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    Crítica | El doble (The Double), de Richard Ayoade

    El doble (The Double), de Richard Ayoade

    Borderline en fase REM

    crítica de El doble | The Double, de Richard Ayoade, 2013

    El ser humano ha fantaseado con la idea de un superyó desde que sus limitaciones —tanto físicas como intelectuales— le han impedido desempeñar con eficacia determinadas tareas concretas, provocando de esta manera una humillante decepción (propia o ajena) que le conduzca a la especulación figurativa de un “Yo” superior que logre resarcirle del agravio sufrido. Fiódor Dostoyevski llevó esta entelequia al papel por medio de su novela El doble (1846). Incomprendida por sus contemporáneos, fue injustamente tachada de plagio malogrado de la obra de Nikolái Gógol —imaginamos que refiriéndose a El capote— ya que éste utilizaba una de las figuras más representativas de la literatura de aquél como protagonista: El funcionario público de clase baja. Este dato no hace sino enaltecer la agudeza del escritor moscovita que, como todo genio, se adelantó a su época para crear un estudio —con base ficticia— de lo que posteriormente serviría de pilar para uno de los avances más importantes en la historia de la psiquiatría. Y es que, teniendo en cuenta que fue escrita en el periodo pre-freudiano —casi medio siglo antes de que el padre del psicoanálisis explicara la conducta irracional y los efectos de la esquizofrenia— los, no tan perspicaces, coetáneos no tenían forma de comparar su “doble” con ese superego (todavía inexistente) al que un servidor ha recurrido para abrir el presente texto y que protagoniza la versión cinematográfica que Richard Ayoade hace de este The Double.

    El guion, escrito por el propio director con la colaboración de Avi Korine, permanece muy fiel al libro y, si exceptuamos los inevitables desengaños por la diferencia entre cómo imaginábamos a los personajes y cómo aparecen realmente en pantalla —Jesse Eisenberg y Mia Wasikowska en una rejuvenecida versión de Golyadkin y Klara—, la atmósfera en general consigue su principal propósito de sumergirnos en el oscuro mundo del frío existencialismo soviético y los inexpugnables secretos de la condición humana. Los claroscuros sirven de soporte para la fotografía empleada por Erik Wilson, sobre todo en las escenas en las que se enfrentan directamente Simon y el “doppelgänger”, donde una sombra cubre parcialmente el rostro de James (doble) para inferir ese irónico y maléfico aspecto tan característico de la deshumanización a la que se enfrenta en su descenso a la locura. El sonido es una pieza clave en la cinta: los frecuentes cambios de intensidad, y la aparición de ruidos estridentes —tren a gran velocidad sobre las vías—, relajantes —brisa del mar—, o simplemente la ausencia sonora absoluta, dependiendo del grado de paroxismo que sufre el protagonista, consiguen el propósito de acentuar los brotes psicóticos predominantes en el trastorno de identidad disociativo que padece el personaje, tanto en la novela como en la presente adaptación.

    El doble (The Double), de Richard Ayoade

    Desde su primera aparición en pantalla, percibimos que Simon denota una clara perturbación mental, su timidez e introversión lo llevan a un completo rechazo hacia su persona. Incapaz de afrontar las situaciones sociales que su naturaleza intrínsecamente vanidosa desearía —flirtear con chicas, simpatizar con el jefe—, su cerebro se llena de pretensiones que consiguen obsesionarlo hasta convertirlo en una delicada pieza de relojería al borde de la explosión. Esta inevitable eclosión llega durante una fiesta de empresa que Mr. Papadopoulos (CEO) había organizado aprovechando el cumpleaños de su hija Hannah. Una vez más, nuestro protagonista se siente despreciado, humillado y olvidado por un sistema en el que no logra encajar, cuando es expulsado del evento en el preciso momento en que había reunido el valor necesario para hablar con la chica en cuestión. Tras el penoso incidente aparece la primera manifestación de James quien, en principio (y tras el comprensible shock inicial), se muestra como un inestimable apoyo complementario para la superación de las innumerables barreras —personales y profesionales— que Simon encuentra. Sin embargo, esta confraternidad se verá comprometida por las grandes ambiciones del álter ego, que aprovechará su superioridad para apoderarse de todos los sueños y aspiraciones de su abatido doble.

    Ayoade se sirve de esta manía persecutoria y creación de enemigos imaginarios, para mostrar la pseudo-realidad —siempre distorsionada por la alternancia indiscriminada e imprevisible de alucinaciones y circunstancias verídicas— de un sistema grotesco regido por la incompetencia burocrática que etiqueta a las personas por números y a éstos les asigna una función/rendimiento. Sólo la locura podría llevar a un sujeto (número) a rebelarse contra ese régimen que exige la sumisión absoluta de sus integrantes, fácilmente reemplazables en caso de no alcanzar las expectativas deseadas, por cualquier otra cifra de similar valor. En este punto llegaría la desaparición completa de dicho individuo, siendo íntegramente eliminado, y con efecto retroactivo, cualquier rastro que su paso haya podido dejar por la organización gubernamental. El trabajo del director resulta modélico, adaptando perfectamente ese sardónico y enrevesado entramado sombrío, y a la vez aplicando su faceta de cómico (como actor en Los informáticos, y como director/guionista del programa Garth Marenghi) para inferir al filme la elevada dosis de punzante histrionismo que caracterizaba a Dostoyevski; todo ello mientras se mantiene firme a ese estilo tan personal que inició en 2010 con Submarine, donde adaptaba otra novela de tinte psicológico (“bildungsroman”, o ese importante cambio de la adolescencia a la etapa adulta).

    El doble (The Double), de Richard Ayoade

    David Crank —que viene avalado por dos de los realizadores más influyentes del panorama cinematográfico actual: P.T. Andreson y T. Malick— se pone al frente de los escenarios para que la sombría ornamentación de Ayoade resulte todo lo evocadoramente posible de lo que debería ser un escenario urbano corriente a través del tempestuoso prisma de un esquizofrénico. Como consecuencia, el espectador sufre una sensación de asfixia premeditadamente motivada por la gran carga onírica que desprende cada secuencia, donde incluso la velocidad de movimientos ha sido deliberadamente deformada para que esa alucinógena sensación se haga más evidente y emule el agobio perceptivo del protagonista, que siente cómo una insana conspiración en su contra, liderada por el que creía su aliado, es emprendida por todas las personas que lo rodean. De esta manera, si bien el Dr. Jekyll se veía manipulado por Mr. Hyde para llevar a cabo las acciones menos éticas, o William Wilson sufría un desdoblamiento de la personalidad similar (aunque a la inversa), en ningún caso esta réplica había actuado con propósitos tan ciegamente autodestructivos como los sufridos por este funcionario que llevará su impotencia a actuar violentamente contra su reflejo, y por ende, contra sí mismo. | ★★★ |

    Alberto Sáez Villarino
    Dublín (Irlanda)

    Reino Unido. 2013. Título original: The Double. Director: Richard Ayoade. Guión: Richard Ayoade, Avi Korine (Novela: Fiódor Dostoievski). Productora: Alcove Entertainment / British Film Institute (BFI) / Film4 / Attercop Productions. Fotografía: Erik Wilson. Música: Andrew Hewitt. Montaje: Nick Fenton. Intérpretes: Jesse Eisenberg, Mia Wasikowska, Noah Taylor, Wallace Shawn, James Fox,Cathy Moriarty, Yasmin Paige, Chris O'Dowd, Sally Hawkins, Paddy Considine,Rade Serbedzija, Phyllis Somerville, Gemma Chan, Craig Roberts.

    El doble (The Double), de Richard Ayoade
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