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    Crítica | Madrid, 1987

    Madrid, 1987

    Desnudos generacionales

    crítica de Madrid, 1987 | de David Trueba, 2011

    La elección de un reparto para una película de estas características (pocos decorados, menos intérpretes, temática de choque generacional) dice mucho de lo que pretenden sus responsables. En Madrid, 1987, José Sacristán y María Valverde interpretan a Miguel y Ángela, pero también interpretan una suerte de abstracciones palpables, como un cajón de sastre donde David Trueba habla de sus temas más personales. Él es el Hombre, la Tercera Edad, el Pasado, el Viejo Periodismo, la España de antes del Franquismo, y, gracias a Sacristán, también el Cine Español de Antaño. Ella es la Mujer, la Juventud, El Futuro, el Nuevo Periodismo, los Últimos coletazos del Franquismo y, gracias a Valverde, también el Cine Español de Ahora. Además, siendo una película de 2011, ambos proyectan una larga sombra respecto a lo que cuentan en la película, un factor con el que Trueba también juega. El director estudió Periodismo a mediados de los 80 y se encuentra en una edad intermedia entre los personajes, así que podemos ver Madrid, 1987 como su particular exorcismo. Homenaje a las grandes influencias de su vida –las sentencias de Miguel están sacadas de muchos grandes del cine y la literatura, como rezan los créditos finales– y mirada nada nostálgica a una época irrecuperable, cuya sensación se logra transmitir.

    La película recoge la contraposición de sus posturas como personajes compendio que son, pero no se hace de forma teórica y espesa, sino que los rasgos de lo que personifican están integrados a la perfección en los diálogos y la interacción entre ambos. No como un manual de puntos a tratar, sino como una charla plausible y natural. El tipo de conversación que dos personas de estas características tendrían en realidad. Lo que no resulta tan natural es el duelo interpretativo, muy desigual. Y es que desde su primera aparición en pantalla, el inmenso José Sacristán llena el encuadre con su presencia, creando un hipnótico conjuro que termina cuando entran los créditos. Solo alguien del calibre y la voz del actor podía dar tan convincente vida al perro viejo que es Miguel, periodista de vuelta de todo. A su lado, María Valverde no está a la altura, y realiza un trabajo irregular, alternando momentos donde demuestra lo buena actriz que es (el monólogo sobre los sermones de los mayores) con instantes donde está del todo forzada, y la fluidez de su conversación constante se resiente.

    Madrid, 1987

    La película sucede el 18 y 19 de julio de 1987, cuando una joven estudiante de Periodismo se cita en una cafetería con un columnista de renombre para discutir un trabajo de clase. El riesgo y la curiosidad les llevarán al piso de un amigo pintor del columnista, donde una serie de casuales circunstancias harán que se queden encerrados desnudos en el baño del pintor. Comienza así uno de esos llamados stripteases emocionales del que ninguno saldrá siendo la misma persona. Es una apuesta arriesgada por parte de David Trueba, lo que probablemente explique porque los medios de la producción fueron tan precarios. Rodada en 13 días y sin el apoyo de ninguna televisión, lo cual propició un estreno discretísimo y dificulta hasta conseguirla en DVD, Madrid, 1987 es una propuesta muy inspirada, donde se hacen preguntas necesarias e inteligentes. Los roles de género, el peso de la Historia, la importancia de los políticos… el director y guionista encuentra el punto medio ideal para hablar del pasado considerando el presente. Es un equilibrio difícil, que está a punto de perderse en más de un momento, pero que se mantiene. Se puede atacar la propuesta argumentando que la manera en la que se encierran en un evidente mecanismo de guión, o que el paseo de Valverde con pantalla azul por Madrid es cutre, pero la cinta espolea debates tan interesantes que sus problemas empequeñecen. No es redonda, pero siempre estimulante. Estimula ver a un director más o menos consagrado tomando riesgos así, plagando el metraje de ideas que se verbalizan en reflexiones elocuentes y nada complacientes sobre las personas y sus relaciones. La sociedad y el qué dirán, la importancia del pasado y la familia en nuestras decisiones, los límites (auto)impuestos y los cambios constantes en las dinámicas de las relaciones personales. Todo esto dicho sin engolar la voz ni pontificar, con la cámara puesta siempre en lugares interesantes, logrando planos que dicen algo, que no son simplemente funcionales. Lo cual es difícil cuando estás rodando en un baño y la cantidad de ángulos es limitada.

    A lo largo del metraje se establece un juego que pasa por diferentes etapas y que no permite al espectador bajar la guardia. De la admiración y el respeto se pasa a la lujuria y la ambición; la irritación y la curiosidad dejan paso a la vulnerabilidad, y cuando una secuencia clave tenga lugar al borde de la bañera, las máscaras caen del todo y ambos revelan su verdadera esencia. Están ya desnudos en todos los sentidos, pero queda el resguardo de la palabra. Elemento fundamental, la palabra está presente en cada esquina del encuadre, y hasta contagia una distracción final donde Miguel cuenta a Ángela una película inventada en un marco vacío. El uso de la ficción para escapar de la dura realidad, ya que cuanto más tiempo pasa, peor es el mundo fuera del baño. Para cuando llega el desenlace, convincentemente brusco, Trueba ha logrado la inmersión total del espectador en la situación, con la consiguiente y buscada frustración por los puntos suspensivos que finalizan la peripecia. El único consuelo es que siempre habrá un Mañana. | ★★★ |

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla


    España, 2011, Madrid, 1987.
    Dirección y guión: David Trueba. 
    Fotografía: Leonor Rodríguez.
    Música: David Trueba, Irene Rodríguez Tremblay, Leonor Rodríguez.
    Reparto: José Sacristán, María Valverde, Eduardo Antuña, Ramón Fontseré.
    Montaje: Marta Velasco.
    Productora: Buenavida Producciones.
    Vestuario: Laura Renau.


    Madrid, 1987 póster

    El fulgor efímero

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