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    Crítica | El viaje de tu vida

    Tracks, de John Curran

    A camel with no name

    crítica de El viaje de tu vida (Tracks, 2013) | dirigida por John Curran

    La diferencia entre una aventura y un viaje iniciático reside principalmente en la predisposición y voluntariedad de la acción en sí. De esta manera, se podría decir que la primera es fruto de la aparición de una suerte de causalidades que supediten ese rol de aventurero a un mero capricho del destino —ya sean fortuitas, marcadas por un momento y/o lugar equivocado, como el descrito por Eduardo Mendoza en su novela La verdad sobre el caso Savolta (1975); o ineludibles debido a una posición política complicada, como la mostrada por Michael Mann en El último mohicano (The Last of the Mohicans, 1992)—. También podría darse el caso de que una de estas arriesgadas e inesperadas empresas se convierta posteriormente —debido a un cambio en la personalidad del protagonista por la gran trascendencia de las experiencias vividas— en un viaje iniciático, como le ocurrió a Vladimir Arseniev en la cinta de Akira Kurosawa El cazador (Dersu Uzala, 1975). Ambos ejemplos carecerían, al menos inicialmente, de ese libre albedrío y firmeza que caracterizó la increíble hazaña que refleja Tracks, donde se cuenta de forma autobiográfica la verídica historia de Robyn Davidson quien, en 1977, emulando a Don Quijote (tanto por la incomprensión como por lo resolutivo de su carácter), salió junto a su fiel escudero (Diggity) y su rocín artiodáctilo (cuatro para ser exactos) con la firme intención de poner en práctica un oficio obsoleto; no el de la andante caballería como trató, sin suerte, de promover el de la triste figura, sino el del nomadismo.

    Hasta el desierto de Gibson se traslada la protagonista quien, movida por una desazonadora crisis existencial, se dispone a tomar conciencia de sí misma y de su relación con el entorno, atravesando 2700 kilómetros de la más absoluta aridez pero tratando de correr mejor suerte que el explorador que da nombre al páramo (Alfred Gibson). Ahí es cuando podemos descubrir la desesperación de una persona al enfrentarse a un mundo que ha perdido la vergüenza y el respeto por los valores y la privacidad. A solas frente a ese espectáculo natural, contemplando la belleza de ese minúsculo porcentaje de tierra que el hombre no ha destrozado todavía con sus avances arquitectónicos, empezando a conectar realmente con el más crudo y salvaje entorno mientras trata de huir de un escenario prefabricado que la asfixia, después de haber andado ocho meses sin descanso y sin un adarme de piel viva en las plantas de los pies. En ese instante, un ruido atronador rompe la magia, al tiempo que el monóxido de carbono del tubo de escape de un 4x4 se introduce por sus vías respiratorias. Del vehículo desciende un sonriente hombre impecablemente ataviado con una camisa de flores, unos pantalones kaki, una navaja suiza en el bolsillo izquierdo, un bote de “Relec” en el derecho, prismáticos al cuello, la réflex en la diestra y un bocadillo en la siniestra. Aún no ha tenido tiempo de reaccionar ante semejante estantigua cuando se da cuenta de que —con admirable destreza y deplorables maneras— el “dominguero” del desierto ha puesto a su mujer, su cuñado y sus tres hijas (réplicas exactas de Dora la exploradora) junto a ella, sus camellos y el entrañable Mr. Eddie (un sherpa aborigen) con la intención de hacer uso de su cámara. Roto el idílico escenario que la protagonista tenía en mente, sólo le quedará la recompensa personal de poner a prueba su autosuficiencia y su sentido de la supervivencia.

    Tracks, de John Curran

    John Curran sorprende con un cambio estilístico en el que deja de lado la verborrea literaria de sus anteriores guiones por un estilo narrativo mucho más visual, confiando en la independencia de las imágenes para representar esos sentimientos encontrados. Para ello el realizador se sirve de Mandy Walker, quien recurre —con cierta regularidad— a ese estilo tan característico de Terrence Malick que, en esta ocasión se muestra innecesario teniendo en cuenta la espectacularidad de los paisajes fotografiados, suficientemente poderosos por sí mismos como para necesitar de ningún tipo de aditivos o filtros de luz. Un recurso que tratando de ser visualmente impactante ya empieza a perder su efectividad, precisamente por la cantidad de imitadores (o admiradores) que le han salido. Curran también va introduciendo paulatinamente una serie de flashbacks a lo largo de todo el metraje que, pese a intentar reflejar el espíritu y origen de la naturaleza aventurera de la protagonista y su sufrimiento interno, bien parecen puestos a destiempo como medio de justificar esa técnica fotográfica tan agradecida como (en este caso) superflua.

    Tracks, de John Curran

    No obstante, hay que descubrirse ante la profundidad de una historia y de unos horizontes sobrecogedores muy bien capturados por un director que se ha sentido, desde el principio, atraído por el nexo de unión entre la aventurera y el fotógrafo de la revista National Geographic que la acompaña —en contra de la voluntad de ella—. Una relación mutualista muy típica en la filmografía del realizador, sensacionalmente interpretada por Mia Wasikowska y Adam Driver, establecida (en principio) por motivos meramente pragmáticos. Algo que para otros podría parecer secundario, Curran le da una importancia casi principal al tiempo que examina el choque temperamental entre la pareja. Las razones de patrocinio que fundamentan esta reciprocidad marcan la frialdad temperamental que la actriz demuestra en todo momento hacia las personas, manifestando de manera antagónica un cariño y apego incondicional hacia el resto de sus compañeros de viaje: su perro y sus camellos. Gracias a ellos podrá soportar esa nada absoluta (soledad exterior) tan asumida y planificada de antemano, aunque también, por su culpa, padecerá la más implacable melancolía y aflicción (soledad interior). Paradójicamente serán precisamente momentos de intimidad los que eche en falta Davidson, sobre todo en sus últimos días de trayecto, que parecieron más una huida de los focos de atención que la etapa final de un peregrinaje. Y es que ocho años antes de que Steve McCurry revolucionara el mundo del negativo con La niña afgana, Rick Smolan convirtió a La dama de los camellos en una de las figuras mediáticas más relevantes de los 70, —si no querías caldo, toma dos tazas—. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Australia. 2013. Título original: Tracks. Director: John Curran. Guión: Marion Nelson (Novela: Robyn Davidson). Productora: Coproducción Australia-Reino Unido; See-Saw Films. Fotografía: Mandy Walker. Música: Garth Stevenson. Montaje: Alexandre de Franceschi. Intérpretes: Mia Wasikowska, Adam Driver, Emma Booth, Rainer Bock, Jessica Tovey, Robert Coleby, Tim Rogers, Melanie Zanetti, John Flaus, Lily Pearl.

    Póster de Tracks
    El fulgor efímero

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