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    Crítica | Kid

    Kid, de Fien Troch

    Crónica de dos niños solos

    crítica de Kid | de Fien Troch, 2012

    Existe en el cine un recurso narrativo usado con frecuencia y basado en la descripción de un acontecimiento o proceso a través de la mirada de un infante. El cine europeo no tiene inconvenientes en que sus intérpretes jóvenes carguen con la responsabilidad de ser las lentes mediante las que el espectador ve lo que ocurre en la ficción. El cine americano independiente, poco a poco, comienza a mostrar la intención de usar a los niños con ese fin. La niña del sur salvaje de Benh Zeitlin es un ejemplo claro. Puntualmente el cine belga ofrece algunos títulos ejemplares, como El niño de la bicicleta de los hermanos Dardenne y la inolvidable Les géants de Bouli Lanners, en los que los niños (algo más crecidos en la cinta de Lanners, pero niños al fin) son testigos del drama y, a veces sin saberlo, protagonistas absolutos de lo que ocurre. Se trata de una estrategia que se apega a una fórmula con dos variables que son inversamente proporcionales y que deben tener la medida justa. La primera suele ser la edad del niño. La segunda suele ser la intensidad de lo que ocurre. Si un niño muy pequeño narra una tortura que sufrió, o una guerra que vivió, tiende a tratarse de cine manipulador y sentimentalista. Si un joven un tanto más grande narra cómo fue abofeteado por un compañero de escuela, posiblemente se trate de un cine bastante inútil. Por eso, corresponde manejar las cosas con cuidado. Es algo sumamente peligroso pero que, adaptado a la frialdad del cine belga actual, no ha dado malos resultados.

    Fien Troch, realizadora oriunda de Bélgica, escribe y dirige su tercer largometraje, Kid, sobre dos hermanos y una madre asediados por una deuda o, mejor dicho, por el hombre con quien la madre la ha contraído. Esta historia tiene las características de lo que normalmente llamamos cuadro, es decir, hay pocos diálogos, aun menos acción, y su objetivo principal no es la narración sino la descripción o la observación de algo puntual. Kid se enfoca en el infante así llamado que, desde su lugar, es testigo de los más mínimos acontecimientos y es víctima del desmembramiento de lo que pudo haber sido una estereotípica familia burguesa. La desaparición del patriarca es el primer grito que aún hace eco, algo que seguramente ha desequilibrado al protagonista y que puede llegar a explicar su mala conducta. También puede decirse que su comportamiento se entiende por su corta edad, pero es algo demasiado simple y, aun funcionando como una alternativa totalmente factible, es conveniente no dejar de adoptar la otra hipótesis como posibilidad. Ahora bien, ¿por qué Kid y no su hermano? Esta pregunta puede sonar tonta pero, para aquel que tenga la oportunidad de verla y de pensarla por un momento, le resultará una pregunta interesante. Ambos viven una vida similar, en las mismas condiciones, y es evidente que ambos se aferran a su madre, porque es lo único que tienen. De hecho, tal vez se aferren a su madre por igual. La diferencia es que Kid exterioriza constantemente el estrecho vínculo con su madre. Su hermano, Billy, o bien es más reacio a la demostración del amor, o bien es parte de lo que los realizadores del filme prefieren omitir por su carácter irrelevante.

    Kid, de Fien Troch

    Personalmente, una pregunta así me hace pensar en los verdaderos propósitos de la película. Hacia la mitad de Kid ocurre un trágico episodio que marca la vida de los hermanos. Se trata de un momento bisagra algo fácil de vaticinar, ya sea por cómo va dándose la historia, o por una charla entre Kid y su madre acerca de un punto de encuentro, que es uno de esos símbolos que nunca sobran en el cine de los emociones porque siempre adquieren notoriedad hacia el final. Pero al margen de esto, resulta llamativo pensar en cuán menos sentimentalista habría sido ubicar el ojo fílmico en la conciencia de su hermano, personaje casi matemático, digno heredero del cine de Haneke (si no fuera por su falta de tradición burguesa, tan presente en su obra). Kid como personaje es, más que un narrador que oscila entre testigo y protagonista, una excusa, una herramienta. No creo que sea exagerado pensar que Troch primero ideó el desenlace y luego la historia, porque toda la construcción de personajes está al servicio del efecto catártico/simbólico final. Y aun cuando, fiel al estilo europeo, trate de usar cierta frialdad, acaba viéndose traicionada por él. Además, Billy aparece como un personaje mucho más intrigante y menos habitual que Kid, cuya discutible inocencia e intempestivo carácter, sea como alumno pícaro o como hijo cariñoso, son a fin de cuenta un lugar común dentro de los personajes que son huérfanos o hijos de padres separados. Se trata de una obra más, tediosa, olvidable e intrascendente. Un cuadro que, al cabo de las pocas reflexiones que puede llegar a sembrar, se disuelve en el desinterés y en el error. Es una natural oda al sentimentalismo y una gratuita invocación al dolor. Ni su tono opaco y melancólico, ni su lágrima en primer plano, ni siquiera ese final de fuegos artificiales y aplauso de pie, me generan en conjunto una mínima emoción auténtica. Mis sentimientos, cuando son violentamente arrastrados hacia la tristeza, están a punto de ser tan falsos como la película, bonita arquitectura de la historia equivocada, si es que la hay. Comienzo a dudar de eso también. | ★★★

    Rodrigo Moral
    redacción Buenos Aires

    Bélgica, 2012, Kid. Dirección y guion: Fien Troch. Productoras: Prime Time / N279 Entertainment / Versus Production / Augenschein Filmproduktion. Fotografía: Frank van den Eeden. Música: Senjan Jansen. Intérpretes: Bent Simons, Maarten Meeusen, Rit Ghoos, Gabriela Carrizo, René Jacobs, Sander van Sweevelt. Presentación oficial: Róterdam 2013.

    Kid, de Fien Troch póster
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