciese Mary (Rachel McAdams) portando una de sus características muecas Kinder; Curtis se imponía en parte gracias a esos dos nostálgicos, Tom & Dad, jugando al ping-pong mientras dibujaban mentalmente puntos mejores, el smash final antes de huir quién sabe hasta qué set. O en qué superficie. Quizá un cuarto de escobas desde donde viajar al instante en que quisimos ser Nijinsky: bailarines de ballet en un pueblo minero en huelga, con la turba al rojo vivo y soltando hostias como quien liquida el último trago de pitarra. A merced de un padre estricto, muy varonil, de nudillos rasposos y que para nada quiere que su Billy crezca entre tutús como uno de esos truchas del Bolshói. Quiere verle boxear. Que baile, sí, pero sobre la lona. Cabeza fría y jab eléctrico al mentón e invitar al adversario a dormir la de Pacquiao contra Juan Manuel Márquez o, si ustedes son veteranos, la de Sonny Liston vs. Ali en el St. Dominic's Hall de Maine. Un hombre el tal Jackie, en fin, muy padre: triste por las circunstancias y por la puta vida, que te cose a gorrazos con una facilidad pasmosa.

    Billy Elliot descubrió al gran público a un director, Stephen Daldry, aparentemente estimable cuando enfrenta sentimientos tan íntimos como la orfandad y la ulterior búsqueda, la depresión y la locura, el coraje que exige la diferencia en tiempos convulsos, transgredir la ortodoxia y aún sentirse rey rodeado por estetas que prestigian la línea sobre cualquier otra cuestión mundana, el amor furtivo entre amantes imposibles; situaciones todas ellas para especialistas del tono dramático. Si bien Daldry no es inocente de haber insertado el dedo en el ojo del espectador más frágil, que se regala una lágrima al tiempo que echa pestes de todo lo habido a su alrededor. Ese anuncio de la tragedia que en el particular mundo de Virginia Woolf —protagonista de Las horas—, se presume lógico y deviene reloj cuya arena, silbando finamente, no sólo no se acaba nunca sino que sigue mezclándose con más y más arena, y abajo con Las olas de la propia Virginia, quien una vez escribió: "Con qué satisfacción cierro las ventanas y me niego a recibir otras presencias". Ya ven que el tiempo todo lo relaciona y todo está relacionado con el tiempo, cuya letra última ofrece la posibilidad de colarse por un túnel que, esta vez, conecta a Stephen Daldry con Richard Curtis; director y guionista de Trash - Ladrones de esperanza. Premio del Público en el Festival de Roma 2014 aun con algunas de las ideas más torpes y clasistas —porque sí, porque todo vale y los buenos son muy buenos y los malos muy malotes— que se han visto en el cine reciente. Así, como un jarro de agua helada, me cae el nuevo filme de este demagogo de parvulario en que se ha convertido Stephen Daldry (no he leído la novela de Andy Mulligan).

    Trash

    Estamos en Brasil. En un vertedero. Sol y piernas curtidas y tufos terribles taladrando la pituitaria. La mejor ola surge del último camión. Si la surfeas desde arriba, estás jodido. Y si no, también. Hay montañas de basura y de cuando en cuando la mugre es sepultada por un alud de mugre aún más consistente. Algunos muchos trabajan buscando objetos de un cierto valor entre esa costra impenetrable de plástico, vidrio, cáscara de fruta, papel mojado, aceite y toda clase de utensilios sin nombre, ya rotos u oxidados y con virus en la madera y el metal. Algunos muchos son niños obligados a trabajar porque no tienen más remedio: o rascan unos reales de la mierda para sobrevivir, o se mueren en sus chabolas. Y digo chabolas porque los protagonistas de esta película no viven en favelas, aunque las visitarán durante su esprint, sino en los camastros chabolistas que dispone una ONG en ese barrio marginal de Brasil, a varios kilómetros de la playa en donde, arguyen, se puede vivir a cuerpo de chulo pescando y abriendo chiringuito. Uno de los chavales vive en las alcantarillas; es un apestado porque tiene una enfermedad cutánea. Verdaderamente esto no es relevante, pero el canijo esconde entre sus pertenencias una pantalla con el juego Donkey Kong. Y funciona. Y eso sí es noticia. Allí se erige un cura al que da vida Martin Sheen con alicatado de religioso bonachón que llora siestas de cocodrilo y es más protestante que su tocayo Martín Lutero; y junto a él una profesora yanqui (Rooney Mara) que sonríe tímidamente y realiza unos clips que ya quisieran muchos graduados en Audiovisuales. ¿El problema? Un político corrupto, un pasma torturador y un fiambre a la hora del vermú. ¿La solución? Para Curtis y Daldry, confeccionar una especie de Ciudad de Dios Teletubbie con muchos millones de por medio, a espuertas, como en Slumdog Millionaire pero más realista que reality, y sazonar el discurso con un toque de Robin Hood (sí, tú, populista/chavista/bolivariano/proetarra/antisistema... ¡Satánico!) que sale en la foto arrojando billetes desde el cénit de un estercolero.

