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    Paterson, de Jim Jarmusch.

    El castigo de Hedoné.
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    Epicedio appassionato.
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    Panóptico | Roma, entre LA GRAN BELLEZA y el anillo de la autopista sin esperanza

    La grande bellezza, de Paolo Sorrentino

    Decadencia y verdad en Roma

    La gran belleza y Sacro GRA. Roma, dos miradas

    Si se pudiera realizar un paralelo entre el periplo de una ciudad –nacimiento, auge y caída– y un hombre, la ciudad sería Roma y el hombre sería Brando. Sería necio hacer un parangón cualitativo entre las dos entidades. Brando es un hombre, Roma una historia. El símil se encuentra en lo que se podría llamar la curva de la vida; una ruta, un sendero, un destino. La figura de Brando, más cerca del mito que de la realidad, se mantiene como el astro que ilumina poco más de un siglo de actuación cinematográfica. Su decadencia fue tan ruidosa como su ascenso; el hombre que fundó una escuela y que influyó sobre las generaciones sucesivas se desmoronó y de él quedaron los vestigios de un gran actor. Sus últimos años vivió de la gloria del pasado (tres o cuatro interpretaciones que permanecen aún hoy como algunas de las más grandes expresiones artísticas de su campo). Lo mismo se podría decir de Roma, cuna de una civilización que determinó el camino de Occidente; su fundación, un mito, su presente, la manifestación de un profundo decaimiento. Como dos astros luminosos que pierden su brillo en el crepúsculo de su vida, Roma y Brando se agazaparon al último fulgor de su llama, itinerario análogo; fundación, gloria y memoria, triángulo de la inmortalidad.

    La dolce vita –una de las obras más influyentes de uno de los artistas más importantes del siglo veinte italiano– es la crítica emblemática de una sociedad, moralmente, corrupta. Esta tradición de denuncia ha persistido, por todo el mundo, con resultados desiguales. Desde La Règle du jeu hasta Post Tenebras Lux, el cine ha expresado desde diferentes puntos de vista y con mentalidades diversas el malestar producido por el mundo burgués; revolución burguesa: red de apariencias, espejos abismales. La reflexión sobre este ambiente dominado por la banalidad y las pasiones más morbosas del ser humano no ha escapado a ojos atentos como los de Buñuel o Antonioni. Ahora le ha tocado el turno a Sorrentino, realizador de una de las obras más celebradas de este año: La grande bellezza. La crítica se ha empeñado en ensalzar un filme más bien mediano. Por una parte, es inevitable reconocer las cualidades de la película de Sorrentino –la más importante: examinar una realidad que más que nunca, hoy, debe ser advertida–. Pero el filme del realizador napolitano presenta muchas debilidades de orden argumental y estético. Sorrentino no es un cineasta creativo ni original. Si Il Divo presagió un inicio incierto, This must be the place lo continúa y La grande bellezza lo confirma. El director napolitano se mueve en una zona pantanosa porque, sospecho, no sabe bien lo que quiere decir ni como decirlo; su cine es un cine de denuncia y nada más; su estética es de un experimentalismo académico. La grande bellezza es un homenaje a Fellini, sí; pero el filme no trasciende su condición de tributo, es la sombra de su maestro. Las coincidencias, de orden argumental y circunstancial, entre La Dolce vita y La grande bellezza, hacen de la cinta de Sorrentino, más que un homenaje, un pastiche. En sentido contrario al autor de moda se encuentra la última obra de Gianfranco Rossi: Sacro Gra. Testimonio de una realidad languidecida por su circunstancia histórica, Sacro Gra es, como La grande bellezza, una denuncia pero una con voz propia. Canto desesperado, grito de desamparo, colapso de una sociedad, en donde el poeta calla para deja hablar a la realidad; imagen de un pueblo en ruinas, reflejo de la miseria espiritual, hundimiento y ocaso de una civilización.

    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi
    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi, 2013
    Mucho se ha hablado de la violencia explícita de Reygadas, de Escalante o de la perversión sexual de los personajes de Rowe en Año bisiesto. Estos cineastas exponen el paisaje y el pueblo mexicanos sin censura ni pudor, retrato desencarnado y honesto de una sociedad y un mundo. La violencia y la perversión manifiestas son escandalizantes, mas no podemos cegarnos, Sacro Gra es una mirada deprimente de un mundo igualmente violento y perverso. Sacro Gra o el voyeur de la depravación, el retrato de los morbos sutiles, camuflados pero existentes y virulentos. El estigma de la nueva ola de cineastas mexicanos es la expresión estética, sin escrúpulos, de su discurso, la introducción de elementos transgresivos y, en ciertos momentos, exagerados de la violenta y árida realidad mexicana está sujeta, por su naturaleza misma, a una interpretación incompleta o reducida del valor de estas películas. Para hacer un juicio válido y completo de la obra de estos cineastas, el primer paso es eliminar ciertos prejuicios perniciosos. Ahora bien, de manera análoga a Batalla en el cielo, en La grande bellezza el conflicto interior –inherente a la existencia de los individuos en cuanto inherente a la sociedad– de los personajes encarna en una sociedad corrupta –movida por la ambición y, en el caso del italiano, el pervertido deseo de belleza–, reflejo de una enfermedad intestino. La diferencia de entrambos filmes reposa en un matiz de orden estético: la realidad mexicana y sus personajes son hiperbólicos y crudos porque la realidad de México es ésa; por otro lado, la pincelada que le concede Sorrentino a su ciudad, es una realidad edulcorada, habitación de personajes estrambóticos; más que personajes, parodias, esperpentización de un mundo, ya de por sí, grotesco. Bruma kitsch que ahoga la atmósfera de la obra. Sorrentino muestra y denuncia a la sociedad burguesa –su vicio, su conflicto y su mito– pero primero la mitifica y así la engrandece, le confiere una nota nostálgica y, casi, idílico-onírica a la realidad para después cimbrarla con el colapso pasivo de su mundo. Sorrentino, retoma la tragedia clásica –la caída de un hombre ilustre– para enfatizar el desmoronamiento de una sociedad con valores obsoletos; a despecho de sus buenas intenciones, su tentativa se pierde, se extravía, en un dominio que no es el suyo y la obra acaba como parodia más que como muestra genuina y crítica de la realidad.

