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    Recap | Juego de tronos (4x04)

    Juego de tronos | Game of Thrones (4x04)

    Determinación y cambios

    crítica de Oathkeeper (4x04) |Game of Thrones (Temporada 4)
    Este artículo contiene spoilers

    HBO | EE.UU., 2014. Director: Michele MacLaren. Creador: David Benioff y D. B. Weiss. Guión: Bryan Cogman. Fotografía: Robert McLachlan ASC, Música: Ramin Djawadi. Diseño de producción: Deborah Riley. Dirección artística: Paul Ghirardani. Intérpretes: Peter Dinklage, Nicolaj Coster-Waldau, Lena Heady, Emilia Clarke, Kit Harington, Aidan Gillen, Natalie Dormer, Sophie Turner, Isaac Hempstead Wright, John Bradley, Gwendoline Christie, Jerome Flynn, Ian Glen.

    El cuarto episodio de Juego de tronos comienza con una nueva conquista draconiana. Daenerys Targaryen culmina con éxito su estrategia y vence al enemigo desde sus propias entrañas. Un reducido grupo de inmaculados, vistiendo atuendos de esclavo y liderados por Gusano Gris, penetran en Meereen a través de sus cloacas para hacerle llegar a la clase esclavizada la opción prometida, para mostrarles y convencerles de la oportunidad. Se les entregan armas y se les muscula la determinación, desencadenando (nunca mejor dicho) la rebelión, el alzamiento. Ya con la ciudad bajo control, la Rompedora de cadenas no tendrá piedad de aquellos capaces de sacrificar niñas inocentes. Desoyendo el consejo de Ser Barristan, crucificará a los amos por los caminos internos de Meereen, de la misma forma que ellos hiciesen con los esclavos en la ruta de llegada a la ciudad. “Responderé a la injusticia con justicia.” Tras haber invertido la pirámide social, Daenerys sube a otra real, de arena y piedra, a la gran pirámide escalonada de Meereen. Desde lo más alto, contempla con orgullo su obra, el mismo orgullo con el que vuelve a ondear al viento el emblema de su Casa, un cuarto dragón policéfalo desplegado en el cielo a su espalda y que oculta la esfinge esclavista. Alas libres sobre alas de esclavitud; todo simbolismo. Y es que no se me ocurre mayor símbolo de libertad que un dragón en vuelo.

    Juego de tronos | Game of Thrones (4x04)

    Quizás esa mirada de Daenerys se estira mucho más allá del mundo a sus pies y persigue a aquellos que verdaderamente pretende postrar, perforando el horizonte en dirección a Poniente en busca de un trono lejano, por mucho que ella, ahí arriba, ya parezca subida en un olimpo y su propósito resulte, a estas alturas, desvirtuado por las victorias y las hazañas libertadoras ya logradas. Busquen o no busquen sus preciosos ojos la capital distante de los siete reinos, lo que es seguro es que nosotros, los espectadores, llegaremos antes que ella. En la secuencia inmediata viajamos hasta Desembarco del rey y nos reunimos con Jaime Lannister en esa especie de tatami de piedra donde practica y mejora la esgrima de su zurda, una localización secreta de la costa rocosa capitalina. El entorno paisajístico brinda una fotografía natural de gran factura, que llega a superar incluso las espectaculares imágenes de Meereen, en las cuales se conjugaban auténticos lienzos fotográficos con la infografía precisa, insertada con buena técnica para alcanzar la armonía visual. En este episodio, Ser Jaime no solo va a compartir escena con Bronn, quien le entrena en las artes perdidas de la espada y de la determinación a fuerza de mandobles, guantazos de oro y confidencias al borde del mar, sino que además lo hará posteriormente con Tyrion, con Cersei y con Brienne, acaparando protagonismo en encuentros y desencuentros, a medida que disipa dudas y concatena decisiones. Con Tyrion mantendrá una conversación sincera, que pone de manifiesto el fuerte vínculo existente entre ambos hermanos (casi siempre oculto por cuestión de máscaras, circunstancias y terceras personas en discordia). El Matarreyes llega al punto de ofrecerle ayuda, dentro de ciertos límites comprensibles hasta para el cautivo. En su encuentro con Cersei, Jaime escuchará órdenes y tratará de quitar el velo de dolor y rencor que ciega a su hermana. Ella no atiende a razones. Se encuentra herida y paranoica debido a las pérdidas recientes de su hijo y de poder (conociendo al personaje, afectada a partes iguales por ambos vacíos) y se revuelve a zarpazos leoninos ante todo y ante todos. Entre los dos viejos amantes, Cersei sigue levantando un muro tan alto y tan frío como aquel que cicatriza el norte del mapa, inmenso queloide de hielo para el aislamiento. A pesar de ello, el hijo mayor de Tywin Lannister parece obedecerla y envía a Brienne en busca de Sansa Stark, tras dotarla de una armadura, un inesperado escudero (Podrick), una espada de hoja valyria y, sobre todo, de aquello que le es más preciado, lo único que da sentido a su vida errante: un motivo honroso y leal que le permita cumplir voto ante alguien digno. El nombre con el que bautiza la espada no es casualidad: Guardajuramentos. Su modus vivendi en una sola palabra. Jaime conoce bien a la guerrera de Tarth y podría estar usándola, a priori, a capricho y beneficio de su amada hermana. Esto explicaría que por momentos vislumbremos la duda y el remordimiento en su rostro, la incomodidad y la vergüenza que trata de no vomitar apretando las mandíbulas cuando Brienne se muestra agradecida y servicial con él. El Jaime Lannister actual no se ve tan capaz de cometer semejante clase de actos, de traicionar a una de las pocas personas que confía en él sin reservas (quizás la única), y su mirada desnuda y endeble le delata. Tendremos que esperar para confirmar sus verdaderas intenciones y averiguar sus decisiones finales.