    Trash - Ladrones de esperanza cuenta una historia kitsch, zafia e inverosímil sobre tres niños que, sin medios ni influencia, luchan contra Goliat porque "es lo correcto" y los pobres son siempre legales y sus contrarios unos estólidos sin aristas. De ahí que ni siquiera su aseada factura visual (el uso de la música, subrayando insistentemente acciones supuestamente ¿redentoras?, es cuestión aparte) me ayude a empatizar con los tres outsiders. Daldry, que es un reputado director teatral y conoce los mecanismos de la psique, incurre aquí en el fallo peor: banalizar la problemática brasileña con vagos apuntes de sociología cavernaria. Tal es el desconocimiento con que envuelve esta aventura dickensiana; quién sabe si la cristalización de una condescendiente metáfora sobre huerfanitos soñados en Jauja.


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid



    por Juan José Ontiveros
    noviembre 29, 2014

    La vulgar pestilencia de Stephen Daldry

    I’m Beso

    El recuerdo de la traumática Unión Soviética

    crítica a I’m Beso (Me var Beso, 2014), dirigida por Lasha Tskvitinidze.

    Tres meses atrás, en el marco del Festival de Venecia, tuvo lugar una gran polémica alrededor de una ruda ópera prima que competía en la Sección Oficial. Sivas (2014) narraba la historia de un menor turco, descompuesto por el hastío existencial del pueblo en el que habitaba. Una desidia que el niño vencía entrenando su pastor de Anatolia, día tras día, para futuras peleas de perros a vida o muerte. La crítica, dividida entre los que se oponían al visionado del gratuito maltrato animal y quienes apreciaban su realismo, redujo aquel documento antropológico a un intrascendente juicio ético, basado en la aceptación o el rechazo del impacto que producían las escenas violentas. Asimismo, no se consideró el significado que el novel cineasta Kaan Mujdeci proyectaba sobre la furia, el sadismo o las agresiones que transcurrían en esa localidad anónima de Anatolia, síntomas de la aldeana represión instaurada desde tiempos pretéritos. El no-cuestionamiento de las retrógradas pautas de comportamiento por parte de la misma población campestre es un tema de actual debate en las cinematografías emergentes de los países más remotos de Europa del Este. Nos referimos a películas de estilo neorrealista que no apuestan por la idealización del espacio, como sería el caso de la española Arraianos (2012). Más bien, su propósito es el inverso. Es decir, mostrar la cotidiana conducta nihilista y autodestructiva del ser humano en villajes casi abandonados, rodeados por una naturaleza ora bucólica, ora salvaje. Como decíamos, los largometrajes que siguen la tendencia citada suelen realizarse en un límite geográfico muy preciso, aunque englobe múltiples nacionalidades. La mujer del chatarrero (2013) rodada en Bosnia y Herzegovina, Nabat (2014) en Azerbaiyán, Song of my mother (2014) en Turquía o I’m Beso (2014) en Georgia, son cuatro títulos que manifiestan el mismo malestar socialmente consentido desde cuatro países distintos. Los dos últimos mencionados fueron proyectados —y uno de ellos premiado— en el Festival de Sarajevo. Y ahora, ambas películas compiten en el Festival de Gijón en la heterogénea sección Rellumes.

