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    Alabama Monroe o la religión posmoderna

    Alabama Monroe

         Alabama Monroe (The Broken Circle Breakdown, 2012) es un filme particular. En la primera hora de proyección asistimos, a lo que parece ser, el típico melodrama de manufactura europea que navega entre el cine de autor y la melifluidad trivial y superflua del cine americano. Flashbacks, flashforwards, pestañeos entre un pasado feliz y un terrible presente, corrompidos por el azar de la vida. La primera narración parece centrarse en el asunto de la pérdida de un ser querido a manos de una maldición incurable, en este caso, el cáncer. Desde los primeros minutos, una pareja que sentaba detrás de mí reía sin cesar; sinceramente nunca entendí el motivo de su divertimento, pero intuyo que la implementación excesiva y ridícula de recursos dramáticos hiperbólicos (desgastadas técnicas que ha explotado en demasía la industria americana) haya sido el factor desencadenante de una actitud tan poco congruente con el tono del argumento de la película. Cuando la pareja se levantó para, en seguida, ejecutar una maniobra de escape, sobria pero notoria, no los culpé del todo; no obstante, me parecía que, a pesar de la desafortunada narración de la historia, esta ingenua tentativa cinematográfica no merecía un castigo de este género. Pero bueno, se fueron y le contarán a sus amigos que Alabama Monroe es empalagosa hasta la risa. Mientras tanto, fiel a mi tradición de no salir del cine hasta que se escuche la habitual música que abre los créditos, me obstiné en quedarme a ver “otro” largometraje más y en al menos disfrutar de un momento de relajación.

    Didier, escéptico, agnóstico y ateo, aunque el adjetivo más pertinente sería pragmático, es un hombre que cree en lo que ve y ama lo que siente. Elise, la madre, no se muestra en desacuerdo con las ideas “materialistas" de Didier e incluso cuando éste explica a su hija, en clave metafórica, sus convicciones sobre lo divino, Elise no objeta jamás las ideas del padre. No obstante, en su expresión es legible la reticencia respecto a las firmes convicciones de Didier. La reserva de Elise parece erosionarse con la inminente desaparición de la hija. Lentamente, Elise ya no participa en los absolutos filosóficos de Didier y se inicia a gestar dentro de ella un leve resentimiento a causa de la incomprensión y el aparente desinterés de su esposo. Más tarde, en una escena esencial, Didier, ataca la posición conservadora de Bush en relación a la ética médica de ese país que, grosso modo, prohibía la experimentación y el utilizo de ciertas tecnologías para intentar curar enfermedades como el cáncer; sin que lo viera venir (pero podría afirmar que nadie lo vio venir) el filme, bruscamente, se convierte en una critica de la religión (?), una propaganda versus USA (?), una consciencia desilusionada de un país mitificado ( los Estados Unidos) (?) y un panfleto alegórico de una doctrina individual (?). Como espectador me sentí, por un lado, alegremente sorprendido, y, por otro, perplejo hasta el hastío; pero dejé que Alabama Monroe continuara su curso y permanecí sentado en mi asiento…

