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    crítica de 10.000 km | Carlos Marques-Marcet, 2014

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    Solidez estética


    «Nunca nadie le ha puesto estrellitas al amor. Nunca nadie... ¿En serio?». — Anónimo

    Voy. Empiezo. Uno-dos, uno-dos, uno-dos. Heyy, sí; heyy, sí. Repito, subo el fader: ¡voy! ¿Me leen bien los goonies, y los trols, y la pareja acaramelada de la antepenúltima fila? Empiezo así: sin agobios pero sin pausa. Recién nacido un día más, contando los minutos para la extinción de esta y todas las críticas cinematográficas que alguna vez fueron sprints interminables, insolubles, fastuosos, cuculiformes; (dis)tensión muscular y psicológica en slow motion, y no simples postas en la carrera del llamado social media marketing. Y justo ahí —plano máster, perfil en horizontal— me dejo caer, la dejo a ella sobre mí, deshecho yo hasta el clímax. No en primera sino en tercera persona del singular. Él y ella, el uno a breves e intermitentes risotadas y la otra inventando nuevos modelos de ergonomía sexual y sentimental para un mundo que ya no importa o tal vez simboliza, como dice la canción de María Teresa Vera Veinte años, a ese pasado que no se debe recordar. Recién hechos los dos, en la cresta de la ola, todo inmovilismo y movimiento y fricción, y ay-ahí-así-no-jo-ja-que-me-que-me. Alcance con escuchar un diálogo, el primer diálogo, para alcanzar un éxtasis mañanero. Mientras la chica articula (tal vez por determinación artística, o por mala captura del sonido) un fuck me casi inaudible, una especie de gemido pre-orgásmico que resta tensión al día por venir, cualquier lunes o miércoles con doce horas por robarle al reloj. Ya entonces nos olemos la tostada y, también, nos la comemos con mantequilla y confitura de frambuesa porque la de melocotón sólo es recomendable para esos desayunos específicamente raros y enrarecidos: pura transgresión que nos retrotrae —una vez más, ya van ciento y la mami— al Tropiezo; aquel tropiezo que supuso varios centenares de preguntas sin contestación, y la subsiguiente terapia que jamás supo al color que debía saber. Y sigo, aún es pronto. La cámara apenas se mueve, y no importa que así sea. Al fin y al cabo están viviendo su privacidad interrumpida y nosotros, voyeurs invitados a mirar a través del objetivo, hacemos eso y mucho más: observar con el rigor morboso del que anhela la catarsis definitiva y la ranura transformada en abismo sin fin ni reset. Y los novios son felices, y él estudia para unas oposiciones ("opos, tú") y ella (british radicada en Barcelona) da clases de inglés aunque en realidad quiere con toda su alma dedicarse a lo suyo, que es la fotografía. Así pues, tras el polvo toca desempolvar el quid de esta película sobre el amor no ya "a distancia" sino más bien distante, con la barrera de una pantalla LCD transmitiendo un frío virtual en tanto que los dos altavoces del portátil modulan un paisaje íntimo que, poro a poro, erosiona a los protagonistas de 10.000 km.

    10.000km

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    Cochambre emocional y discursiva


    «Tienes mala cara. ¿Estás enfermo?' No, respondió el acusado. Es mi cara de siempre, pero en calidad VGA». — Anónimo

    Tras recibir y aceptar —con el amargo beneplácito del novio, conste en acta— una beca para un proyecto fotográfico en Los Ángeles, la chica se despide e inicia así su aventura en un tranquilo barrio cuyas líneas fugarán hacia carreteras secundarias a través de fotografías que toma durante sus excursiones junto a dos o tres amigos. Una vida sin nervio, encapsulada en un cuerpo que vigila impotente desde Barcelona. Pasan los días (aquí, en tiempo fílmico, secuencias sin elipsis) y mi aburrimiento se instala a mi lado y yo le saludo; en parte gracias a una cierta "expectación autoinducida", pero sobre todo, en respuesta al estático huracán emocional vía Skype. La herramienta con que subvertir gestos aparentemente insignificantes: un silencio, una carcajada, una sonrisa por imitación, una lágrima mordiendo y serpenteando esa curva que define la concavidad sobre el pómulo; también un pisotón de pies a una distancia mísera y luego de un CPCD (Curso Preventivo de Cocina para Dummies). Previo a la sugerente escena en que el opositor a no-sé-qué recoge —después de coger— un preservativo junto a la cama, mientras oímos cómo alguien —¿es un pájaro?, ¿es un avión, ¿es la versión ectoplásmica de Joan Holloway lavándose su pelirroja melena?— se ducha fuera de campo. Ahí surge o se reafirma el sofocante minimalismo del autor que poco y nada tiene que contar, pues a la media hora ya se nos ha dicho lo que hay y lo que será: cazar humo a balazos desde un sofá made in Sweden. Bienvenido a la República Independiente Del Nuevo Cine Independiente De Tu Casa. Mumblecore para los que realizan cine como la vida y viven el cine como una realidad anticinematográfica. El más timorato desarrollo en una historia que prometía grandes emociones y se consagra a una parálisis tanto física como psicológica. Se topa con un muro el guion, y no hay quien lo derribe.