    I’m Beso es uno de los largometrajes más elocuentes del creciente panorama cinematográfico de Georgia. Si bien cada uno de los principiantes directores que lo integran ha conseguido desarrollar su propio universo, todos los proyectos comparten el mismo estigma: el recuerdo de un traumático pasado soviético. En otras palabras, sea cual sea el género que traten los filmes realizados en el país antedicho, éstos ostentan, de forma directa o indirecta, los vestigios del terror que sembraron sus poderosos ex gobernantes. En los últimos cuatro años hemos advertido ese fantasma en las tramas dramáticas de Susa (2010) de Rusudan Pirveli e In Bloom (2013) de Nana Ekvtimishvili y Simon Gross; también en el falso documental The machine which makes everything disappear (2012) de Tinatin Gurchiani, y sobre todo en la misma I’m Beso. Pese a la variedad ejemplos, la ópera prima de Lasha Tskvitinidze es el paradigma de dicho lugar común en esta nueva ola de cine georgiano. Dicha afirmación no sólo se hace evidente tras escuchar el discurso del padre del personaje principal del filme en el que arremete contra el comunismo. I’m Beso es una película reveladora porque destapa los motivos de la sintomática actitud vandálica y desmoralizadora de los niños de ese mundo pastoril de Europa del Este que citábamos con anterioridad. Los jóvenes protagonistas son la segunda generación post soviética, es decir los hijos de los georgianos que fueron destruidos psicológicamente por los comunistas que les gobernaban. En otras palabras, los pequeños Beso y Beka nunca han conocido el significado de la palabra ‘felicidad’ porque sus padres les han criado entre odio, resentimiento y amargura.

    por Carlota Moseguí
    noviembre 29, 2014

    Crítica | I'm Beso


    Si ayer fue el turno de la británica Sight & Sound, hoy llega el de la francesa Cahiers du Cinéma, la publicación más influyente dentro del panorama europeo, en cuanto a cine de autor se refiere. Como es habitual en los últimos años, Cahiers barre para casa con una importante presencia francófona en su listado. Sorprende que la gran elegida sea P'tit Quintin, no tanto por su creador, Bruno Dumont, uno de los protegidos del magacín galo, sino por su formato: miniserie de cuatro capítulos. En segundo lugar se encuentra la última obra de Jean-Luc Godard, Adiós al lenguaje, que este fin de semana se estrena en tan sólo tres salas españolas. En este insólito top 10 apenas hay rastro de producción estadounidense. Únicamente El amor es extraño, del siempre efectivo Ira Sachs, aparece entre las seleccionadas. Jonathan Glazer, Hayao Miyazaki, Hong Sang-soo, Lars von Trier o el siempre cuestionado David Cronenberg son otros de los nombres ilustres que configuran una de las relaciones más esperadas de este final de año.

    01. P'tit Quinquin (Bruno Dumont, Francia).
    02. Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard, Francia).
    03. Under the Skin (Jonathan Glazer, Reino Unido).
    04. Maps to the Stars (David Cronenberg, Canadá).
    05. El viento se levanta (Hayao Miyazaki, Japón).
    06. Nymphomaniac (Lars von Trier, Dinamarca).
    07. Mommy (Xavier Dolan, Canadá).
    08. El amor es extraño (Ira Sachs, Estados Unidos).
    09. Le Paradis (Alain Cavalier, Francia).
    10. Our Sunhi (Hong Sang-soo, Corea del Sur).

