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    Crítica | Faro, de Fredrik Edfeldt

    Faro

    Mi vida dentro del bosque

    crítica de Faro | de Fredrik Edfeldt, 2013

    Bajo una capa de silencio aparente, de mudez contenida, en los bosques aguarda una musicalidad inesperada, poblada de crujidos, pisadas, arroyos, cánticos de pájaros, gruñidos de animales, hojarasca, viento y agua, componiendo un paisaje sonoro alejado de las urbes y los pueblos. En los bosques la vida fluye a un ritmo propio, pausado, marcado por el sol, el hambre y los peligros acechantes; una rutina paradójicamente poco rutinaria y desprovista de las comodidades cotidianas de los hogares convencionales. Allí, al interior de esa atmósfera verdosa, azulada y densa, se mudan los dos co-protagonistas, (y prácticamente únicos personajes) presentes a lo largo de la historia de Faro, un filme sueco estrenado el año pasado que narra un lento y sufrido drama familiar con tintes de supervivencia. La vida de un padre y su hija se tiñe de un cerco angustioso de oscuridad cuando, éste mata a un hombre y tras arrojarlo a un acantilado, ambos precisan escapar de las investigaciones judiciales que la justicia pone en marcha. En este punto comienza una aventura de huida y desencuentros, no exenta de lástima, miedo, rabia y compasión, sin olvidar la incertidumbre que provoca una existencia nueva cuyo no retorno bloquea completamente la anterior.

    Faro, en su práctica totalidad, se ambienta en los lindes de este bosque y articula la relación familiar ambivalente entre este padre y su hija; relación plagada de dudas, tiranteces y controversias en la lucha por comenzar una vida distinta, y alcanzar Faro, lugar que además de constituir el título de la película se alza como la esperanza mayúscula, el rincón paradisíaco donde construir una casa y olvidar el dolor anterior; la utopía que en el horizonte supone un motivo para seguir caminando. Con este destino en mente los dos personajes comienzan un doble viaje; el puramente físico, que empuja los pies, sigue una ruta determinada y desgasta los cuerpos hambrientos; y el simbólico, fundamentado en la superación del miedo, y la búsqueda de una identidad diferente en ese espacio maravilloso que subyace en su inconsciente mientras a la vez, sobreviven en el bosque con un par de mantas y escasas provisiones alimenticias. El sentimiento que prevalece en él, de protección hacia su pequeña, combinado con la frustración que imprime en su rostro un perpetuo gesto de seriedad, contrasta con los altibajos emocionales y cambios de humor de su hija, perdida, confusa e insegura por momentos, tierna y confiada en otros, furiosa por instantes y casi siempre, reflexiva. Las conversaciones que mantienen a lo largo de su propia odisea dotan a este ejercicio de un aura de intimismo, puesto que poca aventura, y nada de thriller, acción o suspense podemos hallar entre sus secuencias.

    Faro es desesperantemente lenta: su ritmo reposado y sin sobresaltos no se subyuga a la trama, ni a la (escasa) profundidad psicológica de sus personajes; la intencionalidad dramática tras sus diálogos es, en muchas ocasiones, nula, y las expectativas que debería levantar en el apetito del espectador se tornan pocas, débiles e insuficientes. Si bien su punto de partida podría resultar magnético como conjunción de drama, asesinato y huida, desde los primeros minutos estos recursos se desinflan para acusar un aburrimiento incipiente y precipitarse a un pozo soporífero del que, ni en los coletazos finales, volvemos a salir. Sin subtramas, sin acciones secundarias, sin emotividad, sin flashbacks, sin clímax y sin pasajes conmovedores ni intrigantes, toda atención se centra exclusivamente en la acción principal, cuya pobreza no satisface el pico de hambre generado al comienzo. Del filme completo, tan sólo su bella factura estética alcanza el aprobado, componiéndose de hermosos planos panorámicos que describen un paisaje frondoso y variado, vegetaciones sumidas en un abanico cromático azul, verdoso, de delicados contrastes lumínicos. También merece mención su apartado musical, de piezas envolventes y cristalinas que la hicieron merecedora del premio Guldbagge a la mejor banda sonora. El silencio, combinado con su música, predomina sobre el diálogo, tal vez suponiendo un acierto, pues a poco alcance o escasa penetración en la mente de sus co-protagonistas puede llegar el espectador, por mucho que se esfuerce, al caer la inmensa mayoría de sus conversaciones en clichés vacíos y repetitivas coletillas. En definitiva, si ahondamos en el trabajo de realización y los intentos técnicos por lograr un trabajo visualmente atractivo, una muestra paisajística de colorido resultado y acabado elegante, surcado por notas agradables que ambientan el transcurso de una vida en el bosque, podremos soportar un rato, y hasta disfrutar la naturaleza, de esta desacertada película. Pero si lo que buscamos es un buen drama familiar, una historia de aventuras emotivas, secretos y búsqueda de la esperanza, éste, desde luego, no es el momento de darle al play. | ★★★ |

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Galicia

    Suecia, 2013, Faro. Director: Fredrik Edfeldt. Guión: Karin Arrhenius. Música: Matti Bye. Fotografía: Mattias Montero. Productora: Coproducción Suecia-Finlandia; BOB Film Sweden AB Reparto: Jakob Cedergren, Maria Heiskanen, Gunnel Fred, Göran Stangertz, Per Burell, Clara Christiansson. Presentación oficial: 2013: Premios Guldbagge: Mejor música.

    Faro póster
    El fulgor efímero

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