Introduce tu búsqueda

  • In sanguis veritas.
    The neon demon, de Nicolas Winding Refn.

    ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar a una ciudad?
    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
    La doncella, de Park Chan-wook.

    Especial Oscar Race 2017.

    Epicedio appassionato.
    Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan.

    Crítica | Todos están muertos

    Todos están muertos

    Breve manual para un costumbrismo arrebatado

    crítica de Todos están muertos | Beatriz Sanchís, 2014

    Un chalet luminoso, antiguo, tiempos mejores guardados bajo llave. El fantasma acude sin saber por qué; se aparece en el umbral de la puerta. Hola, soy yo. Lo pienso. No digo nada. Para qué. No te desmayes aún. Te brillan los ojos. Cocinas tartas por encargo, tartas de manzana con un aspecto inmejorable. Disculpa si no hago referencia a su sabor, ni al dulce humillo tras su no tan breve estancia en el horno. Yo estoy muerto y no tengo pies y soy tu hermano. ¿Me recuerdas? ¿Te acuerdas de qué morí? Tú ibas al volante con unas copas de más; yo dormía plácidamente en el asiento del copiloto. Yo ni me enteré. Mejor. Un chasquido y, voilà, al escondite-inglés-sin-mover-las-manos-ni-los-pies-ni-respirar. Game Over. Insert Coin, y mis huérfanos bolsillos que tiritan ante el horror de saberse insolventes. Así, un parpadeo perpetuo y la música by mi siempre fiel socio Casiotone. ¡Pii-pii-pii-pi! ¡Crash! Después, cristales sobre una alfombra de alquitrán. Las lunas del coche reflejando un satélite extremadamente níveo y con acné juvenil o mordiscos de viruela. Viaje sin retorno: no podrás (ni querrás) volver. O casi. Pues aquí estoy, en términos ectoplásmicos. Y no te culpo. Aquí estoy, aquí me materializo: más flaco que nunca. Y eso que las personas, dicen, sólo adelgazan veintiún gramos al morir. Y precisamente esa minucia, veintiún gramos intangibles, es lo que ves ahora. Soy tan leve que ni soy; o quizá un holograma en HD. Los muertos no guardamos rencor, es inútil, no sirve, hay tanto por hacer; allí arriba —¿o era Allí, con mayúscula, sin cartas de navegación ni GPS?— nos enseñan a no tener lo que se dice un "pensamiento mágico". No te desmayes aún. No me mires así; soy yo, así soy yo. Recién caído como un ángel del punk-rock: pantalón de cuero negro, camisa polícroma con estampado imposible y un corte de pelo a lo Magua, el cruel y sanguinario indio al que interpretaba Wes Studi en El último mohicano. Un rostro marcial, monolítico; piedra y carne, nariz arcana y sonrisa oblicua. ¿Sabías que Wes Studi siempre ha sido viejo? Como, quizá lo leyera en algún libro, paso a ampliar la enumeración, Walter Brennan o Burgess Meredith o Max von Sydow o Ian McKellen o Harry Dean Stanton o Maggie Smith o Martin Landau o Brenda Fricker, la intimidante y harapienta pero muy cariñosa pigeon lady o dama de las palomas de Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, y Óscar a mejor actriz secundaria por Mi pie izquierdo; añejos y lijosos cuando todavía se chupaban el dedo pulgar. Para ellos la pregunta "¿qué quieres ser de mayor?" carecía totalmente de sentido, de lógica, de fuerza visionaria. Ya eran mayores a sus diez años. Tengo memoria, ya ves, no olvido esos detalles. Por mí no pasa el tiempo.

    ¿Qué es un fantasma sino un recuerdo elástico? ¿Qué se pregunta Beatriz Sanchís cuando su protagonista, Lupe, le calza las botas de cowboy a su hermano recién aparecido ante ella tras la sacrílega petición de su madre, mexicana hasta las cachas, el mismo Día de los Muertos? O, más aún, ¿qué nos ofrece a nosotros al centrifugar una suerte de realismo mágico cuyo backstage amplía horizontes a partir de una historia que juega en el filo no ya de la navaja sino de una tan posible como temible sensiblería por (de)efecto? Lupe, otrora estrella del synthpop —vestigio y alma en penumbra de la Movida madrileña, se intuye— hoy recluida con su madre (Angélica Aragón) y un hijo pre-adolescente incapaz de enfrentar sus propios miedos, muestra claros signos de agorafobia y una depresión no ya imbatible sino más bien fruto de una cierta melancolía post-traumática, ya que se siente culpable por la temprana desaparición de su hermano, y ese crío que pulula a su alrededor con las hormonas a cien es lo más parecido a un grano en el trasero de la oreja; zombi políticamente prematuro en un capítulo de Cuéntame cómo pasó versión indie (no le faltan ni los jerseys demodé o, mejor dicho, vintage); o Cuéntame cómo sucediste, a años luz de un sónar in y con un nuevo y oportunista —y malote al tran-tran; un Kurt Cobain de Inditex, aun en 1996, conseguido aceptablemente por Patrick Criado, el riff seminal con piernas de líbero— amigo cada vez más pegajoso según transcurren los minutos. Apenas un fogonazo que, no sin espíritu alegórico, conduce luminosamente hacia aguas turbias. Aquí el muerto se limita a expresar incertidumbres; calla pero no otorga, y entre tanto claroscuro se convierte en un muerto reafirmándose como pretérito definitivo: ya da igual, ya pasó, ya sólo queda Lupe para echarse sobre sí toda duda existencial.

