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    Crítica | Lucy

    Lucy, de Luc Besson

    Sarcasmo y otras drogas

    crítica de Lucy | dirigida por Luc Besson, 2014 | ★★★

    Al comienzo de la película María llena eres de gracia (2004) se podía leer un rótulo explicativo que rezaba: “Basada en miles de historias reales”. El título se refería a todas esas vidas de mujeres acabadas —en un ataúd o en prisión—por culpa del drama de las mulas del narcotráfico. Luc Besson, haciendo acopio de su conocida estética “videoclip” y su irreverencia cromática, otorga la justicia poética que mujeres como María Álvarez merecen, al tiempo que realiza uno de los ejercicios cinematográficos más auto-paródicos de su carrera. Y es que el director bien podría haber seleccionado un letrero semejante al que usó Joshua Marston en su drama multi-biográfico: “Basada en miles de clichés del género”. Lucy resulta una evidente e intencionada caricaturización de las películas de ciencia-ficción y acción noventeras —de las que él es fiel representante—, cuya credibilidad depende de la quimérica teoría (desmentida tajantemente por el neurólogo Barry Beyerstein) de que sólo el 10% de nuestro cerebro está activo, por lo que su interpretación y digestión se reducirá a la simple observación externa de esta colección de guiños satíricos con los que Besson tiene a bien deleitarnos.

    Como comentábamos, la película parte de la premisa de que el ser humano sólo usa un 10% del cerebro, por lo que nuestras posibilidades cognitivas y funcionales, si llegáramos a usar un mayor porcentaje, serían ilimitadas. Efectivamente, el cineasta sabía de la falsedad de dicho argumento, que utilizará para reírse, no sólo de sí mismo, sino también de todos los que han criticado su imprecisa forma de dirigir. Para lograr este propósito se aferra a sus directrices y las exagera hasta la caricaturización —veo su apuesta y la triplico—. Sólo de esta forma se explicaría el indiscriminado uso de los bruscos cambios de idea y las constantes contradicciones argumentales, sirva de ejemplo que un ser con la capacidad de levantar cuerpos con la mente, entender idiomas y alfabetos que nunca antes había estudiado y memorizar y asimilar todo cuanto lee, pida consejo a un humano convencional para aprender a controlar su metabolismo. El realizador francés busca, de esta manera tan poco ortodoxa, confraternizar con sus seguidores y permanecer fiel a sus principios a pesar de las inevitables críticas. La trama sigue a una estudiante chantajeada para que transporte una nueva droga que le han introducido en el estómago, de manera muy similar a como coaccionaron a la mencionada María cuando le dijeron aquello de “Si lo que lleva adentro se pierde en el camino o no aparece, vamos a su casa y conversamos con su abuelita, con su mamá, con su hermana, con Pachito”, aunque de una forma menos sutilmente dramática y más explícita y sanguinaria. La presentación de los personajes y el planteamiento de la trama quedan marcados por la metafórica secuenciación de imágenes documentales de animales que representan el ritual furtivo del depredador frente a la presa. Un recurso tan utilizado como obsoleto al que podríamos dar el calificativo de “vintage”, algo que proporciona al largometraje una originalidad vanguardista pasada de moda. Obviamente, esa bolsa se romperá dejando que el contenido de la misma sea asimilado por el organismo de la portadora, comenzando en ese momento una transformación neurológica que demostrará las hipótesis del profesor Norman (Morgan Freeman como cliché en sí mismo). Una vez que Lucy se adapte a su cambio fisio-neurológico, se enfrentará a la mafia que la puso en esa situación con el fin de sacar las drogas del mercado y alcanzar el 100% de actividad cerebral.