    Juego de tronos | Game of Thrones (4x04)

    Sansa Stark, objetivo de esa misión que emprenden Brienne y Podrick, navega hacia el Nido de águilas en compañía de Meñique. Durante la travesía, el perverso manipulador, ambicioso de pura raza, confiesa su papel en el asesinato de Joffrey, apunta un cómo y un porqué e insinúa la coautoría de su nueva aliada con una frase cargada de doble significado por contener el lema de una Casa: “Nada como un regalo considerado para hacer que una nueva amistad crezca fuerte”. Dicha expresión sirve de brillante transición entre secuencias conectadas argumentalmente (el montaje de la serie es otro aspecto loable), ya que la siguiente escena va a ser protagonizada por la Reina de las espinas y su nieta Margaery. En ella, Olenna Tyrell también admite con total normalidad estar detrás del regicidio, lo que no deja de sorprender, por varios motivos. Principalmente por acabar de forma tan clara y temprana con uno de los mayores misterios de la novela, intriga sostenida a lo largo de cientos de páginas, y en especial por hacerlo antes del juicio de Tyrion. Por otra parte, algo que sí nos resulta familiar es ver a la vieja Tyrell aleccionando a la joven, instruyéndola en armas y espoleando su determinación igual que hiciera Bronn con Jaime. ¿La diferencia? Las de ellas son armas de mujer y no son tan predecibles como una espada, no se ven venir por destellos de luz reflejados en el metal que se desenvaina. Sus armas se usarán hábilmente en estrategias femeninas para el dominio de un reino desde las sombras, empezando por aquellas que proyectan los pliegues de las sábanas en una cama tronal. En mitad de la noche, Margaery se cuela en la habitación de su futuro esposo y príncipe heredero, un jovencísimo e imberbe Tommen. Esmaltada por el naranja de unas velas, resalta por contraste en la nocturnidad de un dormitorio que exhibe una paleta de tonalidades fría, gama de azules roncos y azules lunares. Se trata de una luz que aporta calidez a una cercanía desacostumbrada, alumbrando una primera tentación; más que nunca, la iluminación y la fotografía nos hace pensar que el plano está pintado a mano. Tommen apenas se va a dar cuenta de lo que ocurre desde que esa llamarada le desvele de por vida. Permanecerá boquiabierto y ojiabierto mientras Margaery le ronronea, le sonríe y le propone secretos a espaldas de una madre protectora, primer paso de una escapatoria hacia la vida adulta. A diferencia del príncipe, nosotros somos conscientes del modo en que una mujer juega con el corazón de un muchacho como una gata con un ovillo de lana. No debe ser casualidad que Ser Pounce, el otro minino en la estancia, se suba a la cama y busque el roce con ella. Fantástica secuencia.

    El resto del capítulo lo pasamos en el norte. Jon Snow se encuentra cada vez más amenazado por la calaña dirigente en el Castillo Negro, con mayor o menor percato por su parte, y a los Janos Slynt, Ser Alliser Thorne y compañía ahora hay que añadir a Locke, quien se ha arrimado al bastardo Stark por una única y malintencionada razón. Jon Snow recluta un puñado de hombres (amigos y enemigos de incógnito) para viajar hasta el torreón de Craster y reducir a los amotinados. Allí, a unos cien kilómetros del muro, en medio de una nada blanca y helada, se ha instaurado una auténtica Gomorra, donde un líder criminal disfruta bebiendo vino directamente del cráneo roto de su vieja víctima, como un Hamlet mucho más allá de la locura. Brandon, Hodor, Jojen y Meera Reed acaban cayendo en sus manos y se convierten en rehenes.

    Juego de tronos | Game of Thrones (4x04)

    Este cuarto capítulo podemos resumirlo con dos palabras: determinación y cambios. Como he ido señalando, personajes como Gusano Gris, Bronn, Olenna Tyrell, incluso Jon o Cersei a su manera, van a insuflar determinación en otros personajes a lo largo de varias secuencias, de diversas formas y persiguiendo distintos fines. Pero si hay una palabra clave con la que etiquetar el episodio ésa es sin duda “cambios”. Porque no ha habido hasta la fecha ningún otro capítulo donde se inserten de golpe tantos cambios respecto a la obra original. Es más, me atrevo a decir que hay temporadas completas que no contienen tantas variaciones de peso como este último capítulo emitido. Cambios poco o muy significativos; realmente hay de todo. Solo por apuntar algunos: la situación de Bran, el nuevo rol de Podrick, la presencia de Locke en el Castillo negro, los encargados de penetrar subrepticiamente en Meereen, y, por encima de todos estos, el final del misterio en torno al asesinato de Joffrey y unos dioses de los caminantes blancos que transforman bebés de forma ritual en una especie de Stonehenge hecho con menhires de hielo. En cualquier caso, los responsables de la serie tienen muchísimo crédito, todo el beneficio de la duda y, lo que da más tranquilidad, el beneplácito de George R.R. Martin, autor de la saga. Esperaremos impacientes hasta comprobar cómo se encauza una historia marcada en estos instantes por la determinación de sus personajes y los cambios realizados por sus creadores. | ★★★ |

    Parábola Durden
    redacción Más allá del Muro

    Feelmakers

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