    La gran belleza, de Paolo Sorrentino
    La gran belleza (La grande bellezza), de Paolo Sorrentino, 2013
    Rossi, en cambio, muestra, o, mejor dicho, exhibe la degeneración, las fragilidades y los vicios de la sociedad romana de una manera más sincera, más profunda y, sobre todo, más genuina que la del director de Nápoles. Rossi retoma un tema viejo y manoseado –el de la crítica de la sociedad– y lo trasciende, va más allá; muestra algo que a sus predecesores había escapado: la decadencia no es burguesa, nos compete a todos. En ningún momento el filme toca o, siquiera, se asoma a la realidad de los burgueses; sobre ese tema, a estas alturas, aburrido, no hay nada más que decir y Rossi lo sabe. La obra de Rossi presenta cuatro historias que son metáforas en medio de una marea de gente que habita en Roma y su periferia. El biólogo, el pescador, el propietario de una mansión, el conductor de ambulancia, el padre que parlotea mientras su hija está con el ordenador: hombres y realidades erosionadas por una moral corrompida. El dueño de la mansión, heredero histórico de los antiguos terratenientes, hombre cuya riqueza se basa en prestigios, ornamentación y posesión, es un hombre en su ocaso, o mejor, un hombre ocaso; el itinerario que llevó a éste hombre a la decadencia no lo conocemos pero sabemos que vive en un mundo engañado por el brillo del pasado, la gloria de la aristocracia, el honor del apellido. Constreñido a rentar su propiedad a personas tan varias y remotas como productores de fotonovelas –la encarnación de la decadencia del entretenimiento– su estatus se halla en otro tiempo, es un vestigio, abyección del principio que impulsa su vida. Este episodio –el filme está estructurado como una composición de varios episodios sin relación alguna entre ellos vinculados únicamente por la imagen decadente que exhiben– que pudiera llamarse llamarse la obsoleta Historia, eleva a ésta con enormes mayúsculas. El segundo episodio, protagonizado por un padre anciano y una hija de mediana edad, es una radiografía profunda y corrosiva de nuestra realidad. Un abismo de soledades, de desencuentro. Un departamento pequeño, padre e hija comparten sus tardes en el mismo espacio, presencias que no se ven, están (ausentes). La hija, mujer moderna, pasa la mayor parte de su tiempo navegando en facebook: no escucha ni oye a su padre, lo ignora; el padre, defensor de otro tiempo y otras ideas, conversa y añora, espera que su hija encuentre un hombre, una vida, o, como se dice, que siente cabeza. Las tardes las pasan juntos sin pasarlas de veras...

    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi
    Sacro GRA, de Gianfranco Rosi, 2013
    El pescador: hombre apegado a la tradición, a la vida del trabajo, a la propia producción; escéptico del mundo moderno, creyente en valores ausentes. Mientras el anciano pescador no entiende la época actual el conductor de ambulancia se consuela con ella; la comunicación vía internet se convierte en la única forma de estar en contacto con su familia; al lado de él, una mesa, su familia en la computadora. El deterioro de la moral en el ámbito sexual no escapa a la mirada de Rossi. Prostitutas, actores y actrices, también ellos se prostituyen; pero el terrateniente y los hombres que pasan las noches en un bar mirando el espectáculo de las strippers, ¿no se venden de alguna manera? ¿prestigio y honor? En todo caso, asuntos de la moral, depravación. El mensaje de Rossi no se modifica, la prostitución, hoy, no es un asunto exclusivo de las mujeres de la noche, al igual que la decadencia social, es un fenómeno que nos incluye a todos. Entre estos personajes, el biólogo, es, tal vez, el único, que logra hacer una actividad gratificante que lo apasiona; pero la pasión y la vocación son las quimeras de nuestro sistema, por tanto, así mismo su realidad es un laberinto sin salida. Soledad y omisión. Rossi nos ha entregado una Roma quemada por su propio brillo, decadente y, al igual que Occidente, en crisis. A diferencia de Sorrentino, Rossi es más lúcido: reitera una temática, importantísima para nuestra época, y nos desvela algo más. Roma –su hoy y su ayer (y por ende: su pasado)– es un páramo de fantasmas, históricos y modernos, o, en tanto que históricos (vestigios de una época), modernos. El brillo del anillo de Sacro Gra y el resplandor del apartamento de Jep Gambardella oscurecen con la noche de su sueño…

    Matías García Muñoz
    redacción Roma (Italia)

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