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    Crítica en Serie | Museo Coconut (2010-2014)

    Museo Coconut

    La perversión de la Sitcom

    crítica de Museo Coconut (2010-2014) | Balance de las tres temporadas

    Neox / Serie / 3 temporadas: 33 capítulos. | España, 2010, 2011, 2014. Director: Ernesto Sevilla. Guionistas: Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Miguel Esteban, Raúl Cimas, Carlos Areces, Venga Monjas, Fernando Villena, Borja Sumozas. Reparto: Raúl Cimas, Carlos Areces, Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Julián López, Miguel Esteban, Paco Calavera, Arturo Valls. Música: Enrique Borrajeros.

    Era su primer intento con la narración semanal y continuada de una misma historia, tras casi una década deleitándonos con sus sketches en La hora Chanante (2002-2006) y Muchachada Nui (2007-2010), además de varios trabajos online, de animación y para televisión de forma independiente. El resultado ha sido de lo más estimulante. Imperfecto, pero lleno de ideas imaginativas y diversión. La groupe de los Chanantes (Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Julián López, Raúl Cimas y Carlos Areces) desembarcó con este esfuerzo a finales de 2010 en Neox, con buenos datos y la seguridad de estar ofreciendo algo único. La apuesta de la cadena por brindar contenido propio y diferente se unió a las ganas de la pléyade de cómicos de cambiar de rumbo. Y con evidentes ganas de pasárselo bien, se creó Museo Coconut. El final de la historia es más triste, eso sí. Una tercera temporada, estupenda, que se ha pasado más de dos años en el cajón y que se ha emitido a vergonzosa velocidad. 10 episodios en 4 semanas. Entre otras cosas, esto imposibilitaba la visión satisfactoria de la serie, pues con tres episodios seguidos no se puede apreciar como se merece el entramado de cada capítulo. Esto es aplicable a cualquier serie, en una época en que los maratones se estilan cada vez más.

    Cuestiones extrartísticas aparte, la serie ha dedicado su existencia a juguetear con el género de la sitcom. La comedia de situación que en EEUU presenta el mismo conjunto de personajes en cada episodio, en situaciones divertidas que son similares a las de la vida cotidiana. Básicamente consiste en observar el día a día de un grupo de personas que pasan por situaciones divertidas e identificables. Pasado por el prisma de este grupo de geniales comediantes, las situaciones y códigos del género son retorcidos hasta crear una mutación desternillante. Respetuosa, con amplio conocimiento de fondo y a la vez, y quizá sea ese el mayor signo de respeto, un desafío a las convenciones. El punto de partida es un ejemplo de esto: Jaime Walter, director del MOMA, es expulsado de la alta vida y desterrado de vuelta a España tras un escándalo. En nuestro país solo le acepta Miss Coconut, que le contrata para dirigir el Museo Coconut, donde Rosario, el guía, y los seguratas, Onofre y Emilio, hacen de las suyas en cada episodio. Cada personaje tiene sus excentricidades, sobre las que volveremos cada episodio. Es una premisa clásica, con un personaje venido a menos y puesto en circunstancias que le son extrañas porque sí. Pero es que Jaime se enrolló con un perro en Nueva York; Onofre es un casi anciano bisexual y Miss Coconut tiene un hijo tan pijo como tonto.

    Museo Coconut

    La mano maestra de los guionistas está presente desde esa descripción de los personajes. Un grupo de guionistas que además fue creciendo de temporada a temporada. En la segunda entraron a escribir Carlos Areces y los Venga Monjas (Xavi Daura y Esteban Navarro) y en la tercera, Raúl Cimas dejó de firmar los episodios y entraron dos monologuistas más de la factoría Paramount Comedy: Borja Sumozas y Fernando Villena. Quizá por esto, o simplemente porque el tiempo permite poner distancia y pulir los problemas, cada nueva tanda de capítulos fue mejor que la anterior. La primera pecaba de problemas de ritmo mientras tanto ellos como los espectadores se adaptaban al nuevo formato. Aunque hubo un obstáculo insalvable en uno de los personajes protagonistas. A pesar del voluntarioso trabajo de Raúl Cimas y del despliegue de armas cómicas que se pusieron en marcha alrededor del personaje –ese peinado era maravilloso–, Jaime Walter y su escasa chispa cómica nunca remontaron en los 33 episodios. Tuvo sus grandes momentos, y el arquetipo fue explotado a conciencia, pero nunca llegó a funcionar del todo. Palidecía en comparación con el resto de protagonistas, a cada cual más deliciosamente zumbado.

