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    Cine Club | Blade Runner (1982)

    Blade Runner

    Los androides soñadores de Philip K. Dick

    Cine Club | Blade Runner, Ridley Scott, 1982

    Pese a que sus últimos trabajos, no exentos de calidad, adolecen de cierta irregularidad –Robin Hood (2010), Prometheus (2012), El consejero (2013)– no se puede poner en duda que Ridley Scott fue uno de los cineastas más influyentes de la década de los 70. Su debut con la aventura histórica Los duelistas (1977), ambientada durante las guerras napoleónicas, fue una inmejorable carta de presentación que le valió el premio a la Mejor Ópera Prima en Cannes y el David di Donatello al Mejor director extranjero. Con su segundo trabajo, Alien el octavo pasajero (1979), Scott no solo logró una de las cumbres de la ciencia ficción en su vertiente más terrorífica, sino que también inauguró una de las franquicias más exitosas del género, con uno de los monstruos más icónicos de la Historia del Cine. Cuando parecía que le sería imposible superar a esta obra maestra, el director sorprendió a propios extraños con un nuevo y ambicioso proyecto, también enmarcado dentro del cine de ciencia ficción: Blade Runner (1982), basado en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick –un autor de cuyas obras saldrían películas del calibre de Desafío total (1990, Paul Verhoeven), Minority Report (2002, Steven Spielberg) o A Scanner Darkly (2006, Richard Linklater)–.

    Lo primero que llama la atención de Blade Runner es que, pese a ser una historia futurista, claramente enmarcada en la ciencia ficción, posee una estructura tremendamente deudora del cine negro americano de los años 40. Más allá del decadente paisaje que presenta la ciudad de Los Ángeles de 2019, repleta de enormes refinerías que contaminan el aire a golpe de espectaculares llamaradas –con una incesante lluvia ácida como resultado de los cambios climáticos–; descomunales pantallas anunciando múltiples productos –icónica la imagen de la geisha– en todas las azoteas y el buen número de aeronaves sobrevolando los cielos en medio de miles de luces centelleantes, la historia viene a ser una revisión de las aventuras detectivescas de Philip Marlowe. Al igual que en, por ejemplo, El sueño eterno (1946, Howard Hawks), protagonizada por el inolvidable Humphrey Bogart, el Rick Deckard encarnado por Harrison Ford debe hacer frente a una investigación que no le resulta especialmente cómoda, poblado de mujeres fatales –aquí materializadas en sensuales y muy letales androides de última generación– e intrigas que salpican a las grandes esferas. Ambos títulos respiran idéntica turbiedad tanto en los ambientes como en la descripción de su antihéroe, un hombre que no parpadea a la hora de traspasar los límites de la legalidad a la hora de hacer cumplir su trabajo. Deckard es un desencantado blade runner –agente de policía destinado al retiro (por eliminación) de replicantes ilegales– al que se le encarga la misión de dar caza a un grupo de cuatro de estos androides –sofisticados NEXUS 6 superiores en fuerza e inteligencia a los humanos, pero diseñados para vivir una corta existencia de cuatro años– que han huido de una colonia espacial y han entrado en la Tierra con intenciones desconocidas. El grupo lo forman Roy Batty (Rutger Hauer), líder especialmente peligroso e inteligente; Pris (Daryl Hannah), seductor modelo creado para el “placer” de los humanos y pareja sentimental de Roy; Leon (Brion James), creado para trabajos forzados en la eliminación de basuras y, por ello, más propenso a los arrebatos de violencia bruta; y Zhora, una atractiva bailarina exótica que realiza peligrosos números con serpientes artificiales.

