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    Crítica | The Raid 2: Berandal (Redada asesina 2)

    The Raid 2: Berandal

    Expresionismo sangriento

    crítica de Redada asesina 2 (The Raid 2: Berandal) | de Gareth Evans, 2014

    La desaparición del supuesto eslabón perdido del proceso evolutivo humano —cuya ausencia es precisamente la base del creacionismo—, cada vez parece más probable que no se deba a una desafortunada y fortuita falta de evidencias científicas, sino a un esfuerzo deliberado (puede que llevado a cabo por el primer creacionista) de eliminar cualquier rastro de aquel ser (supuestamente) pacífico que constituiría el irrefutable inicio de la evolución del simio hacia la criatura racional. Así pues, deshabilitada la vía del diálogo, los golpes seguían siendo la única manera conocida de resolver los conflictos, por lo que, sin otra cosa que perfeccionar, los grandes militares y estudiosos de todos los tiempos, se han dedicado a la excelencia de las artes marciales. The Raid 2: Berandal muestra precisamente ese desarrollo —del que los asiáticos han sido líderes indiscutibles— que amalgama inteligentemente las técnicas más vanguardistas del pencak silat (disciplina indonesia) y los preceptos de los mayores estrategas, como Sun Tzu (El arte de la guerra) o Yamamoto Tsunetomo (Hagakure, que sirvió posteriormente de pilar para la formulación del Bushido y sus siete virtudes).

    La escena inicial de esta segunda entrega de la trilogía creada por Gareth Evans es un claro ejemplo de cómo usar la cabeza —y su contenido— durante un combate. Esa breve pausa reflexiva que los grandes guerreros utilizan para mimetizarse con el ambiente y les ayuda a encontrar cualquier elemento que pudiera favorecerles, haciendo del propio entorno su aliado; y así, al igual que los 300 espartanos usaron el estrecho paso de las Termópilas para inutilizar la superioridad numérica del imperio de Jerjes, Rama se atrinchera en un retrete donde aprovechar las limitaciones espaciales en beneficio de sus asombrosas habilidades defensivas. Evans homenajea a algunos de los más notables realizadores orientales de todos los tiempos, a la par que mezcla ciertos clichés clásicos de cada país: El humor negro y la tosquedad japoneses, con los que Kitano popularizó el cine nipón en los 90 con cintas como Boiling Point (1990) —escena de karaoke incluida—; la gravedad de una trama épica centrada en el respeto por los valores clásicos, característica de la cinematografía de China y Hong Kong, como la vista en Juego sucio (Infernal Affairs, 2002); y la brutalidad poética coreana sublimemente representada por Park Chan-wook. Además, el realizador galés introduce su toque personal con el que otorga a Indonesia un sello identificativo que, esperemos sirva de precedente para el auge artístico de un país con mucho potencial. El guion, escrito por el propio Evans, presenta una serie de personajes tan asombrosos como despiadados, unas máquinas diseñadas para matar, producto del atavismo beligerante que innumerables generaciones de soldados se han esforzado en que prolifere a lo largo de una cultura milenaria. No se cuestiona el “por qué” de esas aptitudes, ya que es axiomático e incluso dogmático del tradicionalismo militar oriental. Lo insólito es el “cómo”, esa brutalidad en el proceder —aviso para sensibles: contenido altamente explicito—, donde las luxaciones y limpias fracturas óseas a las que ya empezábamos a acostumbrarnos, son suaves caricias en comparación con la técnica de incisión y desgarre con la que estos luchadores arrasan (gracias a palos astillados, martillos, cuchillas o cualquier otra herramienta de similares características) con todos los músculos, ligamentos y tendones que se interpongan en su camino.

    The Raid 2: Berandal

    El acompañamiento musical característico del pencak silat, conocido como gamelán, imprime un ritmo vertiginoso a sus dos horas y media de metraje, una sincronizada cadencia en forma de asombrosas y acompasadas coreografías que resultará difícil de seguir hasta para la propia cámara; una lente hiperactiva que retrata, con la ayuda de Matt Flannery y Dimas Imam Subhono, los ríos de sangre que tiñen de rojo la blanca nieve (en una sensacional secuencia-homenaje a Lady Snowblood, 1973 —con Sarabande de Handel como banda sonora—). El argumento continúa donde lo dejó su predecesora Redada asesina (The Raid: Redemption, 2011), una trama shakespeariana que, gracias a sus flashbacks explicativos, funciona perfectamente como película independiente y que sigue la odisea de un agente encubierto que se infiltra en una organización criminal con el objetivo de vengar la muerte de su hermano y proteger la vida de su familia. Tras salvarle la vida en prisión al hijo del jefe de “la familia”, Rama se gana la confianza suficiente para husmear a sus anchas en los ilícitos asuntos de la banda, pero la impaciencia y la ambición del joven aspirante al trono de esta versión mafiosa de El rey Lear, pondrán en peligro tanto la operación policial como la estabilidad del imperio que había sido construido con tanto esfuerzo. La pericia del director para situarnos en tan violento marco es digna de mención, mediante bruscos movimientos de cámara seremos golpeador, golpeado e incluso golpe, sudaremos con las interminables y extenuantes peleas mientras vemos venir los puñetazos, patadas y proyectiles desde todos los ángulos imaginables. La utilización del “slow motion” en momentos puntuales de paroxismo violento, agravará la trascendencia contenciosa entre los combatientes que, independientemente del bando para el que luchen, conservarán esa honorabilidad y respeto hacia el adversario tan característicos de los guerreros orientales.

    The Raid 2: Berandal

    Trabajo de exhumación y reciclaje —al más puro estilo Tarantino— que evidencia el talento y juicio de un cinéfilo empedernido cuyo oficio ha quedado sobradamente demostrado por medio de ese inagotable abanico de recursos y despliegue de medios que certifican su buen gusto, a la vez que se aleja del fácil discurso culterano tan recurrente en el cine de “corta y pega”, en beneficio de la irónica concepción narrativa semi-poética, idiosincrática de la cinematografía japonesa más occidentalizada. La gran cantidad de planos abigarrados y movimientos de cámara imposibles chocan con el clasicismo formal y estudiado de algunas de sus escenas más expositivas, del mismo modo que la base argumental de la cinta —la venganza por un ataque contra una persona cercana— se enfrenta inexorablemente contra el total distanciamiento de las relaciones interpersonales, donde todos los elementos afectivos han sido expulsados de la acción (aunque el propósito final del ejercicio esté determinado por factores claramente afectuosos). Motivos suficientes para aguardar expectantes el estreno de la tercera y última entrega de esta redada asesina pero, todavía con más impaciencia esperamos observar los derroteros que tomarán las directrices de este artista revelación en un futuro y diferente proyecto. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Indonesia. 2014. Título original: The Raid 2: Berandal. Director: Gareth Evans. Guión: Gareth Evans. Productora: Pt. Merantau Films / XYZ Films. Fotografía: Matt Flannery, Dimas Imam Subhono. Música: Joe Trapanese, Aria Prayogi, Fajar Yuskemal. Montaje: Gareth Evans. Intérpretes: Iko Uwais, Arifin Putra, Alex Abbad, Oka Antara, Tio Pakusodewo, Julie Estelle,Cecep Arif Rahman, Cok Simbara. Presentación oficial: Sundance 2014.

    Póster The Raid 2: Berandal
    El fulgor efímero

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