    por Emilio Luna
    noviembre 29, 2014

    Resumen'14 | Las 10 mejores películas del año según Cahiers du Cinéma

    Kanu Behl da la sorpresa

    Palmarés de la 52ª edición del Festival de Gijón

    Ligera sorpresa esta mañana en Gijón con el anuncio del palmarés. El filme hindú Titli se ha alzado con el máximo galardón, La butaca de oro, relevando en el cuadro de honor a Ida, de Pawel Pawlikowski, absoluta triunfadora la pasada edición. No es el único premio que obtenido la cinta de Kanu Behl; también se lleva el entochardo a Mejor Actriz. Demasiado reconocimiento, quizá, para una película que fue bien recibida pero que no dejará huella. Algo que sí harán las excelentes Melbourne —Mejor dirección y guion— y Life Feels Good —Mejor actor y dirección artística—. Ambas pudieron haber encabezado el palmarés con facilidad pero así lo ha determinado el jurado conformado por Santiago Zannou, Alberto Ammann, Hebe Tabachnik, Natalia Verbeke y Cristóbal Arteaga. Una oportunidad perdida, una elección, al menos, interesante. Kanu Behl se doctora en Asturias tras un paso anónimo por Una cierta mirada de Cannes. Veremos que sentencia el público tras (esperemos) su llegada a las salas. A falta de la crónica de la última jornada del FICX y nuestro habitual top, se cierra una 52ª entrega de excelente nivel tanto en su competición como en secciones paralelas, donde un apartado brilló con mucha fuerza: Convergencias. Otra nueva muestra que la suma ilusión y trabajo es siempre un caballo ganador.

    PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR LARGOMETRAJE

    Titli de Kanu Behl (India, 2014)

    PREMIO AL MEJOR DIRECTOR

    Nima Javidi por Melbourne (Irán, 2014)

    PREMIO AL MEJOR ACTOR

    Dawid Ogrodnik por Life Feels Good (Polonia, 2013)

    PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ

    Shivani Raghuvanshi por Titli (India, 2014)

    PREMIO AL MEJOR GUIÓN

    Nima Javidi por Melbourne (Irán, 2014)

    PREMIO “GIL PARRONDO” A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA

    Joanna Wojcik por Life Feels Good (Polonia, 2013)

    PREMIO ESPECIAL DEL JURADO

    Xenia de Panos Koutras (Grecia, Bélgica, Francia, 2014)

    PREMIO ANIMAFICX

    Song of the Sea de Tomm Moore (Irlanda, 2014)

    PREMIO DOCUFICX

    No Land’s Song de Ayat Najafi (Alemania, Francia, 2014)

    Mención especial
    El misterio del rey del cinema de Elio Quiroga (España, 2014)

    PREMIO FIPRESCI

    Party Girl de Marie Amachoukeli, Claire Burger, Samuel Theis (Francia, 2014)

    PREMIO DEL PÚBLICO

    Fuego de Luis Marías (España, 2013)

    PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR CORTOMETRAJE

    Prends-moi de Anais Barbeau-Lavalette y André Turpin (Canadá, 2014)

    PREMIO AL MEJOR DIRECTOR DE CORTOMETRAJE

    Piotr Złotorowicz por Mother Earth (Polonia, 2014)

    PREMIO AL MEJOR ACTOR DE CORTOMETRAJE

    Miroslaw Baka por Mother Earth (Polonia, 2014)

    PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ DE CORTOMETRAJE

    Amalie Lindegård por 2 Girls 1 Cake (Dinamarca, 2013)

    PREMIO AL MEJOR GUIÓN DE CORTOMETRAJE 

    Kevin Barry por Breakfast Wine (Irlanda, 2013)
    y
    Jens Dahl por 2 Girls 1 Cake (Dinamarca, 2013)

    PREMIO “GIL PARRONDO” A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA DE CORTOMETRAJE

    Katarzyna Jędrzejczyk por Mother Earth (Polonia, 2014)

    PREMIO ESPECIAL DEL JURADO

    Breakfast Wine de Ian FitzGibbon (Irlanda, 2013)

    Los premios de las secciones paralelas los pueden encontrar en el siguiente enlace de la web oficial del Festival de Gijón.
    por Emilio Luna
    noviembre 29, 2014