    Alabama Monroe

    El Anticristo 'bluegrass' de von Groeningen


    Así, el minutero avanzaba inexorable: saltos delirantes en el tiempo, pasado, presente y futuro, fallecimiento, nacimiento, juego, tristeza… Todo este cóctel de sensaciones y emociones aderezado con la influencia de la música de Bill Monroe, mito de la escena country estadounidense, fue un verdadero ultraje. Me sentí tomado por el pelo. ¿Era un filme “serio”?, ¿era una broma?, o, ¿era simplemente una nimia producción cinematográfica camuflada de producto de autor? ¿De qué trataba todo esto? No lo sabría hasta la escena final. Prosigo. A raíz de la actitud intransigente y severa de Didier respecto a la religión, se desata el conflicto que nos ocupará el resto del filme, otros cincuenta minutos; pero en realidad esta segunda parte es otra película diferente; a la hija se la cargó el payaso y ya todos en la sala se lo olvidaron: la tragedia inicial (el pretexto de la primera hora de cinta) no pasó a segundo plano, desapareció por completo. Una de las más grandes debilidades (o una de tantas) de Felix von Groeningen, el director, fue precisamente eso, el guión: entre la primera parte y la segunda no hay ningún nexo narrativo, no hay un elemento que justifique la comunión de ambos segmentos, sobre todo porque a efectos del punto de vista usado por von Groeningen las partes están temporalmente separadas. Y aquí es donde el buen Felix cometió la pifia que condenaría su alabado trabajo, o sea, el haber elegido un punto de vista equivocado para su narración. Yo creo que para enlazar el contenido, von Groeningen pensó que la respuesta eran los saltos en el tiempo, de esta manera, la historia romántica de la pareja podría haber funcionado como puente entre un suceso y el otro y, así, conferirle coherencia a la narración. Por desgracia, como sucede frecuentemente, lo que uno cree y lo que uno hace no terminan por poseer congruencia: la descomposición temporal del filme subraya -y no el contrario- la independencia de un segmento del otro. El director belga hizo dos películas: la primera es un derivado de la industria chabacana de Hollywood mientras que la segunda es una tentativa modesta pero digna por realizar una obra individual. La poca cohesión de sus piezas me hicieron imaginar que von Groeningen imaginó que el montaje final podía ser más efectivo.

    Queridos lectores, es como si El árbol de la vida, de Terrence Malick, concentrara, en la primera hora de metraje toda su atención en la cocina estadounidense y, sin una mínima complicidad por parte del espectador, en un instante inesperado, se desvelara la verdadera intención del autor: hablar sobre el universo, la naturaleza del hombre y el declino de la sociedad occidental: una prédica desorientadora incluso para el más perspicaz de los espectadores. De cualquier manera, regresando a la obra de von Groeningen, Alabama Monroe prosigue su cadencia descortés a través del tiempo de la narración; una pareja que lucha por permanecer junta, por no desmoronarse ante la ausencia de la hija, por revivir la felicidad pérdida. En síntesis, la historia, analizada desde un punto de vista demasiado vicioso, de una pareja inmersa en la tragedia de la existencia. Elise desilusionada, decepcionada, traicionada, por la fe en la no existencia de una realidad ulterior por parte de Didier, termina por convencerse de mudar de casa, cambiar su nombre (de Elise a Alabama) y cancelar el de Didier (borra el nombre que se había inscrito en la piel mediante un tatuaje), o sea, aniquila las esperanzas de una vida futura para ellos. A este punto, parece que el filme se queda a medias tintas entre la disertación profunda (sobre la religión) y el discurso exiguo del sentimentalismo de la fatalidad. Pero una vez más, Felix, nos asalta, nos toma desprevenidos, y Alabama Monroe se transforma en una parábola de la religión del porvenir, o, mejor dicho, de la religión posmoderna; “Weltanschauung" consecuente de la “desdivinización” del mundo (como diría Kundera). ¿Cómo lo hace? En dos escenas von Groeningen expone el verdadero jugo de su cinta. In primis, Didier en medio de un concierto (su pasión por el country era también su profesión), en un exabrupto convulso de rabia, verbaliza una diatriba contra la religión, contra la tecnología empleada para fines cuestionables (la guerra) y no para salvar la vida y, finalmente, contra la esencia de lo divino que, según Didier, es la creación del hombre miedoso que no reconoce la vida y su potencia, su potencia en cuanto vida. In secondis, el mismo Didier, en el momento que decide desconectar a Elise/Alabama de los aparatos que la mantenían viva (después de haber tentado suicidio consumiendo diversos barbitúricos), él y su banda se ponen a tocar; tocan una canción de despedida para su querida Elise.

