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    Crítica | No se aceptan devoluciones

    No se aceptan devoluciones

    Un soltero y un biberón

    crítica de No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez, 2013

    Del mismo modo que en España estamos viviendo la efervescencia del éxito sorpresa de 8 apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro) –siete semanas seguidas encumbrada por el público en el nº1 de las películas más vistas y aún sin síntomas de agotamiento–, en México también han conocido su particular fenómeno sociológico con la comedia No se aceptan devoluciones (2013). Ópera prima como director de Eugenio Derbez, actor todoterreno en su país que, pese a haber logrado sus mayores triunfos en la televisión o en el género del humor, también ha demostrado su valía interpretativa como eficaz dramático en títulos como La misma luna (2007, Patricia Riggen). Con este debut tras las cámaras, Derbez ha hecho historia, convirtiéndose en la película en lengua española más taquillera de todos los tiempos, desbancando al segundo puesto a El laberinto del fauno (2006, Guillermo del Toro). 39 millones de dólares recaudados en Estados Unidos certifican la simpatía que despierta el director, guionista y actor al que muchos se han apresurado a comparar con el italiano Roberto Benigni, por su facilidad para contar historias con un trasfondo duro, enmascarándolas con un humor blanco y familiar que las hace fácilmente accesibles a todo tipo de público. Una vez más, las comparaciones son odiosas y No se aceptan devoluciones no es, ni de lejos, La vida es bella (1998), algo que no ha impedido que, a pesar de todo, el filme mexicano haya calado hondo entre la audiencia gracias a su encantadora sencillez.

    No se aceptan devoluciones

    La historia nos presenta a Valentín, un simpático caradura de Acapulco, mujeriego incurable, al que un día le llueve del cielo una pequeña hija, fruto de una de sus múltiples aventuras. La madre huye a Los Ángeles dejando al bebé en los brazos del desconcertado Valentín que, sin pensárselo dos veces, pone rumbo a los Estados Unidos para localizar a la mujer y devolverle a la niña. Por circunstancias de la vida, el hasta entonces desastroso y cargado de miedos Valentín, logra hacerse un hueco en el mundo del cine como doble de las escenas de riesgo de estrellas como Johnny Depp, lo que le da la independencia económica para criar él solo a la pequeña Maggie. Padre consentidor, ha convertido el apartamento en el que viven en el sueño de cualquier niño, lleno de juguetes y colores por todas partes. Para que Maggie no descubra su abandono, Valentín ha hecho que crezca en una vida de fantasía, contándole que su madre es poco menos que una heroína a la que sus múltiples aventuras alrededor del mundo le impiden vivir junto a ellos. Hasta tal punto llega la mentira de Valentín, que escribe cartas ficticias en nombre de la mujer para que la niña viva feliz. Felicidad que se ve enturbiada cuando, años después, la madre aparezca en sus vidas con la intención de recuperar el tiempo perdido. Como se puede apreciar, el argumento no presenta nada que no hayamos visto antes (y de manera mejor) en la gran pantalla, en títulos como Tres solteros y un biberón (1985, Coline Serreau) o la oscarizada Kramer contra Kramer (1979, Robert Benton). No se aceptan devoluciones es, por su tratamiento almibarado e ingenuo, un producto ideal para toda la familia, mucho más satisfactorio en su primera mitad, con las continuas payasadas del carismático Eugenio Derbez sacando más de una sonrisa de complicidad en el espectador, que en su excesivamente melodramático segundo acto. Allí, el Derbez director hace gala de su inexperiencia como director novel, abusando del sentimentalismo barato y soltando toda su artillería de empalagosa ñoñería para embaucar a su público. Sin duda, la cinta conseguirá arrancar la lagrimita del espectador menos exigente, pero decepcionará a quien busque una comedia dramática de auténtico calado. Con el fin de no resultar convencional del todo, el personaje de la madre ha rehecho su vida al lado de otra mujer, un ingrediente éste –el del lesbianismo y los nuevos tipos de familia– que aparece bastante desdibujado, de modo casi testimonial.

    No se aceptan devoluciones

    No conviene ser tampoco demasiado duro. Se trata de un producto milimétricamente diseñado para contentar al máximo tipo de público posible, haciendo auténticas acrobacias para combinar los sentimientos con un humor ligero que gracias a su cómico protagonista, funciona como un reloj. Es un tipo de cine familiar intrascendente y comercial, del estilo del que cultiva Adam Sandler –con quien el mexicano trabajó en Jack y su gemela (2011)–, presente en diferentes citas del guión y en el tipo de personaje que desempeña Derbez, el del eterno “niño grande”, incapaz de aceptar la madurez. Cabe destacar también el notable trabajo de la joven debutante Loreto Peralta que, con solo 9 años, logra una excelente química en pantalla con su padre en la ficción. Ambos son los máximos responsables de que el filme haya logrado conectar de la manera que lo ha hecho con tanta gente. No se aceptan devoluciones se ve y se disfruta con la misma facilidad que se goza una película de Cantinflas un domingo por la tarde. Es cine de factura televisiva que deja buen regusto pero no alimenta. | ★★ |

    José Antonio Martín
    redacción Las Palmas de Gran Canaria

    México, 2013. Título original: No se aceptan devoluciones. Director: Eugenio Derbez. Guión: Guillermo Ríos, Leticia López Margalli, Eugenio Derbez. Productora: Alebrije Cine y Video / Fulano, Mengano y Asociados. Presupuesto: 5.000.000 dólares. Recaudación: 85.545.757 dólares. Fotografía: Martín Boege, Andrés León Becker. Música: Carlo Siliotto. Montaje: Carlos Bolado, Santiago Pérez Rocha León. Intérpretes: Eugenio Derbez, Loreto Peralta, Jessica Lindsey, Daniel Raymont, Alessandra Rosaldo, Hugo Stiglitz, Sammy Pérez, Arcelia Ramírez, Agustín Bernal.

    No se aceptan devoluciones póster
    El jardín

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