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    Crítica | Computer Chess

    Computer Chess

    El corazón contra la máquina

    crítica de Computer Chess | de Andrew Bujalski, 2013

    Cuesta lo suyo en una época como la nuestra, gobernada por el imperio tecnológico y rendida ante los dictados de Google, Apple o Mark Zuckerberg, una era sin parangón regida por el lenguaje de gigantescos teléfonos móviles, el aletear de los teclados en los buscadores, los entornos virtuales de la industria del videojuego, y la eclosión de las redes sociales, borrar todo este universo de nuestras mentes y teletransportarnos a un pasado no tan lejano, donde todavía estábamos por encima de las máquinas, donde sabíamos existir sin su amparo, donde un programa de software no era capaz de derrotar a las estrategias de un cerebro brillante durante una partida de ajedrez. Una pureza inalcanzable en los tiempos que corren si hablamos del deporte mental por excelencia, donde el campo de batalla es un intrincado tablero de 64 casillas y donde cada pieza posee una singularidad irrepetible, entregada al frenético baile de blancas contra negras, al sacrificio sangriento de peones, a la eterna rivalidad táctica de enroques, jaques y cálculos matemáticos. En el intervalo entre 1982 y 1983 transcurre Computer Chess, esta pequeña joya de culto a caballo entre la acidez existencialista y la tragicomedia underground, elaborada por el estadounidense Andrew Bujalski y estrenada el pasado año 2013. Los años en los que se ambienta esta obra de bajo presupuesto y apariencia retro plasmada en su espectro poco contrastado de grises, negros y blancos similares a una vieja retransmisión televisiva, proyectan una inevitable reminiscencia sobre la antiutopía de George Orwell, pues el año 84 es una fecha nombrada y temida a lo largo del filme. La historia en la que Bujalski nos introduce, bajo los preceptos de una estética vanguardista, poética y en ciertos pasajes absurdamente divertida, es la de un excéntrico torneo de ajedrez, celebrado a lo largo de un fin de semana en un hotel. En esta peculiar competición un grupo de programadores de software, campo que por aquel entonces se hallaba todavía en las antípodas de su desarrollo, enfrentan los conocimientos depositados en sus máquinas a las capacidades humanas; una metáfora que opone la inteligencia artificial contra el transcurso de la cotidianidad y la brillantez de los grandes estrategas de ajedrez. En los ochenta a la pregunta de ¿Hay algún programa capaz de competir a la altura de un ajedrecista humano? se sucedían respuestas muy diferentes y dudas dispares y revolucionarias.

    Ante este fin de semana sumergido en una reunión de extraños especímenes en la atmósfera vintage de un hotel ochentero, de rara avis entregadas a la búsqueda de nuevos caminos científicos, metafísicos y numéricos, podemos sentirnos escépticos, confusos o aturdidos, pues no es Computer Chess un plato a gusto de todos, ni su melancólica y desvencijada apariencia o su espiritual trasfondo, factores de sencilla digestión para todos los devoradores de películas. Empezando por su formato, esta realidad alternativa a la nuestra se fundamenta en la dualidad entre el blanco y el negro, un juego que refleja el contraste del propio ajedrez, y su original propuesta narrativa ahonda en la diversión formal desde el objetivo de una Sony AVC-3260, una anticuada cámara de tipo analógico creada en el 69), huyendo de los clichés y otorgando a la obra un bello aire documental. Bujalski decidió adoptar esta cámara por su devoción hacia Stranded in Canton, una vieja película acuñada por el famoso fotógrafo William Eggleston que lo dejó emocionado y con ganas de teñir de experimentación sus proyectos cinematográficos. Se corona así el director norteamericano en la cúspide de la corriente del mumblecore; una tendencia indie que hace de la falta de medios de sus filmes un signo de distinción ético y estético, y emplea para su distribución canales alternativos.

    Computer Chess

    En Computer Chess la tecnología, sus posibilidades, sus peligros y su avance inminente, es la protagonista formal y temática, proyectada en las conversaciones, ilusiones y aspiraciones del puñado de genios del software sumergidos en este torneo informático. En su sentido más clásico, Computer Chess se encuadra dentro de los límites habituales de la comedia despojada de convencionalismos banales, plagada de ironías y sutilezas que hacen de cada personaje un ser singular, perturbador y/o perturbado ante el mundo nuevo que las máquinas abren ante sus ojos. Las luchas entre las compañías de software ya se hacen aquí patentes, y los desafíos y ambiciones que la liberalizada sociedad de los ochenta mostraba sin pudor, muestran ya peculiares divertimentos sexuales, viajes alucinógenos proporcionados por las drogas y la aparición relevante de una mujer en las filas de la competición. Pero ojo, no es esta una comedia al uso, y aunque en ningún momento esté exenta de la connotación paródica ni del absurdo que rige el devenir de su comunidad de extravagantes especialistas del mundillo del ajedrez, la esencia de esta obra reside en la combinación de sus elementos humorísticos con las constantes preguntas implícitas sobre la futilidad humana, el existencialismo y el absurdo, y los preceptos morales que sacuden al yo de los personajes de su tiempo, haciendo de ella por momentos un notable, y sobre todo, honesto ejercicio de estilo y valiente propuesta, aunque por otras resulte farragosa, inconexa y laberíntica en los diálogos y diatribas de sus competidores.