    Todo es aquí digno, sí, eso nadie podrá negárselo a Carlos Marques-Marcet, cineasta barcelonés que partió a las Américas hace ya algún tiempo. Y aun así, su empeño por resultar siempre tan sensible y tan verosímil, unido a cierta redundancia retórica y algunos tópicos levemente sexistas, acaban dañando el conjunto. Un filme, en fin, que languidece por su tono monocorde y, paradójicamente, átono. Sin interés más allá de una traducción naturalista de las inseguridades que detonan entre dos tierras, a dos mil leguas sin Nautilus ni monstruos fabulosos, ventanas de Windows mediante y al borde de la incomunicación aun conectados a tiempo parcial. El anticine (tengo la nevera vacía y tú, espectador ocioso, te sentirás identificado conmigo por ser un ser mediocre y normal que apenas si interesa a nadie) cuyo público más o menos incauto bien podría cerrar los ojos y transportarse muy lejos, tan lejos como el infinito, a un lugar que escapa a la imaginación y ya en el punto donde esta película, obviamente expansiva en todo su vacío, es otra película más inteligente y conmovedora. Sin adobo ni sintaxis anquilosada ni cantos de sirena (la certidumbre de que es una historia común y reconocible para todos aquellos que han sufrido el amor a distancia) ni modernos recursos visuales (nótese la omnipresente interfaz gráfica de Google Maps, los pases de "diapositivas" que —a golpe de clic— sólo provocan tedio, y la aparición de mi siempre inflexible pero reflexivo annoying devil: "¿Qué pretende? Sí, no sé a qué juega esta mujer en plan Robert Adams a todo color y sin calibrar y sin nada en el frigo aparte de una crema de verduras en un lógicamente hermético tuperware. ¿Y qué me dices de su novio políticamente correcto, con ínfulas de hombre ejemplar, con sus "opos" y su trabajo en no-sé-dónde? Sí, eh, seguro que le han echado y ni siquiera se atreve a contárselo a, tragedia, su ahora feliz novia. Porque es un hombre con terror patológico al abandono. Sí, es un fraude, ¿o no? Afirmativo: un impostor de proporciones episcopales; un oligofrénico prematuro y... Bueno, para el carro, Freud. A decir mentira, a mí casi me engañan. Sí, eso es verdad. A mí también. Les concedo ese mérito. P.D: Y el de su potente inicio) que se repiten hasta la saciedad.

    10.000 km

    Como sedimentar... Te juro... río abajo... que es la... cual cálido canto... primera vez... transparente o, más prosaico y menos cursi, vuelta-y-vuelta y que sangre, filosofía con nombre y apellidos (Nuevo Cine Español, ¿okay?) a pie de contribuyente que... ¿dónde estás?... no gusta de ir al cine a revisitar un futuro en barbecho, para caer al fin en el abismo... ¿por qué no respondes a mis emails?... por confundir las churras con Las Meninas de Velázquez. Y a continuación, bostezar pidiendo la hora. Y, sí, ya me voy; ya concluyo. Demasiado pronto, demasiado tarde... Let's Get It On. Y yo ya. Natalia Tena (Ella, Alex) y David Verdaguer (Él, Sergi) han rendido a un gran nivel. Así y todo, ya es hora de que alguien rinda cuentas por el hype festivalero. Los premios dicen o desdicen, y suelen (a)callar muchas carencias. Tristemente, el Festival de Málaga da coba a medianías de escaso recorrido. | ★★ |

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    España, 2014, 10.000 km. Director: Carlos Marques-Marcet. Guión: Carlos Marques-Marcet, Clara Roquet. Fotografía: Dagmar Weaver-Madsen. Reparto: Natalia Tena, David Verdaguer. Productora: Lastor Media / La Panda.

    10.000 km póster
    El fulgor efímero

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