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    Seminci 2014 | Día 1: Honestidad belga

    Dos días, una noche

    Seminci Beta

    Crónica de la primera jornada de la 59ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid

    Y arrancó la quincuagésima novena edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. Ya saben, esa que sirve de prueba para la gran fiesta que se supone será el aniversario del año que viene, algo que su propio director, Javier Angulo, no esconde en cada ocasión que se le presenta. Porque es digno de alabanza y meritorio que un certamen de una ciudad que aparentemente no cuenta con ningún atractivo turístico importante, de la playa mejor ni hablemos (porque aunque sea fluvial SÍ que hay), haya aguantado casi sesenta años proyectando un cine tan arriesgado como independiente. Es difícil concretar el concepto de cine de autor que desde la pasada edición defiende su logo, por ello, quizás sea mejor dar un breve repaso a algunos de los cineastas que figuran en el palmarés: Bergman, Bresson, Truffaut, Bertolucci, Visconti, Andrzej Wajda, Resnais, Kiarostami, Paskaljevic, Neil Jordan, Terence Davies, Ken Loach, Aronofsky, o Kim Ki-duk entre muchos más, casi nada.

    Porque la Seminci es un festival especial, y es quizás el hecho de que sea fundamentalmente público, dependiente del Ayuntamiento de Valladolid, y de que no compita codo con codo con Cannes, Venecia o San Sebastián, lo que hace que las presiones comerciales no existan, o al menos queden reducidas a su mínima expresión. No esperen encontrarse aquí a Denzel Washington recogiendo un premio y presentando un sinsentido de película palomitera, busquen fotos de la alfombra roja y encontrarán una mezcla de caras desconcertadas ante rostros presuntamente famosos pero desconocidos y pancartas contra el, vamos a decir, polémico alcalde. Aquí glamur y grandeza las justas, el discurso de película crítica e izquierdista presentado con vestido de Channel no hace juego en estas tierras, el cine ante todo. Y es de agradecer en pequeños gestos como sendas espigas de honor a Bong Joon-ho (Miembro del jurado de Sección Oficial) y Verónica Forqué, en las palabras de apoyo al festival por público y democrático de los Dardenne durante la gala, en la inteligente y animada presentación de Ana Morgade, o en la valiente (y certera) carta firmada por el director del festival que ha leído Belén Rueda, madrina de esta edición: La cultura es un buen público y un servicio al ciudadano, que los poderes políticos y económicos deberían asegurar. “La cultura era, y debe seguir siendo, parte de ese Estado del Bienestar que nos dimos los países desarrollados tras la Segunda Guerra Mundial y que incluye también el derecho a la educación y a la sanidad para todos”. Lástima que el señor ministro de cultura no acuda al festival tras la monumental pitada que sufrió hace un par de años.

    Dos días, una noche

    DOS DÍAS, UNA NOCHE

    Los Dardenne haciendo el Dardenne

    Bélgica, Francia, 2014. Título original: Deux jours, une nuit. Director: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne. Guion: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne. Duración: 95 minutos. Productora: Les Films du Fleuve / Archipel 35. Montaje: Marie-Hélène Dozo. Intérpretes: Marion Cotillard, Fabrizio Rongione, Catherine Salée, Olivier Gourmet, Christelle Cornil. Presentación oficial: Festival Internacional de Cannes 2014.

    Vaya por delante que no es fácil elegir una película inaugural para un certamen de cine de dilatada antigüedad. Dicho esto, añadamos que menos para uno como el vallisoletano, uno de los pocos en los que la honestidad de sus espectadores, fiel al difícil carácter castellano, tiende a crear momentos incómodos si esa no tan subjetiva vara de medir considera insuficiente el resultado final: vamos, que no se ha cumplido lo prometido, que la entrada que se ha pagado no ha merecido ni la pena ni el precio, y que el tiempo vital es extremadamente corto y el campo audiovisual infinitamente grande. El resultado suele sorprender a quienes a pesar de tener recorrido festivalero visitan el de la capital del Pisuerga por primera vez: finales que eclosionan en fuertes pataleos que callan algún aplauso discreto de algún familiar o amigo y sus consecuentes ruedas de prensa con tensión y morbo. Una emergente cineasta me lo confirmaba la edición pasada resumiéndolo en un claro "hay muchos colegas de profesión que no quieren venir al festival”. Título de manual: La honestidad total, el miedo al rechazo y el ego del artista en la diana. Pero eso es otro tema. Porque hoy abrían los Dardenne, esa pareja de hermanos belgas que acumula premios en Cannes como quien recoge uvas, y que debutaron en Seminci ganando la Espiga de Oro allá por el año noventa y seis con su película La promesa. A priori, junto con el paso de la obra por el mencionado certamen francés, garantías suficientes como para mantener la expectación de los asistentes al teatro después de la gala. Capítulo aparte para todos aquellos que, con todo el respeto del mundo, van todo guapos al teatro únicamente para hacerse la foto. Y la verdad es que la sexagenaria pareja ha dado un pistoletazo más que digno, posicionándose de momento, es demasiado pronto para hacer quinielas, como una de las grandes obras de esta edición.

