Introduce tu búsqueda

  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Este país negro

    La isla mínima

    Hay en La isla mínima un sonido ancestral, como de tiza arañando pizarra, que describe sutilmente la incertidumbre previa a la Transición y su posterior —si no contigua, pues se veía venir y se dejó pasar entre apretones de manos— decrepitud. Poco a poco se quisieron difuminar las huellas aún latentes del caudillo, y los cronistas más afines (a propósito del término acuñado, creo yo, por Umbral) se referían a su etapa vespertina, el tardofranquismo, un poco a la manera en que Stan Lee hubiese narrado los últimos meses del Kingpin ibérico, que tose mal y está con un pie en la tumba y sus delitos prescribieron hace ya mil telediarios. Mire usté. Ahora nos llevamos las manos al cogote, pero desde fines de los setenta o comienzos de los ochenta (cuando sucede La isla mínima) España ha crecido al ralentí por el efecto de un truco bastante cutre: un somnífero que mezcla desmemoria, autoindulgencia, ignorancia y también dosis bizantinas del keynesiano Estado de bienestar, que a base de incidir en él porque siempre peligra y qué miedo, legislatura tras legislatura, se ha convertido en mondo malestar y mala hostia.

    Dos policías forasteros, de chotis y café con churros, llegan a un pueblecito sevillano junto a las marismas del Guadalquivir y los autóctonos les escrutan como a Spencer Tracy en Conspiración de silencio. Uno se rasca el cuero y otro sopla el cañón de su escopeta, así de tapadillo y sin inmutarse. O son cosas mías. Están en fiestas; hay tómbolas (tres) y un par de atracciones que sólo atraen mosquitos. Los polis se llaman Pedro y Juan: no había nombres más reconocibles, y es que si por algo nos distinguimos los españoles es por ser originales y comunes; gente del montón. Nada exótico puede salir de un Pedro con bigote y un Juan también con bigote, aunque más funcionarial. Como pretérito. Tienen miga, él y su mostacho. Ya se enterarán más tarde. Porque allí están y allí investigan la desaparición de dos hermanas quinceañeras cuyo rastro es seguido —a regañadientes y con más Chufi que sangre corriendo por sus venas— por sendos tricornios que no encontrarían un mamífero en el Zoo de Madrid.

    El director y guionista Alberto Rodríguez (Grupo 7) nos ofrece aquí una implacable, siniestra y lijosa historia a través de las costuras del sur, acaso un noir de navaja y vino peleón y terratenientes cuatreros que olisquean, como pontier o beagle sin collar, el sudor rancio y la carne virgen que busca escapatoria, salir de aquella prisión a la intemperie, en el orco mismo, donde el brete se liquida a bostezos e incluso a puñaladas traperas. Ozú, qué caló; pues toma lo tuyo y quédate con el cambio. En la España cañí, de taleguilla y pitarra, de lindes confusas, guiso de Bambi y hermosas mujeres tristes y jornaleros en huelga por un jornal no ya espléndido, sino decente y que mande callar a las tripas. La España que era, es y será vestigio del 1 de abril de 1939 y del entonces futurible apaño allá por 1978. Rodríguez apunta y dispara, y el muerto cae a plomo. Me suena y me perturba sin giros bruscos; a menudo reconozco esa circunstancia sociopolítica que entre gerifaltes labró épocas de una (in)cierta prosperidad, porque yo también empiné los codos para bruñirle un trago al botijo, que mantenía fresca el agua y resucitaba un tiempo que todavía no había examinado ni en películas.

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Feelmakers

    0 comentarios:

    Publicar un comentario en la entrada

    "Sueñen. Vean cine."

    Críticas

    Classics

    • Retrospectiva de Jacques Becker

      Por José Luis Forte / «A golpe de escoplo y martillo un hombre perfora el suelo de hormigón de una celda. Cada impacto hace saltar esquirlas y polvo de cemento en una tarea que se nos antoja imposible. Hay poco tiempo, el ruido es infernal, los guardias de la prisión pueden pasar en cualquier momento y solo la casualidad de que haya obras en el edificio permite que los golpes no llamen la atención. Como un péndulo que marca los segundos con una perfección milimétrica, como gotas de agua que fueran cayendo de un grifo inagotable, la secuencia del trabajo se desarrolla maquinalmente, pero es un hombre quien incansable mantiene el hipnótico ritmo».
    • El cine de Hou Hsiao-Hsien, un espacio para habitar. Apuntes sobre The Assassin

      Por Miguel Muñoz Garnica. «Estamos en el sur de Taiwán, a principios de los años cincuenta. Un pueblecito rural de calles sin pavimentar y casas humildes donde las duchas con agua caliente se dan calentando un barreño de agua sobre una hoguera. Un grupo de niños, descalzos y vestidos de blanco, juega con peonzas en la plaza del pueblo».
    • Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

      Por José Luis Forte. «De nuevo el juego está en marcha, como diría nuestro adorado Sherlock Holmes: destacar las diez mejores obras de un director de cine. En esta ocasión es el gran Akira Kurosawa el elegido, quizá el autor japonés más popular y con más merecido prestigio de la lejana isla. Y otra vez nos encontramos con la habitual problemática: dejar fuera películas que deberían incluirse en la lista».

    Premios

    Festivales

    [12][Trailers][slider3top]