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    Crítica | Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Eficiencia germana

    crítica de Oro | Gold, de Thomas Arslan, 2013

    La fiebre del oro tiene una fuerte presencia en la cultura popular. No solo americana, también en la latina. En el imaginario colectivo descansa ese cuadro de un grupo de hombres con pico y pala en busca de pedruscos dorados o, en su defecto, un grupo de semejantes, en la orilla de un río, sumergiendo una batea en la corriente y agitándola con la esperanza de encontrar las soñadas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la desesperación y la ilusión llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más amable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En el Festival de Berlín de 2013 se proyectó un western germano-canadiense –Gold (2013)– cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en La quimera del oro (1925); el cine americano de los años cuarenta y cincuenta contó con película como California (1946) o Tierras lejanas (1954). John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello en Los cowboys (1972) y en el boom de las series televisivas en el que nos hayamos inmersos no podríamos olvidarnos de Deadwood (2004). Resulta cuanto menos curioso que algo tan americano como el western y la fiebre del oro salga de nuevo a la palestra gracias a alemanes. Algunos consideraron el filme de Thomas Arslan una reinvención del género habida cuenta de su genuinidad, sin duda exagerado. Pero sí que supone una perspectiva distinta, que desmitifica las aventuras del oeste.

    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Thomas Arslan nos cuenta la historia de un grupo de desnortados miserables de origen germánico que, a finales del siglo XIX en Canadá, partirán en busca de oro. Dos mil quinientos kilómetros de travesía que pondrán en jaque sus ambiciones. El director alemán juega con toda la crudeza del concepto de aventura. La expedición de Gold –encabezada por una siempre magnífica Nina Hoss– lleva a cabo una empresa de resultado incierto, plagada de riesgos. El realizador y su equipo ejecutan un trabajo minucioso en el cuidado en los detalles con el que se intenta huir de los personajes estereotipados –con sentidas excepciones como el líder del grupo– y del tratamiento liviano de los conflictos que se plantean, tan común en los western de aventuras. Hay una labor ardua en la búsqueda de matices, se rechazan los blancos o negros. No hay polaridad en la escala de personajes, no existen un villano y un héroe al uso. El protagonismo principal recae en una mujer, algo poco frecuente –salvo maravillosas excepciones como Johnny Guitar (1954)–. Además la supremacía del bien sobre el mal es tan relativa como en la vida real. Todos los protagonistas esconden sus cartas. Gold está concebida como una partida de ajedrez donde nadie gana y puede que todos pierdan. Apenas hay cinco tiros en toda la película. Por ende la emoción se mueve en otros lares. El propio Thomas Arslan reconocía en sus entrevistas promocionales que no buscaba hacer un western convencional. Quería escapar del espíritu triunfalista de este tipo de producciones. Desde el primer momento su principal objeto de interés fue contar la historia de “un viaje agotador y cómo reacciona un grupo en esas condiciones”. Por ello no extraña que no haya ni rastro de la lírica de los espacios abiertos, los caballos y el riesgo.

    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    El acabado final es rico en detalles. La ambientación histórica –con las licencias imprescindibles porque “la ficción necesita su propio espacio”–, el vestuario así como las pautas de comportamiento responden a exhaustivo estudio en pre producción, que se vio favorecido por el hecho de que la mayoría del filme transcurre en exteriores. Entre las inabarcables virtudes destaca una banda sonora de un minimalismo abrumador. Pequeños punteos de guitarra eléctrica a cargo de Dylan Carlson. Una maravilla desoladora de ritmo perezoso. Cuasi hipnótica. Posiblemente el único elemento que abandona la corrección y la perfección formal para dotar de un plus emocional al conjunto. La severidad, la inclemencia, el naturalismo del fracaso entendido como muerte son constantes descarnadas de aquel tiempo. Su reflejo es elogiable pero le falta algo. Suena a tópico harto manido pero Gold no tiene alma. Todo es correcto, por momentos perfecto y al mismo tiempo carece de empaque sentimental. Ese tipo de matices que entroncan con las fibras sensibles. La pasión brilla por su ausencia durante la hora y media de metraje. Por supuesto cuesta quilates empatizar con los personajes, rudos y ásperos como pocos. La eficiencia germana eclipsa todo lo demás. Desde un punto de vista holístico, analizando la película en su conjunto y no por las singularidades que la conforman, el resultado es tan satisfactorio como difícil de retener en la memoria. Uno entiende que Gold funciona con la misma precisión de un Mercedes y con la pasión de un electrodoméstico Bosch. Disfrutable, correcta y olvidable a partes iguales. Independientemente de su trascendencia el espectador tiene garantizado pasar un buen rato. | ★★★ |

    Andrés Tallón Castro
    redacción Madrid

    Alemania, 2013, Gold. Director: Thomas Arslan. Guion: Thomas Arslan. Productora: Red Cedar Films / Schramm Film Koerner & Weber. Fotografía: Patrick Orth. Música: Dylan Carlson. Reparto: Nina Hoss, Lars Rudolph, Uwe Bohm, Marko Mandic, Rosa Enskat, Peter Kurth, Kindall Charters, Wolfgang Packhäuser. Presentación Oficial: Sección Oficial Berlinale 2013.

    Póster Gold, de Thomas Arslan
    Feelmakers

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