    El retrato es el del universo que tan bien conocemos todos y que tan bien saben mostrar ellos. El de un capitalismo asfixiante que, a través de motivos ejecutores, opone a sus agentes entre sí, condenándolos constantemente a elegir entre opciones malas y peores. Y el de pequeños espíritus que se rebelan aportando calor y dulzura en un panorama tan amargo. Sea quizás esa la principal característica que hace que sus películas, a pesar de ser difíciles y duras por momentos, siempre guarden unas puntadas de optimismo e ilusión. Ilusión aquí encarnada por Sandra, una mujer que al volver a su puesto de trabajo después de una baja por depresión se encuentra con que su jefe ha realizado una votación entre el resto de empleados, dejándole a ese no tan fantástico sistema que es la democracia la decisión de si Sandra volverá a la empresa o cada empleado cobrará una prima de mil euros. Sí, una historia cruda y bastante real. Una historia que quizás los españoles, necesitados de verdadera evasión, no nos atrevamos a contar aún por lo fuerte que nos está golpeando todo esto. Así pues, tras un arranque que no da lugar a concesiones previas, presentándonos el conflicto antes que a los propios personajes, nos vemos sumergidos en la dos días de la vida de esta mujer, aquellos en los que tendrá que visitar a sus compañeros e intentar convencerles de que no puede perder el trabajo.

    Dos días, una noche

    ¿Y cómo se acrecienta el drama en esta historia? Poniendo el riesgo de exclusión social de una familia que necesita el sueldo de la madre y dando fuerza a las depresiones de ésta, cliché de intento de suicido incluido, que a pesar de ser tópico no molesta ni daña gracias al potente entramado narrativo que muestra un guion que a pesar de abordar durante noventa minutos parecidas situaciones, en ningún momento se hace repetitivo. Mérito de esto es de una más que fabulosa Cotillard, a la que Julianne Moore arrebató el premio a mejor actriz en Cannes, quién borda el papel protagonista sosteniendo completamente la historia con una cámara que en ningún momento se separa de su universo emocional y con unos planos largos que dejan total libertad a sus ritmos interpretativos. Pues todos y cada uno de los encuentros que mantiene con sus compañeros de trabajo están rodados sin ningún corte, dejando así que las emociones bullan de una manera natural y disimuladamente sofisticada, pues nunca antes los Dardenne habían dado tal muestra de control en su planificación. En ese sentido, la obra pierde gran parte de la frescura de sus anteriores filmes, más cercanos al estilo documental, pero gana riqueza visual, especialmente en el diseño de arte y en movimientos de cámara (que sigue siendo al hombro) más elaborados con además planos más cerrados que en sus anteriores películas, los cuales crean una atmósfera opresora y a la vez intimista para el espectador.

    Porque ahí es en donde los hermanos se sienten más a gusto, haciendo lo que tan bien saben hacer, jugando a ese juego en el que se sienten tan cómodos, rodar la misma película que siempre pero cambiando los matices. Pues si bien en esta obra los personajes infantiles pasan a un discreto segundo plano, siguen siendo el principal epicentro emocional de esa madre que lucha por no perder su trabajo. Extrema la necesidad que tiene de conservarlo opuesta a las relativas, y casi siempre comprensibles, necesidades materiales que tienen el resto de individuos que quieren cobrar la prima de mil euros que les corresponden. Es en esta lucha, en esta dicotomía empatía-necesidad, en dónde se encuentra el verdadero contenido del filme. Porque sí, la realidad sigue presente, pero como fondo, pues está película supera el planteamiento que propone para aventurarse en un discurso que es reconducido hacia esa delgada línea que separa la caridad de la empatía. Visto desde la perspectiva trastornada que mantiene la protagonista todo luce aciago, incluso el amor incondicional es puesto en duda en una situación de enfermedad que puede inducir lástima y compasión.

    Dos días, una noche

    Y con todos estos ingredientes y esta progresión podemos decir que la película funciona como un reloj. Que se hace extremadamente corta y que a pesar de su tensión la mirada de los hermanos no llega nunca a perder su afabilidad trastocándose en una incomocidad constante. Todo encaja perfectamente salvo pequeños detalles que patinan por su brusquedad, momentos de búsqueda de un conflicto superior reflejados en brotes de repentina violencia física que estallan de una manera tan repentina como ineficaz, creando una acumulación innecesaria que desestabiliza la atmósfera que con tanto mimo es creada durante todo el metraje. Mención aparte merece también el uso de la música, diegética, ninguna ruptura estilística aquí, que a pesar de limitarse a dos momentos específicos del filme, tiene una función catártica que va más allá de la livianidad que dado el tipo de escena “pongo música en mi coche” podríamos suponer. Toda una hazaña que provoque de una manera tan liberadora como simple la primera sonrisa de Cotillard en la obra, la cual concluye con un gran final, difícilmente previsible y tremendamente natural. ¡Chapó y que fluya el buen cine! | |


    Álvaro Martín
    Enviado especial a la 59ª edición de la Seminci


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