    Lucy, de Luc Besson

    El filme ahonda en la supuesta percepción que tenemos, no sólo del tiempo y el espacio, recurrentes elementos en el cine de Besson, sino también en la simplificación de los entes físicos tal y como los conocemos, traduciendo la compleja información en sencillas cifras y letras que, los hombres (genéticamente mediocres), seamos capaces de entender. El desarrollo, así como sus conclusiones finales, resultan mucho más físicos que emocionales, la profundidad de la trama queda anulada por completo una vez que se ponen sobre la mesa las cartas auto-paródicas. No seremos capaces, por lo tanto, de sentir ninguna empatía por la protagonista, cuyas acciones gozarán de un porcentaje de previsibilidad tan elevado como su capacidad neuronal, hecho que facilita el principal objetivo del realizador: la total atención a su estructura externa, esas trepidantes escenas de acción tan evocadoras del cine de los 90, su impecable puesta en escena y la abrumadora potencia visualmente narrativa de cada fotograma. Una imagen que siempre tendrá como foco de atención la contundencia de Scarlett Johansson en su ascenso a la cima de su capacidad psicomotriz: con el 20% de su cerebro activo se anulan los receptores del dolor (es capaz de extraerse una bala sin pestañear), con el 40% comienzan los problemas de corporeidad, y al 90% ya puede detener el tiempo (aunque eso ya lo hacía Zack Morris en Salvados por la campana). De nuevo, una mujer en el papel de heroína. Ella será la que tenga el poder en todo momento, su aparente fragilidad inicial actuará como otro de los espejismos planteados por el director para hacer alusión al futuro feminista que presagia, donde tantos años de opresión tendrán su justa recompensa con la sumisión y obediencia definitiva de los hombres.

    Lucy, de Luc Besson

    El gran aporte que podemos contemplar en esta película es la capacidad del cineasta de crear imágenes atemporales, e incluso anacrónicas. Son escenas que están en el presente, pero a su vez, pertenecen al pasado. Esa valentía de centrarse en una falsa y antigua creencia, le garantiza que su temática nunca estará tan pasada de moda como lo está hoy. Por lo que su envejecimiento es conceptualmente imposible, el tiempo, más bien, provocaría en todo caso un insólito rejuvenecimiento. Ya en 2001, el escritor irlandés Alan Glynn, en su novela The Dark Fields planteó los efectos neuronales que una droga podría causar en el cerebro para que éste respondiera a los estímulos externos con mayor eficiencia, historia que fue adaptada por Neil Burger en su filme de 2011 Sin límites. La diferencia entre el trabajo de Besson y el de Glynn reside en que, mientras The Dark Fields / Sin límites trataban de abordar la ciencia-ficción como los grandes clásicos del género, elucubrando para intentar aportar la mayor cantidad de información, y por ello terminaban perdidas en sus propias explicaciones y documentaciones sobre cada proceso narrativo en su afán de lograr una credibilidad que nunca llegaría, Lucy es, por el contrario, consciente desde el principio de que no necesita justificar sus incongruencias, ya que conoce en todo momento sus escasas (o nulas) posibilidades de enfrentarse a un tratamiento formal, por lo que utiliza éstas como lo pueden hacer directores como Tim Burton —forma—, o Richard Donner —contenido—; en cualquier caso, siempre de manera muy efectiva para el espectador que busque el clásico entretenimiento con el que acompañar su tarde de palomitas. | |

    Alberto Sáez Villarino
    redacción Dublín (Irlanda)


    Francia. 2014. Título original: Lucy. Director: Luc Besson. Guion: Luc Besson. Duración: 90 minutos. Productora: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures. Fotografía: Thierry Arbogast. Música: Eric Serra. Montaje: Julien Rey. Intérpretes: Scarlett Johansson, Morgan Freeman, Choi Min-sik, Amr Waked, Yvonne Gradelet, Jan Oliver Schroeder, Julian Rhind-Tutt, Pilou Asbæk, Analeigh Tipton,Nicolas Phongpheth, Luca Angeletti, Loïc Brabant, Pierre Grammont, Pierre Poirot, Bertrand Quoniam, Pascal Loison, Pierre Gérard, Isabelle Cagnat, Frédéric Chau. Presupuesto: 40.000.000$. Presentación oficial: Locarno 2014.


    Póster: Lucy, de Luc Besson
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