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    Crítica | Las dos caras de enero

    Las dos caras de enero

    Entre la espada y la pared

    crítica de Las dos caras de enero | The Two Faces of January, Hossein Amini, 2014

    Janus (en español Jano) era un dios de la mitología romana —no de la griega como cabría esperar de una historia ubicada en Atenas— con dos caras que miraban en direcciones opuestas, insistiendo en el concepto “ab ovo” de, el bien y el mal o, más específicamente, abierto y cerrado. Según los romanos, el pasado cerraba una puerta que separaba los fracasos del aprendizaje obtenido de ellos, y que condicionaría ese futuro —puerta abierta— que se mostraba como medio de probar nuestra evolución. Su invocación, en una u otra forma, estaba supeditada por el interesado atavismo pragmático de la conveniencia o, como se conoce coloquialmente “por el interés te quiero Andrés”, dependiendo de las necesidades que la situación requiriese. Como dios de los comienzos y los finales, su nombre alude a la consagración del primer mes, en el cual fue deificado: efectivamente, enero. Así pues, el título del estreno en la dirección de Hossein Amini, Las dos caras de enero, resulta un juego de palabras entre lo divino y lo terrenal, representado por la doble cara de sus protagonistas.

    Todos los personajes exteriorizan esta dualidad temperamental y dobles intenciones surgidas, como medio de supervivencia, durante la segunda guerra mundial y desarrolladas en la posguerra, periodo en el que queda enmarcada la historia, para beneficiarse —mediante la pillería, el embuste o la estafa— de la descoordinación, el caos y la alarma social de una Europa con la necesidad de invertir el dinero de las arcas del estado en sectores como los mercados emergentes, la construcción o el turismo. En este último ámbito encontramos al guía Rydal, el ejemplo más transparente de ese dimorfismo patológico presente en el filme: un timador profesional que, a diferencia de la mayoría de sus colegas —misántropos por naturaleza como muestran algunas de las novelas más influyentes de Graham Greene (creador de trúhanes por antonomasia) como: El tercer hombre (The Third Man) o Brighton Rock—, disfruta de un trabajo que realiza con pasión y entrega, congeniando con sus clientes (más en concreto con sus clientas), y dejando una serie de timados satisfechos encantados del trato recibido y dispuestos incluso a dar propina por el cordial y cautivador engaño sufrido. Así que con la intención de dar un nuevo golpe, conoce a Chester McFarland, un apuesto hombre que se muestra como la víctima perfecta, y así hubiera sido de no ser porque el timador cae en su propia trampa —el cazador cazado— y se deja embelesar por los evidentes atractivos de la mujer de Chester, Colette. Comenzando así un triángulo pasional que en nada tiene que envidiar a Las Cuitas del joven Werther o las penas de La Regenta.

    Las dos caras de enero

    Amini, guionista de la popular cinta de Nicolas Winding Refn Drive (2011), consigue recrear, sirviéndose de la novela homónima de Patricia Highsmith (una de las escritoras que cuentan con mayor número de adaptaciones cinematográficas, incluyendo la obra maestra de Hitchcock, Extraños en un tren —Strangers on a Train, 1951—), ese enfermizo celo con el que Chester —haciendo las veces del padre Fermín de Pas— trata de guardar a su joven e inocente mujer —una versión tudesca de Ana Ozores— de las malas artes e infalibles dotes de donjuán de su amistoso enemigo, o por usar un neologismo anglosajón que viene muy al caso “frenemy”, el guía turístico que les acompaña —recordándonos al tercero en discordia de la genial novela de Clarín: Don Álvaro de Mesía—. El realizador consigue un desarrollo de los personajes ejemplar, mediante una presentación impecable y una continua intensificación de la intriga que va tensando lentamente las aristas de ese triángulo malsano con vistas a quebrarse como si de las cuerdas de una guitarra se tratara, dando como resultado una lucha territorial entre sus dos extremos masculinos y un conflicto interno de ella, ese vértice superior que se sitúa en un centro oscilante entre su vida de confort y suntuosidad, a la que está tan acostumbrada que resultaría difícil renunciar; y una nueva vida de pasión y felicidad que jamás encontraría con su actual marido. Cegados por un impulso de defensa animal, sin pensar en las repercusiones, los protagonistas actúan con desmesurado ímpetu y exasperación por conseguir aquello que más desean (riqueza, poder, o amor). Arrastrando en una espiral autodestructiva a cualquiera que se interponga en su ciego intento de protección personal. Ocultando en todo momento su verdadera cara, esa que tanto miedo tienen de mostrar, o la que ya ni siquiera recuerdan por haber caído en completo desuso, cada uno de ellos llevará a cabo una metarrepresentación de su yo falso (compuesto por esa doble cara de Janus) que termina por ser el yo verdadero una vez se ha caído en el propio engaño de identidad.

    Las dos caras de enero

    Aquí llegamos a un punto delicado de la película. Una disociación freudiana que convierte a Rydal, quien ve en Chester a alguien despreciable con quien no se relacionaría nunca de no ser por la atracción que siente hacia su mujer, en víctima de un indómito complejo de Edipo que lo posee de forma desafortunada, mostrándole una pretérita visión de la relación con su recientemente fallecido padre, marcada por la decepción, como reflejo del nuevo vínculo establecido con ese despiadado hombre. Algo que el joven parece tratar de enmendar invocando ese perfil que mira al pasado y nos permite reflexionar sobre los lastres que arrastramos y marcan nuestras debilidades. Debilidades que serán aprovechadas por los que nos desprecian para hundirnos, ahora desde la clara posición ventajosa de quien conoce nuestro talón de Aquiles y no tiene clemencia en arremeter sin piedad contra él. Una vez llegados a este punto, el filme sufre la extenuación anaeróbica propia de un ritmo narrativo muy vigoroso al principio de la trama, que sabe mantenerse muy bien con la mencionada tensión ascendente, pero que se desploma con un desenlace del que cabría esperar una (o quizá dos) vueltas de tuerca más. Pese a ello, la potencia interpretativa del excelente tridente conformado por el veterano Viggo Mortensen, Kirsten Dunst y Oscar Isaac, logra que este thriller negro irradie tanta melancolía en su desesperado intento de escapar de las espectaculares ruinas de la Acrópolis de Atenas, como una de las frases más entrañables de la principal fuente de la que bebe —Casablanca. 1942—, “Here’s looking at you, kid”. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Reino Unido. 2014. Título original: The Two Faces Of January. Director: Hossein Amini. Guión: Hossein Amini (Novela: Patricia Highsmith). Productora: Coproducción Reino Unido-EEUU-Francia; Timnick Films / StudioCanal / Working Title Films. Fotografía: Marcel Zyskind. Música: Alberto Iglesias. Montaje: Nicolas Chaudeurge, Jon Harris. Intérpretes: Viggo Mortensen, Kirsten Dunst, Oscar Isaac, David Warshofsky, Daisy Bevan, Aleifer Prometheus. Presentación Oficial: Festival internacional de cine de Berlín 2014.

    Las dos caras de enero póster alemán
    El fulgor efímero

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