    Blade Runner

    Las investigaciones de Deckard le llevan hasta la poderosa Tyrell Corporation, compañía especializada en robótica dirigida por el millonario Eldon Tyrell (Joe Turkel), donde probará la efectividad de unas preguntas tipo test para descubrir replicantes en la persona de Rachel (Sean Young), la bella secretaria de Tyrell que resulta ser un modelo experimental con recuerdos humanos implantados en su memoria, por lo que desconoce su propia naturaleza replicante. A pesar de sus prejuicios contra estos seres, Deckard no puede evitar sentirse atraído por la joven, por lo que empezará a cuestionarse la honorabilidad de su trabajo y a plantearse trascendentales conflictos acerca de la “humanidad” que puedan tener estas criaturas que lo único que anhelan es poder vivir más tiempo del que el hombre les ha adjudicado. Modélica es, en este sentido, la escena en que Deckard elimina a Zhora, acribillándola a tiros sin piedad, y que acaba con el agente observando con melancolía el cuerpo “sin vida” de una androide que, a simple vista, en nada difiere de una mujer. Ciertamente, en Blade Runner no hay villanos al uso. Resulta más cuestionable la frialdad con que el “Dios” Eldon Tyrell despacha a Batty cuando éste acude a pedirle ayuda para alargar su vida, que las motivaciones –perfectamente entendibles– de los replicantes para luchar por su derecho a vivir. Aunque para ello tengan que ganarse, con malas artes, la confianza de J.F. Sebastian (William Sanderson), un ingenuo ingeniero genético que vive rodeado de juguetes al mismo tiempo que sufre una enfermedad degenerativa que le hace envejecer prematuramente. Esta escasa longevidad que tiene en común con los replicantes es lo que hace que sienta cierta empatía por ellos. Pese a su origen artificial, con el tiempo, estas criaturas son capaces de desarrollar sentimientos cercanos al amor –ahí están el romance entre Deckard y Rachel o la relación que mantiene Batty con Pris (¿acaso no es de lo más humana la reacción de él al ver el cadáver de su compañera sentimental después de que Deckard la eliminara?)–. Pero la mayor prueba de la grandeza de estos androides queda demostrada en el momento que antecede al extraordinario monólogo de Batty que todos conocemos, aquel en que el replicante salva en extremis a Deckard de una muerte segura cuando está suspendido en el aire a punto de caer de lo alto de un edificio. “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir” son las palabras que Batty le dedica a un asombrado Deckard antes de cerrar los ojos para siempre, aceptando el final de su corta pero intensa vida.

    Blade Runner

    Blade Runner, como ya dije anteriormente, fue una obra muy adelantada a su tiempo. Un tipo de ciencia ficción reflexiva e inteligente, que se apartaba del estilo más aventurero y liviano que por entonces estaba de moda, ejemplificado en la primera trilogía de Star Wars de George Lucas. Precisamente, Harrison Ford estaba en la cresta de la ola de la popularidad por dar vida a Han Solo en aquella saga galáctica y, en la cinta de Ridley Scott, tuvo una oportunidad de meterse en la piel de un personaje mucho más complejo y atormentado. Pese a que el actor no guarda un buen recuerdo del traumático rodaje de Blade Runner –fueron sonados sus encontronazos con el director y con su amor en la ficción, Sean Young–, lo cierto es que Rick Deckard es una de las mejores creaciones que ha ofrecido en toda su carrera. Sin embargo, las mejores escenas de la película las roba el magnífico Rutger Hauer con su inspirador personaje de Roy Batty. El neerlandés, actor fetiche de Paul Verhoeven en su primera etapa, logró el que es, sin lugar a dudas, el papel de su vida. Únicamente su monólogo ya le sirvió para formar parte de los mejores momentos que el cine de ciencia ficción ha dado jamás. Por su parte, las guapísimas SeanYoung y Daryl Hannah (una morena, rubia la otra) estuvieron perfectas en sus ambiguos roles de replicantes femeninos. La primera, transmitiendo ese conflicto interior al descubrir su naturaleza robótica y sus dificultades para entregarse al amor de Deckard. A Hannah, por su lado, le vino genial ese físico imponente de antigua modelo alta y delgada, capaz de aparentar ser una muñeca viviente en una de las escenas más impresionantes de la cinta, aquella en la que realiza una serie de volteretas mortales antes de intentar estrangular con sus muslos a Harrison Ford.

    Pese a que a día de hoy, muy pocas voces son las que ponen en duda que se trata de una de las cimas del género –en dura pugna con 2001: Una odisea del espacio (1968, Stanley Kubrick)–, Blade Runner tuvo que esperar diez años hasta que, en 1992, Scott entregase un “Montaje del director” que remendaba algunos de los aspectos más criticados en el momento de su estreno: su final “feliz” –buscado por los productores para hacer una mayor taquilla, ya que el producto final era demasiado oscuro y deprimente para el gran público–, la omnipresente voz en off de Deckard acompañando a las imágenes y, sobre todo, la ambigüedad en torno a la verdadera naturaleza del protagonista. En este nuevo montaje, los eternos debates acerca de que Deckard pudiera ser, sin saberlo, un replicante, quedan totalmente despejados. Que el agente Gaff deje en el apartamento de Deckard una figurita de papel con la apariencia de un unicornio, cuando el protagonista tiene continuas visiones en su cabeza de este animal mitológico, es la prueba evidente de que estamos ante unos recuerdos implantados en un cerebro que, efectivamente, era artificial. Sin duda, esta versión logró redondear del todo una, ya de por sí, maravillosa película. Ridley Scott puede estar orgulloso de este legado, ya que mantiene intacta, más de 30 años después de su estreno, su espectacular belleza visual. Aún hoy impresiona la fuerza de sus imágenes, sus deslumbrantes efectos especiales y una hábil utilización de maquetas para la creación de esa impresionante urbe que es Los Ángeles en el siglo XXI, tan lejano aún por aquel entonces.