    Todos están muertos

    La ópera prima de Beatriz Sanchís, Todos están muertos, a ratos confunde el intimismo con el estupor de quienes, en el fondo, saben no hay que llorar a los muertos sino a los vivos que permanecen en el ahora, por ahora y vete tú a saber hasta cuándo. ¿Y por cuánto tiempo? Descuiden: apenas ochenta y ocho minutos en los que Elena Anaya (Lupe) se aparece como la mejor de las teclistas y, también, una de las actrices más ilusoriamente frágiles que ha proyectado el cine mundial. A costa, eso sí, del entretenimiento y la empatía hacia unos personajes vacíos; que actúan sin timón ni verosimilitud porque todo transcurre "rápido" cuando debería ser "lento", y viceversa. Le falta solidez al debut de esta valenciana cuyo láser se antoja muy superficial. Faltan asimismo tomas mejores, más creíbles. Tan es así que en algunos diálogos podrías fácilmente detectar (sí, lo sé, es absurdo y... sí, acabaré sin enumerar películas con ánimas antropomorfas bañadas en tripis) los signos de puntuación. Se adhieren, punto a favor, imágenes desgastadas extraídas de un vídeo casero cuyo parsimonioso e imparable discurrir recupera momentáneamente la juventud casi mágica; sintetizadores y elepés como morfina directa hacia las nubes, en el cénit del éxito siempre efímero y sus devastadoras consecuencias. | ★★ |

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    España, 2014, Todos están muertos. Guión y dirección: Beatriz Sanchís. Fotografía: Álvaro Gutiérrez. Música: Juan Manuel del Saso, Juan Pastor, Aaron Rux. Reparto: Elena Anaya, Macarena García, Angélica Aragón, Nahuel Pérez Biscayart, Patrick Criado, Christian Bernal. Productora: Avalon P.C. Presentación oficial: Málaga 2014.

    Todos están muertos póster
    Feelmakers

    3 comentarios:

    1. tío, haces que parezca que cada acción haya sido causada sólo para su consecuencia sobre el guión, y si así te lo ha parecido, es que no ha funcionado para ti, no? yo he tenido que volver a verlo para poder reflexionar pausadamente sobre los giros, los clímax, las sorpresas, la sangre...pero la primera vez fue sin poder cuestionarme nada, envuelto en el pacto hasta las uñas de los pieses:)
      un abrazo!

      ResponderEliminar
    2. Aunque es una precuela anacrónica no deja de ser una precuela y no pueden eliminar personajes que sabemos que tienen continuidad en historias posteriores. Por lo tanto sabemos que al menos Will Graham y Jack Crawford seguirán con vida.

      ResponderEliminar
    3. Luis Armando Hernandez Carmona26 de enero de 2015, 20:38

      Yo me guió con la leyenda "Basada en lo personajes ..." y es por eso que es una reinterpretación con todo esos guiños y demás tanto de los libros como de las películas fenomenal serie cumple con intrigar y entretener.

      ResponderEliminar

    "Sueñen. Vean cine."

    Críticas

    Classics

    • Retrospectiva de Jacques Becker

      Por José Luis Forte / «A golpe de escoplo y martillo un hombre perfora el suelo de hormigón de una celda. Cada impacto hace saltar esquirlas y polvo de cemento en una tarea que se nos antoja imposible. Hay poco tiempo, el ruido es infernal, los guardias de la prisión pueden pasar en cualquier momento y solo la casualidad de que haya obras en el edificio permite que los golpes no llamen la atención. Como un péndulo que marca los segundos con una perfección milimétrica, como gotas de agua que fueran cayendo de un grifo inagotable, la secuencia del trabajo se desarrolla maquinalmente, pero es un hombre quien incansable mantiene el hipnótico ritmo».
    • El cine de Hou Hsiao-Hsien, un espacio para habitar. Apuntes sobre The Assassin

      Por Miguel Muñoz Garnica. «Estamos en el sur de Taiwán, a principios de los años cincuenta. Un pueblecito rural de calles sin pavimentar y casas humildes donde las duchas con agua caliente se dan calentando un barreño de agua sobre una hoguera. Un grupo de niños, descalzos y vestidos de blanco, juega con peonzas en la plaza del pueblo».
    • Las 10 mejores películas de Akira Kurosawa

      Por José Luis Forte. «De nuevo el juego está en marcha, como diría nuestro adorado Sherlock Holmes: destacar las diez mejores obras de un director de cine. En esta ocasión es el gran Akira Kurosawa el elegido, quizá el autor japonés más popular y con más merecido prestigio de la lejana isla. Y otra vez nos encontramos con la habitual problemática: dejar fuera películas que deberían incluirse en la lista».

    Premios

    Festivales

    [12][Trailers][slider3top]