    Como parte de su estrategia cómica, la serie presenta unas evidentes y autoconscientes influencias norteamericanas (el vídeo de presentación de Sigfrido Pi, por ejemplo) y constantes referencias cinematográficas y televisivas populares que la hacen rimar en ocasiones con la bestial Padre de familia (1999-), pero con un bienvenido proceso de conversión a nuestras tierras. El resultado es un híbrido castizo, inequívocamente español, que parodiaba y disparaba sus venenosos dardos a mansalva. Y con una generosa ración de tramas ocurrentes y recursos de todo tipo. Todo en pos de la diversión. La galería de personajes recurrentes (Tomás, los trabajadores que discuten de lo divino y lo humano, la novia de César), la efectiva creación de running gags y sus viajes a lo meta –esas miradas a cámara– son otras pruebas de lo dicho, añadiendo más capas y niveles de sentido a la mezcla. No se puede cuestionar la inteligencia de este equipo de artistas.

    Museo Coconut

    Donde los primeros 13 capítulos tropezaban por tener demasiados frentes abiertos y una lujuria por el cameo que resultaba en sacar poco provecho de los invitados (vienen a la mente Ángel Martín, Javier Coronas o Unax Ugalde), las nuevas entregas patentaron una fórmula más estable, con sus tramas a cada personaje y la libertad para que los intérpretes obraran su magia. En este campo el rey indiscutible es el monumental Carlos Areces en su doble papel. El intérprete extrae oro cómico de sus personajes, con la estolidez y hastío que imprime a la dueña del museo y las sonoras carcajadas que provoca en las tramas del guía Rosario, un personaje escrito para lucirse. Conforme avanzaba la serie, hubo más confianza y una palpable seguridad para atreverse a hacer más cosas. Sin ponerse límites. Quizá por eso se atrevieron a renovar la tercera temporada con dos nuevas incorporaciones y la idea de sacar a Emilio (Julián López) de la serie con una parodia de Poltergeist (Tobe Hopper, 1982), para luego contar con López en un cameo haciendo de sí mismo. La tercera tanda trajo a César y a Sigfrido Pi, una destilación de todos los artistas modernos. En la piel de Pi, un sorprendente Arturo Valls deslumbra desde su primera aparición.

    La serie estaba planteada como una sucesión de escenas alrededor de las tramas de cada personaje –con fallos de raccord a mansalva que son pura sitcom, todo hay que decirlo–, pero la acción se paraba un par de veces en cada episodio para dar entrada a otra cosa: las escenas de Miss Coconut y su hijo Zeus (Ernesto Sevilla, que solo tenía una o dos escenas por episodio debido a sus labores de director) y una joya de la animación cachonda: “Maricón y Tontico”. Creada por Joaquín Reyes, y escrita por Reyes y el guionista Miguel Esteban, esa serie de dibujos que los personajes veían en la garita de los trabajadores del museo se defiende por sí sola. Una parodia magnífica y de animación vibrante, obra de Jaime Villanueva, sobre las historias de náufragos ingleses de hace unos siglos. Su visionado es toda una experiencia y una clase magistral sobre cómo hacer tramas de cinco minutos y crear gags ingeniosos. Como en toda comedia tan llena de estímulos y arranques de genio, es mejor ver que seguir explicando. Que sea vista y paladeada hasta el final. Tras una catarata de ideas propias de las sitcom pero vistas desde una perspectiva irónica, y un atajo de situaciones adaptadas a la manera de este grupo de cómicos –una manera que combina surrealismo y un punto extra de locura–, llega el desenlace. Un desenlace que es casi una declaración de intenciones. Como buena fuerza indómita, los guionistas plantan un final en medio de un cliffhanger. Cuando todo parecía apuntar a un final abierto, hace aparición un chiste cómplice y casi premonitorio, que da una bofetada cariñosa al espectador y lo envía a los créditos con preguntas. Pero también con una sonrisa. | ★★★

    Adrián González Viña
    redacción Sevilla

    El fulgor efímero

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