    Los programadores Michael Papageorge (Myles Page) y Peter Bishton (Patrick Reister), así como su mentor, Martin Beuscher (Wiley Wiggins), se formulan a sí mismos y a sus equipos dilemas filosóficos, poniéndose a prueba en un enfrentamiento encarnizado que cuestiona la inteligencia artificial y el alcance tecnológico desde una perspectiva metafísica agudizada por la estética intencionadamente irreal y deliciosamente torpe del filme. La guerra entre programas informáticos en la lucha por ser los dueños del software más avanzado es un precedente de la realidad actual, donde nosotros nos hemos vuelto torpes y las máquinas, emblemas de poder y símbolos del progreso supuestamente alcanzado tras investigaciones generacionales y grandes partidas presupuestarias. Computer Chess tiene instantes gratificantes de sarcasmo y reflexión, unos personajes que se distancian de la vulgaridad para meterse de lleno en la piel de genios locos y soñadores antepuestos a su tiempo, y pinceladas de talante filosófico que nos harán pensar, sonreír y olvidarnos durante hora y media de los problemas de nuestra época contemporánea, pero en el otro lado de la balanza pesa su falta de clímax, la poca intensidad de sus puntos de inflexión, y la excesiva, en ocasiones pedante, intelectualidad de sus diálogos, factores que restan frescura y genialidad y deslucen el resultado final de esta obra tan singular. Sin lugar a dudas, Computer Chess en poco o nada se va a asemejar a cualquier otra película que hayan visto con anterioridad. Y mucho menos a una que haya sido filmada en lo que va de siglo XXI. Por su originalidad underground, sus entrañables programadores y su comicidad clásica y tierna, además de sus múltiples reinterpretaciones filosóficas, merece una pequeña inversión de nuestro tiempo para zambullirnos la eterna ambivalencia del ser humano contra la máquina. Y porque el ajedrez, como la vida misma, es un campo minado que nos ofrece peligros, aventuras, sueños y múltiples posibilidades combinatorias. | ★★★

    Andrea Núñez-Torrón Stock
    redacción Galicia

    Estados Unidos, 2013, Computer Chess. Director: Andrew Bujalski. Guión: Andrew Bujalski. Fotografía: Matthias Grunsky. Reparto: Tishuan Scott, Gene Williams, Anne Dodge, Patrick Riester, Myles Paige, James Curry, Robin Schwartz, Gerald Peary, Wiley Wiggins. Presentación oficial: Independent Spirit Awards, Sección Oficial, 2013.

    Computer Chess póster
    El jardín

    2 comentarios:

    1. Gustavo Lionel Pavlotsky12 de febrero de 2014, 16:27

      Muy buena la critica. Y después se quejan de la piratería. Con estas decisiones (además de otras, como estrenar películas unos 6 meses o dos años después que en otros lados) te "obligan" a hacer lo incorrecto. Sobre todo, porque si que se bombardea al público, con información, trailers, etc, mucho tiempo antes. Y uno es adicto al cine. Que vamos a hacer :)

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    2. Fragmento del artículo 'Lego, modelo para (re)armar', de Rodrigo Fresán, publicado en la revista 'El Estado Mental':
      http://www.elestadomental.com/apago/lego


      "Pero —sorpresa— The Lego Movie está muy pero muy bien. Es muy buena. Y funciona a la vez como despiadada crítica y rabiosa apología del blockbuster, y combina en su seno y trama el gran dilema y el inmenso privilegio que tanto acecha como consagra a la compañía. Con destellos del gran maestre persecutorio Philip K. Dick y del divinólogo Joseph Campbell, guiños a El show de Truman y Matrix, denuncias al poder y al clasismo, elucubraciones metaficcionales y físico-cuánticas, y hasta reflexiones profundas sobre el vínculo sin tiempo ni fecha de vencimiento que une a los hijos, The Lego Movie es, también, uno de los filmes religiosos más logrados y verosímiles de todos los tiempos. En The Lego Movie, Lego es la fe y el credo, pero también la sospecha de que existe algo más allá de Lego y la confirmación de que ese algo es un orden superior e insuperable. Un Más Allá donde los padres obsesivos siguen jugando con Lego y los hijos creadores buscan encontrar un nuevo orden y estética y ética que los distinga de las instrucciones de sus mayores. Pero, también, deslizando un acaso inquietante y muy productivo mensaje apenas subliminal para las más tiernas y permeables mentes: más allá de la trilogía Toy Story (transcurriendo en el mundo de los juguetes), The Lego Movie tiene lugar en un universo donde un solo juguete es el universo entero. Y ya saben cómo se llama ese juguete.
      Todo esto y mucho más (con ese entusiasmo mash-up que no es otra cosa que el anárquico libre albedrío que sólo conservan los niños y que permite hacer comulgar a un Batman un tanto narcisista con Gandalf y con Cleopatra y con Shakespeare y con una infame sitcom de un solo gag y con una cancioncita terrible en su optimismo reflejo y automático) hasta alcanzar ese momento mágico en que, inesperadamente, irrumpe en la escena plástica el misterio de la carne y el hueso. Dos actores juguetones. Uno grande infantil y uno pequeño maduro, filosofando y discutiendo sobre la esencia de la condición legolística que es, también, la condición humana: ¿masa y poder o singularidad y riesgo?, ¿seguir los pasos preestablecidos o salir disparados sin mapa ni brújula y a ver con qué nos encontramos?, ¿armar o desarmar?"

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