    52 FICX | Palmarés. Titli, mejor película

    Melbourne

    De Rohmer a Farhadi

    Crónica de la octava jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La alargada sombra y la impronta que deja en nosotros lo que admiramos nos lleva muchas veces a la pérdida de identidad propia en un vano intento de no ser lo que somos sino lo que anhelamos, recorriendo el mismo camino iniciado por otros. Pero otras veces, las menos, solo si le damos el espacio justo a ese sentimiento de fascinación para que no amordace nuestro propio instinto, esa huella que los demás dejan en nosotros se convierte en una fuente de inspiración tan válida como cualquiera e incluso en el motor de talentos dormidos. Esta admiración, homenaje personal o fuente de inspiración para Nima Javidi, que presentaba en la Sección Oficial de esta octava jornada de FICX 52 la cinta Melbourne, es además, un ejemplo de buen gusto, ya que son las alargadas sombras de Farhadi o Polanski las que se entreven en su factura final. En Sección Oficial se presentaba también la película coreana Hill of Freedom, de Hong Sang-hoo, un breve y precioso ejercicio romántico, en este caso, bajo la alargada sombra de Rohmer. Aprovechando estos últimos coletazos del festival pudimos ver dentro de la sección DOCUFICX, el documental Evolution of a Criminal, auspiciado por la producción de Spike Lee, en el que su director Darius Clark Monroe cuenta su experiencia en prisión tras atracar una sucursal del Bank of America cuando tenía dieciséis años, buscando solucionar los problemas económicos de su familia. Para ello usa testimonios de sus familiares, de sí mismo y recreaciones de los hechos. Está enfocado también como una historia de superación ya que Darius aprovechó su estancia en prisión para licenciarse en la Universidad.

    por redacción
    noviembre 29, 2014

    52 FICX | Día 8


    Se acerca diciembre, el mes de las despedidas, las reflexiones y también los balances. Es la hora de las clasificaciones, las listas y todo tipo de relaciones, numéricas o no, que remarcan lo más destacado del curso. La primera en llegar ha sido la de Sight and Sound, la gran publicación del cine británico, que este año ha apostado por un listado de veinte integrantes. Listado que encabeza la gran triunfadora (moral, de momento) del año. No será la última vez que la veamos en similar situación, el filme de Richard Linklater se ha ganado por derecho propio todo tipo de loas y también de reconocimientos. Ojalá el mayor llegue a finales de febrero. Boyhood lidera por delante de obras como Adiós al lenguaje —la elección de la crítica más ortodoxa—, Leviathan —la sensacional película de Andrey Zvyagintsev— y la sorprendente Cavalo Dinheiro, firmada por otro de los fijos para la prensa más veterana. Entre los 20 aparecen las últimas creaciones de autores como Nuri Bilge Ceylan, Wes Anderson, Pawel Pawlikowski, Jonathan Glazer, Hayao Miyazaki o Martin Scorsese. No se puede negar la enjundia de los elegidos.

    20. El viento se levanta (Hayao Miyazaki, Japón)
    19. The Look of Silence (Joshua Oppenheimer, Dinamarca)
    18. Citizenfour (Laura Poitras, Estados Unidos)
    17. Dos días, una noche (Jean-Pierre Dardenne and Luc Dardenne, Bélgica)
    16. Birdman (Alejandro González Iñárritu, Estados Unidos)
    15. The Duke of Burgundy (Peter Strickland, Reino Unido)
    14. Whiplash (Damien Chazelle, Estados Unidos)
    13. El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, Estados Unidos)
    12. National Gallery (Frederick Wiseman, Canadá)
    11. Mr. Turner (Mike Leigh, Reino Unido)
    10. Jauja (Lisandro Alonso, Argentina)
    09. Ida (Pawel Pawlikowski, Polonia)
    08. The Tribe (Myroslav Slaboshpytskiy, Ucrania)
    07. Sueño de invierno (Nuri Bilge Ceylan, Turquía)
    06. El gran hotel Budapest (Wes Anderson, Estados Unidos)
    05. Under the Skin (Jonathan Glazer, Reino Unido)
    04. Cavalo Dinheiro (Pedro Costa, Portugal)
    03. Leviathan (Andrey Zvyagintsev, Rusia)
    02. Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard, Francia)
    01. Boyhood (Richard Linklater, Estados Unidos)
    por Emilio Luna
    noviembre 28, 2014

