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    DocumentaMadrid 2014 (I) | Cicatrices en la tierra

    My name is Salt, de Farida Pacha (Suiza, India, 2013)
    My name is Salt, de Farida Pacha (Suiza, India, 2013)
    Gabor, de Sebastián Alfie (España, 2013)

    De nuevo, el cine como refugio anti-catástrofes. Instalada ya la primavera en esos días que se antojan luminosos, tú llegando apresuradamente a los sitios con la única y simple coartada de un reloj moribundo, allí sigue: el portón doble de una sala que se abre, claro, a todos los que aguardabais entrar en ella. Y si la película lo mereciese, no salir nunca. O coger carrerilla, aún a las cuatro de esa tarde que se torna muy estival, y no frenar hasta bien entrada la inexistente secuencia post-créditos. Lejos de toda euforia aunque más alegre que de costumbre, así se desplaza el espectador por la Cineteca, donde ya se disfrutan —desde el pasado 30 de abril, y hasta el 11 de mayo— los primeros títulos que componen la XI edición de DocumentaMadrid, un festival que alcanza la adolescencia con vigor de genio silencioso. Con mucho porvenir y, también, mucho trabajo por delante; huyendo de aspiraciones exclusivistas o que pudieran con el tiempo entorpecer su labor principal: consagrarse a la no-ficción; captar a productores y a directores, e incluso a los protagonistas más o menos olvidados que pueblan sus pantallas. Un espejo a las 71 historias que ya han sido y serán, allí, en las salas Azcona y Borau. En Plató, y en el Cine Doré: una suerte de templo o dimensión desconocida no sólo para el gran desconocedor del cine sino también para el traumado con ínfulas transgresoras; donde se reúnen espectadores de tipología diversa y cazadores de títulos permanentemente descatalogados. Así, nunca nadie ha muerto por morir en sus butacas. Porque la ergonomía es otra metáfora a la inversa del viaje, que ahí está y ahí te retuerce el espinazo sin siquiera pedir perdón. Tanto da, supongo, si la excusa hoy es inmejorable: no-ficción o realidad a través del objetivo más afín a esta última. Y de nuevo, otra vez, la butaca y el proyector y el fogonazo primigenio.

    My name is Salt, de Farida Pacha (Suiza, India, 2013)

    A cierta hora del año 2005, Farida Pacha leyó en una revista un artículo sobre las escuelas que se erigen en aquel desierto indio cíclicamente transformado en mar. Una marisma que aparece y desaparece como quien enciende y apaga la luz: con un interruptor ubicado en la bragueta del mismo cielo que ahora surca, sí, ese llamémoslo avión comercial u ovni sin GPS ni comandante (porque desde aquí, tan abajo, el arriba es otro mundo muy superior capaz de transmitir chistes a gran velocidad, a una velocidad que ríete tú de fibras ópticas o routers Wi-Fi sin botón on/off). El Rann de Kutch, señalaba el artículo, allí donde los niños aprenden mientras sus padres y sus madres y sus hermanos mayores rescatan el agua del subsuelo con la intención de conseguir sal. Kilos y kilos de sal cristalina, tras —uno-dos-tres... suma y sigue hasta— ocho meses de arduo e ininterrumpido sinvivir (o un vivir a medias, sin presiones) en una tierra cuyas cicatrices no sólo filtrarán las mismas lluvias que trae consigo el monzón sino que esconderán también la maquinaria con que esos hombres y mujeres trabajarán sin descanso, desde el amanecer hasta la puesta de sol, a cambio de unas pocas rupias. Así, con una cámara Sony y un productor que hacía las veces de iluminador y operador, la directora Farida Pacha se dispuso a rodar la tranquila epopeya de una familia —entre las 40.000 que se reúnen allí— a las órdenes de un "mercader" que tan sólo comparece vía telefónica aun sin oírlo hablar en ninguna conversación. Y bueno, y qué. La cámara (estática) se mueve por la finca y las acequias, naufragando sin temblor en los límites de piscinas con dos palmos de agua, agua que será canalizada, la bomba drenando la excavación, hacia una segunda piscina, y así en un ciclo que comprende horas que comprenden días que suman semanas que hacen un total de, ya lo dije y no lo repetiré, equis escenas que fluyen sin prisa pero sin pausa. Gracias a un montaje basado en una regla visual de primer orden: planos generales que —sucesivamente— varían hasta convertirse en planos expresivos, o sea un muestrario de la naturaleza como individuo sin contexto.

