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    Crítica | ¡Vivan las Antípodas!

    ¡Vivan las Antípodas!

    Kryptonita para utilitaristas

    crítica de ¡Vivan las Antípodas! | Victor Kossakovsky, 2011

    Victor Kossakovsky debutaba en el universo documental en 1989 con Losev (1989) filmando el último año del filósofo ruso –Alexey Fedorovich Losev–. Cuatro años más tarde el realizador ruso presentaba The Belovs (1993), la que para una parte de la crítica especializada es una de las mejores películas documentales del siglo XX; una cinta que versa sobre dos hermanos campesinos y sus miserias crepusculares. Un cineasta venerado, galardonado en múltiples festivales. Museos como el Pompidou o el MoMA le han dedicado retrospectivas. Sin pausa pero sin prisa, Kossakovsky se ha ido construyendo una filmografía de culto, cuya última entrega se produjo hace tres años: ¡Vivan las Antípodas! (2011). Un viaje vacuo donde se juega con las distintas acepciones del término antípoda. Tanto la geográfica: “cualquier habitante del globo terrestre con respecto a otro que more en lugar diametralmente opuesto”; como en su vertiente más habitual, es decir, aquello “que se contrapone totalmente a alguien o algo”. Un prisma sobre el planeta a partir de cuatro pares de antípodas habitadas (Argentina y China, España y Nueva Zelanda, Chile y Rusia, Botswana y Hawái) de poderío estético y disfuncionalidad narrativa. Una suerte de cuadro digital por el que pasean con armonía postales de cielos, paisajes idílicos y alguna distopía paradisíaca.

    La idea de atravesar el mundo de cabo a rabo, yendo más allá de lo que fue Julio Verne, es muy atractiva. Aunque excesiva y cansina a la postre. La sucesión de imágenes preciosistas funcionan como una galería paisajista 2.0. En ella se exponen las duplas antagónicas que en su énfasis conceptual van más allá de lo físico –como es el caso de Entre Ríos (Argentina) y Shanghái (China), cuya contraposición no es solo geográfica–. Pero sin un ápice de connotación política, económica o social. La premisa que rige las imágenes es meramente contemplativa y presuntamente filosófica, de ritmo pausado e iterativo. Una vez cruzado el ecuador de la película constatamos que el virtuosismo técnico se verá eclipsado por la reiteración formal sin acompañamiento narrativo. De la mano de una fotografía y una música prodigiosas deambulamos por el octógono geográfico propuesto por Kossakovsky. Vagamos de un lugar a su opuesto a través de transiciones hilvanadas con efectos espejo. Contemplamos la naturaleza retratada en múltiples planos generales, jugando con grandes angulares. Lagos que parecen mares, panorámicas verticales que claman al cielo o travellings infinitos por calles escuálidas. Entre tanta monumentalidad descriptivamente romántica hay lugar para un plano detalle curioso, que procura romper la monotonía –la escena de los leones que culmina con uno de ellos bebiendo–. Muestra anecdótica para hundirse de nuevo en esa aliteración audiovisual de montañas, atardeceres, animales y muchedumbres. ¿Qué significado tiene ¡Vivan las Antípodas! más allá de la determinación geográfica antagónica? Posiblemente ninguno. Quizá Kossakovsky frivoliza con el esteticismo superficial y decorativo, sin más.

    ¡Vivan las Antípodas!

    Es evidente que todo el mundo tiene gustos y preferencias dispares. La concepción de la belleza difiere a tenor de la sensibilidad de quien la evalúe. Obvio que hay fenómenos, imágenes, vistas, paisajes que son considerados hermosos por aquellos mortales con constantes culturales afines. Interiorizar a través de la admiración y el quietismo las resonancias íntimas de lo más bonito, lo más agraciado, lo excelente en un mundo de contradicciones (antípodas) donde se mixtura lo excelso y lo abyecto parece ser el ¿objetivo? del director ruso. En esencia este trabajo se puede considerar un remanente artístico del atávico cortejo entre la naturaleza y el ser humano. El problema: muere de éxito. Muere de bonita. A base de planos inclinados, distorsiones y encuadres imposibles ¡Vivan las antípodas¡ pierde su naturalidad latente. Su habilidad técnica nos alimenta pues nos permite adentrarnos en los secretos y rimbombancias de nuestro planeta. Desafortunadamente, variables como el tiempo, la redundancia monótona o la exquisitez estética juegan en su contra. El exceso hace de la perfección algo grotesco. Como pretenciosa obra de arte carece de elemento trasmisor. La percepción amable de los primeros sesenta minutos desfallece al consolidarse esa vocación de continente sin contenido. La prosopopeya cae en saco roto. Hasta el punto de perder, cegado por ese barroco afán de presumir, el escaso equilibrio narrativo. La antípoda argentina reina en detrimento de todas las demás –incluso de su par: Shanghái–. Prevalece, eso sí, el equilibrio formal ¡cómo no! Mientras, el minutero desmorona la trascendencia de la vida en medio de la nada, el entierro de una ballena o una puesta de sol en Hawái. Visto y analizado el panorama a uno le asaltan dudas sobre la condición de genio o de farsante de Kossakovsky. Sospecho que ni una cosa ni la otra. Bajo el inocente propósito de despejar diametralmente la incógnita, el realizador se entrega a la exuberancia secuencial. Pura kryptonita para los utilitaristas. | ★★★★

    Andrés Tallón Castro
    redacción Madrid

    Alemania, 2011, ¡Vivan las Antípodas! Director: Victor Kossakovsky. Guion: Victor Kossakovsky. Productora: Majade filmproduktion / Lemming Films / Producciones Aplaplac / Gema Films. Música: Alexander Popov. Fotografía: Victor Kossakovsky.

    Póster ¡Vivan las Antípodas!
    El fulgor efímero

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