    Éstas dos escenas son fundamentales para la comprensión de la alegación del filme: son los argumentos que proveen de sentido al discurso religioso que von Groeningen quiso instaurar con la primera invectiva de Didier contra Bush. Von Groeningen critica la religión, al criticarla hace de Didier un pragmático, pero no un pragmático pesimista (un positivista) o un pragmático agnóstico (un materialista): Didier es un pragmático del tercer milenio, su pensamiento es hijo del Anticristo de Nietzsche, Didier es un pro-vida. Un hombre que cree en "la voluntad de potencia", en el superhombre, en el hombre que es capaz de trascender el concepto de divinidad y que vive en virtud de la vida. James Hilman escribió, en su lucidísimo Essay on Pan, que una cultura del amor, es una cultura que cela el significado más amplio de la realidad humana, su realidad natural: un culto que cree en el amor (la doctrina de Jesús) censura las manifestaciones pánicas del hombre, su lado oscuro, las manifestaciones agresivas de la naturaleza. Por otro lado, y en el mismo sentido. Octavio Paz dijo que el cristianismo ha castigado al hombre obligándolo a anteponer la vida del más allá por la del presente; la realidad sancionada por la doble herencia cristiana de cielo y paraíso, es la realidad más inmediata, la única “realidad”: la vida terrestre; de este modo la vida se traduce en trabajo, sacrificio, expiación: distanciamiento de una vida verdadera. Entrambos intelectuales, al centro del pensamiento del siglo XX, son herederos de la crítica de la religión de Nietzsche. Es famoso el Anticristo como la obra en la que el filósofo alemán ataca el cristianismo sin piedad. En este libro capital del pensamiento moderno, se expone una tesis esencial: el cristianismo ha condenado la vida, la ha transformado en pecado, en culpa y en deseo de redención: transvaloración, vivir el aquí por el allá (punición del aquí y el hoy: la unica certeza que tenemos: la vida terrestre y nuestro estar-aquí).

    Alabama Monroe

    Viva la vida (presente)


    Didier con todas sus agresiones verbales contra la religión demuestra una actitud que nos es propia desde el alba de nuestra civilización: el escepticismo. Pero Didier no es un hombre de especulación, él es un cowboy, un hombre de tierra apegado a la realidad. Su escepticismo no es de natura filosófica, es una convicción natural, una consecuencia de su realidad y de su tiempo. Él, como Nietzsche, no cree en la religión porque adivina una influencia virulenta en su constitución: si creemos, adoramos y veneramos el "más allá" castigamos, por deducción lógica, la realidad presente (después de la muerte de Maybelle, su hija, Didier implora una y otra vez por recuperar la vida de antaño, por vivir de nuevo, por superar la pérdida en virtud de continuar lo único que es todavía palpable, tangible y real: la vida). La escena que concluye el filme (Didier y su banda cantando con alegría delante del cuerpo no viviente de Elise) no es una escena irónica, es la manifestación de una creencia profunda: la fe en la vida, en esta vida, nuestra única certeza. ¡Celebremos la vida!, ¡festejemos!, ¡no suframos o si lo hacemos que sea un himno de gloria: una celebración de la vida! Esta actitud se puede tachar de escapista o negacionista (refutación del dolor) pero la “verdad" de este sentimiento es más profunda. En una sociedad sin Jesús (personificada por Didier) no hay amor, en una sociedad sin amor no hay “sufrimiento” -dolor cristiano-, en una sociedad así, hay aflicción y congoja, sí, pero se celebra el único sentido de nuestra existencia: la vida. Esta es una “religión”, una creencia, una fe, un modo de vivir, más cerca de nuestra naturaleza primitiva que de nuestros sistemas religiosos, una postura espiritual que pone a Didier más cerca de Nietzsche, de Hilman, de Quinzio y de Paz que de los apóstoles y de los exegetas religiosos: una vía más armoniosa, más acorde a la naturaleza. Solo al final de Alabama Monroe uno entiende el comportamiento y las palabras de Didier. Y si bien, la trama no está urdida en un modo efectivo, y si bien los saltos temporales son innecesarios, cansados, injustificados, y si bien, la dirección de escena, el guión, el ritmo o el tono nos dejan adivinar que no es la obra madura de un artista, Felix von Groeningen, ha dicho una cosa de grandes vuelos: en la vida hay que vivir. No me parece extraño que en Italia el título de la obra de von Groeningen haya sido traducido, o interpretado, como "Alabama Monroe -una storia d’amore"; esta es una muestra más de la negligencia o la pereza de parte de la industria por entender, comprender realmente, lo que tienen entre las manos. El filme de von Groeningen no tiene nada que ver con el amor, ni con la tragedia, es una cinta que por su misma índole confuta el concepto de amor prevalente en Occidente: el amor cristiano.

    Matías García
    redacción Roma
    Feelmakers

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