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    Lauren Bacall, “La Flaca” del cine clásico

    Lauren Bacall

    Corría el año 1941 cuando el avispado Howard Hawks se quedó prendado de una joven y espigada modelo que ocupaba la portada de una famosa revista de moda. La muchacha en cuestión, nacida con el nombre de Betty Joan Perske, pronto encaminaría sus pasos hacia el mundo del espectáculo, debutando un año más tarde en Broadway. De este modo no resulta sorpresivo que Hawks se acordara de ella para el papel femenino protagonista de su adaptación de la novela de Ernest Hemingway Tener y no tener (1944) donde la debutante actriz, de nombre artístico Lauren Bacall, enamoró, no solo a millones de espectadores, sino también a su compañero de reparto, el mítico Humphrey Bogart. Pese a la escasa experiencia de sus 19 años, la Bacall representó como nadie a la vampiresa de cine negro capaz de llevar a la perdición a cualquier hombre a base de sensuales contoneos y una de las miradas más magnéticas de la gran pantalla. Este trabajo supuso el comienzo de su fructífera relación sentimental y profesional con el protagonista de Casablanca. Contrajeron matrimonio en 1945 y estuvieron juntos hasta que la enfermedad se llevó a Bogart de su lado. Juntos habían trabajado en inolvidables títulos como El sueño eterno (Howard Hawks, 1946), La senda tenebrosa (Delmer Daves, 1947) y Cayo Largo (John Huston, 1948), que la encasillaron en papeles de mujer dura y fría. Se volvió a casar con el actor Jason Robards en 1961, matrimonio que duró 8 años y tras el cual la actriz decidió no volver a repetir experiencia nunca más.

    Apodada en Hollywood “La Flaca” por su estilizado físico de modelo, muy a contracorriente de la voluptuosidad que caracterizaba a la mayoría de estrellas de su época, Lauren Bacall fue lo suficientemente inteligente como para dejar constancia de ser una todoterreno capaz de afrontar cualquier género. Fue pionera al interpretar a una pintora bisexual en el biopic El trompetista (Michael Curtiz, 1950), junto a un magnífico Kirk Douglas. A partir de ahí, encadenó papeles dramáticos en títulos como El rey del tabaco (Michael Curtiz, 1950), La tela de araña (Jean Negulesco, 1955) o Escrito sobre el viento (Douglas Sirk, 1955) –una de las cumbres del melodrama–; felices incursiones en la comedia en clásicos como Cómo casarse con un millonario (Jean Negulesco, 1953) –en donde ella ponía la inteligencia y la elegancia, mientras Marilyn Monroe se encargaba de las curvas y la picardía– o Mi desconfiada esposa (Vicente Minnelli, 1957); y participaciones en cintas de aventuras tales como Callejón sangriento (William A. Wellman, 1955) o La india en llamas (J. Lee Thompson, 1959). Volvió al cine negro que le había dado la fama en la notable Harper, investigador privado (1966), a mayor gloria de un jovencísimo Paul Newman. Con la década de los 70, Bacall espació más sus apariciones en el cine, destacando, especialmente, sus papeles en Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974) y El último pistolero (Don Siegel, 1976) –western crepuscular con un John Wayne en el ocaso de su carrera–. Robert Altman la incluyó en los repartos corales de dos de sus obras menos destacables: Salud (1980) y Pret-a-porter (1994), cuando Bacall ya se había acomodado a ejercer de secundaria de lujo en productos de calidad dudosa –con la honrosa excepción de Misery (Rob Reiner, 1990), una de las mejores adaptaciones de la obra de Stephen King–.

    Lauren Bacall

    Cuando pensaba que nunca sería nominada a un Oscar, y tras recibir premios honoríficos como el Donostia en San Sebastián (1992) o el Cecil B. DeMille (1993), Barbra Streisand devolvió a la veterana actriz –contaba ya 72 años– las mieles del éxito con el papel de madre irónica y gruñona de El amor tiene dos caras (1996), que le supuso su única nominación al Oscar como mejor actriz secundaria. Tras ganar el Globo de Oro en esa misma categoría, Bacall se veía como clara favorita, protagonizando uno de los grandes momentos de la ceremonia cuando apenas pudo evitar que se le notara la decepción al ver cómo Juliette Binoche le arrebataba el trofeo por El paciente inglés. A pesar de la derrota, la intérprete vivió una segunda juventud en el cine, con pequeños papeles en obras tan interesantes como Dogville (2003) y Manderlay (2005) –ambas a las órdenes del polémico Lars von Trier– o Reencarnación (Jonathan Glazer, 2004). Tuvo que conformarse con el Oscar honorífico que la Academia de Hollywood le entregó en 2009, siguiendo activa hasta casi el final de sus días. Fue lo suficientemente independiente como para no limitarse a vivir a la sombra de un mito de la talla de Humphrey Bogart, labrándose su propia trayectoria. De su boca hemos oído algunas de las frases más memorables del cine negro –el “si me necesitas, silba” de Tener y no tener es el ejemplo más conocido– y, pese a ser toda una belleza de rostro anguloso y mirada felina, ha destacado siempre más por su inteligencia y elegancia innata que por sex symbol. Seguramente, Bogart, el gran amor de su vida y del que se sentía eternamente viuda, consideró que ya era hora de que volvieran a estar juntos. Un silbido habrá servido para que “La Flaca” acudiera rauda a su lado, donde podrá pedirle, de manera tan sugerente como en El sueño eterno, una cerilla con la que encender su cigarrillo. El amor vuelve a triunfar.

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria


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