    Resumen '14 | Las 20 mejores películas del año según Sight & Sound

    La segunda mitad del planisferio

    Crónica de la séptima jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La presencia de Vivian Qu marcó el arranque del día, con el pase de prensa de su debut como directora, Trap Street. No obstante, Qu llegaba con sus credenciales como productora de la ganadora del Oso de Oro del último Festival de Berlín, Black Coal Thin Ice, y por eso había bastante expectación y esperanzas puestas en su primer paso como realizadora, con el que pretende hacer una crítica a la vigilancia a la que estamos sometidos en la sociedad actual y, muy particularmente, en la china, donde estos sistemas ya están normalizados. Trap Street compite en la Sección Oficial del festival. Al igual que la coproducción El 5 de Talleres, de Adrián Biniez, una comedia sobre la vida después del fútbol, la religión incondicional de las masas. Una propuesta, en un principio, a tener en cuenta buscando, sobre todo, el porcentaje de crítica que podría encontrarse en ella. Finalmente acaba siendo más bien la historia de una crisis de edad en clave de comedia. Fuera de competición y en la Sección Convergencias se proyectaba la película tailandesa Concrete Clouds, de Lee Chatamatikool, su primer largometraje tras una valorada carrera como editor de montaje, donde aborda una historia a cuatro bandas sobre la pérdida y la soledad. Una cinta de corte muy intimista y existencial.

    por redacción
    noviembre 28, 2014

    52 FICX | Día 7

    Girlhood

    Lady Rihanna conquista Suecia

    Palmarés de la XXV edición del Festival de Estocolmo.

    Se vuelve a repetir la historia en la capital sueca. Pese a que la Sección Oficial tenía entre sus participantes filmes que lucharán con fuerza por el Óscar en febrero, ha sido una propuesta casi minúscula la que se ha llevado el prestigioso Bronshästen (Caballo de Bronce). Hablamos de Girlhood (Bande des filles), que, desde su presentación en la Quincena de los Realizadores de Cannes, ha ido conquistando de forma casi silenciosa todos los festivales del universo cinematográfico. Su última escala, por cierto, fue en el SEFF que también pasó con nota. Días antes relevaría a The Selfish Giant en el palmarés de un certamen cada vez más relevante dentro de un dilatado mes de eventos en el viejo continente. «En este debut, la cineasta ha mostrado una nueva mirada a los personajes y entornos que no hemos visto antes. Hay una emoción existencial en ver la intersección de las necesidades humanas básicas, y un desciframiento de comportamientos de la juventud europea de consecuencias impactantes», apostillaban las motivaciones del jurado en la elección de la nueva obra de Céline Sciamma. Gran triunfo y gran espaldarazo para uno de los trabajos que más acercará a crítica y público este 2014. Algo que también puede ocurrir con la interesante At girl at my door, cinta surcoreana sobre una curiosa venganza que también ha pasado con tino por diversos festivales, entre ellos, el de Locarno. En Estocolmo se ha llevado el premio al mejor debut. En el listado de premiados aparecen nombres como Saverio Costanzo, Nima Javidi —que esta semana estrena en Gijón Melbourne— y Carlos Marques-Marcet, demostrando este último el inmenso recorrido de su 10.000 km. Se cierra una nueva entrega del gran festival de Suecia, con permiso de Göteborg, con la glamurosa presencia de Uma Thurman, un nuevo éxito de público —142.000 espectadores— y un palmarés pleno en cintas sugerentes que demuestran la excelente salud del Film Stockholm Festival. A continuación, la relación de vencedores.

    25 FILM STOCKHOLM FESTIVAL


    Mejor película: Bande des filles (Girlhood), de Céline Sciamma (Francia).
    Mejor ópera prima: At girl at my door, de July Jung (Corea del Sur).
    Mejor guion: Melbourne, de Nima Javidi (Irán).
    Mejor Actriz: Jasna Zalica, por These Are Rules (Croacia).
    Mejor Actor: Emir Hadzihafizbegovic, por These Are Rules (Croacia).
    Mejor Fotografía: Crystel Fournier, por Bande des Filles y These are Rules.
    Mejor Música: The Goob (Reino Unido).
    Mejor Cortometraje: The Chicken, de Una Gunjak (Bosnia).
    Premio FIPRESCI: Hungry Hearts, de Saverio Costanzo (Italia).
    Premio Telia: 10.000 Km, de Carlos Marques-Marcet (España).
    Premio del Público: Mommy, de Xavier Dolan (Canadá).
    Premio Visionario del 2014: Roy Andersson (director, Suecia).
    Premio honorífico por su contribución al cine: Uma Thurman (actriz, Estados Unidos).