    Farida Pacha describe lo general y, luego, expresa lo particular. Y viceversa. Definitivamente, ser niño en el desierto te invita a ser menos infantil. Es cruel, árido. No es broma. Y mientras tanto, el jefe ordena tranquilamente a los suyos, y los pies de todos ellos amasan el lodazal. Suena el líquido estrujándose en la cavidad de lo no tan sólido. La onomatopeya sería algo como "chop-flop". Algo, en fin, asquerosamente placentero. Que nos devuelve a la tierra y nos hace sentir menos inútiles, tan útiles como un mal terrón salobre; o quizá tan sólo más humanos. Nada ni nadie ajeno a esa producción interviene para hacer preguntas o aproximarnos con sentimentalismo a esa familia en el Thar. Seis personas que se despiertan, azada en mano; y se duermen con su música al caer la noche. Su título, My name is Salt, es perfecto. Es lo que hay, no hay nada más. La cristalización de una realidad apenas modificada. O, si se prefiere, gran cine no recomendado para hipertensos.

    Gabor, de Sebastián Alfie (España, 2013)

    El invidente 'iluminado'


    Otra vez, el cine como dimensión sin cobijo. Una suerte de novocaína para dolores locales. De nuevo, llegado este punto, conviene aderezar y acelerar la crónica. En serio: no es broma. Aunque como tal se aparece ante nosotros. Él: Gabor Bene. Un director de fotografía que, imaginando colores y ubicando sombras en el espacio, perdió la visión y sumó la ceguera. Un glaucoma directo: visto y no visto. Así fue. Se le apagaron las luces, fundido a negro sin vuelta atrás, paradójica e injusta y no poéticamente. Hoy, tras un decenio a oscuras, Gabor —hombre y nombre que bautiza al filme— muestra una sensibilidad a prueba de bombas; un sentido del humor que conecta grácilmente con sus interlocutores: colegas cineastas, aimaras en tratamiento, cirujanos, e incluso un foquista también nativo. Y, por supuesto, el realizador de un cortometraje —Sebastián Alfie— para la fundación privada Ojos del Mundo. El autor que viajará a Bolivia junto al más inusual fotógrafo y un ayudante cuya visión espacial (o así lo entrevemos, así lo quiere Sebastián Alfie) ni siquiera despunta por encima de la del invidente al sol. Tampoco es broma. "Se puede iluminar sin ver", opina Gabor tras solventar una difícil secuencia de interior en penumbra. Cuestión de (in)genio, supongo. Aun así, este documental-homenaje-dedicatoria-reconocimiento sucumbe por momentos a cierta complicidad envasada en el altiplano boliviano. Con un montaje de sonido —¡el volumen de la música es superior al de la voz en off!*— más bien lamentable. Por no mencionar (o sí), ya en el corto que da pie a este documental metacinematográfico, el fallo de raccord por excelencia: cuando la anciana y su joven nieta se dirigen campo a través al hospital, ambos "personajes" caminan de derecha a izquierda. Y a su retorno a casa toman igual dirección. Ida: hacia la izquierda. Regreso: ídem. ¿No hay vuelta atrás, entonces? Difícilmente, me malicio, pues mirar no equivale a ver. Para muestra, un ciego que pinta con luz.

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    * N.dl.r: Visionado por segunda vez —a través de Filmin— el documental de Sebastián Alfie, me veo en la obligación de añadir que la problemática de la mezcla de sonido a la que hago referencia en mi crónica estriba única y exclusivamente en la técnica de la sala Azcona. No es un defecto de la película.

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