    Blade Runner

    Ahora bien, si hay un elemento en Blade Runner sin el que el filme perdería, seguramente, muchos enteros, ese es el portentoso trabajo del músico griego Vangelis en la banda sonora. Ganador del Oscar el año anterior por Carros de fuego (1981, Hugh Hudson), el compositor creó una música tremendamente atmosférica –de cine negro, sobre todo– que casaba a la perfección con las seductoras imágenes del filme y por la que optó a un Globo de Oro. Jazz, música ambiental con motivos árabes u orientales, sintetizadores, cualquier medio al alcance de Vangelis podía servir para crear piezas tan melancólicas e inolvidables como Love Theme, Rachel´s Song o Tears in Rain, sin olvidar los célebres acordes que acompañan a los títulos de crédito finales. Blade Runner es una de esas raras (por escasas) experiencias audiovisuales en las que fondo y forma se dan la mano con maestría para dar como resultado una auténtica obra de arte que trasciende de lo estrictamente cinematográfico para crear escuela. Fue precursora del movimiento cyberpunk, en el cine de ciencia ficción distópica, en la que la alta tecnología actuaba en detrimento del nivel de vida. Del mismo modo que la fundamental Metrópolis (1927, Fritz Lang) sirvió de clara inspiración para el look futurista de la película de Scott, ésta sería un modelo a seguir por otros éxitos como El quinto elemento (1997, Luc Besson) o Matrix (1999, Andy y Lana Wachowski). Resulta curioso que Ridley Scott se encuentre en plena preparación de una secuela de esta obra maestra, teniendo en cuenta que alcanzar sus cotas de genialidad es prácticamente imposible y que, en el momento de su estreno, la original fue un fracaso de taquilla notable. 

    También la crítica le dio la espalda, apoyando unánimemente a otro título de ciencia ficción que también se convertiría en un hito de aquel 1982: E.T., el extraterrestre de Steven Spielberg. Aquella amable fantasía familiar –candidata a 9 Oscar de Hollywood y convertida en la cinta más taquillera de la Historia hasta ese momento– y la negra fábula de Scott –aspirante sólo a 2 Oscar técnicos: mejor dirección artística y efectos visuales– eran la cara y la cruz de un género que atravesaba su mejor momento, pero mientras todos los medios se deshicieron en elogios hacia el entrañable alienígena, Blade Runner fue objeto de una total indiferencia. Solamente fue reconocido en apartados menores, ganando el premio a la Mejor fotografía de la Asociación de Críticos de Los Ángeles y 3 BAFTA: Fotografía, vestuario y dirección artística. Afortunadamente, el tiempo, tan sabio él, ha sabido colocar al filme en el lugar que le corresponde como título de culto imprescindible. Pasarán 100 años más y esta joya permanecerá imperturbable, tan fascinante como el primer día, mientras que la música de Vangelis seguirá resonando en nuestros oídos cinéfilos, al mismo tiempo que acariciará los corazones de futuras generaciones que tengan el privilegio de oírla por primera vez.

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    Estados Unidos. 1982. Título original: Blade Runner. Director: Ridley Scott. Guión: David Webb Peoples, Hampton Fancher (Novela: Philip K. Dick). Productora: Warner Bros. Pictures. Presupuesto: 28.000.000 dólares. Recaudación: 32.868.943 dólares. Fotografía: Jordan Cronenweth. Música: Vangelis. Montaje: Marsha Nakashima, Terry Rawlings. Intérpretes: Harrison Ford, Rutger Hauer, Sean Young, Edward James Olmos, Daryl Hannah, Joanna Cassidy, Brion James, Joe Turkel, M. Emmet Walsh, William Sanderson, James Hong.

    Cartel de Blade Runner
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