    por Emilio Luna
    noviembre 27, 2014

    Estocolmo 2014 | Resumen y palmarés

    Hippocrate

    Más extraño que la ficción

    Crónica de la sexta jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    Las ganas de escapar de la existencia, inherentes a cualquier ser humano mínimamente inteligente o, en su defecto, con algo de sentido común, sean cuales sean la situación y circunstancias de partida de estas ganas de huida, no son solo una de las grandes motivaciones para meterse en una sala de cine, sino uno de los temas más recurrentes del cine en sí y de este festival en particular. Luego vienen las matizaciones en función del lugar del que se desea escapar, que en el caso del título Titli, de Kanu Behl, el lugar a dejar atrás es Dehli o al menos esa parte de Dehli que huele a podrido. Titli se presentaba en pase de prensa a primera hora en la sexta jornada de la 52 edición del Festival de cine de Gijón, aunque ya había sido presentada en Un Certain Regard en Cannes, pasando bastante desapercibida.

    También quería huir de su vida Beso, el joven protagonista de I'm Beso, cinta georgiana que nos encandiló hace unos días. Y si la huella que dejó I'm Beso había sido muy dulce, la de Blind Dates, georgiana también y proyectada dentro de la sección Rellumes, será difícilmente superable. De esas sorpresas que por sí solas levantan un día o una semana. Finalmente, y una de las más esperadas en esta sexta jornada era la francesa Hippocrate, de Thomas Lilti, que presenta un drama crítico, muy crítico, y necesario de la situación de la sanidad francesa a través de la figura de un joven médico en su primera experiencia como residente. Francesa, pero en cualquier caso tan extrapolable a nuestra realidad actual que sería de obligado visionado para el futuro ministro de Sanidad. Casualidades de la vida es el terminar el visionado de una obra que carga con el sistema sanitario y enterarse que la Ministra de Sanidad de tu país ha dimitido al fin. El cine también es visionario.

    por redacción
    noviembre 27, 2014

    52 FICX | Día 6

    Estrenos

    Premios

    • Cuaderno de viaje: análisis visual y narrativo de Twin Peaks

      «Aviso al lector: este texto, como la anterior entrega que publicamos, está plagado de spoilers que detallan información de los capítulos reseñados. Está concebido con la esperanza de ser un acompañamiento a las experiencias de visionado previas de cada uno, y como tal asume la incompletitud de su análisis. Ni ofrece, ni lo pretende, una lectura totalizadora de la serie. Sino una serie de fragmentos rescatados, puestos en una relación más o menos arbitraria y leídos bajo una serie de constantes que se adivinan en Lynch, pero que quizá tengan mucho de las propias inquietudes de quien escribe...».
    • El cine de Maya Deren. Una mirada a su filmografía

      «La consolidación de la mujer en la industria del cine es algo tan reciente y, por desgracia, tan condenado a un inevitable período de reafirmación presumiblemente extenso, que resulta muy difícil establecer una lectura del papel femenino en el cine y, mucho menos, en el cine de vanguardia, pues su relación parece más coincidente que desencadenante. Sólo en las últimas entregas de los grandes festivales, ha sido motivo de indignación y debate la ausencia de una participación femenina más cuantiosa...».
    • El tedio según Sofia Coppola

      «Si nos detenemos a analizar la filmografía de Sofía Coppola, encontramos un denominador común en todas sus historias. Los personajes que retrata la realizadora neoyorquina están embriagados por el aburrimiento, por una sensación de pesadumbre que les arrastra y que, de un modo u otro, actúa como catalizador de sus actos. Puede ser un elemento impuesto, como ocurre en Las vírgenes suicidas, y del que solo hay una manera de escapar; que viene dado por el entorno, como en Lost in translation, donde se materializa en un sentimiento de extrañeza que acaba por unir a dos almas solitarias...».

    Festivales

    Extras

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